* savanah y los albatros

Las plumas, me dice. ¿Las plumas?, pregunto. Sí, las plumas. Las plumas son todo. Lo miro. Camuflaje, ventas, marketing. Así son los pájaros, mentirosos, falsarios, estafadores. Porque todo lo que importa está bien adentro. Lo miro. Seguimos caminando. Trato de pensar en las alas pero no puedo, no lo entiendo. Doblamos por Esmeralda y nos metemos en un cine porno. Continuado homenaje a Savanah. Savanah se terminó pegando un escopetazo en la cara antes de cumplir los veintidós años. Yo siempre preferí a Brittany, rubia también, pero más madura, más tetona y, sobre todo, más puta. Pensá en los albatros, me dice. Hago el esfuerzo pero no tengo la menor idea de cómo es un albatros. ¿Qué mierda es un albatros? Imagino algo parecido a un pelícano, pero dudo, porque si fuera así me hubiera dicho directamente pensá en un pelícano, no me hubiera dicho pensá en un albatros. Lo miro. Empieza la película. Savanah se voló la cabeza con una escopeta, le digo. No me extraña, me contesta, se nota que no tenía ningún propósito en la vida. Buen culo, sí. ¿Y eso que tiene que ver?, pregunto. Todo. Savanah chupa pija, las alas de los pájaros están constituidas principalmente por cartílagos, en el interior, que se unen entre sí, Savanah come verga por la concha, se entrelazan armónicamente y después, conformada la totalidad, Savanah garcha en cuatro patas, conforman el ala en sí, pero nosotros nunca vemos los cartílagos, sólo vemos el ala, Savanah coge por el culo, ¿entendés?, no, Savanah cabalga enorme chota, los cartílagos por separado no sirven para nada, para nada, pero si faltara sólo uno, apenas uno en ausencia, Savanah traga leche, la estructura compositiva del ala sería defectuosa, y ese pájaro del orto sería incapaz de volar, Savanah frota penes con las tetas, y así estamos, condenados, no vemos nada, nada, y nos creemos libres, Savanah se mete dos dedos, pero por más que ahora estemos tan contentos de que se nos pare la pija (como si además tuviéramos tremenda pija) mirando a esta puta de mierda, Savanah nos mira fijo, el vuelo siempre es corto y controlado, y todos, escúchame bien, pibe, todos terminamos pidiendo pista para aterrizar sin problemas, luces más, luces menos, Savanah grita. Lo miro. Trato de pensar en un albatros y no lo logro. Tres butacas más adelante vemos volar por el aire el chorro de semen que un gordo de sobretodo hace saltar a pura paja. ¿Sabrá el gordo que Savanah está muerta y por eso se excita tanto? ¿O preso de su ignorancia le da lo mismo ver coger a cualquier rubia para sacarse la leche de encima? ¿El karma de las pornstars es que se las sigan cogiendo después de muertas? ¿El karma de las de ojos claros es que las obligues a mirarte mientras te la chupan? ¿Qué debe esperarse de una mujer que se hace las uñas francesas? ¿Qué mierda es eso? Arranca la segunda película y en el cine somos cuatro. Tengo hambre pero también tengo miedo. No entiendo nada sobre alas ni libertad. Supongo que la clave es dejarse caer y averiguar qué pasa después. Pensá en las ciudades medievales, me dice. Lo miro. La clave es ir a menos, ir a la desesperación del instante único, le digo. Me mira. Sí. Seamos otra cosa, seamos más o seamos menos. Savanah sonríe. Vayamos a menos. A lo básico. Vayamos a la pornografía del primer impacto. Volvamos a los dedos tibios que acarician labios y orificios, que estimulan y penetran. Es imposible concebir una ciudad pensando en los detalles, me dice, la clave está en la estructura. Cartílagos. Entiendo el propósito, le digo. Savanah se arrodilla. El propósito es sexual. Me mira. El sexo comienza con una idea, pura intensidad, impulso y deseo, y después el sexo ya no importa. El propósito del ser humano es dejarse poseer por una idea. Una marea verde y voraz, espesa y pegajosa, incongruente, destructiva, inevitable y efímera. Savanah llora. Las torres y los corredores de las ciudades medievales tenían la función de protección y evacuación. Es imposible que fueran agregados al diseño inicial, ¿entendés?, no, no entiendo, pero sigo pensando en pájaros tullidos y en señores feudales. Le pregunto si conoce alguna estructura que pueda soportar el sismo del deseo. Me mira. Savanah duerme cubierta de esperma. Nuestra percepción, me dice, está tan atrofiada que ni siquiera podemos sospechar que nuestros ideales puedan ser falsos o erróneos, estamos seguros de que no lo son, porque ellos mismos representan nuestro sentido mismo de realidad; no hay cosa que nos haga ser más auténticos que el hambre por concretar un deseo. Energía, combustible. Somos bestias que nos buscamos por el olor, nada más que eso. ¿Qué es un albatros?, le pregunto. Un albatros es un buceador, pero también puede ser una cárcel, me responde. Nos vamos antes de que termine la película. Vuelvo a casa. Mamá duerme. Me acuerdo del gordo y pienso que no es ético cogerse a una muerta, pero tampoco es algo que pueda juzgarse apresuradamente. Salgo al balcón y mientras me acaricio la verga pensando en Brittany (¿estará viva?) siento la firme sensación de que la belleza es una víscera prendida fuego, una olla hirviendo que explota y chorrea, siento que la belleza es hacerse daño a sí mismo. Y es horrible.

