* días de visita

Vine hasta aquí con la firme convicción de decirte adiós de una vez por todas, pero como en cada una de las anteriores ocasiones, no tuve el coraje suficiente. Estuve a punto de lograrlo, pero a veinte pasos de tu galería mis pies se clavaron en el suelo pedregoso, la náusea me recorrió entero, la vista se me nubló y comencé a ver los pequeños destellos que preceden al desmayo. Pero hoy no me desmayé, ni vomité. Por suerte esta mañana los vigilantes del cementerio no tuvieron que reanimarme y darme un vaso de agua (espero que en alguna de sus recorridas nocturnas, apiadándose de mis pedidos, te hayan contado que vengo periódicamente y que esos días son para mi especiales y únicos, que me esfuerzo cada sábado por acercarme un paso más, sólo me faltan veinte con el de hoy, y que siempre me pongo el traje azul que usaba cuando salíamos a cenar). Cuando me repuse continué con mi rutina, esa torpe manera que encontré para saludarte a la distancia hasta que pueda superar mi debilidad, y recorrí las calles angostas, mirando aquí y allá, buscando en las lápidas nombres y rostros que me conmuevan, acercándome a los malqueridos, a los olvidados, a los temidos, a los abandonados, a los vencidos, a los salvados. Y en las tumbas de aquellos que duermen en la quietud mezquina del cementerio, deposité en silencio las lilas y las magnolias que te había comprado, como porciones de este amor huérfano que no me animo a dejar ir.

* mamushkas 6

No sé cuánto tiempo estuve inconsciente, pero cuando me desperté seguía siendo de mañana. Estaba tendido en la cama entre las sábanas transpiradas y tenía un trapo húmedo sobre la frente. La rubia, la morocha y la pelirroja estaban paradas al costado de la cama, observándome en silencio; ya estaban perfumadas, maquilladas y de punta en blanco, gracias a Flor que me hizo caso y se encargó de ir organizando la retirada mientras yo estaba desmayado. Había abrigado la esperanza de que cuando me despertara todo estaría en orden, es decir, me despertaría abrazado a Mariana como todos los sábados, después prepararía el desayuno y dejaría pasar el día sin demasiados planes. Pero la esperanza se me terminó muy rápido, y ahí estaba yo jugando a la estrella de cine, haciéndome el fascinante para impresionar a Olga, la rusa, desorientado, lleno de diamantes de dudosa procedencia, que seguramente alguien estaría buscando con más interés que a la sobrina del embajador, y con una sospechosa intervención quirúrgica en mi propio cuerpo. Patético.

Me incorporé un poco apoyando los codos y las miré; Olga me miraba dulcemente con una media sonrisa, Flor me guiñó un ojo y me sacó la lengua, me causó gracia y le sonreí. Cuando llegué al rostro de Mariana, la mirada petrea y amenazante que me clavó no me dejó dudas de que hervía de enojo y mal humor. “Sos un pelotudo”, me dijo crudamente, y tenía razón. Me levanté de un salto, me cargué la mochila, sin decir palabra agarré del brazo a Mariana con una mano y a Flor con la otra. Las saqué de la habitación y las puse contra la pared del pasillo, fuera de la vista de Olga, que había quedado parada sola al borde de la cama. Odiaba tener que jugar ese papel, pero evidentemente por mi condición de único hombre presente me habían delegado la responsabilidad de liderar. Y pensar que se creían feministas. Yo no tenía ningún plan, ni siquiera sabía si necesitábamos uno. Lo que sí sabía era que quería salir corriendo de ahí lo más rápido posible y depositarme lo más lejos que pudiera en cuestión de segundos. “¿Trajiste la moto?”, le pregunté a Flor. Tenía un scooter rosa que usaba casi siempre para moverse libremente por toda la ciudad y llegar a tiempo a sus múltiples ocupaciones; además de ser mi asistente en el número de magia, también era modelo vivo para escuelas de arte, recepcionista en un gimnasio, y estaba terminando el profesorado de inglés. Atorranta, sí, pero laburadora. “Sí”. “Ok, vamos a hacer lo siguiente. Ustedes dos se van en la moto y yo me llevo a Olga en un taxi, no la podemos dejar sola acá.”  A veces se me ocurrían buenas ideas, prácticas y contundentes, que todos aceptaban por su lógica de acero y por ser también la mejor opción, pero la verdad es que este no fue el caso. “Bueno Robert, ¿y adónde vamos?”, me dijo victoriosa Mariana con ese tono de mierda que pone cuando está enojada y me quiere humillar en público para que todos se den cuenta. Claro, ¿adónde vamos? Ni idea, no lo había pensado.

