* tendría que haber sido hembra

elfaro

Hay un sillón rojo y un tipo sentado. No es una casa, es un hospital. Es la sala de espera de un piso alto de un hospital cualquiera. Camino lento por un pasillo oscuro. Todas las luces están apagadas menos las de emergencia. Tengo miedo pero camino lento. El tipo sigue sentado, inmóvil, poseído por una tranquilidad absurda. No le veo la cara pero sé que me está mirando; todos me miran, siempre me miran. Yo nunca miro. Sé que me persiguen, me están buscando. Estoy huyendo pero camino lento por un pasillo oscuro que nunca termina. Al fondo el sillón rojo. El tipo ya no está. ¿Dónde está el tipo tranquilo? Me agarro la cara y lloro. Mi cara está rota. Está cortada, cosida, ultrajada. Está deforme e inflamada, mi cara. Me toco y me busco en mis nuevas deformidades. ¿Qué soy sin la forma? Las luces se van, el pasillo nunca termina, el tipo no está y yo tengo miedo y lloro sosteniendo entre las manos una cara que no es mía. Me digo a mí mismo: “Simio macaférrico”, y sigo avanzando. Tengo que salir de este hospital. Llego hasta el sillón, que ahora es verde, y me pongo a mear contra la pared, de espaldas a ellos, los que me buscan y vienen y ladran y avanzan y sisean, me pongo a mear de espaldas a todo y de frente al sauce. Un sauce enorme. Miro el sauce y meo. Con la cara desfigurada meo mirando el sauce.

Prendo un cigarrillo y me siento en el sillón. No me puedo resistir al sillón. Por más que quiera irme, desaparecer, juntar los pedacitos de las cosas que se me volaron, no me puedo resistir y me siento en el sillón y prendo un cigarrillo. Ya no hay sauce ni pasillo ni meo ni luces ni paredes ni caras. Estamos en la puerta de un faro. Estamos porque ahí está el tipo parado, a un costado, camisa negra adentro del pantalón. Pero ahora el tipo soy yo, y lo miro sin reconocerme. Debe haber alguien más porque falto yo, los dos somos el mismo tipo, pero yo no estoy, ¿cuál soy yo? ¿El que huele a Lord Cheseline? ¿El de los talones rajados? ¿El inocuo? ¿Qué es eso que estalla como vidrio? ¿Por qué no hay fuego si siempre hay fuego? Hay olor a plomo y escucho tambores pero no hay fuego; no puedo dejar que me vean así, no puedo dejar que me vean, no está bien, no estoy bien. Si me ven me agarran y yo no quiero, estoy saliendo. Estoy seguro de que falta alguien. Largo el humo y tengo frío y miedo y tiemblo y los dientes tiemblan y el taca taca es el pulso de toda la confusión. Me tengo que levantar, sé que me tengo que levantar. Detrás de la montaña están los tambores. Odio los tambores.

El tipo que no soy yo pero que antes estaba sentado donde estoy yo, en el sillón rojo que ahora es verde, saca un pájaro horrible del bolsillo. Parece un buitre. El tipo llora. El buitre se rompe el pico contra las piedras del piso. El faro se enciende y empieza a proyectar sobre el cielo negro una playa ventosa; ahí vengo yo, ahí mi hermana, más atrás mi vieja y bien al fondo, casi en fuga infinita, se puede ver sobre ese cielo negro como el pasillo del hospital un encendedor Ronson que no prende. El tipo niega con la cabeza y me dice: “Tendría que haber sido hembra”. Mato al pajarraco, lo aplasto contra el piso y las plumas blancas del cuello flaco del bicho negro se me pegan a las suelas. El pájaro atrofiado ha muerto. Agarro al tipo de la mano y salimos corriendo. Corremos por el pasillo, agarramos velocidad, somos bólidos. El faro se apaga. No se ve nada. El tipo y yo tenemos las manos idénticas pero las mías transpiran, chorrean, y aunque los dos apretamos con fuerza empezamos a resbalarnos uno de otro. El tipo me mira pidiendo por favor, y es mi cara, la de antes, no la deforme, que me mira y me suplica con un gesto estúpido, pero yo lo odio y lo desprecio porque es un hijo de puta que se va.

