* pajaritos rocanrol

aquellos pajaritos que me hacían jugar bien al fútbol

se vienen, me empujan, me gritan

me dicen movete, corré, saltá

movete, pibe, jugá

y yo no sé qué hacer

porque no puedo interpretar

no proceso las ordenes

ni las indicaciones

soy un coso de azul cobalto

metido en un fierro, un caño

maniobrado con pulso firme

agarrado por la mano de alguien

que mete y saca y sacude

y tampoco sabe, como yo no sé,

qué carajo hacer (me gustaría abrazarlo)

no sabemos, decía, cómo hacer

para obedecer, para marcar la tarjeta

para estar siempre bien parado

ruleta verde ruleta césped ruleta muerte

sintético, sintético

porque ya no hay nada real

bajamos las persianas

y reventamos las ofertas

movete, corré, saltá

pajaritos rivotriles

pajaritos rocanrol

pajaritos revolean

miguitas de pan al viento

me hacen así con el pico

y dicen tumba, tambor, temblor.

* 1425

¿Qué era lo fabuloso? Lo fabuloso no era nada. Aunque reine la responsabilidad día a día, cabeza a cabeza, miedo a miedo, la molicie es soberana. Brota y explota, te envuelve y te aplasta; caen por un borde la templanza y la cordura, y todo aquello que pretendiste te hace muecas burlonas y gestos obscenos y proletarios. El que sabe sabe y a los demás nos queda solamente el mundo reventado, exagerado, las confesiones de oficio y el no saber qué ni quién; por eso prefiero la rueda a la bombita. ¿Sueños? Sí, a borbotones. Qué impío el que no entiende. Qué idiota el que cree. La verborragia no te alcanza. La verborragia no te alcanza. La verborragia no te alcanza. La verborragia no te alcanza. No. De lo negativo sacamos en claro que un pensamiento lineal nos va a llevar al lugar al que llegaron muchos otros, antes, mejor, más rápido. Que te sobren tres botones y que la torta no tenga velitas de más, es pecado según dicen. La verborragia no te alcanza. Fantástico, ¿ah? No, lo fantástico tampoco es nada. Lo sumergible sí es. Sumérjase en sí mismo (usted mismo), trate de nadar, la bocanada no alcanza, como casi nada, y luego llore, mire hacia la costa, agite los brazos, como un loco presione F1 cientosetentaycuatro veces, prenda un cigarrillo si es de los que cree que pueden fumar bajo el agua, cual ninja resista en lo invisible y lo sigiloso, más no espere que la soga venga limpia (seguramente los rescatistas sean cubanos o adoradores de Mao, esos medio sucios medio vagos medio chanchos medio verdugos medio todo, completos mártires de corto alcance, de poca monta, de puro grupo, de hasta aquí llegó mi amor.) porque todo se paga acá abajo y en los momentos más dramáticos. La Meca queda para allá. La verborragia no te alcanza. La verborragia no te alcanza. La verborragia no te alcanza. La verborragia no te alcanza. No sabemos nada. Tal vez lo más importante de todo sea poder recordar el código postal de nuestro primer hogar. O no.

