* todas las madrugadas son banquinas

La radio dice lluvia. Mentira. Siempre mentira. Todo es una nebulosa, la lluvia llega cuando llega. Estática. Los edificios son borrones grises y ondulantes, la gente camina mecánica y ausente. La humedad nos predispone a la sospecha metódica. Pienso en caras brillosas y sofocadas, en rasgos aletargados, en personas que no saben dónde van pero se apuran. Si se larga a llover no voy a querer a nadie. Días como hoy, en los que me levanto de la cama con ganas de llorar sin razón, y en los que la espalda no deja de doler, son los que me arrancaría uno por uno. No solucionaría el dolor ni el llanto, ambas cosas se asimilan con crudeza; sería más bien una venganza por el pensamiento comprimido, la presión que machaca sobre las mismas ideas, el desequilibrio natural del fuera de registro constante. Los odio a medida que los transito y me miento para enfrentarlos. Cada uno de estos días me pongo como objetivo volver a casa y decirme, mientras preparo la cena, que todavía estoy ahí, que todavía aguanto, que nada es un punto fijo y que en determinado momento voy a ser capaz de secuestrarlos, a estos días, meterlos en el baúl , apretados, comprimidos, muertos de miedo y desorientados, llevarlos lejos, a un descampado o a una banquina de madrugada, bajarlos del auto, atarlos, amordazarlos y vendarles los ojos con un repasador, arrodillarlos ahí a un costado con violencia cobarde, y borrarlos para siempre de mi historia con un tiro en la nuca.

* el mundo exagerado

mundo-exagerado

Tengo casi cuarenta años y no soy feliz. Nada me hace feliz. Nada debería hacernos felices. Oculto mis pensamientos y mis ideas desestabilizadoras como todo hombre probo; si alguien me pregunta, siempre respondo que estoy muy bien, evito cualquier tipo de conflicto que pueda surgir de interrogarse a sí mismo y sigo tolerando todo con cara de circunstancia. Palabra justa, cara sonriente. Un trueque poco honesto, un pacto tácito. En ese intercambio es en donde descubro la dimensión ficticia del mundo exagerado. No nos dimos cuenta, pero estamos bailando. Extras de una fiesta ordinaria y repleta de decisiones standard. Nos hacemos valientes, revolucionarios, nada nos detiene, le damos pelea brutal a la rutina, a la banalidad; arengamos a nuestro espíritu reaccionario y combatimos contra todo aquello que ponga en peligro nuestras supuestas ideologías. Al parecer, para ser felices nos basta con exagerar y sonreír. Para ser felices tenemos que creer que tomamos decisiones. Para ser felices, dicen algunos, basta con tener un deseo y luchar por él. Es fácil cuando el oponente está afuera, claro, pero en el otro partido, en el uno a uno, cuando te toca cenar solo y mirar la calle como un maniquí, te cuesta entender qué carajo estás haciendo, y te cuesta levantar el tenedor porque ya no tenés más fuerza.

El mundo exagerado de hoy es la más clara muestra de debilidad. Es un impulso canino. Se busca de forma desesperada e irracional el disfrute constante. Se necesita cada día un pico emotivo que justifique el día mismo. No estamos preparados, no podemos aceptar así nomás que nunca pase nada tan trascendente como eso que nos imaginábamos que iba a ser vivir. Por eso la impostación. Por eso todo es genial, por eso todo es grandioso. Por eso salvamos perritos, limpiamos veredas, dejamos de fumar, festejamos cumpleaños, abrazamos parientes, donamos un vuelto, regalamos un libro, comemos más sano, nos prometemos honestidad y tratamos de convencernos de que cada uno de esos actos nos definen y nos otorgan importancia, nos alejan de la nada cotidiana, nos suman argumentos para pensar que valió la pena. Pero es mentira. Y va a seguir siendo mentira. Es una guerra de trincheras, con soldaditos que revolean granadas por reflejo, nada más. Soldados que desembarcan sonrientes en una playa invernal, soldados que rezan a vírgenes que lloran. Un pelotón de entusiastas.

