* demasiadas lauras

Llegué cansado y roto. Jornada larga y estímulos pobres. Deambulé por el departamento sin tener nada que hacer, encendí todas las luces y caminé por todos los ambientes mirando todo lo que encontraba. Era como si fuera la primera vez veía los ceniceros, los libros, los adornos, los marcos de las puertas y ventanas, las pelusas que se revolvían en el piso, los utensilios de cocina. Todo me parecía nuevo y llevaba la marca de la primera impresión. Incluso me detuve por mucho rato a observar mi libreta; descubrí mi letra y me maravillé con cada trazo, estudié formas y contraformas, establecí patrones emocionales según la amplitud de cada “o” que encontraba. Después me aburrí. Fui hasta el teléfono y marqué un número al azar. Me atendió un hombre, por su voz calculé que tenía alrededor de cuarenta años y una familia sospechosamente feliz. Sin vacilar le pregunté si conocía a Laura. Siempre funciona, todo el mundo conoce a una Laura, y generalmente ese nombre trae asociadas alguna relación non sancta o, en otros casos, revuelve recuerdos que mejor mantener como están, bajo tierra. Noté que la pregunta lo puso nervioso, mantuvo silencio un par de segundos y luego preguntó, sin afirmar ni negar, quién hablaba.

–       No importa. Te llamo mañana. -. Corté.

En la heladera me quedaba nada más que un poco de fiambre y una cerveza. Tiré un resto de arroz de la semana anterior y una pata de pollo de la que no recordaba su procedencia. Me comí el fiambre y me tomé media cerveza. Me tiré en el sofá, me saqué los zapatos y prendí la televisión. En un canal estaban dando un documental sobre la reproducción de los reptiles, en otro la biografía de un presidente latinoamericano, seguramente derrocado, y en otro el Festival de la Canción Italiana. Volví a los reptiles.

Me quedé dormido no sé cuánto tiempo. Cuando me desperté los reptiles se habían ido y ahora el asunto en cuestión eran animales diseñados para matar. Interesante. Me sobresalté con el ring del teléfono, yo conocía a muchas Lauras. De todos modos atendí.

–       ¿Qué hacés? ¿Te acordás de F*******? – me dijo Cairo.

–       No.-

No tenía gracia preguntar por F*******, siempre tenés que preguntar por Laura, así funciona, pensé.

–       Sí, ¿cómo no? Te tenés que acordar.-

–       ¿Qué F*******?-

Las  barracudas son el ejemplo excelso del diseño mortal, son máquinas perfectas y sin fisuras que cuentan además con un instinto asesino desproporcionado, infalible, y envidiable. Por lo menos así decía la televisión, menos lo de envidiable.

–       F******* F*****, la que se recibió con nosotros. – explicó.

–       Ah. Sí, me acuerdo.-

De hecho me acordaba bastante. No muy seguido, pero podía tener un recuerdo muy vívido de ella en las ocasiones en que me dejaba arrastrar veinte años hacia atrás. Morocha, pelo corto, anteojos, poca sonrisa y mucho misterio. En ese tiempo me gustaba y creo que yo también le gustaba un poco; tal vez si hubiera firmado la nota que le dejé una vez entre sus papeles diciendo que la quería, hubiera podido sacarme la duda.

–       Bueno, está muerta.-

–       ¿Cómo muerta? ¿Cómo sabés?- no es que me afectara particularmente, pero en ese momento la charla con Cairo era lo más entretenido que me había pasado en el día.

–       Sí, muerta. Estaba acá, cagando, leyendo el diario, y en las necrológicas apareció el aviso. ¿Viste esos recuadritos que ponen los deudos como despedida? Bueno, eso, con el nombre, la edad, las dos fechas, todo.-

–       ¿Dice algo más?-

–       Sí. Es un poco raro. Debajo de todo pusieron en itálica “Tus culpables nunca serán perdonados.”. Loco, ¿no?-

–       Sí, loco.-

Escuché un rato las teorías de Cairo sobre las posibles muertes de F*******, y después de que se le agotó la imaginación cortamos. Apagué la televisión y me terminé la media cerveza que quedaba. Fui a la cocina y lavé las cosas que se habían juntado en la pileta durante la última semana. Cuando terminé planché la camisa para el otro día. El cansancio se me había ido y estaba inquieto. Prendí un cigarrillo y volví a mi libreta. Esta vez mi escritura no me sorprendió, me di cuenta de que conservaba la misma forma retorcida y apretada de escribir desde que estaba en la secundaria, tal vez ahora era peor. Me puse a escribir sin pensar sobre mi cansancio, sobre mis notas, sobre los marcos de las puertas, sobre fiambres y quesos, sobre todas las Lauras que conocía; sobre el número que a la tarde había visto escrito en la puerta del baño de hombres de Constitución ofreciendo sus servicios. Escribí sobre reptiles y golpes de estado. Me sentí solo, vacío y desprotegido. Agarré el teléfono y llamé.

