* pequeñas cosas

Es muy probable que detrás de las cosas que pienso todos los días, convencido de su valor, de su potencia, convencido de estar dentro de un modelo de pensamiento virtuoso, no exista absolutamente nada. Y lo terrible es que no hace ninguna diferencia. ¿Qué quedará de mí cuando me muera? ¿Quiénes recordarán lo que fui, aunque sea en porciones, en pequeños recuerdos reconstruidos por la acumulación de breves momentos que hayan compartido conmigo? ¿Y qué cara voy a poner cuando se empiecen a morir mis amigos más cercanos, imaginando que se van a ir antes que yo, y considerando objetivamente que ese momento está cada vez más cerca? Esta obsesión tal vez provenga de mis primeras desapariciones. ¿Quién hubiera sido yo si estuviera completo? Pensar fuera del modelo. De la ameba. Afuera. Imposible. Modelos represores del pensamiento y la sensibilidad. Tontas notas llenando espacio. Miedo a la muerte. Experimento terror. Colapso. Me detengo. ¿Y si ya hice todo lo que tenía por hacer? ¿Y si ya fue todo? ¿Debería despedirme así, con poca gracia, con una palmadita en la espalda?

La amnesia y la coprofagia

dos conceptos tan ajenos al común denominador

y sin embargo enquistados

y adoptados

como moneda corriente

por el 99% de los comunes

a los que les encanta bailar con nociones

tan extrañas

que no podríamos entender

ni aunque nos explotaran en la cara.

* lo que se va con la corriente

Última entrega de la saga del Gringo y la Lucecita, obra en colaboración con el Sr. Blopas, que también pueden encontrar en su blog “Proyecto Anecdotario”. 

La 1ra parte la encuentran acá:  dos guitarras y un cajón peruano.

La 2da parte la encuentran acá:  tinta fiera.

La 3ra parte la encuentran acá:  la última estación.

La 4ta parte la encuentran acá: los piojosos.

La 5ta parte la encuentran acá: la culpa no es del toro.

La 6ta parte la encuentran acá: bajo el agua.

La 7ma parte la encuentran acá: los eslabones.

La 8va parte la encuentran acá: en las vísperas de san la muerte.

La 9na parte la encuentran acá: melodía del desconcierto.

La 10ma parte la encuentran acá: una casa sin luz.

La 11ava parte la encuentran acá: sangre y harina.

La 12ava parte la encuentran acá: la crecida.

***

El auto pasó la tranquera principal cortando el aire como la sudestada, sin mendigar permiso ni ponerse a pensar en lo que se lleva por delante. La borrasca desmañada, como instrumento del destino, había cubierto con agua las huellas del Rastrojero de Barzola. Carlini lamentó los minutos perdidos en volver al camino de entrada, en las instancias decisivas cualquier retraso puede ser fatídico. La patrulla surcó por el diámetro la pista donde un rato antes habían explotado el jolgorio y el alcohol. Dicen los que saben que después de grandes festejos hay que andar prevenido, porque el equilibrio del mundo se acomoda en un instante, y el revés de la desgracia nunca tarda mucho en llegar. Carlini y Becerra lo sabían, y ya no les importaba el sigilo, ni las luces prendidas del móvil, y ni siquiera se molestaron en escudarse en su rol de pesquisas. El hombre frente al hombre. Era el momento de actuar. La tormenta clamaba con todas sus fuerzas por el final de la historia. Los frenos mojados apenas accionaron en un charco infinito frente a la casa. El chapoteo de Becerra en la marejada amainó al entrar en el living vacío, donde el agua había removido del mueblaje muchos años de olor rancio del capataz. Nadie se lo había enseñado, pero él sabía que ese olor era un pésimo augurio. La ventana se abrió de par en par y un relámpago larguísimo cortó al bies la espesura negra de la pampa. Carlini tropezó con un tronco y se sumergió de jeta en el barrial.

—¡Vamos, Carlini, puta madre, están en el barranco!

