* triciclos

Mi primer recuerdo son baldosas. Baldosas grandes, cuadradas y grises. Una hilera perfecta de lajas avanzando sobre el pasto. No estoy muy seguro de si es una plaza o un jardín, creo que ninguna de las dos cosas, se trata más bien de un camino entre dos canteros enormes, con pasto, yuyos, algunos bichos y pocas flores. Adelante, siempre hacia adelante. Puedo ver mis pies, aunque no los zapatos. Los zapatos los imagino y los reconstruyo (haciendo un poco de trampa, la memoria es pecadora) avanzando, saltando y repicando una, dos, tres veces por cada placa gris, así de grandes son las baldosas y así de pequeños mis pies. Debo tener cuatro años pero la confusión insiste en hacerme creer que tengo tres. Además de los zapatos, negros y acordonados, invento también las medias grises de nylon, apenas caídas sobre los tobillos. Llevo también pantalones cortos azules con bolsillos grises, y no los estoy inventando, existieron y estoy muy seguro. Lo que desconozco es si la combinación zapatos negros/medias grises/pantalones azules es real o si es una reconstrucción arbitraria que hace mi mente para que pueda reconocerme y situarme en el mismo lugar que mi recuerdo incompleto.

Creo que voy al colegio, al jardín de infantes, pero no lo sé. No sé cuántas veces hice ése recorrido (un día, un mes, un año) y tampoco si la imagen que evoco es la de un momento único o la suma de varios que voy acomodando a conveniencia para acercarme más a lo que fui alguna vez. Qué tarea maldita, impune y dolorosa es el mirar hacia atrás. La imagen completa es una bruma blanca y esponjosa que flota delante de mi cabeza, que va y viene y se posa de a ratos sobre estas líneas pero luego se desprende y me desafía a completarla con mi propia voz. La nube brumosa está y no está al mismo tiempo, y la conciencia que tengo sobre ello me llena de angustia y ansiedad, me ubica con tanta contundencia en mi presente que por momentos tengo que contener el aire y el llanto para seguir adelante.

Avanzo por ese sendero de piedras frías (esto lo imagino, aunque pudiera ser que alguna mañana o tarde de calor las haya tocado con las manos para comprobarlo) y ahora sé que entre las juntas crece gramilla desprolija, ¿será primavera? Trato de no pisar las líneas de unión pero siempre al último paso debo sumarle un saltito correctivo para no perder. Sonrío. Llevo algo en mi mano izquierda pero la bruma no me deja registrarlo, puede ser una revista, una bolsa, un muñeco o un paquete de figuritas o caramelos; mi brazo derecho está en alto y mi mano se aferra suave pero firme a la de Amalia, mi abuela, que camina a mi lado. Sé que es ella sin ver su cara: mi memoria ubica su cara muy nítidamente dentro de otros recuerdos, pero no en este, no la necesito, la reconozco por el modo de andar, el paso de marcha incansable, ni lento ni rápido, siempre fiable y eficiente, el paso necesario para hacer las cosas, todas las cosas, el torso inclinado hacia adelante y la mata de pelo negro, negrísimo. Siempre la recuerdo de espaldas, siempre observo cómo se va, cómo avanza, cómo me lleva…

Más o menos este es mi primer recuerdo. Me pone triste ser tan impreciso, me decepciona no contar con mayor detalle. ¿Qué va a pasar cuando vaya perdiendo aún más nitidez? Ahora estoy seguro que atravesábamos una plaza, escucho risas, corridas y el chirrido metálico de la calesita y los subibajas. Escucho también, cristalino, el repicar de los chorros de agua que saltan desde las bocas de los bebederos, se elevan en remolinos transparentes y luego se dejan caer para estallar en miles de gotas que envuelven mi primer recuerdo con una melodía íntima y secreta.