* que llegue abril

La lluvia libera a las yeguas durante la noche. Es agobiante, es invasivo. Te asustan los cascos que se escuchan cerca, tan cerca, y sentís el silbido de las crines negras que cortan el aire. Los belfos babean, tu boca sangra. La angustia es sudor que traspasa las sábanas y llega al colchón, lo moja, lo empapa, lo impregna de miedo y lo convierte en una esponja roñosa. La esponja se hincha y comienza a gotear. Las gotas se lanzan desde el colchón contaminado y estallan contra el piso, lo golpean, lo enchastran, luego se juntan, se unen y se esparcen como una mancha inquieta, caen una tras otra y cada vez son más y ahora ya son charco; un puto ejército de gotas de sudor sucio que dejaste caer sin resistirte y que ahora te mira con hambre desde el piso manchado, con mucha hambre, un ejército que crece y crece y va avanzando hasta el borde del zócalo. No vas a llegar a mañana. Te tapás los oídos porque los relinchos son voces turbias que repiten un solo nombre una y otra vez. Ésta es la serenata de los cobardes. La cara se te derrama sobre la almohada y se funde en una pasta aguachenta y amarilla, muy amarilla. Y no sabés nadar, nunca aprendiste. No sabés nadar, no sabés manejar, no sabés andar en bicicleta. Nunca mataste a nadie y nunca pudiste decir la verdad. Que no lleguen las yeguas porque si llegan te morís, que no lleguen porque si llegan no tenés a nadie a quien llamar y sabés que solo no podés contra nada, nunca pudiste. Que no lleguen. Que llegue marzo, que llegue abril, pensás, mientras llorás como un chico apretando los ojos y los puños, pero pensar nunca fue lo tuyo, nunca pudiste nada, ni bueno ni malo, nunca pudiste, por eso el llanto ahora es grito y ahora arcada y te doblás al medio y vomitás con ruido y te cagás encima porque sabés que están llegando. Abrís los ojos para sentirte más hombre pero mirás el piso y ves ese puto ejército que es charco, soldados de plomo, de cartón, unitarios, federales, hititas y sarracenos. Abrís la boca y lanzás, lanzás, lanzás, lanzás, lanzás, hasta que el cuero dice basta loco no hay nada más. Mirás la superficie y te ves vos mismo flotando en pedacitos marrones, grises, semisólidos, amorfos, peludos; ese sos vos, campeón, eso sos vos: materia deforme e inservible expulsada con violencia desde un cuerpo que alguna vez creíste que podía servirte de asilo. Pero no. Siempre no. Belfos, crines, dientes, cascos. El agua sube. Que llegue marzo. La esponja se pudre. Entonces los hongos. Hongos feroces que empiezan a trepar un cuerpo que tiembla y es el tuyo; hongos verdes, blancos, celestes y naranjas. La avanzada, los paracaidistas. Estás solo. Sabés que estás solo. Que llegue abril. ¿Quién te va a acompañar, quién te va a salvar? Estás solo. ¿Quién te quiere, de quién te acordás? Que venga alguien pero que no sea esa sombra que está en la puerta del placard y que te parece tan familiar. Que no sea esa silueta oscura, más oscura que todo lo demás, que se agranda y se achica y que hasta te parece que tiene olor, olor a hembra, olor importado, un olor que habla francés, turco o italiano o todos a la vez, un olor peculiar, un olor de alcurnia, y nada cierra nunca porque inventás, estirás la mano y te engañás pensando que es posible alcanzar la soga que te saque. ¿Quién te mete, quién te saca? No huelas más, no frunzas más la napia porque llueve y están viniendo. Si te viera tu madre ahí tirado, soportando, si te viera… Negarías todo, como siempre, no te harías cargo de que todo esto es tuyo: las yeguas, la esponja, el puto ejército, los hongos y el olor a hembra; cómo vas a reconocer que los pedazos que flotan ahí alrededor en el medio del charco podrido y estancado sos vos mismo fragmentado, reventado por no poder aguantar más, cómo vas a reconocer que todo lo que habías pensado como un sueño dorado es una pincelada de brea que te tiñe y te sofoca todas las putas noches. Cómo.

* cumbia sucia

Blanco. Todavía nada. Cosas deformes e inconducentes. Podríamos echarnos un polvo en el entretiempo de España – Italia. Nos quedaría tiempo hasta para lavarnos las manos. Y otra vez la fe. Desde hace unos días me obsesionan las formas mediterráneas y las flores coloridas. Pienso en eso mientras caliento el agua. Igual ya lo sabías, soy un boludo transparente en ese sentido.

Ayer le jugué al 28 y no me hiciste ganar nada. Ya no funciona la intuición. Pasemos a lo empírico y llenémonos de guita. Hoy no vivo tan enloquecido, maduré a fuerza de tetra, filtro y pedazos de queso (¿quesitos, dijiste?). Me parece indispensable que de vez en cuando nos envalentonemos un poco y nos dejemos llevar. Como chancho al pueblo, al hombro. Matadero. Seguime esta lógica: NO.

Me caben las cicatrices pero les temo. ¿Nos adornamos? Tirame un puede ser, un a pleno. Si nos avivamos de que no estamos para los otros podemos ser el mediocampo de Holanda. Me fascinan las cosas que vienen de a pares.