El grito del comisario acompañó el tirón salvaje que puso al ayudante otra vez de pie. A campo traviesa salieron disparados en dirección a aquellas siluetas grises que de a ratos se encendían sobre el horizonte. Poco le duraron las piernas al comisario, que a mitad de camino, empapado hasta el tuétano pero detrás de su 9 mm, llevaba en la boca el dulzor de la adrenalina y el amargor del inminente retiro de la fuerza. ¿O acaso se le estaban confundiendo los sabores? Poco más de una centena de metros habrían corrido cuando su ayudante lo sobrepasó. En ese momento el comisario Becerra pudo ver en el rostro de su fiel escudero un gesto, una mueca, o algo parecido que no pudo definir, era como si ese tipo que conocía bien de cerca ya no fuera el mismo joven, torpe e inexperto, sino que ahora llevaba estampada en toda la cara la furia del convencido. A su vez, en ese segundo plagado de epifanías, Carlini supo que en ese sprint fallido su querido comisario estaba dejando más de lo que parecía. Ninguno de ellos, sin embargo, notó a una quinta figura que corría con desmaño rumbo a la cárcava. Una vez más, como un eco de sí misma en el devenir de la humanidad, la noche cobijaba por igual a benditos y sotretas.

—Reconocélo, pedazo de mierda, ¡vos achuraste al Lorenzo!

Con la cara encendida, el Gringo se iba acercando al capataz. La hoja de la faca, brillante como un hueso descarnado al sol, desafiaba las ráfagas en la diestra inapelable del peón. Entre ambos hombres, un escaso metro. A espaldas de Barzola, el río descontrolado. ¡Qué caravana de ideas pasaron por la cabeza del asesino! No desconocía que sus posibilidades eran mínimas, pero ya era tarde para arrepentirse de algo por primera vez en la vida, y mucho más lo era para empezar a creer en Dios. El corazón le hinchaba el costillar por dentro como a las vacas viejas cuando entran al matadero. El Gringo, cegado por la furia, nunca iba a enterarse de que Barzola, desencajado, veía un sinfin de colores algodonosos que giraban a su alrededor cual espectros de varieté, ni que por sus bombachas empapadas había bajado una catarata de meo caliente. No, el Gringo nunca se enteraría, y el pensar en aquella gurisa hermosa que llevaba sangre Barzola en las venas lo encendía como un tizón en la fragua. Tenía enfrente a la única persona que podía impedirles un futuro de felicidad. Un paso más, sólo un paso más.

—¡Paráte, Gringo! —gritó Carlini. Se había parado a una distancia que le aseguraba un disparo certero, aunque no tuviera claro quién sería el destinatario.

Sin embargo, la zurda de Barzola fue más rápida que el rayo. Quizás era el que mejor sabía que no existen las retiradas elegantes, y que a lo irreversible es mejor no dilatarlo, ¿qué más puede pretender un hombre como él, al que nunca nadie le dijo como vivir, que decidir su propio final? Tomó del antebrazo al gringo y jalando con todas sus fuerzas se clavó la faca en las tripas. Al Gringo sólo le quedó revolver hasta que el cuerpo del capataz cayó hacia atrás por la cárcava y se hundió en el agua. Después tiró la faca al pasto y giró hacia Carlini, que con el dedo resbaloso sobre el gatillo y la mirada de piedra le alcanzó las esposas; “hasta acá nomás…y basta” cuentan que le dijo, pero en el campo no hay que confiar en los cuentos de las viejas. El Gringo se esposó solo y se arrodilló manso frente a Carlini justo en el momento en que el comisario, exhausto, llegó acompañado de la Lucecita. Al verla, el Gringo cerró los ojos. Ninguno de los otros supo del frío que le subió por la médula, y el pobre diablo nunca se enteraría que las gotas en la cara de la muchacha eran sólo de agua dulce.

—Felicitaciones, Topito—, cerró con voz amarga el comisario Becerra.

El resto es una historia que quedará para siempre en el campo de Don Miguel, y a la que los años le pondrán distintas variantes y condimentos. O tal vez no.

