* cuento para niños con moraleja estúpida

Primero fue uno. Después dos. Después ocho. Después un mechón. Y luego no hubo más que perder. Finalmente el señor González se quedó pelado. La tenacidad del viento lo había vencido, o así parecía. La batalla diaria parecía haber llegado a su fin; el viento, viejo zorro, se había ensañado con él vaya a saber uno por qué, aburrimiento tal vez, y de un día para el otro comenzó a acosarlo y maltratarlo todas las mañanas, cuando salía de su casa rumbo al trabajo. Con soplos reiterados y sostenidos, en dos meses lo despojó fácilmente de la frondosa cabellera que exhibía orgulloso, envidiada por los hombres y comentada en voz baja por todas las mujeres del barrio. Llorando frente al espejo por la flagrante y gratuita vejación, el señor González se juró venganza. Lejos de resignarse a la derrota, infló el pecho, se lavó la cara y parte de la ahora extensa frente, y decidió plantarse firme en ese duelo desigual.

A la mañana siguiente salió sin miedo, porque, literalmente, no tenía nada que perder. El viento burlón y cruel ni siquiera le echó una brisa refrescante como a los demás, simplemente dejó que sufriera un poco de calor para ver las gotas de sudor resbalando por la lisa y reluciente calva. Pero González sonreía. Cuando salió del trabajo pasó por una tienda y compró un sombrero de ala ancha. Pasó la noche entera sonriendo y ensayando caras de satisfacción, las mismas caras con las que al otro día enfrentaría desafiante a su rival. Apenas alumbró el alba, González estaba en pie, desayunado y enfundado en su mejor traje, sombrero en mano. Se lo calzó y salió a la calle triunfante, tal vez había perdido el pelo pero nadie le arrebataría así como así la elegancia. Al llegar a la esquina, un remolino lo atacó por sorpresa, el sombrero voló por los aires y se perdió por la avenida a toda velocidad. Error de principiante, pensó González, a no desmoralizarse. Volvió a la tienda redoblando la apuesta y compró todos los sombreros que tenían en stock, desde galeras, boinas, bombines, panameños y capelinas, hasta los mariachis, vaqueros, piratas y cosacos, absolutamente todos. Esa semana el señor González perdió ocho sombreros y toda la paciencia. Ya no dormía poseído por el afán de vencer a su archienemigo. Caminaba de aquí para allá toda la noche tratando de encontrar la solución. (Es importante en este punto aclarar que nunca cruzó por la cabeza del señor González la idea de utilizar peluca, peluquín, implante o bisoñé; el señor González prefería la muerte antes que la ignominia.). Así como había sucedido con su adorada melena, todos los sombreros se le volaban y lo abandonaban para siempre, coaccionados por la fuerza imperativa de la naturaleza. En los días subsiguientes probó atándoselos con un piolín a la solapa, pero el viento sopló embravecido y le arrancó, además del sombrero, parte del saco; probó colocando un ladrillo en el interior como contrapeso, pero se lastimó la cabeza, y así y todo no pudo evitar la voladura; probó con cascos de arquitecto, de minero y de bombero, más pesados y resistentes, pero tampoco éstos resistieron el embate del viento. Se estaba quedando sin ideas, pero dimitir no era una opción. Evaluó dos o tres alternativas más, pero le parecieron igual de ingenuas que las anteriores. Entonces tuvo una epifanía, y se encendió sobre su pulida cabeza la luz que ilumina a los grandes genios cuando se asoman a la verdad.

El lunes 15 de febrero, el señor González se embadurnó contento toda su redonda cabeza con “Pegatutti”, el pegamento de secado rápido extra resistente, garantizado, probado y testeado, el mejor del mundo, el que nunca falla. No cabía en sí de tanto gozo cuando se calzó y encasquetó profundamente el yelmo de caballero que había conseguido en la tienda como bonificación de su excéntrica compra anterior. Acero y carne se hicieron uno, y ni el dolor ni el ardor hicieron recapacitar al señor González en su empresa. Esta vez sería imposible perder, finalmente había encontrado la manera de burlar a la naturaleza. Se sentía un cruzado a punto de enfrentarse a los infieles. Salió a la calle sin importarle nada del resto del mundo, recorrió pesadamente los metros hasta la esquina, y una vez allí, afirmó los pies en el piso y gritó y maldijo y vociferó como un loco contra su enemigo mortal. Entre las hojas de los árboles pareció escucharse una carcajada susurrante, González sintió la sensación próxima de estar en medio del paso de un tropel de corceles bravíos que se acercaban en loca carrera, pero no se movió. De un solo movimiento, el viento le asestó con furia un violento cachetazo invernal, y la cabeza pegoteada y ensangrentada del señor González salió disparada por la avenida a altísima velocidad. Dicen los pocos testigos que al menos llevaba casco.