Olga salió de la habitación y nos encontró en plena conspiración. Lejos de preocuparse, nos sacó una foto con su celular y se nos rió en la cara cuando miró cómo habíamos salido. Le saqué el teléfono de las manos y empecé a empujarla suavemente por el pasillo hacia la sala. “Vos te venís conmigo, muñeca”, dije fuerte y claro para que me entendiera. Giré la cabeza hacia Mariana y Florencia. “En una hora nos encontramos en casa. Entren por el patio.”. Creo que no les gustó mucho la idea de que las dejara solas para irme con otra, pero no protestaron. Agarré el celular de Olga y llamé a Richard. Se sorprendió de que lo llamara tan temprano un fin de semana, pero se alegró de escucharme, me había estado llamando y nunca le contesté. Claro. Ni le pregunté por los equipos, “En una hora en casa, Richard, no me cagues.” Sabía que no me iba a fallar, Richard era un amigo de fierro que siempre estaba cuando lo necesitaba, y últimamente lo necesitaba muy seguido. Cuando corté me percaté nuevamente del temita de mi mano, la incisión, el bulto, y todo eso; si bien Mariana supo inmediatamente lo que había pasado porque me conocía mejor que mi vieja, yo me prometí no decir una palabra al respecto y preservar mi idiotez del ámbito público.

Salimos al pasillo y caminamos como cuarenta metros, girando siempre a la izquierda. Habíamos elegido, según Flor, la habitación con mejor vista de todas, pero era también la más alejada de los ascensores. Los tacos altos de las chicas ni se escuchaban en la espesa alfombra roja que cubría el piso; en las paredes había reproducciones de cuadros, muy parecidas a las de la habitación, y me distraje un poco tratando de recordar los nombres de los pintores originales. Los diez segundos de espera del ascensor fueron un suplicio eterno, transpiraba y me movía para los costados resoplando y bufando, Mariana me hablaba de no sé qué y las otras dos miraban los números de los pisos que se iban iluminando lentamente. Siete. Ocho. Nueve. Cling! Puertas abiertas. Adentro. Bajando. “Pasemos desapercibidos. Hagamos como que no nos conocemos, apenas salimos del ascensor ustedes dos enfilan para la puerta y Olga y yo las seguimos unos pasos atrás. Tratemos de no mirar a nadie y de no llamar la atención, puede ser?”. Al fin pude plantear algo que tuviera sentido, teníamos que desaparecer sin dejar rastros, después veríamos como devolver a la rusita a la embajada sin problemas, y, sobre todo, teníamos que decidir que hacer con los diamantes. Nadie los había vuelto a mencionar desde que desperté del desmayo, pero eventualmente esa situación nos iba a volver a caer encima, preparados o no. Hasta entonces, perfil bajo y a prenderle velas a un par de santos. Nunca fui un tipo virtuoso en cuanto a cuestiones morales se refiere, y si el destino quiso que me encontrara con esta oportunidad, más allá del miedo mortal que me generaba, bienvenido sea, iba a aprovecharlo mientras pudiera.Tres. Dos. Uno. Cling!