De leyendas, cuentos y fábulas se nutre la mística de ciudades, pueblos y lugares perdidos en la nada como este, y en la cabeza de cada uno de sus habitantes quedará la responsabilidad de qué hacer con la memoria. A nadie le quitará el sueño no saber qué pasó con el cuerpo nunca hallado de Barzola, tampoco se tratará de adivinar por mucho tiempo la suerte de la Lucecita en la gran ciudad, tal vez haya encontrado lo que tanto anhelaba, tal vez no, pero ya no importa; y por supuesto, las noticias sobre los días negros de encierro del Gringo se volverán cada día más escuetas, casi ínfimas, hasta desaparecer primero de las conversaciones de las viejas, luego de los pensamientos erráticos de los peones, y por último de toda la memoria colectiva de un caserío apartado, con ínfulas de pueblo noble, con gente amable y agradecida, trabajadores, estudiantes, amas de casa, guitarreros, hacendados, malandrines, hombres de ley. Un amasijo de gente común y corriente que de vez en cuando, como todos, tiene que esconder la mugre debajo del felpudo y esperar que amaine la tormenta.

FIN.

***

* capo

Compro arroz que no se pasa

pero organizo mis prioridades como el orto.

Le temo al granizo pero igual

me creo la última esperanza blanca.

Distingo las tetas falsas y fumo como al descuido.

Me muevo a la velocidad de la eficiencia

y me las cojo a todas.

Repudio con todas mis fuerzas

todas aquellas cosas que haya que repudiar,

y confío ciegamente en la dignidad del trabajo.

Si me tuviera que definir en tres o cuatro palabras

No dudaría en decir

Que soy un mediocre

Que se mueve entre las sombras

Orgulloso de su ignorancia.

**

* dallas

Nunca visitaré Dallas

porque papá está muerto

y en Dallas, Texas, todos los hombres de bien

reverencian a sus padres

idolatran su figura, su carácter

imitan su forma de caminar

toman como propias religiones que no entienden

incurren en los mismos vicios

y por sobre todas las cosas

heredan sueños inconclusos

 

En Dallas, Texas,

tierra de cuernos y petróleo

los hombres se enorgullecen

de ser bautizados Junior (o segundo o tercero)

y también de que sus esposas

moderen la infidelidad y la angustia

con precisión de telenovela

y los esperen todos los días, todas las noches

con la comida caliente

y la sonrisa sin derretir

 

Nunca visitaré Dallas

porque papá está muerto

y en Dallas, Texas, ningún hombre

es mejor que los anteriores.

 

* veinte putas de cien pesos

va a llegar un día en el que sepas con absoluta certeza

cuántos azulejos te sostienen la pared

un día en el que la furia le de paso a la dejadez civilizada

a miles de fotos desparramadas por el piso

y a veinte putas de cien pesos

 

va a llegar un día en el que todos los gatos se te hayan muerto

y te arranques las uñas negras de mugre negra

en el que un año sea igual a un siglo (o dos)

y los vecinos ya no toleren más el olor a hombre rancio

a pobre tipo

 

va a llegar un día en el que en una sala de espera

una voz de adolescente te llame por el apellido

y vos te niegues, te desconozcas

y pienses qué consuelo puede haber

detrás de un título habilitante

 

va a llegar un día en el que tu casa desaparezca

y no tengas idea de adónde mierda era que había que volver

como si volver fuese un sacramento

una necesidad imperiosa

un ejercicio de voluntad

 

va a llegar un día en el que el vaso se te parta en la mano

y mires tus dientes pudrirse frente al espejo

un día en el que te vas a preguntar

cuáles son aquellas cosas de las que te tenés que escapar

si la muerte que te persigue está llena de colores

 