 

 

* ramsay

“Sólo tiene que haber letras. El ideal es apropiarme de mí, de mi pensamiento raso; y primero, para eso, pienso apropiarme de su traducción escrita. Primero batallar contra las letras, luego contra el sentido. Sentido.

Durante los momentáneos destellos de lucidez que lo asaltaban, cada vez más esporádicos desde que comenzó su deterioro, el profesor Ramsay ponía toda su energía disponible en el enorme problema que para él representaba dilucidar qué había llegado primero, si la adicción a la pornografía y la consecuente práctica compulsiva de la masturbación, o las insoportables migrañas que posteriormente derivaron en el padecimiento de un insomnio crónico y sufrido. Le costaba determinar, y atribuía la confusión a su desorden interno, si existía una relación directa entre las dos cosas, si la aparición de la primera – cualquiera de las dos fuese – trajo aparejado el origen de la segunda, o si bien se trató de la génesis espontánea y concordante de dos entidades autárquicas que sabiéndolo débil e indefenso decidieron, cada una por su lado, someterlo a una lenta pero sistemática descomposición del espíritu. Este pensamiento obsesivo, además de invadir y ocupar su cabeza durante la mayor parte del tiempo que permanecía despierto, comenzó también a traducirse y manifestarse en síntomas de diversa índole, llevándolo a consultar varios especialistas por temor a padecer algún tipo de cáncer – colon, páncreas, hígado tal vez -, o de estar gestando una profunda úlcera estomacal que lo condenaría de por vida a una dieta injusta, estricta y aburrida. Lo más difícil va a ser dejar de fumar, pensó luego de visitar a un estomatólogo de renombre que después de revisarlo y ordenarle estudios de rutina lo despachó sin preocupaciones, ya que en su experta opinión no había nada en el paciente que pudiera ser considerado de gravedad o que demandara especial atención. Durante los últimos meses la dependencia al tabaco había crecido exponencialmente en el profesor, entre dos y tres atados por día, y durante los ataques de insomnio u onanismo, o de los dos al mismo tiempo, el consumo alcanzaba dimensiones aberrantes. Lo que más disfrutaba al pitar un cigarrillo era ver cómo el papel ardía y se consumía lentamente; según él, en esa pequeña y fallida hoguera, el indómito dios de todos los vicios moría una y otra vez, tendiéndonos la mano, llamándonos por nuestros nombres, provocando la remisión de la realidad hasta transformarla en un punto minúsculo y grisáceo como una bola de plomo olvidada en el fondo de un cajón.  En otras oportunidades, el profesor, que no menospreciaba el equilibrio de la naturaleza y de la psique humana, mientras contemplaba desde su balcón las luces deprimentes de la ciudad anochecida, meditaba largamente sobre ese minuto inexorable en el que todos nos convertimos en santos de madera para los demás. De todos modos, ante la imposibilidad de controlar por qué camino se dirigirían sus pensamientos cada vez que cedía al impulso de encender un cigarrillo, se conformaba con encontrar de vez en cuando un momento de serenidad, lejos del delirio místico y del rigor científico, que le permitiera pensarse a sí mismo como un hombre común y corriente, como el Ramsay que era antes de convertirse en un pervertido insomne a punto de morir de cáncer o de úlcera.

