* festival

Recorra las vides, rejunte las huestes. Se viene la jungla espesa sobre nosotros, se cae sin fuerzas el cielo sobre ideas milagrosas. Retenga a los suyos y no los deje ir, los tiempos mejores terminaron ayer; salve, salve. Esconda las lágrimas porque no hay motivo, ni consideración, ni reclamo, ni solución. Se escapa la verde pradera, se hunde el frondoso mar, el verde océano deja de fluir. Operan en sombras las voces del miedo, más cerca, más claras, más suyas, más hoy. Escudos, verdades, ponientes. Salvajes, mecenas, durmientes. En el polvo reímos y en el polvo nos vamos; levante las manos y grite inocente: nadie fue, nadie será. Marionetas en el fuego para siempre, calabozos de luz, espejitos de colores, doscientas mujeres desnudas, zarzas ardientes. Aire frío, viento loco. Procúrese monedas para el viaje, que el gondolero hastiado no tiene piedad; no mire atrás y camine descalzo sobre el agua. Delire. Aguante. Sostenga. Abra los ojos bajo la tormenta, repita conmigo: festival de cuervos. Festival.

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* resumen traetormentas

Mientras las demás historias avanzaban y crecían, este cuento, relato, capricho, o lo que sea, estuvo descansando un tiempo merecido. Traetormentas fue la historia que se desarrolló y que se convirtió en un principio en la columna vertebral de cuento*chino, con el tiempo fue cediendo espacio y protagonismo a muchas otras más. Los nuevos episodios están en proceso y muy pronto serán publicados; mientras tanto pueden repasar o descubrir la historia entera en el siguiente link:

* traetormentas

Hasta pronto!

* traetormentas 10

Ahora, las nubes rojas corren desenfrenadas hacia el mar que las devora. Esquirlas de lluvia helada humedecen los ropajes de tres hombres que se mueren. La sangre tiñe la playa y se desparrama entre espuma y arena. Los cuerpos no tratan de mirarse, sino de morirse rápido; jadean plegarias y se abrazan al Señor en la última esperanza de tener un lugar ahí arriba. Porque no gritaron nadie los escuchó gritar.

Cuando Sarachaga, Ramírez y el letrado prestado de Chávez analizaron la matanza, los muertos no se resistieron. Ramírez estaba blanco como el papel, cagado encima.

– ¿Cómo mierda habrán llegado hasta acá? – preguntó inútil el principal frotándose las manos por el frío.

La playita se encontraba a tres kilómetros del pueblo, y para llegar habían tenido que caminar casi el tramo completo, porque la tormenta había restringido bastante los accesos. Se habían rasgado un poco el traje entre los arbustos y el letrado patinó peligrosamente más de una vez en las sendas traicioneras del barranco.

– ¿Quiere que traiga al doctor, mi principal? –

– No hace falta, Ramírez. Mejor les vendría un cura. –

– Ahh… ¿están muertos, mi principal? –

– ¿Y a vos qué te parece, Ramírez?-

Tres cuerpos deshilachados, trabajados con mala saña, tirados en hilera sobre la resaca, los pies mojados del ida y vuelta de las pequeñas olas de la madrugada. Mientras el principal y Don Emilio revisaban los cuerpos torpemente buscando quien sabe qué, Ramírez se sentó a un lado con los ojos grandes y nublados, asqueado e incrédulo ante tanta malicia y precisión.

– ¿Alguna vez vio algo así, Don Emilio? – preguntó Sarachaga.

– Tenemos que hacer el reporte, y llegar pronto a alguna conclusión. Tanto de Chávez como de Buenos Aires van a pedir explicaciones y culpables. – Dijo intranquilo Don Emilio Bramante.

Habían sido tres hombres una vez, y ahora sólo un guiñapo de sangre y sal. Ni siquiera les habían dejado las botas. De regalo cicatrices, para el viaje les alcanza.

* traetormentas 9

– Qué hay, Francisco, que andas con la cara larga? Es temprano para andar tan serio -Preguntó el Padre Miguel al encontrarse a Rojas en su paseo matinal.

– ¿Todavía no se enteró, curita? – El gesto preocupado de Rojas se hizo de mediano asombro. Al Padre Miguel era raro que se le escapara algo de lo que sucedía en el pueblo; tenía la virtud de ser muy observador, además de amigo y único confesor de De la Garma.