**

Nota: este texto responde a otra iniciativa surgida de conversaciones entre varios bloggers (en particular Micromios y David Silva), y es parte del segundo ejercicio que llevamos adelante. La experiencia es siempre placentera, y nos da oportunidad de explorar a todos diferentes temas y registros. La convocatoria está siempre abierta!

Adjunto las direcciones donde podrán encontrar el resto de los textos, y conocer a sus recomendadísimos autores:

http://annefatosme.wordpress.com/2010/02/05/la-trampa/

http://chrieseli.wordpress.com/2010/02/04/entre-las-nubes/

http://emieatworld.wordpress.com/2010/02/05/la-edad-y-la-agricultura/

http://noentiendonada.wordpress.com/2010/02/05/dorotea-y-el-tornado/

http://conchahuerta.wordpress.com/2010/02/09/solo-el-viento/

http://cstax.wordpress.com/2010/02/07/idiotas/

http://silvacamache.wordpress.com/2010/02/03/un-regalo-del-viento/

http://micromios.wordpress.com/2010/02/03/el-viento-y-la-furia/

(espero no haberme olvidado de ninguno)

Buena suerte y más que suerte!

**

* mamushkas 7

No fue difícil encontrar un taxi, esa zona siempre está llena de turistas que necesitan transporte. Subimos y lo primero que hice fue bajar la ventanilla para que el viento me vaya despejando la cabeza, me gusta viajar así, me encanta ver la ciudad en movimiento sintiendo la brisa en la cara. Olga se puso a sacar fotos a todo lo que veía y a cada captura me miraba como esperando aprobación, a mí me importaba muy poco y le sonreía sin mirar lo que me mostraba, mis preocupaciones iban por otro lado.

El chofer del taxi era un tipo corpulento, pasaba los treinta y tenía unas manos enormes, pesadas y callosas; curiosamente también era pelado como el del appart, pero más gordo y menos perfumado. Casi no tenía cuello, era una masa uniforme y  la cabeza brillante y lustrosa se le unía directamente con la espalda enorme y ancha, parecía sacado de esos programas de lucha libre, lleno de forzudos que fingen revolearse y pegarse durante tres minutos en un ring para entretener a los chicos. Por momentos se me hacía extrañamente familiar. Venía escuchando una radio de viejos hits de rock nacional. Cada diez segundos le tiraba por el espejo una mirada no muy disimulada a Olga y tarareaba un poco de la canción que sonaba. “Calor, eh…” nos dijo. “Si, es la humedad.” le contesté por reflejo y me callé, creyendo que la señal de que no tenía ganas de conversar con un desconocido había sido bien entendida. Cuando giramos para tomar el bajo para acelerar el recorrido, el calvo suspiró y meneó la cabeza, señaló con el índice derecho sin soltar el volante y me espetó: “Acá nomás esta la Villa 31, ¿viste?”. Mierda, quiere charlar, pensé.

La voz se correspondía absolutamente con la apariencia de Roque, como después supe que se llamaba nuestro conductor; era una voz grave y sonora, que retumbaba por todo el taxi y quieras o no te hacía escuchar lo que decía, era como un llamado de ultratumba. A pesar de mi mal día traté de ser educado y le respondí con cordialidad, no me gusta tratar mal a la gente. Además, ese gigante me daba miedo. “Sí sí, acá nomás”. Grave error. “Porque hoy estaba mirando en el noticiero un informe, de acá de la villa. Se metió uno de los periodistas, ¿viste esos que te tiran la posta? Y eso es un caldero, loco, mucha delincuencia, mucha inseguridad, un desastre. Son todos chorros. ¿Y sabés qué es lo más loco de todo?”. Obviamente era una pregunta retórica, por más que le dijera que sí, que sabía, o que no me interesaba, me lo iba a decir igual. Me encontraba atrapado en medio de un monólogo político social de un tachero porteño. En los dos segundos de pausa consideré la posibilidad de abrir la puerta y tirarme del auto, total, el sábado me estaba cagando a palos y tal vez fuera mejor tomar una posición activa en el asunto.

Como adivinando mis intenciones, Roque aceleró un poco y me miró, ya no por el espejo sino girando completamente la cabeza y dejando de mirar el camino, lo cual me inquietó bastante. Era evidente que la providencia estaba poniendo a prueba mi fe. “Hay una red criminal que opera en la Villa, y está manejada por Sendero Luminoso, ¿podés creer? ¡Sendero Luminoso!”. Ok, demasiado. La mandíbula se me desencajó y los ojos casi se me salen de las órbitas. ¿Cómo es posible que este energúmeno crea realmente que una guerrilla desaparecida hace casi veinte años opera clandestinamente en un asentamiento de Buenos Aires? “Posta eh, lo vi hoy a la mañana en la tele. Este país está mal, mal. Así no se puede seguir.” Cuando salgamos de la avenida me tiro.

* continuará

* ver capítulos anteriores aquí