El tipo y yo estamos sentados en un sillón rojo. Tenemos las manos entrelazadas. Fumamos. En la tele están dando Kojak. Ahora el noticiero. Sigue siendo de noche pero presiento que no importa, que toda normalidad es efímera y que todo lo que puede ser visto no define parámetros de realidad. En este faro que es un hospital que es un pasillo que es un sillón que es un sauce que es un chorro de meo pasan cosas horribles y familiares, y aunque suponga que esas cosas no existen, todas mis suposiciones son las de un hombre que se hunde en un sillón. El sillón es una esponja roja y verde que absorbe, licúa y transforma. Apago el cigarrillo. Cierro los ojos. Espero. No sé quién soy pero sé que me persiguen. Y no me puedo mover.

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– Texto original para el blog Que No te Falle El Verosímil. 
– Ilustración original de Poly Bernatene.

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* triciclos

Mi primer recuerdo son baldosas. Baldosas grandes, cuadradas y grises. Una hilera perfecta de lajas avanzando sobre el pasto. No estoy muy seguro de si es una plaza o un jardín, creo que ninguna de las dos cosas, se trata más bien de un camino entre dos canteros enormes, con pasto, yuyos, algunos bichos y pocas flores. Adelante, siempre hacia adelante. Puedo ver mis pies, aunque no los zapatos. Los zapatos los imagino y los reconstruyo (haciendo un poco de trampa, la memoria es pecadora) avanzando, saltando y repicando una, dos, tres veces por cada placa gris, así de grandes son las baldosas y así de pequeños mis pies. Debo tener cuatro años pero la confusión insiste en hacerme creer que tengo tres. Además de los zapatos, negros y acordonados, invento también las medias grises de nylon, apenas caídas sobre los tobillos. Llevo también pantalones cortos azules con bolsillos grises, y no los estoy inventando, existieron y estoy muy seguro. Lo que desconozco es si la combinación zapatos negros/medias grises/pantalones azules es real o si es una reconstrucción arbitraria que hace mi mente para que pueda reconocerme y situarme en el mismo lugar que mi recuerdo incompleto.

Creo que voy al colegio, al jardín de infantes, pero no lo sé. No sé cuántas veces hice ése recorrido (un día, un mes, un año) y tampoco si la imagen que evoco es la de un momento único o la suma de varios que voy acomodando a conveniencia para acercarme más a lo que fui alguna vez. Qué tarea maldita, impune y dolorosa es el mirar hacia atrás. La imagen completa es una bruma blanca y esponjosa que flota delante de mi cabeza, que va y viene y se posa de a ratos sobre estas líneas pero luego se desprende y me desafía a completarla con mi propia voz. La nube brumosa está y no está al mismo tiempo, y la conciencia que tengo sobre ello me llena de angustia y ansiedad, me ubica con tanta contundencia en mi presente que por momentos tengo que contener el aire y el llanto para seguir adelante.

Avanzo por ese sendero de piedras frías (esto lo imagino, aunque pudiera ser que alguna mañana o tarde de calor las haya tocado con las manos para comprobarlo) y ahora sé que entre las juntas crece gramilla desprolija, ¿será primavera? Trato de no pisar las líneas de unión pero siempre al último paso debo sumarle un saltito correctivo para no perder. Sonrío. Llevo algo en mi mano izquierda pero la bruma no me deja registrarlo, puede ser una revista, una bolsa, un muñeco o un paquete de figuritas o caramelos; mi brazo derecho está en alto y mi mano se aferra suave pero firme a la de Amalia, mi abuela, que camina a mi lado. Sé que es ella sin ver su cara: mi memoria ubica su cara muy nítidamente dentro de otros recuerdos, pero no en este, no la necesito, la reconozco por el modo de andar, el paso de marcha incansable, ni lento ni rápido, siempre fiable y eficiente, el paso necesario para hacer las cosas, todas las cosas, el torso inclinado hacia adelante y la mata de pelo negro, negrísimo. Siempre la recuerdo de espaldas, siempre observo cómo se va, cómo avanza, cómo me lleva…

Más o menos este es mi primer recuerdo. Me pone triste ser tan impreciso, me decepciona no contar con mayor detalle. ¿Qué va a pasar cuando vaya perdiendo aún más nitidez? Ahora estoy seguro que atravesábamos una plaza, escucho risas, corridas y el chirrido metálico de la calesita y los subibajas. Escucho también, cristalino, el repicar de los chorros de agua que saltan desde las bocas de los bebederos, se elevan en remolinos transparentes y luego se dejan caer para estallar en miles de gotas que envuelven mi primer recuerdo con una melodía íntima y secreta.