En caso de emergencia, préndase fuego. O desangre a una bestia sobre el mantel. Conocí a una chica que tiene la cabeza rota, que dice cosas rotas, que usa palabras rotas. Rompe todo lo que encuentra y no le importa. A nadie debería importarle. Hay días en que me despierto pensando que esa chica sea tal vez la bestia que yo tengo que matar, pero después me da miedo. Me quedaría el fuego, es cierto, pero sería lo único, y en las emergencias lo mejor es tener varias alternativas.

Me voy por el desagüe, te vas por el desagüe. Nos vamos por el desagüe. Fluido. Fluidos. Deslizar. Correr. Aguantar. Arrepentirse. Desagüe.

El entorno del profesor no tardó en detectar las señales que evidenciaban el corrimiento de eje que estaba atravesando. Se tomó como precaución, después de una reunión casi clandestina de unos pocos de sus colegas (los más influyentes a la hora de tomar decisiones), establecer un monitoreo delicado pero constante sobre sus actividades. Geografía y Latín fueron las primeras encargadas, a título voluntario, de vigilar los comportamientos cada vez más extraños del profesor. Más que por un impulso solidario, ambas se vieron movilizadas por la extrema curiosidad: Geografía no podía comprender cómo el hombre que le había parecido tan atractivo e interesante (y con el que habría compartido algo más que una simple relación laboral, según dichos posteriores de Historia Clásica) se había convertido en tan poco tiempo en una silueta gastada y desprolija que vagaba por los pasillos entre clase y clase, y que una vez terminada la jornada se alejaba con paso lento y vacilante contemplando los tilos que adornaban el boulevard de la calle Bouchard. Por su parte, Latín nunca hizo públicos los motivos (e Historia Clásica evitó hacer comentarios al respecto) que la llevaron a ofrecerse a participar de ese monitoreo inicial. Luego del primer informe de Geografía y Latín, llegó otro, a cargo de Álgebra y Artes Plásticas, y un tercero, realizado por Francés y Literatura Moderna; ninguno de los tres fue favorable respecto de la condición y desempeño del profesor Ramsay, y aunque en el último se evidenciaba que la situación se agravaba, todos coincidían en tratar el tema con el mayor respeto y cuidado posible, dada la alta estima que todos, además de Geografía, le tenían.

Las plantas. Frondosidad. Me gusta esa palabra. La tuve dando vueltas toda la noche en mi cabeza. No dormí. BDSM. Las de Hong Kong son efectivas pero un poco repugnantes, no había visto hasta ahora cosas tan extrañas. En los foros, algunos usuarios (que ya tengo identificados de varios lugares, deben tener algún problema como el mío) aseguran que ese material es “softcore” y exigen a los administradores de la página que liberen el material de mejor calidad; aparentemente el mercado interno de Hong Kong trabaja con producciones de alto riesgo y que posiblemente rocen lo ilegal, para lo que el moderno occidente no está preparado, por eso las estrategias de marketing global se organizan alrededor de diferentes límites. De todos modos me resulta excitante, desconozco que reacción me produciría consumir algún producto del mercado interno. Frondosidad.

Poco tiempo después se organizó otra reunión, menos clandestina que la primera y de carácter mucho más formal, a la cual Ramsay también fue invitado. El Director llevó la voz cantante, apoyado en un par de oportunidades por los comentarios de Instrucción Musical y de Historia Clásica, que se pasó la mayor parte anotando cosas en una libreta de tapas rojas. En esta reunión se le comunicó al profesor, con suma amabilidad, que debido al comportamiento errático que estaba experimentando en los últimos meses, lo mejor para todos (para la institución, para el alumnado, y para él mismo) era que por un breve período aceptara tomar una licencia y se ocupara en despejar la mente, para poder luego retomar sus actividades repuesto y descansado. Incluso le sugirieron que podría ser beneficioso consultar a algún especialista que lo asesorara. Durante la charla, el profesor sintió todo el tiempo que la mirada de Geografía lo recorría y lo examinaba crudamente, con una intensidad tal que parecía atravesarle la piel en busca de algún signo que delatara sus impresiones y pensamientos, pero permaneció inmutable e impasible, observando a través del ventanal el patio interno del colegio, donde las alumnas del tercer año conversaban entre sí, acariciadas por el brillo anaranjado de las diez y media de la mañana.

