* malfatti 6

Mi padre disfrutó de la vida como nadie. Era un entusiasta y un creyente. Creo que de él heredé el convencimiento y el tesón. Era alto y buen mozo, y siempre tuvo mucho éxito con las mujeres; tanto éxito tuvo, que infinidad de veces nos vinieron a golpear la puerta maridos heridos en el ego exigiendo explicaciones y resarcimientos morales. En esas épocas el matrimonio y las obligaciones conyugales se tomaban en serio, no con la liviandad de ahora, por eso mi vieja siempre lo defendía y daba la cara por él. Incluso llegó a hacerse cargo de aquellas deudas por ella misma, pagándolas al contado, o al contacto. La polaca valía lo que pesaba. Entre esos vaivenes cotidianos, Antonio Malfatti, mi padre, vivía convencido de tener razón; y de esta manera se desenvolvía en todos los aspectos de su vida. Poco afecto a la jornada laboral, porque pensaba que estaba más allá de esas tareas humillantes, se consideraba un hombre de ideas. Ideas cortas, mundanas, de poco vuelo, inútiles, pero ideas al fin. Como era un hombre reservado y de muy pocas palabras, aquellas ideas nunca trascendieron de las discusiones en la sobremesa de la cena, recitadas con voz de vino tinto. Su confuso y anunciado final no sorprendió a nadie, ni siquiera a mí. A pesar de mi corta edad, comprendí que el legado que me había dejado marcado cada noche con el revés de la mano derecha me sería de gran ayuda durante toda mi vida.

La clave para triunfar en este mundo es la perseverancia. Se puede ser extremadamente brillante o talentoso, pero si no se es amigo del esfuerzo, y si no se trabaja constantemente en mejorar y en llevar a cabo los proyectos en los que creemos, podemos terminar boca abajo en un zanjón preguntándonos por qué la injusticia nos marchitó los sueños tan pronto. Y estaremos muy equivocados. Por eso es que en los principios de nuestra carrera nada nos detuvo. Ni los meses de reformatorio, ni las mil y una noches en calabozos y celdas pestilentes, ni las corridas a hospitales clandestinos para coser algún tajo malevo, ni los amigos que se nos iban yendo, ni la familia que nos daba vuelta la cara. Nada. Ni el exilio limítrofe, ni el olor rancio de la pólvora en el desayuno, ni la primera novia que nos batió más de una vez. Seguimos adelante sin dudar, aprendiendo de cada caída y de cada descuido, perfeccionándonos cada vez más. Inventamos la profesión y delineamos a paso de hormiga lo que luego se convirtió en La Biblia del malhechor, según algunas crónicas tendenciosas. Le confieso que me da cierto orgullo.

Mi herencia paterna de convencimiento y tesón, como le dije al principio, fueron las características de mi liderazgo en “La Violeta”. Nunca me tembló el pulso en todo ese tiempo, para bien o para mal, y siempre viví convencido de lo que hacía. No era mi destino confundirme entre las sombras grises de la sociedad adormecida y conformista, no estaba hecho para malograr mi futuro aceptando los preceptos que nos querían imponer. No, no, yo estaba para más. Y la fruta no cae lejos del árbol.

* continuará

* ver capítulos anteriores aquí
Anuncios

* malfatti 5

Créame, no fue fácil encauzar todo este asunto. La clandestinidad tiene sus pro y sus contra, existen vericuetos impensados en donde uno va cayendo y se las tiene que arreglar como puede. Lo primero y lo más importante que aprendí una vez que entré en este baile, es que está lleno de traidores. Tarde o temprano entran a tallar cuestiones inevitables como la envidia, la avaricia, el rencor, y esas cosas tan inherentes al ser humano. No es nada personal, simplemente gajes del oficio. Pero como reza el refrán que repetía todo el tiempo el Negro Soria, el que avisa no traiciona. Por eso con el correr del tiempo me fui haciendo cada vez más ducho para interpretar a la gente. Gestos, palabras, silencios, miradas, nada se me escapaba; de esta forma evité hacerme mala sangre cada vez que alguno se desbarrancaba y había que ponerlo en vereda.