¿Qué va a pasar cuando Amalia siga caminando por ese sendero gris rodeado de pasto y yo quede cada vez más inmóvil en el mismo lugar, mirando cómo se van transformando en un punto lejano, una mujer con un niño de la mano, ambos atravesando una plaza y enfrentando al viento tenue de una estación indefinida? ¿Qué va a pasar cuando tenga que inventar cada vez más detalles para volver a ese momento inicial en el que creo que mi memoria comenzó a funcionar y recopilar mi historia? No quiero saber. Toda proyección es desesperanzadora. Hacia adelante la nostalgia, la melancolía. Y hacia atrás el horror. Y muchas otras cosas, pero principalmente el horror. Creemos tal vez que nos contenta volver a esas sensaciones, volver a recomponer fragmentos de imágenes, volver a oler determinados aromas, café, manzana, jabón en polvo, volver a escuchar aquellos pájaros, aquellas chicharras de la siesta, la sirena del cuartel de bomberos, volver a sentir la rugosidad del esmerilado de la ventana del fondo, la incomodidad de los cuellos de las camisas, la calidez de la baba sobre la almohada… Nos reconforta el hecho de volver. Ahí está lo prodigioso y perverso de la memoria. No se puede volver.

Tengo tres o cuatro años. Voy caminando hacia algún lado tomado de la mano de alguien que ya no está y que probablemente esté a punto de desaparecer para siempre de toda memoria y recuerdo, como nos pasará a todos, cuando nos transformemos en una cara sin nombre posando indiferente en una foto grupal, rodeada de otras caras sin nombre, de paredes pintadas de verde u ocre, de muebles abarrotados de adornos y porquerías, de mesas con tortas de cumpleaños y sanguchitos de ananá y muchos vasos y copas y botellas de plástico y de vidrio y sonrisas y ojos rojos y manos al aire y bebés llorando y bebés durmiendo y cuadros colgados con paisajes horribles y manchas de humedad en el cielorraso. Como me pasa a mí, que cada mañana me convierto en menos de lo que fui ayer y que me enojo conmigo mismo todas las veces que no encuentro la respuesta a la pregunta de por qué, en este recuerdo tan preciado que me emociona como ningún otro y que revisito cada vez con mayor frecuencia y menor distancia, revolviendo el horror de la nube brumosa, blanca y esponjosa que flota delante de mi cabeza, siempre me veo ir pero nunca volver.

* outsider

Rareza. Amplitud.

¿Qué es lo que convierte o cataloga a algo como raro? Pregunta inútil. Varía absolutamente todo, dependiendo de las varas que se usen para medir cada cosa. Por supuesto que también se considera a la cosa en su contexto, si no hubiera contexto no podríamos hablar de la calidad de “raro”, tendríamos que referirnos a su calidad de “único”.

Un superficial análisis de situación me indica que el “cuento único” es aquel que sólo puede ser escrito una sola vez. Cuando digo “ser escrito” marco una fuerte diferencia con el “escribirse”. Por “ser escrito” entiendo el acto personal y diferencial de un autor, una experiencia trasladada a una historia con una potencia y amalgamamiento tales que efectuar una división, una reproducción, una repetición o un desprendimiento de alguna de sus partes como generadora de un nuevo objeto – inclusive por el mismo sujeto –  se torna imposible. El cuento único es un acto imposible de dominar, de imaginar, de replicar; el cuento único es nuestra propia historia, la que nunca escribiremos porque permanece en constante desarrollo. El cuento único desaparece como tal en el momento en que el contexto lo absorbe, lo rodea de similares y lo despoja de su condición.