– Supongo que no, Francisco, porque todavía ando tranquilo. Decime, me empiezo a preocupar?-

– Y no sé,…escuche…- Dio medio paso y murmuro rápidamente al oído del padre.

El cura quedó en silencio un momento, mirando fijo a Rojas y pasándose la mano por la barbilla.

– Estás seguro de lo que decís? –

La mañana era fría pero se soportaba. Recién empezaban a salir los garmenses a la calle a cumplir con sus obligaciones. Algunos al muelle, otros al mercado. La vieja de los tejidos ya acomodaba su puesto enfrente de lo de Rojas, algunos chicos enfilaban para la escuela.

– Si, otra vez. –

– Pero esta vez es distinto, Francisco. – El Padre miguel ya no lo miraba, se había dado vuelta y de reojo miraba para arriba, hacia la aguja de la capilla, donde la cruz de madera tiritaba por el viento.

– Esta vez es peor. – le dijo a todo el pueblo en voz baja.

* traetormentas 8

– Me habían dicho que en este boliche se armaba lindo… – dijo de pronto el más alto de los tres.

Mientras Rojas le pasaba un trapo hediondo al mostrador, apartando algunos bichos, el Gaita caminaba entre las mesas llevando un par de pingüinos de la casa. Un tanguito sonaba bajo desde la sombra, por las mezquinas ventanas del bolichón se colaba la humedad de las once de la noche. Un dado cuarteado bailaba contra la pared marcando el seis.

– …pero hoy parece un velorio, mi amigo… – completó. Los otros dos sonrieron.

Todas las caras se detuvieron a mirarlo. Nadie sabía bien quién era ni qué pretendía este punto con tan desafortunada exclamación. El más bajito jugaba con un escarbadientes.

– Yo invito esta ronda, y todas las que hagan falta, que tanto! …A divertirse! – el alto.

Aplausos, risas y agradecimientos se hicieron escuchar en el salón. Parecía que aquel extraño estaba logrando su cometido. Los ojos de los garmenses lo empezaron a mirar con más simpatía, al fin y al cabo se trataba de un alma generosa.

– Pero eso sí…- agregó levantando la mano y haciendo callar a todos – Primero se brinda, porque sino no se disfruta…Arriba los vasos!  Y echemos un brindis a la salud de Santiago Barbieri! –

Dicho esto, arrojó una mirada escrutadora al salón, verificando que la convocatoria tuviera buena acogida, y la tuvo en general; a los presentes no les interesaba la salud de nadie, pero cuando la jarra se llena de arriba no se pregunta quién sangra. El del medio le hizo una seña con la cabeza, indicando una mesa.

– Usté no brinda, comisario? – le inquirió con tono amable y mirada ladina a Sarachaga, que no había levantado su vaso. Martín y Ramírez se miraron entre ellos.

Se podía decir cualquier cosa de Alberto Sarachaga, pero no que fuera ingenuo y mucho menos que le faltaran pelotas. Mirándolo directo a los ojos grises le dijo:

– Yo no soy comisario. Y no se quién carajo es Santiago Barbieri. – silencio total. – Aquí nadie manda a nadie ni siquiera a disfrutar. –

Evidentemente el principal no estaba de buen talante esa noche, y algunas copas tempranas, más la desazón de no saber por dónde empezar con el asunto del Gringo, le alborotaron los pájaros. De por sí la llegada de los extraños, con más pinta de buscados que de otra cosa, no le había caído nada bien a las fuerzas del orden de De la Garma. Y en De la Garma, las fuerzas del orden se reducían simplemente a Alberto Sarachaga.

Se le notaba al foráneo el odio y la duda saliéndole por los ojos, ante semejante afrenta era difícil resistirse. La mano le temblaba para buscar la cintura, y los pies se le clavaron en la tierra apelmazada. Los otros dos ni se movieron. Hasta el tango de fondo quedó mudo esperando la respuesta.

De pie, amurado contra la pared opuesta al mostrador, en el mismo escenario en donde treinta años antes se convirtió en gallo de riña, Eliseo Navárez contemplaba atento la escena.

* traetormentas 7

A media mañana, Mercedes y su madre charlaban en la cocina. En el aire el aroma a café y pan recién horneado matizaba la tertulia, algunos tímidos rayos de sol pegaban en el hule de la mesa diaria y en las rodillas escuálidas de Mercedes.