Y si hablamos de entusiasmo, miráme a mí. Un hombre cualquiera, indigno, común y corriente como todos. Transcurro mis días en una calma ociosa y degenerativa, decidido a abandonar por completo toda intención de lograr algo, lo que sea, sin interés en cualquier cosa que me exija un mínimo de reflexión introspectiva. Casi no pienso, casi no me muevo, casi ni salgo a la calle ni me miro en el espejo. Me despojé de la ambición. Ya no deseo, ya no pretendo, apenas hablo. Entiendo que para vivir tranquilo no necesito nada más que satisfacer mis necesidades básicas de comer, dormir y fumar. Abandoné mi higiene y mi sexualidad, una al azar y otra al instinto. Soy un hombre común, con un nombre común y una vida espartana. Mis días transcurren en una calma somnolienta, todos iguales, indistintos, enormes y agobiantes; todos lunes, todos sábados, todos jueves. Parece aburrido, parece estático, pero en esa quietud se puede descubrir que uno no sabe para qué vive. Es algo. Y como da miedo, la mayoría encontró una solución muy eficiente: ponerle nombres a los días, de este modo se sabe por anticipado con qué estado de ánimo hay que despertarse una vez por semana. Los sábados vas al club, los martes al psicólogo, los miércoles dan la novela y más o menos todos los días a la misma hora mirás el pronóstico, porque el pronóstico es religión. Y así todo es bello, así todo se convierte en el mejor momento de tu vida, en el disfrute como Dios manda, viviendo la vida hermosa que nos tocó. Un día tras otro, ordenaditos, prolijos y pulcros. El mundo exagerado es el futuro sin problemas (sacía el hambre apenas lo detecta, lo somete, te acomoda). El mundo exagerado cumple en tiempo y forma con las necesidades del usuario. Exagerá tu deseo porque eso es lo que se espera de vos: solamente desear. Asentí conforme. Dormí tranquilo.

Qué se yo, tengo casi cuarenta años, y aunque trato de enfrentar con la mayor tranquilidad posible el tiempo que me queda, cada noche de esos días sin nombre, los míos, cuando me meto entre las sábanas percudidas no pienso en el mar ni en la playa ni en ninguna virgen porque no necesito nada de eso. Pienso en que el placer siempre se acaba, y me duermo con la sensación cada vez más enorme de que la felicidad es como el hambre, pero al revés.

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– Texto original para el blog Que No te Falle El Verosímil. 
– Ilustración original de María Sanzol.

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* lo de siempre

Salvé los malvones. La conversación fue corta. Que nada es culpa de nadie, que las cosas son así. El resto quedó flotando por ahí. No me importa tanto lo material como lo simbólico, siempre precisé de los ritos. Los puntos críticos ni se mencionaron (no tiene sentido el daño innecesario). Llovía, el mate estaba frío, las cortinas corridas y la cama destendida. Desde el pasillo nos llegaban los pasos apurados de los que eligen la escalera. Repetimos muchas palabras, nos perdimos la oportunidad, la valentía no tiene lugar en la rutina. Nos miramos poco, preferimos las florcitas del mantel. En el balcón unas pocas migas iban y venían, en la calle los autos se desesperaban. Me quise quedar con la olla grande, así sin lavar, pero no pude. Los reclamos tampoco fueron muchos. Que la otra vez tal cosa, que últimamente tal otra. Al reloj tenés que darle cuerda todas las noches. Sí, ya sé. Cuando se fue me quedé mirando la puerta hasta que no supe más quién era.

* carta jamás escrita y nunca enviada

Sucede que quiero (o debo, o prometí, o todas esas cosas juntas) escribirte una carta. Sucede también que no tengo la menor idea de qué escribirte. Es una sorpresa. No para vos, para mí. Sorpresa porque en general se me da bastante bien esto de batallar con las palabras, con las formas, con el signo, el significante y el significado. O quizás sólo sea una ilusión mía y en realidad no se me da tan bien como creo; como sea, esta carta que no tiene sentido ni razón sigue su curso y ya contiene varias líneas. ¿Qué será eso? ¿Qué querré decir con “varias líneas”? ¿Qué estarás entendiendo llegado este punto en el cual el párrafo se acaba y todavía no dije absolutamente nada? ¿Seguirás leyendo o este papel apenas amarillento (hace mucho tiempo que no escribía cartas) terminará en el tacho de la basura, hecho un bollo, rodeado de cáscaras de fruta y montoncitos de yerba? Creo que me da igual, me doy por satisfecho con que hayas leído esta primera parte delirante y descontrolada, con eso está bien.