Somos la cumbia prohibida a destiempo, lambada inmóvil, sudaditos y apretados. El baile de lo que todavía no llegó. Quédate que falta y después todo se prende fuego. Brillos naranjas, el cielo. De noche me quedo mudo, a la mañana recito tango moderno. Sobre el mediterráneo el cielo es siempre diáfano (me lo enseñó una profesora particular) y casi nunca se siente soledad. La segunda parte me la inventé.

Esto no es para vos: No puedo coger con putas. Me cabe la seducción.

* disertaciones de un jabalí: naturaleza

Hubo barcas. Y después llamas. Y después madera estallada perdida y abandonada. Hubo todas esas cosas que nos dan miedo: claveles marchitos, sobrevivientes de alguna guerra, platos sucios, mandibuleo nocturno. De lo que no se puede estar seguro nunca es de si hubo materia prima digna o simplemente la historia de todo y de todos está conformada por residuos, esperpentos resacosos. Es lo más probable. Y así entenderíamos la naturaleza malévola de las cosas. De todas las cosas. No existe nada en ninguna tierra prometida que contenga en su esencia la virtud; de todo huímos y de todo sospechamos, porque podemos ser optimistas pero no retrasados (aunque es bien cierto que las altas cumbres divisorias de aguas nos tienden trampas todo el tiempo). Inventamos la virtud para no cagarnos de llanto todas las mañanas. La esencia de todo es pudrirse, terminarse; la finitud como objetivo sería una estupidez enorme, como el orgullo por ser coreano, árabe, ecuatoriano o argentino, eso te tocó, no hiciste nada para lograrlo, estar orgulloso por algo en lo que no intervenimos ni hicimos absolutamente nada es la necedad. Y además de coreano sos finito. Te vas a extinguir. Los coreanos arden en piras mucho más tiempo que los paraguayos, está comprobado, está registrado. Nómbrenme una sola cosa, cualquier cosa, que supongan que encierra aunque sea un reflejo de virtud. Una sola. Cualquiera. ¡Con los dioses no! Con dioses coreanos menos. No tengo alternativa, el peligro amarillo avanza y te somete. El peligro amarillo es todo, es fuente de desastre y origen del despropósito. Es la humanidad cagando fuego para postrarse ante ella misma. Hubo velas desplegadas. Y también remos. Pero ni así entendemos. ¿Está bien postrarse? Está perfecto. Es una elección más. Es una consecuencia. Invito al corchazo. Lo más revolucionario de la historia de la humanidad fueron las galletitas del zoológico, inmensamente funcionales y efectivas, instrumentos de tortura, de degradación, placebos baratos que adoptamos sin preguntar; en la marchanta inmunda vuelan por el aire los pedazos de nuestra elección, dignidad, discernimiento y también, como premio mayor, los calzones sucios que nos queremos sacar de encima, cuanto más lejos mejor. Pero la mierda siempre vuelve. Y tal vez así entendamos, si no entendimos, la naturaleza malévola de las cosas. Todo hace mal, porque te estás muriendo, te vas a morir, ya, mañana, pasado, el año que viene, te vas para el cajón mi estimado estibador, no hay vuelta. Y no tiene que ver con nada en particular, es que así funciona, nada importa que seas bello, inteligente, malformado, intransigente, vende patria, sodomita o coreano. Los planteos libertarios o altruistas mean siempre a dos metros, parten de premisas incorrectas, de una búsqueda imposible, porque no hay nada que encontrar: en el núcleo, en el interior de la ameba mongoloide que somos no existe más que la ambición. Los fantoches de siempre niegan nuestro génesis parasitario argumentando las provechosas energías que nos otorga la ambición, pero ¿cuánto tiempo más vamos a dejar que chorreen mierda por la boca? La felicidad es represión. Felices somos cuando evitamos el mal, cuando nos forzamos a elegir la opción antinatural, cuando el impulso destructivo queda aplacado por las verdades morales y éticas que nos fueron metiendo por el culo desde hace milenios. Somos felices cuando sedamos al monstruo. Galletitas. Hubo serpientes y sacerdotes. Y después magma. Y después putas paraguayas bien tetonas montando yeguas durante la noche. Soy malo, soy natural. No soy ateo, creo en Corea. Del Norte.

