* no le busques el sentido

Soy yo otra vez. Te escribo esta segunda carta porque descubrí que estoy atravesando por un período que denomino de “negación bíblica”. Notarás que tardé tiempo en volver a escribirte, y no fue por vergüenza o falta de ganas, fue porque dejé correr los días sin darme cuenta, aturdido quizás por la cotidianidad aplastante, y retomar la escritura se me hizo bastante dificultoso. Vuelvo ahora, entonces, a divagar y a buscarme a mí mismo. No es que crea que vaya a  encontrarme, ni siquiera se trata de un método establecido. Se trata de nada, se trata de mí. La letra, ya ves, parece ser la misma, pero advierto poca firmeza en el trazo y menor contundencia en las palabras. Es un pozo. Un pozo ciego. Una abertura hacia otro lugar. Una escotilla que se abre y se cierra según conveniencia de mi estado de ánimo. Yo no controlo, ¿cómo podría?, nada de eso, ni la escotilla ni mi estado de ánimo. La humedad no me ayuda. Me destroza los huesos. Reconozco el dolor y siento los músculos cansados, atrofiados. Me sé atrofiado. Veo el camino descendente. Veo aproximarse el final de la línea. Me veo morir sin haber logrado absolutamente nada. Reconozco mi propia mediocridad y no puedo pelear contra ella. Monstruo. No le encuentro sentido a semejante lucha. Y en todo caso te recomiendo no apostar por mí. No me voy a parar en ese ring, no porque no quiera sino porque no puedo. Alegría. Dilato el momento de ponerme a escribir. Me disperso, lo admito. Es como si hubiera desarrollado un mecanismo de defensa que me aleja de la angustia que me provoca la acción de escribir. La cabeza estalla y los fragmentos se alejan entre sí, desaparecen, y me quedo vacío sin poder rellenar ningún espacio. Es difícil encontrar el rumbo, el propósito. Me distraigo. Elijo la distracción como placebo para aguantar, para sentir. Pero todo es mentira, o casi, digamos que ese placebo es una realidad disminuida, segmentada. Viñetas de una historieta sin gracia y sin remate. Así estoy, casi desvanecido.

Entonces, quizás, (pensé) que si me relajaba y me ponía a contarte algunas cosas podría sacarme de encima muchas de las trabas que siento como condicionantes. Elegí este segundo párrafo para aflojar un poco después de toda la mierda que tiré en el primero, espero que todavía sigas leyendo (las posibilidades existen, y asustan, pero ese es otro tema). No sé, puede suceder que todo esto termine en una notita de amor guardada entre las páginas de un libro y que encuentres muchos años después, sin recordar mi nombre pero reconociendo mi letra al instante, letra de zurdo enrevesado y desprolijo, o tal vez el destino infame  de estas líneas sea el de engrosar un tratado filosófico o algún ensayo social aburridísimo. Pero lo más seguro, creo yo, desde mi pequeña óptica, es que se convierta en un campo de batalla, escenario de una justa deportiva, el tablero de un juego de mesa complejo y agotador. No te asustes, juego contra mí mismo, te necesito sólo para que observes y no me dejes hacer trampa. Tiro dados.

Y ahora disimulemos. Juguemos. Hagamos de cuenta que “lo importante es competir”, aunque los dos sepamos que eso funciona sólo en el plano de lo ideal y que lo tangible difiere bastante de semejante barbaridad. Juguemos. Que nada tenga sentido es parte de mi estrategia. No es foul, no es foul. Sigo escribiendo buscando la inercia. Desconozco de dónde procede pero lo intuyo. No tengo noción alguna de física. Ni de cinética. Ni de dinámica. Líneas cortas, meditadas. Imprecisas, sí, llenas de dudas, sí, también, y de ideas a medio terminar. A medio pensar. Me pregunto si es posible pensar a medias (pensalo, es enfermante), si en nuestra cabeza elaboramos bocetos inconclusos que descartamos al instante sabiendo, mediante una proyección velocísima, que por más que llevemos esas ideas o pensamientos hasta el límite, nunca llegarán a ser nada. Ese es el sentimiento de fracaso más irreversible. El fracaso de la ida. Surge una nueva pregunta, mucho más terrible (que no voy a hacer, no me animo a escribirla siquiera). Los convencidos me dirán que no hay fracaso mientras haya intento, y yo les diré que con mucho gusto visitaré su iglesia. Nada. Habrás notado que escribo y escribo y escribo, como drogado, narcotizado, como preso de furia y de grito y de espasmo. Así funciona. Lo bueno de escribirte estas cartas es la impunidad. Perdón, es un atropello, lo sé. Nadie puede resistirse a leer algo que le fue destinado, por eso sé que vas a leer hasta el final (de hecho, en esta instancia del juego lo que estoy haciendo es manipular tu interés para que me sigas acompañando, en soledad todo es mucho más difícil). La comunicación es energía, es un impulso eléctrico. Es una necesidad, somos transmisores hambrientos que buscan la devolución, el rebote, el feedback. Pero no cualquiera. Buscamos la onda magnética que confiera a nuestra emisión la entidad que creemos que merece. Aunque no sepamos cuál sea el deseo incluido dentro de esa onda, podemos identificar en el instante cualquier reflejo de la misma que nos complete esa necesidad; y también podemos identificar, por pequeño que sea, el germen de esa respuesta, lo que nos obliga a intensificar la señal y escarbar y escarbar hasta estar seguros, y a veces no, de que ese destino es el apropiado.