¿Será una atracción formal que la palabra ejerce sobre mí? ¿Será que me conmueve la carga de misterio y profundidad que le adjudico? Sea por lo que fuere, adopto el concepto para describir la sensación que tengo sobre mi propio pensamiento. Pensamiento frondoso. Espeso. Crecido. Desarrollado. Una planta alta y gorda compuesta de muchos verdes diferentes, con hojas grandes y multiformes, algunas flexibles y otras muy rígidas y en punta; una planta sin flores por el momento, con muchas ramas, cortas, largas, nuevas, viejas, que se desprenden de un tallo firme pero lastimado. De tamaño considerable, a veces invasivo y sospechoso. Es muy difícil identificar la forma concreta, parecería transformarse según el momento del día. Esta planta es un sistema complejo en el que todas las relaciones establecidas entre sus partes son tan apretadas y consistentes que dan por resultado un follaje denso e inabordable. Pierdo claridad y gano en soberbia.

Horas de televisión, horas de diarios, revistas y comida encargada, horas de pornografía, horas descontroladas y desconocidas, horas desproporcionadas de dientes y dedos amarillentos, de aliento cloacal, de pies transpirados y de cervicales destruidas. De fotos y videos, de cajas y cajas de cigarrillos apiladas sobre el escritorio, de hojas de cuaderno desparramadas sobre el sofá. Horas de insomnio eterno recorría el profesor entre recuerdos que nunca terminaban de cobrar forma, con la cada vez más firme sensación de que las cosas en las que confiaba se iban alejando hasta quedar fuera de los límites de su comprensión. Ni siquiera recordaba si había sido antes o después de la licencia que M vació los placares y le explicó que su vida no estaba hecha para dejarla caer por un borde, por lo que había decidido desde su más sólido egoísmo abandonarlo y emprender un recorrido proustiano que le otorgaría el “retorno a la inocencia” que tanto necesitaba. Le hubiera gustado al profesor poder decirle a M que su planteo era, como mínimo, estúpido, y que más que tratarse de una búsqueda interior lo que traslucían las palabras que ella acababa de pronunciar era una clara muestra de su poca capacidad de reflexión y su obtusa visión del mundo, pero no pudo; la ayudó a cargar las cajas en el auto y se quedó parado en la vereda hasta que el ruido del motor del Peugeot se hizo uno más de todos los ruidos de motores que se alejaban por la Avenida Alcorta. Después entró y apagó la televisión.

Tocan el timbre, estoy corrigiendo exámenes en el escritorio, me levanto y voy hacia la puerta, sé que es martes pero mientras camino me pregunto en voz alta quién puede venir a molestar un viernes tan tarde, es de madrugada, o así parece, cuando abro la puerta me encuentro con un hombre oriental, no puedo identificar si se trata de un japonés, un chino, o un coreano, cosa muy curiosa porque poseo una gran habilidad para diferenciar a esta gente entre sí, los rasgos del oriental se transforman todo el tiempo conservando sólo la raíz más pura de la etnia, me mira fijo y dice “saludos”, inmediatamente aparezco en el medio de un parque lleno de tilos y ya no es de madrugada, o sí, no lo sé, en la mano sostengo una postal sin remitente ni dedicatoria, la doy vuelta y en letras mayúsculas sobre un paisaje de ruinas desconocidas dice: QUITO. ¿Será ecuatoriano?, me pregunto, pero ya no estoy en el parque cobijado por los tilos sino que estoy de regreso en mi living, en el sofá; a mi izquierda sentado un monje y a mi derecha un hombre con cabeza de jaguar, ninguno de los dos es el oriental, yo miro mi postal y ellos dos, al mismo tiempo, me enseñan una diferente cada uno, el monje junta las tres en la palma de su mano y lanza una llamarada por la boca que las incinera en el acto, el hombre con cabeza de jaguar ríe, el monje ríe, yo los miro a ambos desde la puerta de calle y pregunto: ¿QUITO?, el hombre con cabeza de jaguar sigue riendo y el monje me responde: DEFICIENTE.