* fumar

Todas las luces de todas las casas de todos los edificios de todas las cuadras de todas las ciudades de todos los países de todos los continentes se fueron apagando despacio, en orden, sin violencia, sin aviso previo, sin despedirse, amablemente dejaron la noche crecer y devorarse el espacio, el sonido, el tiempo; avalaron a esa noche monstruo que sin apuro rodeó los árboles, los perros, los juegos de las plazas, los puestos de diarios, los autos estacionados, con parsimonia, con cierto desdén, con un apetito moderado y victorioso, un hambre contenido por mucho tiempo contra su voluntad, la noche monstruo que hoy da sus primeros pasos voraces sobre un punto fijo de un universo que se creía poderoso e infinito y ahora, en la hora más rotunda, en el mismo tiempo, en el solo tiempo, en el mismo minuto repetido en círculos por siempre, se ve transformado en una insignificancia que reposa en la brasa del cigarrillo que fumo en la última penumbra, mientras siento que todos estos sucesos, próximos o pasados, todas estas percepciones que consideramos válidas y enriquecedoras, también, como esas luces que ya no existen, se van a ir apagando sin aviso, sin dolor, sin ninguna queja de nuestra parte, cuando termine de aplastar la colilla sobre la baranda de mi balcón, y en un acto egoísta deje este momento precioso completamente a oscuras.

* king kong

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Podría detenerme a pensar. Podría ser un hombre preocupado. Hundir la cabeza en las baldosas, en los zapatos grises, en todas las cosas que quise y no pude. Podría.

Podría también esconderme. Huir. Porque detenerse a pensar provoca vértigo. Un vértigo espantoso que te descoloca, no hacemos pie si nos buscamos a nosotros mismos. Podría hacerme pasar por otra persona. Podría ser un animal. Podría convertirme en mito, inventarme de nuevo, construirme desde cero, elegir con cuidado cada uno de mis componentes y características. Podría ser un búfalo.

Podría conformarme y no hacer nada. No querer nada. No desear, no compartir, no producir. Podría ser una sombra sin más anhelos que transitar sin problemas estos minutos infames. Podría dejarme ir. Y no volver.

Me detengo, me escondo, me convierto. Hoy soy ese otro que podría hacer todo pero elige estar acá, manifestarse, saberse un ente absoluto con tendencia a la duda, un cuerpo volátil que prescinde del miedo y juega con naturalidad inocente a volverse un trazo en la historia, a ser un punto ahora fijo, ahora en fuga. Montado en alas tenues recorro mi tiempo, adivino quién fui y por qué ya no soy, por qué mi abrazo es enorme e invasivo, por qué todas las mañanas me despierto del mismo sueño.

Podría ser un kraken, un barco a la deriva, un mar embravecido. Podría ser un rayo, un sol demoledor, un Ícaro derretido. Podría ser el amante olvidado, el recuerdo que se llora todas las noches; un relámpago, un manojo de plumas, unas manos livianas, unos ojos vacíos. Podría querer comerme a mí mismo y a todas mis caras repetidas en todas las paredes de todos los departamentos de todos los pisos de todos los edificios de todas las calles de todos los barrios en los que alguna vez me vieron o dicen que me vieron.

También podría ser mentira. Podría no existir. Podría ser simplemente fruto de una imaginación colectiva. Un espejismo, una ilusión. Podría ser un pájaro mortal, un bólido celeste, una flecha invisible en vuelo codicioso que observa con la vista negra todo lo que sucede doscientos metros más abajo, una figura posesiva que elige a su presa, que la doblega y la domina; un usurpador de cuerpos dormidos que no saben pensarse fuera de sí mismos.

Podría ser tu King Kong, tu salvador, tu placebo de las tres de la mañana, tus ganas de abandonar. El llanto en el baño, un cuadro mal iluminado, un negocio fraudulento, una sábana agujereada. Podría bajar la voz, retirarme poco a poco y, con aceitada malicia, hacerte creer que nada de todo esto está sucediendo.

 ***

* Este texto está inspirado en pinturas de Sergio Chiocca-Kaufer (imagen). La muestra de la serie “Azul Antropopájaros” se encuentra actualmente en Mendel Libros, Paraguay 5163, CABA.