Mentira, no me da igual, acabo de pensarlo mejor. No me da igual porque siento que el ritmo va creciendo y de a poco voy encontrando las palabras, el sentido, el cuerpo principal, el alma de esta carta tan tonta y desprolija, pero dame un poquito de tiempo para organizarme. Mientras, hablemos de otra cosa, en algún momento algo de todo este palabrerío cobrará sentido. Espero que no seas impaciente, o no demasiado al menos, pero calculo que si llegaste hasta acá debe ser porque este engaño sintáctico y gramatical con forma de carta espontánea y prometida está funcionando. Y con eso no quiero decir que te esté engañando, bueno, no deliberadamente, no hay en mí ningún tipo de alevosía, simplemente un fluir de tinta negra que pretende contarle algo. Algo. ¿Algo? ¿Qué es algo? Qué término tan vago. El eufemismo por antonomasia. Y aquí se fue el segundo párrafo, disputando mano a mano con el anterior el primer puesto en incoherencia.

Confieso que no me tenía ninguna fe, apostaba más por el fracaso rápido y rotundo a la tercer o cuarta palabra. Sin embargo la cosa marcha. Y si la cosa funciona, no es mi intención entrometerme. Que fluya. Así debería ser todo. Que todo fluya. Como el agua de los bebederos de las plazas, ¿te acordás?. Saltos de agua fresca que entre juego y juego, entre aventura y aventura, nos daban pausa y regocijo para después seguir con lo nuestro hasta que se hiciera la hora de volver a casa. Me encantaba correr hasta el bebedero, agitado, con la cara roja y las manos llenas de tierra y arena, y ponerme a tomar agua del chorrito sacando la lengua como los perros. Lo único importante era el deseo, el hacer, hacer, hacer y listo, que siga saliendo agua, que la cosa siga funcionando, que pueda seguir recurriendo a esa fuente cada vez que quiera refrescarme. En este tercer párrafo las ideas me capturaron y me torcieron el brazo, fueron mucho más rápidas que las palabras; sin embargo no voy a borrar ni a re-escribir (tal vez alguna tachadura), porque estoy convencido de que voy por buen camino, dame más tiempo. Lo que sí me alegra es haber podido incorporar “regocijo” en medio del texto sin desentonar (aunque claro, ahora que te lo dije, seguramente vas a retroceder para encontrarla y sonreír, está bien, no me molesta, establezcamos “regocijo” como nuestra palabra clave, el chiste interno, el código secreto…dale, buscala que está acá nomás, cerca del bebedero).

Pienso en esos bebederos, y en el patio del colegio con esos baldosones enormes que me parecían obra de una arquitectura superior, pienso en una calle dormida a la hora de la siesta y en mí, sentado en el umbral de la casa de mi abuela mirando el vapor que se forma sobre el pavimento de la calle, deformando las siluetas de los árboles a la distancia, pienso en que más de treinta años me separan de todo eso, y me parece absurdo. Los recuerdos son, para mí, bolitas de mercurio que corren como locas buscándose unas a otras para unirse, para completarse, para fundirse en un todo del que se saben partes necesarias e ineludibles, un todo brillante y hermoso, la reconstrucción de un hombre a través de la memoria, de toda la memoria, de absolutamente todo lo que ha vivido y recorrido. En determinado momento las bolitas de mercurio confluyen todas a la vez y nos rearman, y nos conmueven, y recordamos algo tan nítidamente que nos ponemos a llorar (un bebedero, una baldosa, un caramelo), pero como buenos adultos descontrolados, no podemos evitar explotar y es entonces cuando las bolitas salen desperdigadas otra vez y se pierden y se angustian y vuelven a comenzar con su carrera loca y magnética, y se van juntando, hasta que vuelven a estar todas, y otra vez aparece el todo que se transforma en un destello catártico, igualito al brillo que me apareció en los ojos cuando decidí cumplir mi promesa de escribirte una carta tonta e irresponsable.