Mariana y Florencia salieron primero y en pocos pasos atravesaron el lobby. Olga y yo caminábamos relajados un poco más atrás, tomados del brazo como una pareja afectuosa. Todo iba tan bien que se me dibujó una leve sonrisa de satisfacción. Pero a dos metros de la puerta, un pelado de traje y bañado en perfume se paró delante nuestro y nos cerró el camino. Olga le sonrió, como hacía con todos. Yo me frené en seco y guardé silencio, cediéndole la iniciativa al pelado. Levantó una ceja y con un gesto cómplice quiso darme a entender algo que yo no tenía idea. “Buenos días señor Redford, ¿ya se retira?. Esperamos volver a recibirlo pronto, siempre es placentero tener huéspedes como usted… y sus amigos…” Recorrió a Olga de arriba abajo sin disimulo y me tendió la mano derecha. A través de la gran puerta de vidrio vi pasar el scooter a toda velocidad encarando para el lado del bajo. “Muchas gracias”, le estreché la mano con vigor y le dí un par de palmadas en el hombro; Olga nos sacó otra foto para el recuerdo y le pidió al pelado que nos saque una a nosotros dos posando delante de la fuente que decoraba la entrada, hermoso. Cuando por fin salimos a la calle, me llené los pulmones de aire buscando energía para afrontar lo que restaba de ese aciago día.

* continuará

* ver capítulos anteriores aquí

* mamushkas 5

No pude reaccionar hasta dos minutos después. Mariana seguía sentada en el piso sin decir nada. Flor ya no saltaba, sonreía ampliamente ofreciendo los dientes blanquísimos y los ojos le tintineaban con los reflejos de los pequeños diamantes. Agarré la otra bolsita y la abrí rápido para verificar mi terrible sospecha de que estábamos metidos hasta el fondo en un asunto serio y peligroso. Miré adentro y sí, yo tenía razón, estábamos complicadísimos. Agarré las piedritas que rodaban entre las sábanas y las guardé de nuevo en su bolsita, de paso aproveché para rozar un poco las piernas de Olga, imaginando que tal vez algún estímulo táctil me serviría para recuperar mi estropeada memoria. No funcionó, pero la rusita era tan suave que lo disfruté igual. Ella ya estaba más despierta y se incorporó levemente. De verdad era hermosa; nos miró muy naturalmente y sonrió, luego comenzó a soltar unas risitas cortas y finitas que no cuajaban muy bien con ese cuerpo tan elegante. Saludó a Florencia moviendo la mano varias veces con un gesto infantil, y Flor le devolvió el saludo de la misma manera, pero en ella nada era infantil. La cabeza se me partía del dolor, no por la resaca ni por efecto de ninguna droga, esos efectos los conocía bien, creo que lo que me estaba afectando en ese momento era la presión. Sentía las venas de la frente y de mis sienes latir y latir cada vez más fuerte, y tuve miedo de que me explotaran manchando toda la habitación. Hubiera sido una pena, la luz del día le daba a todo el ambiente un tinte anaranjado que si no fuera por las circunstancias, podría haber sido relajante y placentero. Debían ser como las once de la mañana.

“¡Hola Marrrrianna!”, esas fueron las primeras palabras que le escuché decir a Olga. Mariana, mi novia, compañera y cómplice desde hacía varios años, tenía la cara que ponía siempre diez segundos antes de largarse a llorar como una loca. La vi venir, pero esa vez yo no estaba como para consolarla ni decirle alguna pavada que la tranquilice, estaba al borde del colapso nervioso. Miré a mi cuñadita, que curiosamente no decía nada. “Ayudame a organizar este quilombo y salgamos ya de acá.”, le rogué; estaba a punto de abrazarla y decirle que la quería con tal de que me ayudara a resolver algo de todo lo que estaba pasando. Pero cuando Olga escuchó mi voz se volvió loca, saltó de la cama y se me tiró encima; me atenazó con brazos y piernas y empezó a sacudirse colgada de mí mientras decía no sé que cosa en ruso, que obviamente no entendí. Terminamos perdiendo el equilibrio y cayendo los dos sobre la cama, yo arriba de ella. No podía moverme y empecé a sofocarme porque me había quedado la cabeza hundida entre los pliegues de las sábanas y las redondeces de la sobrinita del embajador de Ucrania. “¡Rrrobert Rekford ¡”, gritaba entusiasmada sin soltarme y ya las risitas eran sonoras y contagiosas carcajadas. “Mierda”, pensé, “O yo soy muy bueno convenciendo a la gente de cualquier cosa, o esta chica tiene problemas graves con el abuso de sustancias.” Si ella me encuentra parecido a Robert Redford, allá ella, me dije, ya no me sentía tan incómodo que digamos; estar enredado con una pelirroja en una cama limpia, sin pagar, era lo mejor que me podía estar pasando en esa desorientada mañana, de hecho me había calentado un poco. Robert Redford. Ja.