Voy terminando mi turno, es bueno saber cuándo replegarse. Lamento no haber sido tan locuaz como en mi anterior misiva (¿misiva? ¿dónde y cuándo habré aprendido esa palabra?), pero como te conté al principio, allá arriba, en el primer párrafo, no se me está dando con facilidad el asunto este de la coherencia. Me despido pidiéndote un favor enorme: no trates de encontrarle ningún sentido a todo esto. Posiblemente sea todo mentira. Y en definitiva, ¿qué sentido tiene perseguir la verdad? Avanzo tres casilleros.

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* jericocoara

Desde esta mañana una nube reposa sobre mi cabeza, persistente, densa, oscura. No me deja ver más allá del instante efímero que transito. Mis pensamientos flotan delante de mi cara y cuando quiero detenerme o acercarme a alguno de ellos, se pierden en la consistencia gaseosa de la nube. Desaparecen, se alejan, se cambian por otros. Es todo demasiado confuso. Me cuesta ver las cosas con nitidez. Trato de ordenarme para idear el plan de acción, para remontar el partido de hoy.

Pero es difícil. Cada vez que la ficha con tu nombre cae sobre el tablero, todo se redimensiona y se complica; ya no valen tácticas ni estrategias, cualquier jugada es imposible de anticipar. Las fichas se alborotan, los casilleros se desdibujan, los dados me abandonan. Lo único que se me ocurre es hacer trampa, pero no tiene sentido hacerle trampa a quien no sabe que está jugando. Porque este es mi engaño, el juego del que escribí las reglas una por una según mi conveniencia, el juego del que no puedo salir, y en el que te metí sin preguntar. Lo irónico es que voy perdiendo. Como en un laberinto de espejos las escenas se multiplican, se repiten ad eternum y cada copia me ofrece una pequeña variable, interpretaciones de lo que sucedió realmente y elucubraciones fantásticas de lo que podía haber sucedido si.

¿Será real esa playa que nunca conocí, de arena fina y blanca, en la que hubiera podido encontrarte tendida de espaldas al sol, con los brazos bajo la cabeza y el pelo de cobre cubriéndote la cara y parte de la espalda? Espero que no.

 

* final

Sus pensamientos, su rapidez y su habilidad para lo indecente, fueron las cosas que a ella le llamaron la atención sobre él. La noche se le escapó hace dos horas, y no quiere perder nada más. Entre ellos siempre se interpuso esa lejana sensación que provoca el olvido obligado. Y ahora, enfrentados en esta estúpida situación, ninguno quiere ser el que primero lastime. En un acto de caballerosidad, él cede su turno.

No la mira, pero siente su mirada descansando sobre sus manos. Con la vista fija en el paño verde de la mesa, comienza a pensar en que la derrota tal vez no sea tan mala, tal vez hasta le convenga perder. Pero por hoy es preferible no pensar demasiado, así que se guarda las cavilaciones en un bolsillo. Escucha atentamente sus palabras y se sumerge en la más profunda de las dudas. La elección no es fácil, no es un rival cualquiera.

Ambos saben que ninguno es mejor que el otro. Ella no lo odia tanto, pero jamás cedería un milímetro ante ningún hombre. En este momento sólo quiere destruirlo y humillarlo, bajarlo del pedestal en el que los demás lo pusieron, arrancarlo del trono usurpado mediante mentiras y engaños. Él la quiere, pero las cartas ya están jugadas.

Repentinamente, como volviendo a la realidad, él toma el vaso decidido y de un solo trago apaga su sufrimiento echando por tierra las consideraciones y dejando que afloren sus instintos más salvajes y despiadados. Sostiene un escarbadientes entre los labios mientras le clava su habitual mirada de despedida. El rostro serio y adusto se le transforma dando paso a una sonrisa de suficiencia. Apoya con mano firme su último naipe, aplastando inclemente a la sota de basto que los observaba muerta de miedo desde la mesa, y se levanta lentamente, porque el rey es macho.

* (circa 1997)