 

* el señor miller

Como tantas otras veces, el señor Miller no había podido dormir la noche anterior. No encontró el placer que buscaba, no pudo olvidarse de sí mismo para ser en sueños quien se le dé la gana, y sintió esa ansiedad profunda que empieza en el estómago y asciende súbita para cerrarnos el pecho y la garganta. Otro jueves cualquiera estaba apenas comenzando, y la ciudad se fundía del naranja al amarillo sin que nadie lo notara.

Como todas las mañanas en que se encontraba desanimado, después de lavarse la cara y los dientes, comenzó a masturbarse de pie junto al lavabo, evocando en su memoria a las rubias divas del cine mudo. Al mismo tiempo pensaba cuáles serían las absurdas y arbitrarias, casi compulsivas, rutinas matinales que tendría la gente que conocía. Imaginó que la viuda del piso de arriba no podía desayunar si antes no se daba un baño de asiento de no menos de cinco minutos en un blanco y reluciente bidet, recién entonces se sentaba a la mesa ya preparada y tomaba el café con la fotografía de su finado esposo; imaginó también que el obeso hijo menor del doctor del chalet de enfrente se despertaba muy temprano para desarmar la cama y sacudir las sábanas, esparciendo por la ventana la evidencia de las galletas de chocolate que devoraba por las noches, y que luego volvía a  dormir hasta que lo llamaban a desayunar; seguramente el encargado del edificio contiguo ejecutaba religiosamente cincuenta flexiones de brazos y treinta abdominales, y luego, mirándose al espejo con el torso desnudo e hinchado por el esfuerzo, se peinaba prolijamente emulando de memoria el jopo de James Cagney en “Angels With Dirty Faces”.

Terminó de masturbarse y se sintió feliz, pero no por el acto onanista en sí, sino porque se dio cuenta de que su imaginación dibujaba las historias que el insomnio le robaba noche tras noche. Emocionado por el descubrimiento, decidió no ir a trabajar y pasar el día disfrutando de las ocurrencias que esa mañana, como nunca antes, llegaban a él como un tropel manso pero imprevisible. Guardó su reloj pulsera y su despertador en un cajón de la mesa de luz; lo mismo hizo con el reloj de péndulo que colgaba de la pared de la sala de estar, ocultándolo en un rincón del placard. Liberado de las restricciones e imposiciones temporales, el señor Miller improvisó un método sencillo y efectivo para estimular sus pensamientos: tomó la guía de teléfonos vieja y desactualizada que conservaba desde hace años, y abriéndola al azar en cualquier página comenzó a leer uno por uno los nombres que allí descansaban inútiles. Luego experimentó con malabarismos de combinaciones entre diferentes nombres y números que nunca había visto, jugó con los números de calle de cada abonado al servicio, mezcló y remezcló nombres, apellidos, números y páginas, divirtiéndose con los resultados. Estuvo así largo rato, hasta que su percepción dejó de distinguir cada dato como único, y cada página de la vieja guía se transformó en un mar gris y profundo en donde flotaban a la deriva todos sus pensamientos, fantasías y anhelos.

Tan absorto estaba que cada nombre que leía podía asociarle sin esfuerzo una cara, una casa, una rutina, una vida completa; y así ese hombre que vivía en la calle Rasimud o esa mujer cuyo número de teléfono terminaba en seis, se paseaban por la sala del señor Miller tranquilamente como transeúntes distraídos que no tienen adonde ir. Varias personas, de los cientos que el señor Miller imaginó que lo visitaban, entablaron con él amenas conversaciones, charlaron largamente sobre los precios del mercado, discurrieron sobre los problemas de corrupción que aquejaban a la policía local, y bromearon un poco sobre el mundo del espectáculo y del cine. Fue dejando la guía telefónica a un lado, a medida que avanzaba con su ejercicio, más hábil se volvía para controlar el proceso sin ayuda de estímulos externos. Ríos de imágenes y colores brillantes fluyeron durante horas por la mente del señor Miller, envolviéndolo en placer y felicidad, transformando un jueves común y corriente en la piedra basal de la nueva vida que nuestro señor emprendería de ahora en más. Fue plenamente consciente de que había cambiado para siempre, que ningún sentido tendría tratar de comprender su vida como había tratado de comprenderla hasta ese jueves y por supuesto, fue consciente de que se sentía un hombre nuevo y diferente. La amargura de la noche anterior había desaparecido, y en su lugar todo era calma y serenidad.

Cuando bajó el sol y la luz de la marquesina de la tienda de regalos de la esquina fue la única claridad que entraba por la ventana, el señor Miller decidió que ya había sido suficiente para un solo día; les dijo hasta mañana a todas sus ideas e invenciones, desarmó cuidadosamente las fantasías que había construido, se acostó con la ropa puesta y dejó la ventana abierta para disfrutar la brisa nocturna. Se durmió rápidamente y no necesitó soñar con nada ni nadie.