* dos guitarras y un cajón peruano

 

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Y un día nos pusimos camperos con el Sr. Blopas y salió este post en colaboración. Por supuesto, también está publicado en su blog “Proyecto Anecdotario”. Es una gran oportunidad para que dejen comments en ambos blogs, o bien para que nuestros respectivos lectores se “entrecrucen”. Ojo, esto es sólo la punta del iceberg…

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No joda, Gringo, usté estaba ahí arriba… ¡Dígame qué vió, carajo! La orden hizo temblar las paredes de la comisaría, hartas de olor a yerba y cigarrillo. El Gringo colgó los ojos de la nada y se cuidó de abrir la boca hasta no haber repasado mentalmente una vez más las imágenes de la noche anterior.

Temprano supo caer al baile ese nuevo peoncito, el Lorenzo. Apenas conchabado en la estancia ya tenía ganado un lugar entre las cejas de unos cuantos, meta andar hablando cosas y cosas que poco tenían que ver con el campo, siempre nos venía con ideas raras que no entendíamos del todo pero que por ahí nos dejaban pensando un rato. Entre esos que lo miraban de reojo estaba Barzola, el capataz. Tipo duro Barzola. Nos llevaba con mano firme. En la ronda de cimarrones de cada tardecita, el Lorenzo se ponía a hablar, parecía un cura, hablaba mucho y no se fijaba, no se medía. Algunos ya lo tenían como un bocón y le escatimaban la charla; y para cuando entró a bandearse y a opinar demasiado, el propio Barzola zanjó la cuestión. Mal negocio eso de andar cuestionando, y menos a él. “Pa’ pensar está la ciudad, acá se trabaja callado”, lo había advertido el capataz, y yo, en secreto, estaba de acuerdo. Nunca he sido de andar vigilando los asuntos del patrón, que Dios me lleve los dedos antes, pero el Lorenzo se estaba pasando. Además, ya le había echado el ojo a la Lucecita…

Yo lo vi entrar, y a la media hora de empezar el baile, entre aburrido y ansioso, Lorenzo ya se había acomodado en un rincón del patio. Parecía una estatua. A lo mejor no entendía demasiado la manera de divertirnos que tenemos por estos pagos. Tan gris estaba, tan opaco, que aun cuando no hubieran estado borrachos, los que bailaban no habrían notado su presencia; seguían girando por toda la pista, bañados en sudor. El piso de tierra se había hecho un remolino que se metía en ojos, bocas y sobacos sin pedir permiso. Sobre una tarima improvisada con tablones y caballetes los músicos amenizábamos la velada desgranando chacareras, valsecitos y zambas; siempre que había algún festejo nos enganchaban a nosotros para tocar. El Zurdo le daba a las bordonas como para el campeonato, y las dos guitarras sonaban casi afinadas; pero eso a nadie le importaba. Y anoche además trajimos a Pichón, el sobrino del Zurdo, un colorado entusiasta que le pegaba al cajón peruano como si fuera lo último que hiciera en su vida. ¡Tenía las palmas más rojas que la cabeza! Nos complementábamos de maravillas, a veces en tiempo y todo. Taba lindo el asunto, música, vino, empanadas, y todos contentos. Tanto que al ratito nomás ya se notaban los estragos del alcohol, las risas, los alaridos descontrolados y los turbios aromas del festejo. Y eso que recién estábamos entrando en calor. La Lucecita, la hija de Barzola, revoloteaba de lo más alegre con su pollera colorada. Estaba linda la Lucecita anoche. Es linda. Si no fuera la hija del capataz… Siempre bien dispuesta pa’ lo que fuera. Por lo bajo, las malas lenguas decían que le gustaba demasiado recostarse en los pajonales. Yo no sé, no hay que andar averiguando mucho de cosas que no son de uno. Y además quién es uno para andar juzgando, ¿no?. Yo la veía andar oronda por el patio, repartiendo empanadas y revoleando las trenzas con simpatía, a veces haciendo unos pasitos al ritmo que le marcábamos nosotros desde la tarima; cosechaba miradas a granel, pero ninguno se animaba más que a destinarle una sonrisa tímida, porque la ubicación es lo primero que se aprende por estos pagos. Eso y el respeto a Barzola. Sin embargo la Lucecita parecía muy interesada en Lorenzo; le bailaba cerquita, le hacía ojitos y le llenaba el vaso a cada rato pa’ no perder su atención, la muy zorra. Yo la miraba desde arriba. La verdá, no me explico qué le habrá visto al jetón ese, si no era gran cosa. Lo único que hacía era parlotear y chupar…Tendrá que ver con que parecía más tiernito que los demás, no sé; o por ahí le había llenado la cabeza a ella también con esa cantidad de palabras raras que conocía… En fin.