La vigilia se convirtió en una gigantesca ecuación en la cual todas las variables – la enfermedad, la compulsión, el desinterés, la soledad – se ramificaban haciendo casi imposible la tarea de despejar la incógnita principal. Yo soy x, se decía el profesor frente al espejo cada vez que se afeitaba. Yo soy x, se decía el profesor en voz alta y le parecía escucharse como en una grabación, ajeno y lejano. Quizás lo que quede de nosotros en el final sólo sean esos registros espontáneos que fuimos dejando por todos lados sin darnos cuenta, como mensajes grabados en contestadores equivocados, mechones de pelo atorados en las cañerías, como manchas de grasa en un repasador viejo, como un reflejo borroso e irreconocible en el segundo plano de una foto familiar; tal vez lo único que quede sean aquellas porciones de nosotros mismos que fuimos abandonando sin cuidado por considerarlas absurdas e intrascendentes.

Vuelvo a estas notas después de un breve tiempo de dudosa reflexión y profunda frustración (que devino en una controlada pero notable depresión. Aunque pensándolo mejor, con mayor sinceridad y acudiendo forzadamente a una mirada objetiva, debo confesar que hasta el momento todo lo volcado en estos cuadernos ha sido escrito, con excepción tal vez de la primera página y alguna que otra anotación al margen, en un estado latente y constante de depresión y frustración, con lo cual se podría inferir que mi alejamiento o acercamiento a la escritura de estas páginas no obedece a ningún cambio rotundo del estado de ánimo, sino que ambas situaciones podrían representarse como los picos extremos de una línea quebradiza, subiendo y bajando, que se mueve siempre dentro del mismo rango de acción: la disconformidad. Por otro lado (¿o por el mismo?) me siento atrapado dentro de un círculo vicioso – no soy capaz de evitar el lugar común – muy bien identificado y que posiblemente pueda destruir, o al menos descomponer, en la medida en que logre identificar la frecuencia en la que oscilan esos picos extremos y encuentre la “línea promedio”, el sendero menos dañino, el grado cero de la explosión desde donde pueda observar claramente, hacia adelante y hacia atrás, los límites del círculo. CONFUSIÓN. Enfermos. Todos con lepra. Pieles por todos lados y en las cáscaras soy el  Dios que quema (el dios podrido, el de los sapos, las langostas y los curas pederastas). Soy x y tiendo a infinito.”

 ***

* barrotes

Resultó ser que todas mis conjeturas fueron erróneas, y la elegante y hermosa mujer que me había perturbado durante toda la noche no era la gran señora madre respetable e impoluta que yo había pensado, sino que, por suerte, era la puta más asquerosa, desafiante y perversa que me había cruzado en toda mi vida. Se sacó los zapatos, me dio la espalda y se puso en puntas de pie contra la pared. Tenía unos tobillos perfectos. Se levantó la pollera hasta la cintura, apoyó las manos contra la pared fría y rugosa; arqueó un poco el cuerpo y me arrimó el culo desnudo y carnoso. Tuyo, me dijo. No me lo tuvo que repetir. Me la cogí con rabia, con desprecio, sabiendo que si le mostraba algo de ternura nuestra burbuja reventaría al instante convirtiéndose en una mancha acuosa y mugrienta. La bombita del pasillo del quinto nos pintaba la piel de amarillo pálido. Mirá que todavía vivo con mamá, me avisó. Yegua. Las tetas se le movían arriba y abajo rozando la pared y pensé que si me la seguía cojiendo un rato más se iba a poner a gritar como una loca. Mientras se la metía y se la sacaba, se me venía a la mente la imagen de la vieja espiándonos por el visor de la puerta del 5ºC. Vieja perversa. El ascensor arrancó de golpe, el ruido de las poleas nos sobresaltó pero ninguno de los dos amagó con abandonar la faena. No podía parar de entrarle, y no hubiera parado aunque me lo hubiera pedido. Siempre me gustó agarrar maduritas. Las pendejas siempre te traen problemas, tienen voces finitas e insoportables como chirridos de tenedores, y además no saben qué hacer cuando tienen una pija adentro. Se tiran en la cama como un bofe y se piensan que te están haciendo un favor, y los favores yo los voy a pedir a la iglesia. Las veteranas son otra cosa, no tienen aires de diva ni pruritos a la hora de los bifes, quieren cojer y punto. Y ahí aparezco yo, sin falsas promesas ni tontos reproches, sin llamadas a deshoras, sin llantos de despedida; porque, digamos la verdad, llega un momento en nuestras pobres vidas en que los bailecitos de cortejo y la labia sistemática se vuelven tareas inútiles y obsoletas, hay que correr, hay que aguantar, hay que zafar de los segunderos que te pinchan el culo y te avisan que la cuerda se está acabando, hay que aprovechar. Dale que baja gente, susurró entre gemidos contenidos. La cabeza me explotaba, el sonido de los cables rozando las paredes del hueco del ascensor me dolió en los dientes y se transformó en una visión atroz, cadenas enormes y pesadas se enredaban en mis piernas y me arrastraban en un descenso sin escalas hacia el infierno de los viles, de los crueles, de los cafishios, de los chongos, de los ventajeros, de los cojeviejas, de los hijos de puta, ese infierno horroroso infectado de buitres carroñeros. El ascensor dibujó sobre la pared cuatro barrotes blancos, se la enterré hasta el fondo y acabamos los dos a la vez mordiéndonos los labios. Me prendí un pucho y suspiré, nos quedamos en silencio mirándonos como extraños; se bajó la pollera despacio, se puso los zapatos, se acomodó las tetas adentro de la camisa y me besó. Por debajo de la puerta del 5º C comenzó a escaparse un hilito de luz matinal. Me voy. No, vení, quedate a desayunar. No hagamos ruido, los chicos duermen. Entramos. El café con leche de esa mañana tenía tanto sabor a derrota que aún hoy no me lo puedo enjuagar.

