* melodía del desconcierto

***

Novena entrega de la saga del Gringo y la Lucecita, obra en colaboración con el Sr. Blopas, que también pueden encontrar en su blog “Proyecto Anecdotario”. 

La 1ra parte la encuentran acá:  dos guitarras y un cajón peruano.

La 2da parte la encuentran acá:  tinta fiera.

La 3ra parte la encuentran acá:  la última estación.

La 4ta parte la encuentran acá: los piojosos.

La 5ta parte la encuentran acá: la culpa no es del toro.

La 6ta parte la encuentran acá: bajo el agua.

La 7ma parte la encuentran acá: los eslabones.

La 8va parte la encuentran acá: en las vísperas de san la muerte.

***

A un costado del escenario improvisado, el Gringo y el Zurdo afinaban las guitarras, con el mismo gesto adusto y desconfiado que se les había instalado en la cara el día en que aceptaron la propuesta de Don Miguel. “A la mala espina se la debe respetar”, decía siempre el Zurdo. El Gringo, cuyas preocupaciones excedían largamente las de su compadre, aceptaba esa sentencia, pero callaba. A veces no hay mucho que hacer contra los deseos del tallador; se aceptan las cartas y se juega con el pico cerrado tratando de evitar el mazo. Cuando los armónicos dieron el visto bueno a la afinación, los músicos respiraron hondo, se acomodaron las pilchas, los pañuelos de rigor, y se dispusieron largar el espectáculo. Desde el centro de la tarima, Pichón repicaba los dedos suavemente sobre el cajón, cortando a gatas la modorra de la concurrencia y concentrando algunas miradas vidriosas fruto de la sobremesa. Como se sabe, en cualquier festejo el hambre es lo primero que se acaba, mientras que la sed es mucho más brava de saciar; la humedad de la pampa reseca el alma y el espíritu, valga la contradicción.

Los primeros acordes se mezclaron con algunos aplausos tímidos y palabras inentendibles a las que el Gringo no prestó atención, pero que Pichón y el Zurdo consideraron de aliento. La “Chacarera de la Redención” rompió el hielo y la quietud reinante. El trío era ciertamente virtuoso. A pesar de lo inestable de la percusión, la energía que contagiaba era capaz de animar un velorio a cajón cerrado. Con el profesionalismo como bandera, el Gringo empujaba sus malos pensamientos e inevitables sospechas hacia el fondo, trataba de mantener la calma y el compás en medio de todo ese revoltijo en el que veía enredarse más y más. Sin embargo, su mirada mañera se le escapaba por todo el lugar en busca de la figura gentil de la Lucecita, que hasta ese momento se destacaba por su ausencia. Las primeras parejas se animaron y le entraron al bailongo sin esperar demasiado. Bien al fondo, donde los copetudos los pusieron por las dudas de que tuvieran olor rancio, el “Esqueleto” Borghesi, Benítez y los demás peones golpeaban la mesa con sus manos renegridas. Y aunque era aún temprano para estar entonado, el tape Ensina se le animó al estribillo con su vozarrón de llano herido. No faltaron las palabras a la memoria del difunto  Juan Gauna y para la viuda que lo lloraba. Curiosamente, nadie recordó al malogrado Lorenzo.

El baile ideado por Don Miguel transcurría sin tropiezos. Su deseo de mostrar que en la estancia nada era tan grave parecía satisfecho. A un costadito de la pista, con sendos vasos de sangría sin tomar, Becerra y Carlini repartían sus sentidos entre el jolgorio y el deber. Tenían orejas de sobra para los corrillos y también para la música, y con los cuatro ojos podían atender no sólo al Gringo y Barzola, sino también, y por qué no, al mujeraje fatal. Del otro lado de la pista, el oscuro capataz aguardaba su momento de pie contra una acacia. Los hombres de la ley parecían esperar ese mismo momento para hacer su jugada. Pero los hechos estaban a punto de desbocarse como bagual asustado. Miradas oblicuas trazaban la pista. Don Miguel observaba al Gringo; el Gringo vigilaba a Carlini y Becerra, y éstos miraban cómo Barzola, haciéndose el desentendido, relojeaba el camino que bordeaba el casco.

Los que no estaban borrachos notaron el gallo del Gringo en el tercer valsecito, justo cuando llegó al lugar, tardía y en soledad, la Lucecita. Todas las miradas recayeron en ella. Traía maquillada en el rostro una inocencia en la que ya nadie creía. En eso, los amigotes de Juan Manuel comenzaron a revolearlo al aire entre vítores y carcajadas mientras Don Miguel aplaudía contento. En ese breve y extraño desorden general, los investigadores reaccionaron con velocidad de culebra. El momento había llegado.

–  Ahora, Topito, ¡vamos! ¡Largue ese vaso, caramba! –  exhortó Becerra excitado, antes de tomar raudamente el camino de salida. Carlini dejó el vaso en una mesa cualquiera y lo siguió.