Volaban los dedos del Zurdo sobre un arpegio imposible, y yo forzaba la voz en el arranque de “Tristeza del hombre solo” cuando el tinto le aflojó la moral al Lorenzo y lo dejó abandonado a la buena de Dios. Se le metió el Diablo, como quien dice, ¿no? En un tiro tuvo a la Lucecita amarrada por la cintura, frentes y pechos bien juntitos. Ella ni protestó, eh. Parecían como envenenados bailoteando así por todo el patio. Recuerdo el momento en el que el colorado cerró los ojos y se despachó con un endemoniado solo de cajón fuera de ritmo. Fue justo mientras nosotros taconeábamos con fuerza en los tablones para disimular los pifies cuando el Zurdo me cabeceó para indicarme el paso firme de Barzola que avanzaba a los empujones entre la gente, con la mirada fija en la parejita y un bulto disimulado en la cintura. Supe que la Lucecita lo había visto llegar cuando se frenó en seco y dejó de bailar. Y ahí casi se me corta la voz, pero seguí con el estribo sin sacarles la vista de encima. Pichón seguía meta repique y el Zurdo me miraba como preguntando qué hacer. Cuando llegué al último verso, “…cerrar los ojos en mis noches de perpetua soledad…”, Barzola, cegado, enfurecido, en un solo movimiento manoteó a la Lucecita, la sacó del medio y se le encimó al Lorenzo. Desde la tarima parecía un abrazo, un simple cambio de pareja. Hasta me pareció que Barzola le decía algo al oído, pero un reflejo raro me dio en los ojos y no vi bien que pasó. En medio del estruendo percusivo del colorado y de nuestro empeño para que la música nunca parara, los hombres se separaron sin dejar de bailar. Y ahí mismito, el Lorenzo comenzó a temblar como un poseído, chocando con todo lo que se le cruzaba. Algunos de los borrachos lo festejaron, quizás pensado que estaba disfrutando del baile, pero cuando los dientes le estallaron contra el suelo muy pocos sonrieron. La sangre abandonó el cuerpo del muchacho por un tajo en su costado, y a la Lucecita se la llevó el padre a los tirones. En silencio guardamos las guitarras y nos fuimos pa’ la estancia.

No había lugar para el lamento.

Me va a disculpar, comisario. La verdá que no vi nada, dijo pausadamente el Gringo con su voz clara de tenor campero y los ojos clavados en el bigote reglamentario del oficial. Una vez terminado el interrogatorio se alejó por las veredas empastadas del pueblo, silbando entre dientes una zamba nueva para el repertorio.

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17 Respuestas a “* dos guitarras y un cajón peruano

  1. Grosa crónica campestre plagada de misterios. Supongo que esta descripción es válida. En caso contrario, acepto retruque.
    Salud y pesetas!!

    • Sergio, coincidimos. Esta crónica está tan plagada de misterios que los autores están pensando en llamar un fumigador experto para que despeje un poco la maraña y nos aclare un poco el panorama. Por lo pronto, lo único que nos queda es esperar al próximo episodio, a la misma hora y por el mismo baticanal! Salú!

  2. Cuento por entregas de creación coral. Digno por demás, una prosa amena, que promete. No como político en campaña, eh. Promete polenta Mágica, che.
    Abrazo poligonal.

    • Alertados por el año electoral y tanta promesa vana, los autores evitaron desde el comienzo aventurar resultados. Feo sería quedarse a pata y no poder ni siquiera llegar al ballotage (por suerte ya superamos la segunda vuelta y vamos por la quinta!). Gracias por pasar a chusmear, Sergio! Buena suerte y más que suerte!

    • Gracias Catartik, yo creo que nos queda bien el registro porque ya somos gente mayor y nos pega la nostalgia de esas épocas ásperas y desoladas. Adiós pampa mía! Ya se viene la segunda, manténganse sintonizados!

  3. Esta yunta es muy borgiana, muchachos. Bravo! Un ritmo absolutamente musical, unas frases para guardar en la memoria “la sangre abandonó el cuerpo…”, y tantas más. Y ese final retomado del ppio. que te obliga a empezar a leer de nuevo, y si te descuidás, de nuevo y de nuevo. Atrapante, como un laberinto.
    Abrazo

    • Vi, esta yunta agradece y disfruta de los comentarios y buena onda de una lectora leal (en un amplísimo sentido) como vos. Dos cosas: aunque creo que exagerás, el viejo Jorge se debe haber metido por algún hueco de nuestro inconciente (y si lo robamos vamos a decir que es un sentido homenaje!); y la otra, estoy convencido que el ritmo que te gustó tanto es mérito de Blopas, que además es escribir es músico profesional, agrónomo, amasador de pastas, malabarista retirado y centrocampista áspero pero de buen manejo. Bueno, algunas cosas son ciertas. Buena suerte y más que suerte!

  4. Tomo la oportunidad para que sigan o siga as’i. Siento que al gringo lo vamos a ir conociendo de a poco. Gracias por compartir su intimidad

    Si bien no puedo explicarlo al leerlo encontre un homenaje a la historieta argentina, a Trillo. A donde llegar’an?
    Marina

    • Marina, gracias por la visita y la lectura! Es posible que al Gringo lo descubramos entre todos, personas así de escondedoras suelen ser atractivas para ir escarbando. En la yunta colaborativa mezclamos las dos licuadoras que llevamos en la cabeza, así que es posible el mentado homenaje…( y también pueden ir apareciendo las cosas más bizarras). Con llegar al 1/19000 de lo que hizo Trillo, creo que nos damos por pagados.
      Buena suerte y más que suerte!

    • Sr Blopas, sepa usted que su activa participación en consejos, comentarios, reflexiones, esta placentera colaboración, y las pilas para futuros proyectos, lo ponen en el lugar de fan #1.5. Ahora lo importante: idear el plan para llenarnos de groupies frenéticas y gritonas. Para pensar.

  5. Pingback: Bitacoras.com

    • Groupie? No, no, no entendiste nada…esto no paga…tenías que seguir a un rockstar (como Emmanuel Horvilleur, por ejemplo). Ahí sí está la papa. Y la convicción está, no nos para nadie, que la sigan leyendo!

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