* disertaciones de un jabalí: la baba

Tenés que ser honesto. Porque vas a fracasar. Sí, vas a fracasar. Vas a intentar y vas a caer y vas a rodar y vas a revolcarte en mierda. Puede ser un metro, o cinco, o diez. Y en algún punto vas a frenar. Pero no te levantes, no quieras subir, seguí desde ahí. Desde el pozo se ve mejor, se ve más claro, se ve la escala maligna de las cosas en la real dimensión; por eso quédate ahí, aplanado y vacilante, tanteate la cintura para saber si el fierro sigue ahí donde lo dejaste, entre el cinto y el sudor del culo. Y así está bien. Aunque al principio te vas a frustrar, te vas a enojar, vas a putear, después vas a ver que no pasa nada; y no pasa nada porque ese lugar no es desconocido, siempre estuvo ahí, y es tuyo. Estás barbudo, estás flaco, estás pelado, estás cagado encima. Estás en casa, querido. Te paralizás y no escribís, todo es tan feo y natural que te aplasta. Eso, te aplasta. Y pensás que vas a estallar, pero no. No pasa nada, tranquilo. Vas a ver muñecos de arpillera por todas partes, que te rodean y te nombran, que te llaman y te hacen señas de vení, vení. Y te volvés a cagar encima y te prendés un faso, un churro, un porro, un caño, un faisán, un charuto, un sorete, y reventás. Te hacés polvo y se te cae la cabeza al piso, bah, a eso, la levantás y te la ponés de vuelta, y dudás entre sacar o no el fierro y cagarlos a tiros. Pero ya no te ven. Se puede ser invisible, se puede desaparecer, se puede ser un fantasma. Se puede caminar por el desasosiego (palabra que odiás pero que está bien vista en estos tiempos para describir un estado de ánimo cercano a la desolación, otra palabra de mierda, pero más de tu gusto, ya que suena  más linda que la otra, y te parece un poco más romántica, a pesar de que considerás que todos los románticos son flor de pelotudos, pero eso es otro cantar) como si nada. Se puede vivir como una rata y sin embargo disfrutarlo. Despreciate, abandonate, olvídate, malquerete, despojate, reventate. Tranquilo, que no pasa nada. Pero no subas, arriba es peor. Podés ser un silencio de corchea en el peor de los conciertos, o un pierrot desvencijado corriendo a contramano por Avenida de Mayo. Ahí estás bien, no te levantes. Quedate ahí sin punto de apoyo. Cero. Nada. Los ojos rotos de incredulidad y el lomo cansado de tirar como un buey. Roberto dijo que bufen los eunucos, se los pasó a todos por el forro del orto, y vos ahí como un gil lamentándote todo el día sin hacer un carajo. Basura, hombre, basura. ¿Qué querés ser? ¿Uno de esos famélicos que corren las mil millas sosteniendo el estandarte de la decepción? ¡Viva! ¡Viva! ¡Viva la vida! ¡Arriba el hombre! ¡Abajo el Dios! ¡Borracho! ¡Truco! ¡Truco! Gritan los fantoches como si todo residiera en la mentira. Bueno, por ahí sí. De la boca para afuera somos todos buenos, pero no te dejes engañar, el motor del mundo y de la sociedad y del arte y de la cultura y la puta que lo parió no es el amor, es el egoísmo. Egoísmo. Pero tranquilo, que no pasa nada. Acá estás bien. Acá no hay comienzo ni final. Y sos el rey del egoísmo, tan remoto y tan solo. Y sos la bestia plateada que no duerme, y sos la baba que chorrea.

* abajo

Primero el golpe sordo y seco, la incertidumbre, y luego la desesperación inmóvil. Asomé la cabeza y me enfrenté a tu cuerpo desnudo en el pavimento, bañado en rojo, siete pisos más abajo. Ahí te vi, y te vieron todos, rubia y en fuga. Todavía no lo entiendo. Te fuiste. Me dejaste. Te escapaste.

Bajé corriendo la escalera, saltando de a tres, de a cuatro, de a seis escalones. Con el Jesús en la boca sin querer llegar nunca al final. Aún hoy preferiría seguir en esa escalera eterna, dilatando la despedida.

Cuando llegué a vos el sol tibio de mayo me cegó un momento. Alrededor tuyo suspiros, llantos, gritos, alarmas y desconcierto. No es posible, no es cierto. Algunos apartaban la mirada con piedad. Inexplicable. Por el cordón de la vereda se te iba la vida en un hilo. Te fuiste de mí y de todos. Incomprensible, injusto, trágico. Un final absurdo, a mitad de función. Mitad de vida, mitad de sueños, de nosotros, de mí. Mi mitad. Ahora incompleto y sin explicación posible.

No sé si lloré. Tampoco recuerdo si te toqué una última vez, ni si me arrodillé al lado tuyo o si me aparté del tumulto como ajeno a todo. No lo sé. No sé cuanto tardó en llegar la ambulancia, en realidad ni siquiera sé si llegó alguna vez.

Esa mañana desaparecí. Dejé toda mi vida en ese momento. Mi realidad se desvaneció en ese segundo. Recluido, lo único que hago todo el tiempo es pensar y pensar para llegar a una respuesta. Pero sigue siendo inexplicable. No te había empujado tan fuerte.