– Tendrías que haber ido igual, hija. La gente me preguntaba si te había pasado algo o qué, y yo no sabía que decirles viste…

– Bueno mamá, no tenia ganas de ir…- la mirada perdida en el café con leche, revolviendo la cucharita sin cesar.

– Si hijita, ya se, pero justo hoy? Al final va a parecer como si no te importara nada el pobre infeliz del Gringo. – Mientras decía esto, Eugenia Martínez de Esforza, mamá de Mercedes y viuda de Don Esteban, untaba con miel un pan apenas tibio.

– Como si a vos te importara. – le soltó filosa Mercedes.

– Cómo no me va a importar? Al fin y al cabo, y más allá de todo lo que pueda decirse de ese hombre, Dios lo tenga y guarde, era casi uno más del pueblo. Y yo siempre te he dicho lo mismo,  si un pueblo no quiere y cuida de su gente, no va a ser nunca… –

– Si, mamá, ya se… – resopla y gira la cabeza hacia la ventana. Por la principal se veía poco movimiento y mucho polvo; el viento cálido que sucedió a la tormenta envolvía a De la Garma en  humedad y bochorno. A un costado, a veinte metros de la esquina, y justo en el filo de la ventana, algo llama la atención de Mercedes, que cogotea para ver mejor.

Leonor Varela, la Leona para todo el pueblo, gesticula con amplios ademanes ante un hombre de espaldas. A pesar de ello, Mercedes puede reconocer a Eliseo, lo reconocería en cualquier parte y de cualquier forma, lo reconocería hasta sin verlo siquiera. Se había sacado la corbata y la sostenía en la mano izquierda, pero aún conservaba el brazalete negro luto en el brazo; cada vez que se balanceaba entre las palabras, la espalda ancha y enorme tapaba por completo a Leonor. Mercedes ve con claridad la rabia impotente en la cara de la Leona, los dientes apretados y el ceño fruncido, achicando los ojos. Pero ve también, y con más claridad, que esa rabia no es de odio. Eliseo agacha la cabeza y abre las manos a la altura de la cintura, luego niega. La cachetada le da vuelta la cara y le alborota el pelo engominado, y a Mercedes le parece escuchar el golpe tan cerca que se endereza un poco en la silla. Cierra los ojos y retoma la frase inconclusa.

-…un lugar decente y ordenado…–

– Eso. – sonríe Eugenia mordiendo el pan con miel.

* traetormentas 6

Francisco Rojas era el dueño del almacén de ramos generales del pueblo. Era alto y corpulento, con un mal carácter de renombre y un pasado no muy claro. Poco creyente dirá la mayoría. Durante el día el almacén funcionaba normalmente, se llenaba de pescadores en busca de provisiones, había unas mesas para el trueque; el cebo y la caña era lo que más se vendía, sobre todo la caña.

A la noche la cosa cambiaba. Rojas convertía su pulpería en un antro de avería. Pescadores, tahúres y jugadores de ventaja se apersonaban en el lugar, encontrando un remanso para esos días duros de sol y sal. Se jugaba al tute y a los dados, con apuestas no demasiado fuertes pero considerables en ese ámbito humilde. A medida que avanzaba la noche, el tufo del galpón se hacía irrespirable con el olor a hombre, el alcohol y las fritangas del tapeo; y entre caña y barajas aquellos hombres trataban de apartarse por unas horas de la miseria.

Aquella noche no llovió. El boliche estaba concurrido, más o menos veinte miserables llenaban el salón, perdiendo el tiempo en lo de siempre, sosegando los callos de las manos después de un día de reparaciones silenciosas. En murmullo incesante, la velada se iba en extraña quietud. El principal Sarachaga, Ramírez y el viejo Martín compartían una mesa y charlaban amenos. En un costado, levantando polvillo del suelo, se mareaban los dados esperando un pase ganador. La media luz dibujaba ribetes en el piso y las siluetas se hacían todas iguales.

Sarachaga y Ramírez eran hombres de bien, íntegros y sensatos, y dentro de sus posibilidades, manejaban de buena manera las pequeñas preocupaciones cotidianas que el pueblo presentaba. Aunque no lo admitían, no por orgullo ni por pedantería, sino por no cargar con más preocupación a la gente, sabían que el crimen del Gringo y sus circunstancias les quedaban grandes. Y recién había pasado un día.

Los recién llegados el día anterior observaban sin expresión alguna desde la barra; hacía un rato que estaban atornillados ahí y no se les había escuchado una palabra. Hasta que por desgracia se escuchó.