¿Cómo es esto posible? No es posible. El cuento único no existe. Y todo esto no tiene ningún sentido aparente, pues desde hace unos minutos sólo divago y divago creyendo que estoy pensando lógicamente, pero no es más que un experimento perceptual y creativo, con el cual pretendo dilucidar la otra incógnita que planteé al principio de este embrollo: la rareza. O mejor dicho, la rareza como cualidad de una “cosa”, en este caso un cuento. Buceo en ideas y palabras tratando de entender qué podría llegar a denominarse “cuento raro”, y no puedo avanzar demasiado, pienso que retrocedo y que no puedo disolver los modelos mentales que me obligan a hilvanar el mundo (mi percepción del mundo) de este modo. Percepción. Siempre la clave de todo es la percepción.

¿La rareza desciende de la forma o del contenido? ¿Qué percibimos primero? Sin duda la forma. La forma es instantánea, el contenido se extiende en el tiempo como una víbora que salta a mordernos en el momento justo en el que estamos por descubrirla. Ambos componentes construyen el sentido de la cosa, interactúan moldeando y rompiendo, definiendo la obra final o mutándola todo el tiempo. La “deformidad” o la falta de sentido no son atributos que sirvan como punto de referencia para encontrar la rareza. Lo raro inventa y genera su propia forma. Lo raro no carece de sentido. ¿Y si ese sentido estuviera vedado a nuestra percepción? Podría decirse que si tal cosa pudiera ser cierta entraría dentro de nuestros valores de imposible: lo que no se percibe no existe. Hasta que existe: ultravioleta, infrarrojo, ultrasonido. Llegamos entonces a la conclusión sencilla de que todos los márgenes y todos los límites y todos los encasillamientos y todas las denominaciones funcionan como instrumentos de seguridad perceptual y emocional. Todo es una incógnita. Estamos llenos de ideas pero ninguna certeza. Lo único no existe, lo raro es percepción.

Desconozco cuáles son las preguntas que debo hacerme a continuación, ignoro el objetivo, soy esclavo de una búsqueda infinita en la que no importa llegar a destino, simplemente transitar. Los interrogantes son los anzuelos que voy mordiendo sin temor, en algún punto sé que no hay otra manera de conocer que no sea el salto aleatorio de una pregunta a otra.

 

* carta jamás escrita y nunca enviada

Sucede que quiero (o debo, o prometí, o todas esas cosas juntas) escribirte una carta. Sucede también que no tengo la menor idea de qué escribirte. Es una sorpresa. No para vos, para mí. Sorpresa porque en general se me da bastante bien esto de batallar con las palabras, con las formas, con el signo, el significante y el significado. O quizás sólo sea una ilusión mía y en realidad no se me da tan bien como creo; como sea, esta carta que no tiene sentido ni razón sigue su curso y ya contiene varias líneas. ¿Qué será eso? ¿Qué querré decir con “varias líneas”? ¿Qué estarás entendiendo llegado este punto en el cual el párrafo se acaba y todavía no dije absolutamente nada? ¿Seguirás leyendo o este papel apenas amarillento (hace mucho tiempo que no escribía cartas) terminará en el tacho de la basura, hecho un bollo, rodeado de cáscaras de fruta y montoncitos de yerba? Creo que me da igual, me doy por satisfecho con que hayas leído esta primera parte delirante y descontrolada, con eso está bien.

Mentira, no me da igual, acabo de pensarlo mejor. No me da igual porque siento que el ritmo va creciendo y de a poco voy encontrando las palabras, el sentido, el cuerpo principal, el alma de esta carta tan tonta y desprolija, pero dame un poquito de tiempo para organizarme. Mientras, hablemos de otra cosa, en algún momento algo de todo este palabrerío cobrará sentido. Espero que no seas impaciente, o no demasiado al menos, pero calculo que si llegaste hasta acá debe ser porque este engaño sintáctico y gramatical con forma de carta espontánea y prometida está funcionando. Y con eso no quiero decir que te esté engañando, bueno, no deliberadamente, no hay en mí ningún tipo de alevosía, simplemente un fluir de tinta negra que pretende contarle algo. Algo. ¿Algo? ¿Qué es algo? Qué término tan vago. El eufemismo por antonomasia. Y aquí se fue el segundo párrafo, disputando mano a mano con el anterior el primer puesto en incoherencia.