Arranco con el último párrafo. Seguramente muchas cosas van a quedar afuera, y otras quedaran en un limbo que desconocemos. A esta altura puedo permitirme ciertos excesos literarios y algunas dispersiones filosóficas, pero es claro que no sabría cómo aprovecharlos. Me apena haber perdido un poco de envión y llegar con poca fuerza e inventiva a este lugar. ¿Este lugar? ¿Dónde estamos? ¿Qué lugar? ¿Por qué asumo que estamos en el mismo lugar? ¿Será posible que tiempo y espacio se doblen como los pliegues de esta hoja amarillenta, y que mientras vos leas lo que yo escribí hace rato, yo vuelva a aparecer ahí, en el mismo centro del intercambio? ¿Será posible que mientras vos pases la vista veloz por sobre las letras negras mi pensamiento vuelva a ejecutarse en ese instante como si fuera la primera vez? Desconozco las respuestas. Desconozco si leés rápido o lento. No sé cuántas de azúcar le pones al café. Lo que sí sé es que había prometido (o tuve ganas, o tal vez me lo hayas pedido) escribirte una carta, y esto que ahora se termina, porque todo tiene que terminar, es la mejor excusa que puedo presentar.

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* no te encariñes con tus monstruos

Poco después de salir del baño volvió unos pasos y sin saber bien desde dónde le había nacido ese impulso, sobre el espejo todavía empañado por el vapor de la ducha le dejó escrito un breve y ridículo mensaje de amor. O algo parecido. Unas pocas palabras, muy breves, nada originales, y su inicial pegada a un punto. El por qué determinados mensajes inequívocos, tanto para el emisor, nosotros mismos, como para el receptor, aquella única persona a la que le dedicaríamos tales mensajes, nos obligan a reafirmarlos con una rúbrica, insignificante o simbólica, es la expresión más abstracta y mejor acabada de nuestra propia inseguridad. Puede considerarse una sutil tortura, un recordatorio tan perfecto como insoslayable de que nada es lo suficientemente duradero, y de que aunque sepamos que todo desaparecerá algún día (y más aún unas pocas palabras cocinadas al vapor), tenemos la necesidad intrínseca de decir que estuvimos ahí, que hubo un momento en que fuimos parte de algo, un momento particular que nos hizo pertenecer a un entorno, a una historia. Esta es la historia de Juan. O mejor dicho, un breve repaso del día en que la línea argumental que lo había condicionado durante diez años, se diluyó sin más, como el agua que se escurre por la rejilla del lavamanos.

En ese momento, que después consideraría crítico y que durante años y años se reprocharía a sí mismo, sintió que esa pequeña acción cotidiana, esa demostración inusual de afecto – de las que ya no acostumbraban y parecían cada vez más enterradas – lo aliviaba de un lastre invisible que llevaba acordonado a sus pies desde hacía varios meses. Todo sucede sin que nos demos cuenta, variaciones milimétricas e imperceptibles de todas las cosas se van sucediendo día tras día, como una enorme confabulación que nos va empujando amablemente hasta que de golpe la percepción de un detalle insignificante (un cajón mal cerrado, una botella sin abrir, una raya de más en el parquet, un plato que sobra, un reflejo sobre una fuente de aluminio) nos devuelve la lucidez, y nos damos cuenta de que estamos parados sobre un borde oscuro e inestable, a punto de caer. La duración de la caída y los resultantes del impacto final variarán de acuerdo al peso específico del conocimiento que tenga sobre sí mismo el sujeto en cuestión. Supone Juan que éste fue el inicio de su autoconocimiento.

Cuando ella se levantó, él ya iba por el segundo café. Escuchó los pies descalzos avanzar por el pasillo, el correr de los aros de la cortina plástica, el golpe de la lluvia de la ducha contra el piso de la bañera; fue a la cocina y se quedó parado, releyendo el diario contra la mesada, un cigarrillo en la boca y el chirrido defectuoso del calefón como música de fondo. En algún momento tendría que llamar a un gasista o un plomero, pensó Juan, pero no ahora, mientras siga funcionando no tiene sentido preocuparse; además, siempre estos arreglos provisorios terminan al poco tiempo en catástrofes domésticas imposibles de evitar, es preferible dejar que el fluir natural decida el momento del final, y el del nuevo principio. Un nuevo principio. Tal vez tomar la decisión de cambiar el calefón fuera la oportunidad que estaba esperando, un rito iniciático, un cambio de paradigma en la relación que les ofreciera un aire renovado, o tal vez fuera alguna otra de las estupideces que se le cruzaban por la cabeza cuando pretendía convencerse de que podía tomar control de su vida. Ella salió del baño, se vistió rápidamente, lo saludo sonriente como todos los días y se fue a trabajar. Desde la cocina, Juan escuchó sin moverse los tacos alejarse rumbo a la puerta y luego las dos vueltas de llave que lo dejaban, otra vez, encerrado consigo mismo. Ninguno de los dos dijo nada sobre el espejo.