¿Qué va a pasar cuando Amalia siga caminando por ese sendero gris rodeado de pasto y yo quede cada vez más inmóvil en el mismo lugar, mirando cómo se van transformando en un punto lejano, una mujer con un niño de la mano, ambos atravesando una plaza y enfrentando al viento tenue de una estación indefinida? ¿Qué va a pasar cuando tenga que inventar cada vez más detalles para volver a ese momento inicial en el que creo que mi memoria comenzó a funcionar y recopilar mi historia? No quiero saber. Toda proyección es desesperanzadora. Hacia adelante la nostalgia, la melancolía. Y hacia atrás el horror. Y muchas otras cosas, pero principalmente el horror. Creemos tal vez que nos contenta volver a esas sensaciones, volver a recomponer fragmentos de imágenes, volver a oler determinados aromas, café, manzana, jabón en polvo, volver a escuchar aquellos pájaros, aquellas chicharras de la siesta, la sirena del cuartel de bomberos, volver a sentir la rugosidad del esmerilado de la ventana del fondo, la incomodidad de los cuellos de las camisas, la calidez de la baba sobre la almohada… Nos reconforta el hecho de volver. Ahí está lo prodigioso y perverso de la memoria. No se puede volver.

Tengo tres o cuatro años. Voy caminando hacia algún lado tomado de la mano de alguien que ya no está y que probablemente esté a punto de desaparecer para siempre de toda memoria y recuerdo, como nos pasará a todos, cuando nos transformemos en una cara sin nombre posando indiferente en una foto grupal, rodeada de otras caras sin nombre, de paredes pintadas de verde u ocre, de muebles abarrotados de adornos y porquerías, de mesas con tortas de cumpleaños y sanguchitos de ananá y muchos vasos y copas y botellas de plástico y de vidrio y sonrisas y ojos rojos y manos al aire y bebés llorando y bebés durmiendo y cuadros colgados con paisajes horribles y manchas de humedad en el cielorraso. Como me pasa a mí, que cada mañana me convierto en menos de lo que fui ayer y que me enojo conmigo mismo todas las veces que no encuentro la respuesta a la pregunta de por qué, en este recuerdo tan preciado que me emociona como ningún otro y que revisito cada vez con mayor frecuencia y menor distancia, revolviendo el horror de la nube brumosa, blanca y esponjosa que flota delante de mi cabeza, siempre me veo ir pero nunca volver.

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* 3 A.M

El perro meó tranquilo, largo y tendido, con dedicación. Después arrancó al trotecito y se perdió doblando la esquina. Dejó tras de sí un riacho amarillento y humeante que lentamente se filtró entre las juntas de las baldosas y llegó hasta mi boca, todavía entreabierta, todavía sangrante. Podía sentir el frío del cordón en toda la cara, y podía escuchar claramente a la gente que charlaba en uno de los balcones cercanos. Pero no podía hablar. A pocos centímetros, cerca del cantero con las begonias, vi tres o cuatro de mis dientes desparramados, los reconocí por las manchas de nicotina y alquitrán que todos me criticaban. Eran las tres de la mañana, buena hora para morirse en la vía pública.

* china

Las gotas resbalaban por el vaso lentamente, recorrían su delgada transparencia, se unían a las muchas otras que ya habían completado el descenso y se transformaban en un riacho tibio que serpenteaba por las vetas de la mesa de cedro, oscureciéndolas, atropellando servilletas de papel manchadas con sombra y rouge, esquivando pilas de monedas amontonadas, arrastrando cenizas, pelusas y migas de galletitas como balsas a la deriva. Un río efímero que corría manso hasta el borde de la mesa y saltaba en caída libre hasta estallar ochenta centímetros más abajo contra las baldosas de la cocina. Afuera algunas chicas pasaron gritando y riendo. Prendí un cigarrillo. Sobre la pared, una mancha de humedad en la pared se parecía sospechosamente a China; más arriba, dos arañas se miraban en silencio. En el aire flotaba un polvillo indefinible,  fino, liviano, se mezclaba con el humo y quedaba encerrado en celdas de luz que se filtraban sin permiso a través de la persiana; se detenía, brillaba, aceleraba y volvía a quedar suspendido sin tiempo. Te vi salir del baño envuelta en vapor y con una toalla en la cabeza, directo al cuarto. Estuve a punto de irme, pero no se puede vivir así. Di una pitada larga y profunda. Me sentía el Dios de las partículas, el supremo observador de polvo danzante, controlando el universo desde un sillón desvencijado, a la diestra el televisor sin volumen, libros tirados por todas partes, discos rayados guardados en cualquier caja; a la izquierda, la amenaza oculta y reprimida de la mediocridad, de no llegar, la esperanza vana de la vena traicionera que revienta y nos exime de todo juicio. Cuando saliste de la habitación nos dimos un largo beso y te dije al oído lo linda que estabas.