* mamushkas 2

Apenas entró, me dio un beso rápido pero bien húmedo, mitad en la mejilla, mitad en los labios, y siguió de largo hacia la sala, con pasos veloces y cortos. Estaba sonriente como siempre, divina; diecinueve años vertiginosos y todas las ganas de llevarse el mundo por delante, derrumbarlo y volver a construirlo a su antojo. Yo no dudaba en absoluto de que pudiera hacerlo.

“¡Mi amor, es Flor!”, dije en voz alta aclarándome la garganta pastosa y aclarándole otra vez la situación a Mariana, que todavía no había regresado de vestirse. Todavía no reconocía el departamento así que no tenía idea de dónde podía estar, lo que me hizo pensar en que tal vez ella tampoco y estuviera vagando por los ambientes tratando de encontrar el resto de la ropa que nos faltaba. La hermanita menor me miraba fijo, provocándome en silencio, parada firme y bien erguida, con los brazos juntos por delante del cuerpo y las manos entrelazadas, apretando aún más el escote. Del hombro derecho le colgaba una carterita diminuta; me pregunté qué cosas realmente necesarias puede llevar una mujer en ese espacio ridículo. Me acerqué por instinto. “¿Qué te pasó en la mano?”, me preguntó seguramente más por curiosidad que por preocupación. “Nada, ¿por?”, le dije apretándole el culo con la mano izquierda, trayéndola hacia mí, mientras que con la mano vendada me secaba la transpiración de la frente haciendo alarde de un sentido del humor que ella apreciaba mejor que su hermana. Me acarició la nuca con una sonrisa cómplice, agarró el elástico del bóxer que yo tenía puesto, lo estiró al límite y soltó rápido el latigazo que me dio de lleno. Ahogué la puteada frunciendo la cara y la solté. Un segundo después, Mariana apareció pálida y con ojos enormes bajo el marco de la puerta.

“Vení”, me dijo. Su voz quebrada no sonó a un llamado sino más bien a un ruego. Sin prestarle atención a Florencia que seguía parada al lado mío, Mariana alargó el brazo para agarrarme de la mano y me hizo seguirla por el pasillo que daba a las demás habitaciones. ¿Qué era ese lugar? ¿Cómo llegamos? ¿Cuándo? Me rendí ante mi propia ignorancia y me dejé llevar. Pasamos de largo la primera puerta; al fondo del pasillo se veía otra entreabierta, pintada de azul con una guarda amarilla muy fina, supuse que era la puerta del baño, cosa que comprobé poco después. Mariana se paró ante la segunda puerta y sin decirme nada me señalo hacia adentro, sin entrar. Asomé la cabeza con mucha cautela, pero el ángulo no era bueno; di un paso más, asomé cabeza y tronco, y esta vez sí pude ver lo que Mariana quería mostrarme con tanta vehemencia. Un cosquilleo nervioso se me encendió en la columna y voló por mis hombros y brazos hasta la punta de los dedos. La visión de la cama gigantesca, y de los diversos almohadones azules, verdes y lilas era cálida y reconfortante; pero la de la pelirroja larga y flaca, que nunca había visto en mi vida, desparramada inconsciente en ese paisaje sin enterarse de nuestra presencia, me superó por completo.

“¡Olga!”, gritó divertidísima Flor, entrando con confianza en la habitación y mirando todo a su alrededor mientras se reía. “¿Olga?” dijimos al unísono Mariana y yo, al borde de un ataque de algo. “Si, Olga, ¿no se acuerdan? La trajimos el jueves de la fiesta. Es rusa.” Mariana y yo nos miramos con pánico y admiración. Mi cuñadita nos observaba esperando alguna reacción. El jueves, el jueves, “¿qué día es hoy?”, pensé. “Hoy es sábado chicos.”, me leyó la mente Flor.

* continuará

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* mamushkas

Nos despertamos al mismo tiempo. Sobresaltados y sin ninguna noción de dónde estábamos, ni de qué hora era, ni de quién golpeaba como un maniático la puerta del departamento. De eso sí estábamos seguros, era un departamento. A través del ventanal podíamos ver desde el aire la intersección de dos avenidas, y una pequeña porción de lo que parecía ser una plaza enrejada o un jardín enorme. Pero no teníamos idea de si ese departamento nos pertenecía o no. Miramos alrededor buscando una pista, un gesto familiar o algún detalle que pusiera en marcha el recuerdo, pero nada. Ni los dos amplios sofás de pana verde, ni la lámpara de pie de casi dos metros de altura, ni las reproducciones de Paul Klee que adornaban las paredes, finamente enmarcadas e iluminadas cenitalmente, ni la alfombra roja de pelo largo sobre la cual habíamos dormido quién sabe cuánto tiempo, ni nada de lo que decoraba el enorme living, tenía sentido para ninguno de los dos.

Nos miramos un instante, nos reconocimos y cambiamos el gesto de preocupación por uno de alivio; al menos en medio de toda esa extrañeza y el vértigo de la incertidumbre, algo estaba en su lugar. Estábamos parados en el medio de la sala, yo en calzoncillos, ella en tetas, desorientados. Recién ahí me di cuenta de que tenía la mano derecha envuelta en una toalla blanca que me cubría parte de los dedos y me llegaba hasta la muñeca. Volvimos a mirarnos sorprendidos, sin respuestas, buscando con esfuerzo en nuestra vapuleada memoria los acontecimientos que nos habían llevado hasta allí. Los bruscos manotazos en la puerta nos volvieron a la realidad.

¿Desde cuándo estaban golpeando? No podíamos saberlo, pero los golpes no se detenían, y su intensidad, lejos de ir disminuyendo presa de la desilusión o de la lógica idea de que tal vez no hubiera nadie en casa,  aumentaba progresivamente según pasaban los minutos. Claramente, alguien sabía que estábamos ahí adentro. ¿Pero quién?

“¿Dónde estamos?” me preguntó. “Ni idea. Vestite que voy a ver quién es.”. No hace falta aclarar que lo que yo menos quería hacer en ese momento era ir a abrir la puerta, pero era el único hombre presente, y la carita temerosa y suplicante de Mariana me impidió evadir la responsabilidad, como hubiera preferido. Me fui acercando despacio, sintiendo la suavidad de la alfombra entre los dedos de los pies. En los plam plam plam que resonaban del otro lado, se podía adivinar ya la palma abierta de quien llamaba,  colorada y un poco hinchada de tanta insistencia. Puse la mano, con toalla y todo, sobre el picaporte y espié muerto de miedo por la mirilla. Del otro lado los golpes cesaron, como sintiendo mi presencia aterrada. Por suerte, lo que vi fue una rubia de ojos verdes y labios de pecadora, ofreciéndome por el visor de la puerta el escote generoso y desbordante, que me recordó instantáneamente salvajes y gratos momentos compartidos. Suspiré aliviado. “Es tu hermana”, le grité a Mariana a la otra habitación y moví el picaporte. Abierto.

*continuará