Juan encendió un cigarrillo y se sentó en el sofá. Después se recostó y se tapó con una manta, orientando la cabeza para que el sol que entraba por el ventanal le pegara de lleno en la cara y le obligara a cerrar los ojos. Quería pensar, entender las trabas de su propio funcionamiento y trabajar sobre su conducta y su fuerza de voluntad. Reflexión. Introspección. Aguantar el dolor de cabeza, resistir al sueño, ambos mecanismos de evasión. Atravesar el pensamiento de manera consciente y reflexiva, sin importar la repetición. Sin someterse al después. Confrontar consigo mismo todas esas cosas que creía que sucedían y que consideraba tan geniales, tan nada. ¿Quién sos, Juan? No tengo idea. ¿Qué estás haciendo, Juan? ¿Hacer? ¿A qué le tenés miedo, Juan? No entiendo la pregunta. No te duermas, Juan, no abandones. Pensá, para eso estamos todos acá, el sofá, la manta, el cenicero, el sol y yo, para ayudarte. ¿Querés que te ayudemos, Juan? No sé. No tengo idea. No entiendo. Bueno, Juan, colaborá un poco. ¿Cómo? Pensá. No puedo. Sí podés. No. Sí. Quiero dormir. Ahora no, Juan, no pierdas el tiempo. Pensá. Abrí los ojos y decime quién sos. Entonces Juan abrió los ojos y trató de hablar, buscó respuestas por todos lados pero por más que se esforzó no pudo encontrar nada que lo satisficiera; la angustia que lo desvelaba y que lo mantenía recluido en su casa casi por completo seguía siendo enorme, y la búsqueda de significados le resultaba dolorosa e inútil. ¿Qué sos, Juan? Ante la falta de relaciones semánticas, Juan comenzó a explorar su propia sintaxis, las coincidencias y repeticiones, las constantes y las variables, la coherencia necesaria para comprenderse. Porque yo soy un sistema, se dijo Juan, un conjunto de elementos armónicamente relacionados en el cual la percepción de la totalidad es mucho más que la suma de las partes. Un sistema funciona cuando se percibe de manera total y no sesgada, cualquier desatino en la elección o relación entre sus elementos particulares destruyen el significado mayor, y ese es el momento en que se perciben las fallas de la construcción de sentido y significado. Pero así y todo, ¿cuál es mi función? No te duermas, Juan, estamos acá. Estás llegando. ¿Qué? Estás llegando. No. Sí. Aguantá. Pero el sueño se desprendió con furia desde algún lugar, disfrazando el castigo de placer, y todas las fuerzas se redujeron a ceniza, como la del cigarrillo que Juan seguía fumando, y los ojos cedieron, el cuello comenzó a doler, el sol a calentar más y más, y la voluntad desapareció. El consuelo de Juan pudo ser creer que al otro día podría repetir este acto, y pasado, y el martes, el miércoles, y luego todos los días, hasta convertirlo en costumbre. Hasta el punto de no pensar más en eso, como hacía con todas las cosas.

Lo despertaron las dos vueltas de llave y los tacos acercándose. Desde el sofá la vio pasar hacia la cocina con dos bolsas llenas de provisiones. Un día más que se fue entre la ducha matinal y la cena, un lapsus de tiempo indeterminado en el que suceden cosas que no somos capaces de imaginar que suceden, una abertura natural y perversa por donde asomar el hocico y morirse de miedo. Una ventana que no muestra ningún prado del otro lado, ni bosques, ni plantaciones de naranjos, ni animales silvestres, ni olas rompiendo contra pacíficos acantilados. Ella se puso a cocinar y desde la cocina le comentó en voz alta qué tal había sido su día en el estudio, la cantidad de formularios, lo rico que estuvo el almuerzo, lo mal cogida que es la secretaria de Suárez, y lo simpáticos que le caían los chinitos del supermercado. Él fue hasta el baño, se lavó la cara, se peinó y se cambió la remera; se quedó un momento mirándose la cara en el espejo y contestó que sí cuando ella le preguntó si la había extrañado. Compartieron un vaso de soda en la cocina mientras ella seguía cocinando. Falta un rato, dijo ella. Voy hasta el kiosko, dijo Juan. Desde la esquina le pareció escuchar cómo crujían los vegetales en el aceite hirviendo del wok.