 

* pajaritos

El que nunca se la midió entre compañeros en el baño del colegio, es porque siempre supo que la tenía más corta que los demás. Se podía excusar en que esas eran cosas de putos, en la poca gracia de andar mirando pistolas ajenas, podía también invocar cuestiones higiénicas o ampararse en el peligro de la sanción que les caería en el caso de ser pescados in fraganti; pero ninguna de estas excusas se tomaba por válida y todas eran vistas como cobardía, estupidez o falta de compañerismo, llegando incluso a la temida y aberrante acusación de homosexualidad reprimida. Lo interesante de la situación, o lo perverso si se quiere, es que esta última acusación que ponía en duda la sexualidad del no participante, era preferida por él mismo antes que dejar al descubierto la desventaja con la que corría. Para ponerlo en blanco y negro: era mejor pasar por maricón que por pito corto. De esta manera la pelea era solamente contra un rumor malicioso e infundado; de la otra se planteaba la lucha desigual contra la amarga realidad. La crueldad es una carabina aceitada e implacable, y la adolescencia es el campo de entrenamiento para futuros francotiradores. Con esta pueril competencia, en principio inocente, se desata el más puro instinto animal, el espíritu de manada. Se trata de encontrar e identificar al macho alfa que regirá, hasta la llegada de un nuevo líder, el destino de los secuaces, a los cuales el pinet no les alcanza todavía para cantar victoria. El único mérito necesario para recibir la chapa de líder, de gran poronga, es básicamente tenerla más grande que los demás. Así de simple puede uno llegar y erigirse en la punta de la pirámide social, y en orden contrario, el menos beneficiado por la naturaleza se ubicará en la base de la misma como una lacra despreciable. Es por eso que a sabiendas de la propia limitación, se evita la confrontación.

Olvidemos a los siempre ganadores, aquellos que ostentan centímetros o grosor, o aquellos que logran mención honorífica por la robustez o el color o la elegancia; dejemos de lado a los inconstantes, los que en buenas rachas pelean la punta de la tabla pero que en un mal día arañan el descenso. Todos ellos se animan a jugar, y entregados al azar, tienen por sabido que la suerte favorece a los audaces. Detengámonos en los ajenos, los sospechosos, los acusados de traición que nunca se animaron a medirse el pajarito con la escuadra, los que saben que para ellos ya nada es cuestión de suerte, sino de un destino marcado de esfuerzo y resignación. Por más que después todo quede en el recuerdo como divertidas ocurrencias colegiales, tendrán durante toda su vida una sombra flotando sobre sus cabezas. La sombra de la vergüenza. El miedo al vestuario, el miedo a la primera vez. El miedo a todas las veces. La madre naturaleza es sabia, nos enseña primero lo realmente importante. Por esta razón el estigma longitudinal se descubre muy temprano, antes que cualquier otra verdad; se puede desconfiar de la existencia de Dios, pero es imposible ignorar que la tenemos chiquita.