Confieso que no me tenía ninguna fe, apostaba más por el fracaso rápido y rotundo a la tercer o cuarta palabra. Sin embargo la cosa marcha. Y si la cosa funciona, no es mi intención entrometerme. Que fluya. Así debería ser todo. Que todo fluya. Como el agua de los bebederos de las plazas, ¿te acordás?. Saltos de agua fresca que entre juego y juego, entre aventura y aventura, nos daban pausa y regocijo para después seguir con lo nuestro hasta que se hiciera la hora de volver a casa. Me encantaba correr hasta el bebedero, agitado, con la cara roja y las manos llenas de tierra y arena, y ponerme a tomar agua del chorrito sacando la lengua como los perros. Lo único importante era el deseo, el hacer, hacer, hacer y listo, que siga saliendo agua, que la cosa siga funcionando, que pueda seguir recurriendo a esa fuente cada vez que quiera refrescarme. En este tercer párrafo las ideas me capturaron y me torcieron el brazo, fueron mucho más rápidas que las palabras; sin embargo no voy a borrar ni a re-escribir (tal vez alguna tachadura), porque estoy convencido de que voy por buen camino, dame más tiempo. Lo que sí me alegra es haber podido incorporar “regocijo” en medio del texto sin desentonar (aunque claro, ahora que te lo dije, seguramente vas a retroceder para encontrarla y sonreír, está bien, no me molesta, establezcamos “regocijo” como nuestra palabra clave, el chiste interno, el código secreto…dale, buscala que está acá nomás, cerca del bebedero).

Pienso en esos bebederos, y en el patio del colegio con esos baldosones enormes que me parecían obra de una arquitectura superior, pienso en una calle dormida a la hora de la siesta y en mí, sentado en el umbral de la casa de mi abuela mirando el vapor que se forma sobre el pavimento de la calle, deformando las siluetas de los árboles a la distancia, pienso en que más de treinta años me separan de todo eso, y me parece absurdo. Los recuerdos son, para mí, bolitas de mercurio que corren como locas buscándose unas a otras para unirse, para completarse, para fundirse en un todo del que se saben partes necesarias e ineludibles, un todo brillante y hermoso, la reconstrucción de un hombre a través de la memoria, de toda la memoria, de absolutamente todo lo que ha vivido y recorrido. En determinado momento las bolitas de mercurio confluyen todas a la vez y nos rearman, y nos conmueven, y recordamos algo tan nítidamente que nos ponemos a llorar (un bebedero, una baldosa, un caramelo), pero como buenos adultos descontrolados, no podemos evitar explotar y es entonces cuando las bolitas salen desperdigadas otra vez y se pierden y se angustian y vuelven a comenzar con su carrera loca y magnética, y se van juntando, hasta que vuelven a estar todas, y otra vez aparece el todo que se transforma en un destello catártico, igualito al brillo que me apareció en los ojos cuando decidí cumplir mi promesa de escribirte una carta tonta e irresponsable.

Arranco con el último párrafo. Seguramente muchas cosas van a quedar afuera, y otras quedaran en un limbo que desconocemos. A esta altura puedo permitirme ciertos excesos literarios y algunas dispersiones filosóficas, pero es claro que no sabría cómo aprovecharlos. Me apena haber perdido un poco de envión y llegar con poca fuerza e inventiva a este lugar. ¿Este lugar? ¿Dónde estamos? ¿Qué lugar? ¿Por qué asumo que estamos en el mismo lugar? ¿Será posible que tiempo y espacio se doblen como los pliegues de esta hoja amarillenta, y que mientras vos leas lo que yo escribí hace rato, yo vuelva a aparecer ahí, en el mismo centro del intercambio? ¿Será posible que mientras vos pases la vista veloz por sobre las letras negras mi pensamiento vuelva a ejecutarse en ese instante como si fuera la primera vez? Desconozco las respuestas. Desconozco si leés rápido o lento. No sé cuántas de azúcar le pones al café. Lo que sí sé es que había prometido (o tuve ganas, o tal vez me lo hayas pedido) escribirte una carta, y esto que ahora se termina, porque todo tiene que terminar, es la mejor excusa que puedo presentar.