* búfalos

Pienso en búfalos. No sé si los soñé o si dormí con ellos. La diferencia es deseo o materialización. La incertidumbre es horrorosa y catártica a la vez, me desprendo con fervor de la realidad y me desencuentro a propósito, corriendo entre la manada soñada o fornicada (no logró dilucidar si satisfice mis ansias). ¿Delira usted siempre de la misma manera? Sólo los miércoles por la noche, los demás días los dedico a meditar profundamente sobre la imposibilidad social de mostrarse como monstruos reales y sobre cómo generar diversas proyecciones de sí mismo para conformar un pobre ego retorcido de inacabable voracidad. Simpático pero agotador, y sin fines de lucro, claro. No hay incesto entre búfalos. No hay reproches. No hay traición. Corro entre mis padres y mis hermanos, oigo los cascos y los bufidos, se me hincha el cuello por el esfuerzo y no me detengo, soy un animal de olor pestilente y más de quinientos kilos, más de mil, lanzado en velocidad hacia la orilla de un río angosto, verdoso, infecto y de maliciosa profundidad. (¿Habré fornicado con búfalos o soñado con ellos?)

* flash

Veo reflejos por todos lados. Los imagino. Destellos. Estoy enloqueciendo. Tengo miedo. No. No sé si tengo miedo. No sé nada. Veo reflejos. Destellos. No son nada. Son disparos. Frenesí. Llamaradas. Señales de alerta. Conmoción. O tal vez no. No es conmoción. No sé lo que es. No sé lo que son. No son nada. No existen. No están. Los invento. Pongo reflejos, destellos, donde no hay nada. Y su función es nula como su aparición espontánea. La luz y la sombra y la ilusión. Me sorprenden. No los espero. Flash. Reflejo. Flash. Destello. Simples, claros, efímeros. Invisibles. No los veo. No veo reflejos por todos lados. Mentí. Destellos. Los intuyo. Los convoco. Nos completamos. Nos necesitamos. Yo los creo. Ellos brillan y mueren. Ellos brillan y yo muero. Y nadie nos cree. Tengo miedo. Los peces nadan en La bemol.

 

* no le busques el sentido

Soy yo otra vez. Te escribo esta segunda carta porque descubrí que estoy atravesando por un período que denomino de “negación bíblica”. Notarás que tardé tiempo en volver a escribirte, y no fue por vergüenza o falta de ganas, fue porque dejé correr los días sin darme cuenta, aturdido quizás por la cotidianidad aplastante, y retomar la escritura se me hizo bastante dificultoso. Vuelvo ahora, entonces, a divagar y a buscarme a mí mismo. No es que crea que vaya a  encontrarme, ni siquiera se trata de un método establecido. Se trata de nada, se trata de mí. La letra, ya ves, parece ser la misma, pero advierto poca firmeza en el trazo y menor contundencia en las palabras. Es un pozo. Un pozo ciego. Una abertura hacia otro lugar. Una escotilla que se abre y se cierra según conveniencia de mi estado de ánimo. Yo no controlo, ¿cómo podría?, nada de eso, ni la escotilla ni mi estado de ánimo. La humedad no me ayuda. Me destroza los huesos. Reconozco el dolor y siento los músculos cansados, atrofiados. Me sé atrofiado. Veo el camino descendente. Veo aproximarse el final de la línea. Me veo morir sin haber logrado absolutamente nada. Reconozco mi propia mediocridad y no puedo pelear contra ella. Monstruo. No le encuentro sentido a semejante lucha. Y en todo caso te recomiendo no apostar por mí. No me voy a parar en ese ring, no porque no quiera sino porque no puedo. Alegría. Dilato el momento de ponerme a escribir. Me disperso, lo admito. Es como si hubiera desarrollado un mecanismo de defensa que me aleja de la angustia que me provoca la acción de escribir. La cabeza estalla y los fragmentos se alejan entre sí, desaparecen, y me quedo vacío sin poder rellenar ningún espacio. Es difícil encontrar el rumbo, el propósito. Me distraigo. Elijo la distracción como placebo para aguantar, para sentir. Pero todo es mentira, o casi, digamos que ese placebo es una realidad disminuida, segmentada. Viñetas de una historieta sin gracia y sin remate. Así estoy, casi desvanecido.