* seis del cinco

El 6 de mayo de 1989 se desató la tragedia invisible. Como el polvo que se barre bajo la alfombra para hacerlo desaparecer, esperando que un descuidado paso en falso lo libere para volver a ensuciar nuestros relucientes pisos, así permanecieron ocultos en mi memoria los acontecimientos de ese día destemplado. Ese día Beatriz Balmaceda cumplía catorce años. Era una flor perfecta, grácil, sensible y exótica, pero también inexpugnable y peligrosa. Y yo la sufrí. Desde siempre había tenido un encanto particular e irresistible y, sin ser demasiado bonita, cautivaba con su presencia a todo el que la conociera. Alumna perfecta y simpática, hija modelo y excelente vecina y compañera, era objeto de mi veneración y ocupaba todos mis sueños y pensamientos. Yo adoraba religiosamente a Beatriz Balmaceda y no me importaba que se aprovechara sadicamente de la confesión que le había entregado un año antes. Y aunque mi Beatriz estaba poseída interiormente por un demonio tan grande como el amor que yo le profesaba, eso tampoco me molestaba en absoluto.

Todas las noches me escapaba de mi casa después de la cena, corría las tres cuadras que me separaban de su ventana y me quedaba allí esperando durante horas que se encendiera la luz de su habitación. El acuerdo perverso que Beatriz me había planteado, y que yo acepté sin cuestionar, estipulaba que durante el día no podía acercarme, ni hablarle, ni mirarla siquiera. Ningún día y bajo ninguna circunstancia. Debía hacer de cuenta que no existía. A cambio de mi sacrificio, si es que era capaz de cumplirlo sin desviarme por la tentación, por las noches ella abría las cortinas de su habitación para que yo pudiera contemplarla mientras se desvestía antes de ir a la cama. Yo me conformaba, o tenía que conformarme, con el único momento en que ella se me entregaba. Era un momento sublime en el que aquella criatura angelical dejaba salir su lado más oscuro y tenebroso en busca del equilibrio perdido entre tanta perfección, y sabiéndome oculto en la oscuridad, se paseaba desnuda frente a la ventana. Grabadas a fuego en mis retinas sus curvas precoces me atormentan de vez en cuando, apenas cubiertas por su pelo castaño y enrulado, apenas opacadas por la imponente voluptuosidad del cuerpo de Alejandra, su hermana mayor, que ajena al pacto prohibido se transformó también en parte de las fantasías masturbatorias del adolescente fisgón que se escondía entre las ligustrinas del patio delantero de la familia Balmaceda.

Esa noche, la del 5 al 6 de mayo, una llovizna fina y persistente fue envolviéndolo todo sin que nadie se diera cuenta y el tiempo se detuvo en una única imagen borrosa, la ventana de la habitación de Beatriz. La lámpara de noche se encendió y adiviné a contraluz la silueta inconfundible de Beatriz. Lentamente desabrochó sus pantalones y los dejó caer, luego se desabotonó la camisa dejando surgir sus pechos firmes y cobrizos que yo tantas veces había admirado en nuestro juego clandestino. La lluvia se agravó, el cielo se cerró por completo y las nubes corrieron enloquecidas. Cubierto de oscuridad, vi aparecer la segunda silueta y adiviné por la altura que se trataba de Alejandra. Se quitó la ropa sin dudar y levantó los brazos arqueando la espalda. Yo estaba seguro de que ella era, después de Beatriz, la mujer más excitante que había conocido, pero esta certeza se hizo humo un instante después. La tormenta arreciaba y el viento sacudía los árboles, la ligustrina que me daba refugio me empujaba con fuerza, estaba empapado y a punto de irme, mi ritual estaba cumplido, pero cuando una tercera silueta ya sin ropa se dibujó en el marco de la puerta de la habitación, mi corazón instintivamente comenzó a latir ansioso y sentí que me fundía en el barro del jardín. No había duda, los hombros redondos, las anchas caderas, el pelo recogido, los tobillos finísimos, el cuello espigado, los pechos ovales, los muslos carnosos, los pies diminutos, la boca de rubí, los ojos de fuego; todo, absolutamente todo lo que había en ese cuerpo de delirio le pertenecía a la señora de Balmaceda. Me clavó la vista a través de las gruesas gotas deshaciendo mi escondite, con un gesto seguro e imposible de desobedecer me indicó que me acercara. Un momento después, sin saber cómo, había atravesado la ventana y me encontraba dentro de la habitación mojando la alfombra con la lluvia que me chorreaba por todo el cuerpo.