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* no te encariñes con tus monstruos

Poco después de salir del baño volvió unos pasos y sin saber bien desde dónde le había nacido ese impulso, sobre el espejo todavía empañado por el vapor de la ducha le dejó escrito un breve y ridículo mensaje de amor. O algo parecido. Unas pocas palabras, muy breves, nada originales, y su inicial pegada a un punto. El por qué determinados mensajes inequívocos, tanto para el emisor, nosotros mismos, como para el receptor, aquella única persona a la que le dedicaríamos tales mensajes, nos obligan a reafirmarlos con una rúbrica, insignificante o simbólica, es la expresión más abstracta y mejor acabada de nuestra propia inseguridad. Puede considerarse una sutil tortura, un recordatorio tan perfecto como insoslayable de que nada es lo suficientemente duradero, y de que aunque sepamos que todo desaparecerá algún día (y más aún unas pocas palabras cocinadas al vapor), tenemos la necesidad intrínseca de decir que estuvimos ahí, que hubo un momento en que fuimos parte de algo, un momento particular que nos hizo pertenecer a un entorno, a una historia. Esta es la historia de Juan. O mejor dicho, un breve repaso del día en que la línea argumental que lo había condicionado durante diez años, se diluyó sin más, como el agua que se escurre por la rejilla del lavamanos.

En ese momento, que después consideraría crítico y que durante años y años se reprocharía a sí mismo, sintió que esa pequeña acción cotidiana, esa demostración inusual de afecto – de las que ya no acostumbraban y parecían cada vez más enterradas – lo aliviaba de un lastre invisible que llevaba acordonado a sus pies desde hacía varios meses. Todo sucede sin que nos demos cuenta, variaciones milimétricas e imperceptibles de todas las cosas se van sucediendo día tras día, como una enorme confabulación que nos va empujando amablemente hasta que de golpe la percepción de un detalle insignificante (un cajón mal cerrado, una botella sin abrir, una raya de más en el parquet, un plato que sobra, un reflejo sobre una fuente de aluminio) nos devuelve la lucidez, y nos damos cuenta de que estamos parados sobre un borde oscuro e inestable, a punto de caer. La duración de la caída y los resultantes del impacto final variarán de acuerdo al peso específico del conocimiento que tenga sobre sí mismo el sujeto en cuestión. Supone Juan que éste fue el inicio de su autoconocimiento.

Cuando ella se levantó, él ya iba por el segundo café. Escuchó los pies descalzos avanzar por el pasillo, el correr de los aros de la cortina plástica, el golpe de la lluvia de la ducha contra el piso de la bañera; fue a la cocina y se quedó parado, releyendo el diario contra la mesada, un cigarrillo en la boca y el chirrido defectuoso del calefón como música de fondo. En algún momento tendría que llamar a un gasista o un plomero, pensó Juan, pero no ahora, mientras siga funcionando no tiene sentido preocuparse; además, siempre estos arreglos provisorios terminan al poco tiempo en catástrofes domésticas imposibles de evitar, es preferible dejar que el fluir natural decida el momento del final, y el del nuevo principio. Un nuevo principio. Tal vez tomar la decisión de cambiar el calefón fuera la oportunidad que estaba esperando, un rito iniciático, un cambio de paradigma en la relación que les ofreciera un aire renovado, o tal vez fuera alguna otra de las estupideces que se le cruzaban por la cabeza cuando pretendía convencerse de que podía tomar control de su vida. Ella salió del baño, se vistió rápidamente, lo saludo sonriente como todos los días y se fue a trabajar. Desde la cocina, Juan escuchó sin moverse los tacos alejarse rumbo a la puerta y luego las dos vueltas de llave que lo dejaban, otra vez, encerrado consigo mismo. Ninguno de los dos dijo nada sobre el espejo.