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* el corso fantasmal (parental advisory in crescendo)

Escribo con la distancia propia del que no estuvo nunca en ningún lugar. No puedo precisar si fue gradual o de repente, pero un día me di cuenta de que había perdido la capacidad de transmitir lo que sentía. Asumo que fue gradual. Los recuerdos y sensaciones fueron desapareciendo como el polvo que estalla en el aire cuando soplamos un mueble adormecido, en deformes partículas calcinadas por los rayos del sol. Después de largo tiempo, días, meses, años, intentando encontrar una solución, pensé que lo mejor era recurrir a la experiencia; empecé a buscar en mi memoria los fragmentos de aquello que había perdido sin darme cuenta, a hurgar en mis recuerdos y repasarlos sistemáticamente para reconocer las sensaciones y traerlas nuevamente hasta mí. No funcionó. En algún tramo había perdido la conexión. Me encontré detenido en el tiempo, flotando en alguna parte dentro del devenir de alguna cosa, sin hacer ni pensar ni desear. Lo que más miedo me daba era la sensación de soledad, la única que conservaba. Me sentía cada vez más apartado de todo, separado de la realidad, alejado de las personas que me rodeaban. Mi primera reacción fue la de culpar a los demás, a su falta de percepción, a vivir presos de un conformismo miserable que los llevaba de las narices a aceptar sin cuestionar; veía solamente máscaras detrás de las cuales no podía imaginarme ninguna sonrisa, ya no sabía quiénes eran, tan distintos a mí, tan iguales entre ellos. Una farsa gigantesca, pero que a la vez me atemorizaba por el poder que tenía y que crecía cada vez más. Mi condición empeoraba y me anillaba sobre mí mismo como una víbora verde amarronada. Fracasaba. Me encerraba, me quedaba mudo, me forzaba a mí mismo a hacer algo que ya no podía hacer, inconscientemente, para protegerme de esa frustración, habitaba una nebulosa enorme y potente que me impedía concentrarme en algo concreto. Era una presión leve pero constante, y en aumento, en el medio de la frente, una superficie extraña que latía, se achicaba y se concentraba en un punto, como un átomo, me aplastaba el cerebro, cortaba la sinapsis, y eliminaba los puntos de mis oraciones. Lo único que quería hacer era dormir. Siempre. Todo el tiempo. Dormir y sólo dormir. La confusión me abrumaba. Pero no podía rendirme. Confieso que muchas veces me di vergüenza a mí mismo por mi lógica barroca. En el centro está la luz, me repetía. El gran diferencial fue la noción de felicidad. Mi noción de felicidad. Contrastaba tanto del resto que me empezaron a molestar, a entristecer, sentía que me iba a seguir marchitando lenta, pasivamente, si permanecía tan cercano a esas personas. A todas las personas. Cuestión de paradigmas. Y otra vez el miedo. Pensé entonces en cómo hacer para resistir, para no extinguirme. Entendí que si exploraba más allá de mí mismo tal vez pudiera descubrir la falla en la barrera que nos separaba. Pero tampoco funcionó. Explorando la otredad me topé con un efecto inverso al esperado, me espanté al darme cuenta que esa otredad, lejos de completarme y darme sentido como parte de un todo, me resignificaba como portador de un paradigma diferente. Pero no como el único. Entonces volvió la esperanza. Tenía que encontrar a los otros, a mis iguales, mis compañeros. A los que igual que yo se desvanecían día a día contrariados por el sinsentido de pertenecer. El desafío era encontrarlos, ¿cómo encontrar a los que eligen convertirse en fantasmas por puro egoísmo? ¿Y cómo generar unión entre aquellos que se encierran a cada paso más profundamente en su interior? ¿Dónde encontrar a los errantes del pensamiento? ¿En qué lugar se refugian esos leprosos intransigentes? Lo supe al instante. En el vicio. Porque en el vicio de un hombre se esconde el más profundo de sus dolores. Y más allá del dolor está la verdad. Y antes de eso, nada. Un hombre sin vicios es un hipócrita, un reprimido, un fantoche execrable en busca de redención, una basura a la que lo único que le interesa es mostrarse impoluto. Vivimos rodeados de amantes de la perfección y de la verdad, pero la otra, la de todos los días, la hegemónica, la incuestionable. Lo que no saben, estos señores que manejan con cuidado y cuidan sus pertenencias, estos señores que piensan (o creen pensar) que la dignidad es discursiva y que la coherencia es una virtud eterna, es que la verdad que tanto defienden pero que jamás se animan a buscar, es una verga enorme y caliente que se abre paso sin distinguir entre culo flaco o culo gordo, y que con la primera embestida te llega hasta la garganta dejándote mudo, con el nuevo mundo ante tus ojos extraviados en sangre. Entonces, señores perfectos, honestos, bienaventurados, intachables, inmaculados, ¡conserven el culo sano y sigan encomendándose a los santos que prefieran, que este desfiladero es demasiado angosto para que lo caminen los timoratos y los advenedizos como ustedes! ¡Sepan ustedes, nuevos hombres en fuga del siglo veintiuno, que nosotros, los saltimbanquis de este Corso Fantasmal, los que todavía nos negamos al desfile público por la avenida, nos encontramos, nos abrazamos, nos reinventamos una vez más! Y sepan también que preferimos esperar el final con la verga en la mano antes que con un libro de oraciones en el bolsillo.