Por suerte nosotros nos destacamos siempre por ser muy unidos. El espíritu de grupo se hace muy fuerte en este tipo de trabajo, cada uno acepta sus responsabilidades y se hace cargo de sus aciertos y errores para que la máquina siga andando como corresponde. Por ejemplo, ningún reproche ni ninguna palabra agraviante se le escuchó al Cholito cuando le rompimos las dos rodillas con un martillo por habernos querido madrugar con una mercadería recién salida del puerto. Se la bancó como un duque, lástima que la infección se lo llevó diez días después. Injusticias de la vida. En fin, por este tipo de organización y método de trabajo es que nos hicimos un lugar, un nombre; en esos tiempos todo era bastante improvisado y con esfuerzo nos fuimos ganando el respeto y la admiración, aunque también el temor, de nuestros pares y conocidos.

Usando la cabeza siempre se llega más lejos y más rápido que usando el corazón, suena duro e insensible, pero es así. Aunque muchas veces me tuve que morder los labios por la rabia contenida, mis decisiones se basaron siempre en la planificación, el análisis y el empirismo; si hubiera dejado entrar la duda en algún momento, no hubiera sido posible separar los negocios de los sentimientos. Créame, nada personal.

* continuará

* malfatti 4

Como venía contando, conocí a Mario y a Raquel al poco tiempo que empezamos con nuestro negocio. Raquel era un año mayor que yo, y era hermosa. Perdón, me adelanté un poco. Los héroes, me dijo mi abuelo varias veces, aleccionándome solapadamente, son personas predestinadas al fracaso; el derrotero o la acción superlativa que los convierte en tal, en algo admirable para el resto de la gente, no es otra cosa que su destino mismo, y salvando contados casos, siempre conduce a la desgracia.

Mario y Raquel fueron nuestros héroes. Se habían ganado el apodo de “Los Ravioles” en una de nuestras primeras travesías, la noche que se nos ocurrió incursionar en el arte culinario y reventamos magistralmente “La Especialista”, la fábrica de pastas a dos cuadras de casa. Mario era un tipo de primera, racional, detallista y con una eficacia que asustaba, pero el pobre santo era demasiado sensible para estas cosas. Yo no lo llamaría de ningún modo blandito, porque era un guapo en serio, de los de antes, pero nunca pudo zafar de la culpa y el remordimiento, sumándole también que estaba todo el tiempo pendiente de Raquel y eso lo hacía perder un poco el foco del asunto, cosa que más adelante nos complicaría bastante. Raquelita, por el contrario, era la mina más visceral e impulsiva que conocí en toda mi vida. Era hermosa, no sé si les dije, y sólo tenía ojos para Mario, su amor de siempre. Operativamente era brillante, pero cuando le hervía la sangre era un caballo desbocado, cosa que también nos traería complicaciones posteriores.

Y en el medio de todo estaba yo, tratando de comandar con pulso firme a “La Violeta”, como algunos matutinos empezaron a llamar un tiempo después a nuestra sociedad, buscando el equilibrio justo entre el esfuerzo, el disfrute, el peligro, y el amor. Reflexioné mucho acerca de si el crimen pagaba o no pagaba. Me pasé tardes enteras leyendo la fija mientras evaluaba la conveniencia de tener una vida sacrificada y corriente, o una completamente diferente moldeada por mis propias ambiciones. No necesité ser por demás avispado para entender la situación, así que me aparté por completo de la senda trágica del héroe para forjar mi vida sobre el empedrado traicionero del delito. Gracias Nono.

*continuará

* malfatti 3

Nuestra sociedad con fines de mucho lucro labró sus cimientos empíricamente sobre prueba y error; nadie nos había enseñado el oficio y no se podía andar preguntando por ahí como es eso de estar fuera de la ley. Por eso, al principio fuimos tanteando el peligro con simples contravenciones o violando algún edicto menor, ebriedad, desacato, alboroto público, hurto, esas cosas. Teníamos que foguearnos de algún modo para no ser carne de cañón y caer como perejiles en la primera volteada; nos comprometimos de esta manera a ganar experiencia día a día. Podría decirse que fundamos la primera escuela de delito y fechoría. Así de fuerte era nuestra convicción y nuestra fe de progreso.

No puedo precisar bien en que momento pasamos al profesionalismo, pero estoy seguro que el punto de inflexión fue el velorio del Negro Soria. El Negrito era un fenómeno; si bien no estaba del todo convencido con el proyecto, le sobraban condiciones y siempre se destacaba cuando salíamos a ensayar algún que otro ilícito leve. Así fue que en una huida más que forzada tras un arrebato de rutina en el subterráneo, se le cortó la piola. Corrida, puerta equivocada, cable pelado, electrocución y andá a cantarle a Gardel. Cajón cerrado, claro.