– ¿Está seguro de que es el momento? –  preguntó.

– ¡Por supuesto! La mejor manera de sorprender en este ajedrez es jugar a las damas, Topito. ¡Sígame! –

– Es usted brillante, comisario. –  dijo maravillado Carlini mientras anotaba la máxima con letra chueca y apresurada en su libreta de apuntes.

Media hora después, Barzola abandonaba la estancia en su rastrojero. Ante una seña inequívoca de la Lucecita, que había visto partir a su padre, el Gringo también supo que había llegado su momento de actuar como solista.

***

Anuncios

* en las vísperas de san la muerte

***

Octava entrega de la saga del Gringo y la Lucecita, obra en colaboración con el Sr. Blopas, que también pueden encontrar en su blog “Proyecto Anecdotario”. 

La 1ra parte la encuentran acá:  dos guitarras y un cajón peruano.

La 2da parte la encuentran acá:  tinta fiera.

La 3ra parte la encuentran acá:  la última estación.

La 4ta parte la encuentran acá: los piojosos.

La 5ta parte la encuentran acá: la culpa no es del toro.

La 6ta parte la encuentran acá: bajo el agua.

La 7ma parte la encuentran acá: los eslabones.

***

A lo largo de varias generaciones, la familia Goitía había labrado su historia en la zona, una historia en apariencia sin máculas que imponía a la vez respeto, admiración y confianza. Los Goitía, del patrón Don Miguel para abajo, eran conscientes de ello y si bien muchas veces podrían haberse aprovechado de su condición, nunca lo habían hecho. No obstante, también sabían que aquellas dos muertes en sus dominios habían sacudido tanto la monotonía del pueblo como los ánimos internos en la estancia. La buena voluntad de la peonada, esos inservibles desagradecidos que siempre andaban trayendo problemas, se había quebrado como un tallo seco y ya no se podía contar con Barzola para recomponerla; el capataz ya no era el mismo, se lo notaba disperso, ajeno a las decisiones importantes y sin el pulso firme que lo caracterizaba para manejar a aquellos salvajes.

Pronto tendría lugar el cumpleaños de Juan Manuel, el menor de los Goitía, preferido de Don Miguel, y en contra de las recomendaciones de mantener el perfil bajo, el jefe de la familia decidió armar un festejo a la medida. Se mandó invitar a todo el mundo, desde los vecinos más ilustres, pasando por comerciantes, funcionarios, el párroco, el doctor, hasta a los peones, la generosidad de la familia debía quedar fuera de toda duda. Incluso le habían hablado muy especialmente al comisario Becerra para que se dejara ver por ahí; siempre es bueno reafirmar que se camina por la misma vereda que la ley. Los Goitía no eran de andar haciendo ostentación, a pesar de la gran cantidad de gente invitada sería una jornada tranquila: mediodía de asado y vino, por la tarde unas carreras de sortija y vino, y al caer el sol un cierre con baile, guitarreada y vino. Don Miguel había resuelto contratar al Gringo y su trío, a sabiendas de que los músicos gozaban de gran fama y eran apreciados por todos, y también como un guiño conciliatorio hacia la peonada. Al principio los músicos no se mostraron muy entusiasmados, pusieron algunas excusas referidas a un repertorio agotado, al cansancio, a viajes incomprobables a estancias alejadas, pero ninguno de los tres hizo alusión alguna a su anterior presentación. Esquivaron el asunto hasta que Don Miguel zanjó la cuestión con un fajo de billetes de notorio calibre. El Zurdo, Pichón y el Gringo finalmente se rindieron ante la oferta con el descontento natural de los herejes necesitados.

En la comisaría las caras y los ánimos no andaban mejor. La investigación marchaba lenta como un buey en el barro y, para colmo de males, la presión popular comenzaba a hacerse notar. De buenas a primeras, en los troncos de la plaza y sobre algunas paredes habían aparecido afiches que reclamaban justicia por la muerte impune de Juan Gauna. Un periódico de la capital había escrito una nota al respecto, y recién entonces los altos jefes policiales despertaron de su acostumbrada modorra, comenzaron a hacer preguntas obligadas y a exigir resultados inmediatos. Con todo esto, el acostumbrado buen humor de Becerra y Carlini había comenzado a resquebrajarse como un cuero al sol. Sin embargo, seguían adelante sin cambiar un ápice su hipótesis de trabajo. Habían debido desandar varios senderos en la investigación ya que nadie en el pueblo ni en la estancia había podido aportar ni un solo dato valioso. Pero ellos morirían en la suya si era necesario. Y asistir al baile sería, justamente, uno de los últimos cartuchos que podían quemar antes de ver rodar por tierra sus cabezas.