Entonces, quizás, (pensé) que si me relajaba y me ponía a contarte algunas cosas podría sacarme de encima muchas de las trabas que siento como condicionantes. Elegí este segundo párrafo para aflojar un poco después de toda la mierda que tiré en el primero, espero que todavía sigas leyendo (las posibilidades existen, y asustan, pero ese es otro tema). No sé, puede suceder que todo esto termine en una notita de amor guardada entre las páginas de un libro y que encuentres muchos años después, sin recordar mi nombre pero reconociendo mi letra al instante, letra de zurdo enrevesado y desprolijo, o tal vez el destino infame  de estas líneas sea el de engrosar un tratado filosófico o algún ensayo social aburridísimo. Pero lo más seguro, creo yo, desde mi pequeña óptica, es que se convierta en un campo de batalla, escenario de una justa deportiva, el tablero de un juego de mesa complejo y agotador. No te asustes, juego contra mí mismo, te necesito sólo para que observes y no me dejes hacer trampa. Tiro dados.

Y ahora disimulemos. Juguemos. Hagamos de cuenta que “lo importante es competir”, aunque los dos sepamos que eso funciona sólo en el plano de lo ideal y que lo tangible difiere bastante de semejante barbaridad. Juguemos. Que nada tenga sentido es parte de mi estrategia. No es foul, no es foul. Sigo escribiendo buscando la inercia. Desconozco de dónde procede pero lo intuyo. No tengo noción alguna de física. Ni de cinética. Ni de dinámica. Líneas cortas, meditadas. Imprecisas, sí, llenas de dudas, sí, también, y de ideas a medio terminar. A medio pensar. Me pregunto si es posible pensar a medias (pensalo, es enfermante), si en nuestra cabeza elaboramos bocetos inconclusos que descartamos al instante sabiendo, mediante una proyección velocísima, que por más que llevemos esas ideas o pensamientos hasta el límite, nunca llegarán a ser nada. Ese es el sentimiento de fracaso más irreversible. El fracaso de la ida. Surge una nueva pregunta, mucho más terrible (que no voy a hacer, no me animo a escribirla siquiera). Los convencidos me dirán que no hay fracaso mientras haya intento, y yo les diré que con mucho gusto visitaré su iglesia. Nada. Habrás notado que escribo y escribo y escribo, como drogado, narcotizado, como preso de furia y de grito y de espasmo. Así funciona. Lo bueno de escribirte estas cartas es la impunidad. Perdón, es un atropello, lo sé. Nadie puede resistirse a leer algo que le fue destinado, por eso sé que vas a leer hasta el final (de hecho, en esta instancia del juego lo que estoy haciendo es manipular tu interés para que me sigas acompañando, en soledad todo es mucho más difícil). La comunicación es energía, es un impulso eléctrico. Es una necesidad, somos transmisores hambrientos que buscan la devolución, el rebote, el feedback. Pero no cualquiera. Buscamos la onda magnética que confiera a nuestra emisión la entidad que creemos que merece. Aunque no sepamos cuál sea el deseo incluido dentro de esa onda, podemos identificar en el instante cualquier reflejo de la misma que nos complete esa necesidad; y también podemos identificar, por pequeño que sea, el germen de esa respuesta, lo que nos obliga a intensificar la señal y escarbar y escarbar hasta estar seguros, y a veces no, de que ese destino es el apropiado.

Voy terminando mi turno, es bueno saber cuándo replegarse. Lamento no haber sido tan locuaz como en mi anterior misiva (¿misiva? ¿dónde y cuándo habré aprendido esa palabra?), pero como te conté al principio, allá arriba, en el primer párrafo, no se me está dando con facilidad el asunto este de la coherencia. Me despido pidiéndote un favor enorme: no trates de encontrarle ningún sentido a todo esto. Posiblemente sea todo mentira. Y en definitiva, ¿qué sentido tiene perseguir la verdad? Avanzo tres casilleros.