Ese es el riesgo de no tener un objetivo claro en la vida. Gracias a Dios, ese tema para mí ya estaba solucionado. Decidí no esperar más y dejar de perder el tiempo en amagues infructuosos, así que me arremangué y me puse al hombro la responsabilidad de llevar adelante el promisorio negocio. Algunas cobardes y tempranas deserciones, sumadas al precipitado deceso del Negro, me allanaron el camino. Dejé de ser Vicentito y me volví El Feo, líder deforme pero carismático.

* continuará

* malfatti 2

Soy Vicente Malfatti, alias El Feo, alias Compadre, alias Martínez, alias Salgán. Sí. Yo soy Malfatti, y no me arrepiento de nada de lo que hice porque fui plenamente consciente de que la decisión que tomé en su momento me llevaría por el camino que hoy transito. Toda mi vida me manejé de la misma manera, con código; y esto no lo enseñan las madres, sino que se va aprendiendo a los golpes. Cuando la noche se le cierra a uno en la cara y los santos lo dejan a pie, se necesita una ley de acero, inquebrantable, en la que confiar y de la que sostenerse. Así que no me vengan a mí con la falsa moral de la rectitud, la sinceridad, los principios y la mar en coche; porque saben tan bien como yo que estas cuestiones son tan efímeras y mezquinas, que duran lo mismo que virgen en carnaval. Código, y punto.

* malfatti

Cuando yo tenía cinco años, mi padre dejó este mundo en circunstancias tan confusas, que no dejaron la menor duda al respecto. A los nueve se fue mi abuelo; que grande el nono, siempre tenía a mano un consejo sabio o alguna anécdota de biógrafo de sus días de milonga, puerto y piringundín. Un fenómeno, se lo extraña al viejo.

Tal vez por esa temprana ausencia de figura paterna, tuve que cobijarme bajo la falda de mi madre. A la Polaca le faltaban un par de jugadores, pero siempre me quiso bien. Así es la vida. Unos años después de la partida de mi abuela al más allá, mi vieja, mucho tiempo antes de morirse de golpe, me dijo algo que prácticamente cambió mi vida. No, prácticamente no, realmente cambió mi vida. Se que a muchos les parecerá una tontera y hasta una verdad de Perogrullo, pero me calaron tan hondo sus palabras que al día de hoy todavía podría repetirlas una por una. El problema era que yo tenía ya dieciséis años, se me había descalibrado la brújula y flotaba sin horizonte a la vista; había dejado el estudio, no tenía ningún tipo de vocación floreciente, y tampoco mostraba interés por oficio alguno. Era, básicamente, un vago y un inútil.

Me pasaba la vida con los muchachos, mis compañeros fieles. No juntábamos todos los santos días en el bar del finado Angelito, Dios lo tenga en la gloria y no lo suelte a ese hijo de puta, víctima de un fatal accidente, dicen, a la salida del hipódromo. Nos pasábamos horas y horas sin hacer nada, mareando la baraja, mirando a las minas que pasaban, y pitando los primeros cigarrillos de la adolescencia. Fue en uno de esos días felices, estoy casi seguro que un jueves a la tarde, que tuve una revelación, una epifanía, la verdad revelada ante mis ojos como nunca antes. Y aquí es donde entra a tallar la enseñanza de mi madre que cambió el curso de las cosas. El mundo esta en un delicado equilibrio, me dijo, para que algunos suban otros tienen que bajar. Corto y claro. Estaba en mí elegir la dirección del ascensor. Vale decir que nunca creí que estas palabras fueran obra original de mi madre, sino que debía de haberlas escuchado en algún radioteatro de la tarde.

Les dije que era una enseñanza de poca monta, ya ven, pero había quedado repicando en mi interior con la fuerza de un pistón enloquecido. En fin, continúo. Para mis desperdiciados dieciséis años, y para los otros tantos que cargaban los demás, la potencia del mensaje no pasó inadvertida, sino que nos cayó encima como un rayo profético. Así que después de muchas jornadas de conversaciones, reflexiones y posibles proyectos, decidimos embarcarnos en una empresa colectiva. Nos hicimos chorros.

Entiéndase bien, éramos chicos, apenas purretes sin muchas posibilidades de esquivar los míseros lugares comunes que teníamos predestinados, carecíamos de malicia alguna. Y en cuanto a la inocencia, la fuimos perdiendo de a poco, parejo y sin pausa, pero de a poco.

Fue en esta cooperativa, por decirle de alguna manera, que conocí a Mario y Raquel, o para que todos los tengan presentes por su nombre artístico, Los Ravioles. Pobrecitos.

* continuará