En la estancia, los piojosos de Barzola recibieron la invitación en silencio. Se miraron preocupados y los semblantes de fueron tornando poco a poco más amargos, ásperos, y resignados que de costumbre. Nadie mejor que ellos sabía, o adivinaba, que la puerta de entrada a toda la desgracia que aquejaba al pueblo había sido un festejo muy similar al que se avecinaba. Al mal paso darle prisa, pensaron algunos y siguieron la ronda del mate, aunque evitaron mirar el banco vacío que sabía ocupar el Gringo, y la silueta del capataz que se recortaba a contraluz en el marco de la puerta.

***

* por los cadáveres (*)

Por los cadáveres de todos aquellos sobre los que nos estamos meando en este momento. Por ellos. O por todos los que no aceptamos que recordamos. Festejamos, celebramos, reímos y compartimos. Lo que sea. Los que seamos. Porque pensamos que nos redimimos; porque pensamos que los continuamos, y en ese imperfecto acto nos regalamos a nosotros mismos la trascendencia. Y nos equivocamos, porque por más demonios que creamos ser, seguimos siendo marionetas. Y eso es un problema. Una emergencia. En caso de emergencia desangre una bestia sobre el mantel, así me dijeron una vez. Y parece ser que festejar está bien, que festejar es normal. Normalidad, el tema es la normalidad. Somos las fieras que morirán. Ojalá nos encuentre el final mirando descuidados por una ventana. En ese final sabremos que todo fue mentira y que los excesos y los esfuerzos y la constancia y la dedicación y el talento y la memoria y la percepción y el amor y el dolor y el regocijo y la permanencia y la rebelión y la compasión y la razón y el remordimiento fueron ilusiones que se nos acabaron demasiado tarde. Por todo eso. Por lo inconexo. Por lo inefable. Por lo espontáneo. Por lo salvaje. Por lo que estamos reunidos ahora, en ronda, en ritual, en confabulación. Y todo saldrá bien y nada saldrá mal; porque nos queremos creer que todo funciona de esta manera. Porque siempre quisimos ser Bukowski, y porque  lo único que conseguimos fue mearnos en los pantalones a la salida de un bar. Recuerdo la bestia y recuerdo el mantel. Y quiero festejar y quiero desvanecerme, quiero volver a ser una cosa parecida a lo que me hubiera gustado ser. Es domingo y hay que morir, pero todavía nadie levantó la voz y todo sigue tranquilo en la costa. La costa negra que no querés visitar. La costa negra que te da miedo. La costa negra que avanza temblando durante la noche ganándole centímetros y milímetros a tu propio negro. Parece entonces que todo se acaba en el negro, en la oscuridad. Parece. Pero tal vez no, tal vez el festejo sea real y todo tenga sentido finalmente. Porque un jabalí corre fiero por las playas de la Costa Negra sin importarle demasiado los embates de las olas.

***

(*) Texto redactado y publicado sin edición ni corrección bajo los efectos de los gratos estímulos recibidos durante la reunión cumbre y festejos organizados por Gonzalo Viñao, el pasado fin de semana en la ciudad costera de Mar del Plata. Fue un encuentro más que fraternal entre gente que trata de hacer lo que le gusta (en este caso se trata de escribir) y compartirlo. Los demás resultados de esta experiencia (fotos, comentarios, dibujos, música en vivo, etc) los pueden encontrar en el blog del anfitrión: Costa Negra.
Pasen y vean, sres y sras!

* gran festejo gran!

Tres payasos están sentados al borde de una pileta. Ríen, se mueren de risa. Se miran y sueltan carcajadas infernales, largas y contagiosas. De tanto en tanto hacen una pausa breve, y arrancan nuevamente con nuevas risotadas descontroladas y deformes hasta perder el aliento. Se balancean y sacuden en espasmos hilarantes, teniendo que palmearse uno al otro para poder respirar. Da gusto verlos así, felices y contentos, derribando los mitos y mentiras de los payasos tristes y desconsolados que la mala gente esparció por todos lados. Los payasos no dan miedo, los payasos son muy divertidos cuando quieren serlo. Es su vocación. Son artistas de la risa.

Con los pies metidos en el agua, chapoteando con zapatones y todo, están tan divertidos que poco les importa en este momento. Si bien están un poco desaliñados por el esfuerzo, se los puede reconocer fácilmente, son las estrellas de la tarde. El Maravilloso Rompetutti tiene la pintura corrida por toda la cara y el bombín medio abollado, a Zapallito se le venció el elástico de los tiradores y perdió la mitad de las lentejuelas del corbatín, y Naranjita va a tener que renovar la peluca zanahoria que lo llevó a la fama, ahora hecha tiritas que le cuelgan de la cabeza.

Pero no les importa nada. Tranquilamente saborean y disfrutan, entre tentación y tentación, las galletitas de manteca que compraron para festejar, haciendo suyo ese momento, riendo y riendo.

Mientras, desde el fondo de la pileta, enmarañado en sogas, aplastado por bolsitas de arena y alpiste, el enano Marcelito les escupe burbujas de odio y desesperación.