* mamushkas

Nos despertamos al mismo tiempo. Sobresaltados y sin ninguna noción de dónde estábamos, ni de qué hora era, ni de quién golpeaba como un maniático la puerta del departamento. De eso sí estábamos seguros, era un departamento. A través del ventanal podíamos ver desde el aire la intersección de dos avenidas, y una pequeña porción de lo que parecía ser una plaza enrejada o un jardín enorme. Pero no teníamos idea de si ese departamento nos pertenecía o no. Miramos alrededor buscando una pista, un gesto familiar o algún detalle que pusiera en marcha el recuerdo, pero nada. Ni los dos amplios sofás de pana verde, ni la lámpara de pie de casi dos metros de altura, ni las reproducciones de Paul Klee que adornaban las paredes, finamente enmarcadas e iluminadas cenitalmente, ni la alfombra roja de pelo largo sobre la cual habíamos dormido quién sabe cuánto tiempo, ni nada de lo que decoraba el enorme living, tenía sentido para ninguno de los dos.

Nos miramos un instante, nos reconocimos y cambiamos el gesto de preocupación por uno de alivio; al menos en medio de toda esa extrañeza y el vértigo de la incertidumbre, algo estaba en su lugar. Estábamos parados en el medio de la sala, yo en calzoncillos, ella en tetas, desorientados. Recién ahí me di cuenta de que tenía la mano derecha envuelta en una toalla blanca que me cubría parte de los dedos y me llegaba hasta la muñeca. Volvimos a mirarnos sorprendidos, sin respuestas, buscando con esfuerzo en nuestra vapuleada memoria los acontecimientos que nos habían llevado hasta allí. Los bruscos manotazos en la puerta nos volvieron a la realidad.

¿Desde cuándo estaban golpeando? No podíamos saberlo, pero los golpes no se detenían, y su intensidad, lejos de ir disminuyendo presa de la desilusión o de la lógica idea de que tal vez no hubiera nadie en casa,  aumentaba progresivamente según pasaban los minutos. Claramente, alguien sabía que estábamos ahí adentro. ¿Pero quién?

“¿Dónde estamos?” me preguntó. “Ni idea. Vestite que voy a ver quién es.”. No hace falta aclarar que lo que yo menos quería hacer en ese momento era ir a abrir la puerta, pero era el único hombre presente, y la carita temerosa y suplicante de Mariana me impidió evadir la responsabilidad, como hubiera preferido. Me fui acercando despacio, sintiendo la suavidad de la alfombra entre los dedos de los pies. En los plam plam plam que resonaban del otro lado, se podía adivinar ya la palma abierta de quien llamaba,  colorada y un poco hinchada de tanta insistencia. Puse la mano, con toalla y todo, sobre el picaporte y espié muerto de miedo por la mirilla. Del otro lado los golpes cesaron, como sintiendo mi presencia aterrada. Por suerte, lo que vi fue una rubia de ojos verdes y labios de pecadora, ofreciéndome por el visor de la puerta el escote generoso y desbordante, que me recordó instantáneamente salvajes y gratos momentos compartidos. Suspiré aliviado. “Es tu hermana”, le grité a Mariana a la otra habitación y moví el picaporte. Abierto.

*continuará


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* el jardín

Se siente en el viento que el sol ya no es el de abril. O yo no soy el de abril, afortunadamente. Estoy sentado aquí, en mi jardín, ahora crecido y descuidado, ofreciéndome desnudo y por entero a este sol que no reconozco, que ya no siento como el mismo que me abrigó hace un tiempo atrás, que hoy resulta ajeno a mí y a todo este lugar. Se me ha olvidado casi por completo la cara de mi esposa, y su nombre. No recuerdo a mis hijos, si es que los tuve; no sé quién es mi padre. Estos crisantemos no estaban aquí ayer, ni estas amapolas, ni ese sauce, ni ese roble, ni aquellas orquídeas. Escucho las voces disonantes de aves que no reconozco, que nunca he visto. Todo es hermoso, extraño y confortable. Tan hermoso y extraño como los insectos y gusanos que emanan de mi boca y de las cuencas de mis ojos vacíos.