* pajaritos rocanrol

aquellos pajaritos que me hacían jugar bien al fútbol

se vienen, me empujan, me gritan

me dicen movete, corré, saltá

movete, pibe, jugá

y yo no sé qué hacer

porque no puedo interpretar

no proceso las ordenes

ni las indicaciones

soy un coso de azul cobalto

metido en un fierro, un caño

maniobrado con pulso firme

agarrado por la mano de alguien

que mete y saca y sacude

y tampoco sabe, como yo no sé,

qué carajo hacer (me gustaría abrazarlo)

no sabemos, decía, cómo hacer

para obedecer, para marcar la tarjeta

para estar siempre bien parado

ruleta verde ruleta césped ruleta muerte

sintético, sintético

porque ya no hay nada real

bajamos las persianas

y reventamos las ofertas

movete, corré, saltá

pajaritos rivotriles

pajaritos rocanrol

pajaritos revolean

miguitas de pan al viento

me hacen así con el pico

y dicen tumba, tambor, temblor.

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* pajaritos

El que nunca se la midió entre compañeros en el baño del colegio, es porque siempre supo que la tenía más corta que los demás. Se podía excusar en que esas eran cosas de putos, en la poca gracia de andar mirando pistolas ajenas, podía también invocar cuestiones higiénicas o ampararse en el peligro de la sanción que les caería en el caso de ser pescados in fraganti; pero ninguna de estas excusas se tomaba por válida y todas eran vistas como cobardía, estupidez o falta de compañerismo, llegando incluso a la temida y aberrante acusación de homosexualidad reprimida. Lo interesante de la situación, o lo perverso si se quiere, es que esta última acusación que ponía en duda la sexualidad del no participante, era preferida por él mismo antes que dejar al descubierto la desventaja con la que corría. Para ponerlo en blanco y negro: era mejor pasar por maricón que por pito corto. De esta manera la pelea era solamente contra un rumor malicioso e infundado; de la otra se planteaba la lucha desigual contra la amarga realidad. La crueldad es una carabina aceitada e implacable, y la adolescencia es el campo de entrenamiento para futuros francotiradores. Con esta pueril competencia, en principio inocente, se desata el más puro instinto animal, el espíritu de manada. Se trata de encontrar e identificar al macho alfa que regirá, hasta la llegada de un nuevo líder, el destino de los secuaces, a los cuales el pinet no les alcanza todavía para cantar victoria. El único mérito necesario para recibir la chapa de líder, de gran poronga, es básicamente tenerla más grande que los demás. Así de simple puede uno llegar y erigirse en la punta de la pirámide social, y en orden contrario, el menos beneficiado por la naturaleza se ubicará en la base de la misma como una lacra despreciable. Es por eso que a sabiendas de la propia limitación, se evita la confrontación.

Olvidemos a los siempre ganadores, aquellos que ostentan centímetros o grosor, o aquellos que logran mención honorífica por la robustez o el color o la elegancia; dejemos de lado a los inconstantes, los que en buenas rachas pelean la punta de la tabla pero que en un mal día arañan el descenso. Todos ellos se animan a jugar, y entregados al azar, tienen por sabido que la suerte favorece a los audaces. Detengámonos en los ajenos, los sospechosos, los acusados de traición que nunca se animaron a medirse el pajarito con la escuadra, los que saben que para ellos ya nada es cuestión de suerte, sino de un destino marcado de esfuerzo y resignación. Por más que después todo quede en el recuerdo como divertidas ocurrencias colegiales, tendrán durante toda su vida una sombra flotando sobre sus cabezas. La sombra de la vergüenza. El miedo al vestuario, el miedo a la primera vez. El miedo a todas las veces. La madre naturaleza es sabia, nos enseña primero lo realmente importante. Por esta razón el estigma longitudinal se descubre muy temprano, antes que cualquier otra verdad; se puede desconfiar de la existencia de Dios, pero es imposible ignorar que la tenemos chiquita.