¿Cómo iba yo a saber que esa noche iba a ser poseído, lamido, tocado, bebido, acariciado, exprimido, besado, mordido, arañado, atado, vendado, marcado, chupado, golpeado, intoxicado, sobado, amado, querido, extasiado, humillado, alabado, adorado, despreciado, leído, escrito, sentenciado, manipulado, usado y abandonado por las tres Balmaceda? ¿Cómo iba a imaginarme que sus caderas bailarían sobre mí una danza loca robándome la inocencia; que estaría dentro y fuera de cada una de ellas las veces que quisiera y de la manera que quisiera; que ningún rincón de mi cuerpo quedaría sin explorar por bocas, lenguas, manos, dedos; que a nuestro alrededor todo sería gemidos, sudor y descontrol? La cabeza me estallaba de placer y de preguntas, y me entregué sin freno a la salvaje bacanal. Penetré a Beatriz con furia y mirándola a los ojos, cobrándome las veces que me había arrastrado por ella. Me sentí invencible. Fui prisionero de los labios de su madre, que me mostraron el universo entero como un festival de fuegos artificiales; conocí las propiedades contorsionistas de Alejandra y su predilección por la fuerza bruta. Me fundí con las tres a la vez confundiendo los sentidos, sin distinguirnos unos a otros, formando en la maraña un revoltijo deforme de sexos liberados y candentes. Bebí sus jugos y las vi retorcerse abrazadas como víboras por todo el suelo explotando el amor filial. Con un grito de victoria rocié sus rostros con el más puro y bello amor que alguna vez sentí. Perdí el aliento y el alma.

El señor Balmaceda abrió la puerta de golpe. En su rostro estallaba una sonrisa blanca y resplandeciente. Apagó la luz y recién entonces pude ver la torta de cumpleaños y las velas rosas que alumbraron tenuemente la habitación con su llamita. ¡Feliz cumpleaños Beatriz!, gritamos todos y aplaudimos. Beatriz se sonrojó y no pudo ocultar que se sentía feliz. Nos sentamos en ronda desnudos, menos el señor Balmaceda, y devoramos la torta de crema y chocolate. Reímos, cantamos, nos abrazamos, disfrutamos cada minuto del íntimo festejo. Lo más doloroso para mí, después de tantos años, y es la espina que me atormenta y me duele cada noche de mayo, es no haber sido invitado a la fiesta del día siguiente.

* perros

Vivi era una bomba, y no era mía. Se retorcía y ondulaba casi desnuda sobre la lentitud hipnótica de Tom Waits en “Clap Hands”, era la yegua azabache de mis pesadillas cabalgando furiosa para matarme. Acariciaba el piso con los pies desnudos y movía el culo redondo con talento soberano; cada tanto se frotaba las tetas enormes y danzantes con ambas manos, me clavaba la mirada y dejaba escapar los pezones de chocolate que me apuntaban entre anillos de plata. Todavía tenía restos de coca en la nariz y yo andaba por el segundo Jack para volver. Yegua de mierda, pensé mil veces, exhalando el humo entredientes. No sabía que quería más, si besarla, abrazarla, morderla, o cagarla a trompadas. Cogimos.

La siesta post polvo fue un remanso en la locura. La figurita difícil e imposible de varios muchos reptaba junto a mí en la cama alborotada, pero el imbécil que yo era se perdía en oscuras cavilaciones sin disfrutar ese momento, sin merecerlo. El por qué nos abandonamos así, flotando en la nada babosa de la indiferencia; destructivos, egoístas; vacíos de recuerdos, de soledad, de sentimientos; sin freno en el engranaje de desear, amar, sufrir, matar; era para mí un misterio que no me interesaba resolver. Nadábamos en la tormenta, en remolinos, sin sentido; indefensos e inútiles en la caída. Aterrados y malolientes, sin dueños y sin opción.

Me levanté y atravesé el vaho de la habitación hasta llegar a la cocina, después fui hasta el baño, después hasta el living. No había nada que hacer. Volví. Vivi seguía desmayada entre las sábanas manchadas, impune. Me quería ir a la mierda, pero era mi casa. Me acerqué y la miré una vez más; boca abajo y con la melena desparramada sobre el maquillaje corrido, era aún más irresistible. Corrí la poca sábana que me separaba del deseo, con dos dedos gentiles aparté la tanga minúscula de la piel rosada, y con más amor que desenfreno me monté sobre ella. El cuerpo de la mujer que me hacía volar me recibió como siempre, sin dolor, sin reproches y sin preguntas, mientras febrero nos regalaba una tibia tarde de garúa y sol.