Juan encendió un cigarrillo y se sentó en el sofá. Después se recostó y se tapó con una manta, orientando la cabeza para que el sol que entraba por el ventanal le pegara de lleno en la cara y le obligara a cerrar los ojos. Quería pensar, entender las trabas de su propio funcionamiento y trabajar sobre su conducta y su fuerza de voluntad. Reflexión. Introspección. Aguantar el dolor de cabeza, resistir al sueño, ambos mecanismos de evasión. Atravesar el pensamiento de manera consciente y reflexiva, sin importar la repetición. Sin someterse al después. Confrontar consigo mismo todas esas cosas que creía que sucedían y que consideraba tan geniales, tan nada. ¿Quién sos, Juan? No tengo idea. ¿Qué estás haciendo, Juan? ¿Hacer? ¿A qué le tenés miedo, Juan? No entiendo la pregunta. No te duermas, Juan, no abandones. Pensá, para eso estamos todos acá, el sofá, la manta, el cenicero, el sol y yo, para ayudarte. ¿Querés que te ayudemos, Juan? No sé. No tengo idea. No entiendo. Bueno, Juan, colaborá un poco. ¿Cómo? Pensá. No puedo. Sí podés. No. Sí. Quiero dormir. Ahora no, Juan, no pierdas el tiempo. Pensá. Abrí los ojos y decime quién sos. Entonces Juan abrió los ojos y trató de hablar, buscó respuestas por todos lados pero por más que se esforzó no pudo encontrar nada que lo satisficiera; la angustia que lo desvelaba y que lo mantenía recluido en su casa casi por completo seguía siendo enorme, y la búsqueda de significados le resultaba dolorosa e inútil. ¿Qué sos, Juan? Ante la falta de relaciones semánticas, Juan comenzó a explorar su propia sintaxis, las coincidencias y repeticiones, las constantes y las variables, la coherencia necesaria para comprenderse. Porque yo soy un sistema, se dijo Juan, un conjunto de elementos armónicamente relacionados en el cual la percepción de la totalidad es mucho más que la suma de las partes. Un sistema funciona cuando se percibe de manera total y no sesgada, cualquier desatino en la elección o relación entre sus elementos particulares destruyen el significado mayor, y ese es el momento en que se perciben las fallas de la construcción de sentido y significado. Pero así y todo, ¿cuál es mi función? No te duermas, Juan, estamos acá. Estás llegando. ¿Qué? Estás llegando. No. Sí. Aguantá. Pero el sueño se desprendió con furia desde algún lugar, disfrazando el castigo de placer, y todas las fuerzas se redujeron a ceniza, como la del cigarrillo que Juan seguía fumando, y los ojos cedieron, el cuello comenzó a doler, el sol a calentar más y más, y la voluntad desapareció. El consuelo de Juan pudo ser creer que al otro día podría repetir este acto, y pasado, y el martes, el miércoles, y luego todos los días, hasta convertirlo en costumbre. Hasta el punto de no pensar más en eso, como hacía con todas las cosas.

Lo despertaron las dos vueltas de llave y los tacos acercándose. Desde el sofá la vio pasar hacia la cocina con dos bolsas llenas de provisiones. Un día más que se fue entre la ducha matinal y la cena, un lapsus de tiempo indeterminado en el que suceden cosas que no somos capaces de imaginar que suceden, una abertura natural y perversa por donde asomar el hocico y morirse de miedo. Una ventana que no muestra ningún prado del otro lado, ni bosques, ni plantaciones de naranjos, ni animales silvestres, ni olas rompiendo contra pacíficos acantilados. Ella se puso a cocinar y desde la cocina le comentó en voz alta qué tal había sido su día en el estudio, la cantidad de formularios, lo rico que estuvo el almuerzo, lo mal cogida que es la secretaria de Suárez, y lo simpáticos que le caían los chinitos del supermercado. Él fue hasta el baño, se lavó la cara, se peinó y se cambió la remera; se quedó un momento mirándose la cara en el espejo y contestó que sí cuando ella le preguntó si la había extrañado. Compartieron un vaso de soda en la cocina mientras ella seguía cocinando. Falta un rato, dijo ella. Voy hasta el kiosko, dijo Juan. Desde la esquina le pareció escuchar cómo crujían los vegetales en el aceite hirviendo del wok.

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