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* disertaciones de un jabalí: los energúmenos

El conocimiento es un castigo. Una maldición. Una vez que se empieza a ver es imposible volver atrás, es impracticable el desinterés, es inútil la retirada. La ceguera es una ilusión ya lejana, el don mágico con el cual contábamos un día y que, por designio caprichoso, perdimos violentamente por ocuparnos de las cosas triviales en lugar de ocuparnos de nosotros mismos. Y se hizo la luz. Y entonces vimos. Y quisimos apartar la mirada. Pero no funcionó. Si hubiéramos estado alertas, nos hubiéramos mantenido a salvo de la maldición, nos hubiéramos quedado quietos en nuestros casilleros, hubiéramos evitado a toda costa acercarnos de modo alguno al saber, al conocimiento, a la verdad. Si nos hubiéramos ocupado de nosotros mismos, el esfuerzo lo hubiéramos puesto en permanecer a una distancia prudencial y segura de cualquier empresa que amagara con levantar el velo que caía sobre nuestros ojos; hubiéramos blindado a prueba de ambiciones nuestro temple para vivir en paz. Porque uno cuando conoce, desea; uno cuando sabe, sufre. Y no tenemos que sufrir. Es mentira que como especie estemos predestinados a sufrir, como esbozan por ahí muchos ignorantes e inconformes, esos que son payasescos remedos de otros que sí veían, que sí estaban malditos, pero que hablaban siempre por ellos y no por todos los demás. Ponerse a la altura de los malditos además de confirmarnos como idiotas nos confirma como ególatras. Entiéndase, los castigados son elegidos, y son los menos. Los castigados de verdad, porque claro, está lleno de verborrágicos energúmenos que se quejan de su infelicidad y despotrican contra quién sabe quién lamentándose porque su desgracia proviene del entendimiento. Absolutamente falso. Esa infelicidad es la normal, usted es un infeliz porque es un infeliz y punto, por ninguna otra razón, y por eso mismo usted no es un elegido, un conocedor. Usted no sabe nada. Usted es menos que una cucaracha. Y el sabedor es la cucaracha. El arrastrado, el perseguido, el escalafón más odiado, la pesadilla más recurrente. El que sufre en serio, no como usted; usted no es nada, usted es menos que una cucaracha. Pero no es culpa suya, porque no lo sabe, no podría saberlo. Debería estar contento y feliz por no saberlo, eso lo exime de la maldición, lo mantiene en el lugar cómodo y seguro que todos ansían. Y esa es una verdad que se extendió a todos por igual, una lección, un mandamiento; lo único que hay que hacer para salvarse del delirio es quedarse tranquilo, no molestar, no moverse, no intentar, avanzar hasta ahí nomás, hasta un lugarcito en el que nada moleste mucho, hasta un rectangulito ilusorio de bienestar. Pero ojito con sacar un pie más allá, ese es el momento fatídico. Y después no hay vuelta. La queja de los energúmenos como usted proviene de la falsa creencia de merecer más. Lo lamento, no se merece más. Ese es el límite del disfrute, si se tiene más se sufre más. Y aunque usted parezca estúpido, no lo es. En realidad nadie es tan estúpido como para elegir la luz ante la oscuridad. Es una trampa tonta. Por eso los descuidados que se dejaron engañar y abandonaron la aldea hoy son penitentes eternos que deambulan entre las sombras. Esclavos para siempre de eso que no tiene nombre y tiene varios. Esclavos del inminente tiro en la frente.