Robert Redford. Increíble. ¡Robert Redford! ¡No! La lucidez con que recordé esa película de Redford en la Cuba pre castrista, me hizo olvidar a Olga, a Florencia, a Mariana, a la cama, al sol, al departamento, a mi amigo Richard que llevaba los equipos al depósito, a la embajada, a todo. Me zafé del abrazo de la rusa violentamente, miré mi mano derecha vendada en la toalla blanca y salí corriendo. No sé por qué creí que en la intimidad del baño me sentiría menos idiota, si ya sabía que era un imbécil hecho y derecho. Mi cabeza era un volcán y las piernas se me aflojaron en el trayecto. Me saque la toalla a los tirones, y a pesar del esfuerzo no pude evitar desmayarme cuando vi la pequeña incisión y los dos puntos de sutura que envolvían, en el doblez que se forma entre los dedos índice y pulgar, un bulto extraño bajo mi piel.

* continuará

* ver capítulos anteriores aquí

* mamushkas 4

Metí la mano adentro de la mochila y al tacto me di cuenta de que tenía razón, algo estaba roto. Revolví un poco y saqué algunos pedacitos de porcelana pintada de varios colores estridentes. Los tres nos quedamos en silencio, y digo los tres porque Olga seguía durmiendo como si nada. Mariana y Flor miraban atentas. Para no dilatar innecesariamente la situación di vuelta la mochila y vacié el contenido sobre la cama, en el poco espacio que Olga dejaba libre. Y ahí aparecieron. Mamushkas, matrioshkas, o como mierda sea que se llamen esas muñecas rusas que se meten unas dentro de otras hasta el infinito. Eran tres, una estaba partida por la mitad, por un lado el cuerpo y por otro la cabeza bien redonda, la segunda estaba entera y cayó suave y sin daño aparente sobre el cubrecama, pintada en tonos de rojo y azul, y la tercera en realidad la supusimos al ver todos los pedazos de porcelana sobrante que no pertenecían a ninguna de las dos anteriores. Además de las muñecas, del interior de la bolsa de sorpresas en que se había convertido mi mochila, cayeron dos bolsitas de terciopelo negro del tamaño de un puño, cerradas con una pequeña cuerda deslizante, como en las películas.

“¡Que lindas muñequitas!” dijo contenta Flor. Evidentemente con esa expresión tan estúpida en semejante situación, era la primera vez que veía una mamushka y sabía tanto del tema como yo, o menos. No le dije nada porque hubiera sido inútil, así que giré la cabeza hacia Mariana esperando que la genética de la familia hubiera sido justa y hubiera equilibrado entre ambas hermanas belleza y sentido común. Olga, la modelo rusa que nos habíamos traído de la fiesta de cumpleaños de la esposa del embajador de Ucrania, que además era la sobrina directa del mismo embajador, y que además había pagado con su tarjeta una habitación en un appart hotel de Retiro para armar una fiestita de la cual yo no recordaba absolutamente nada, comenzó a desperezarse dando vueltas en la cama y a emitir algunos bostezos. “Abrí una a ver que hay” me dijo Mariana, curiosa como toda mujer, levantando las cejas exageradamente y moviendo la cabeza para adelante varias veces apuntando a las misteriosas bolsitas negras. “¡Dale Chuchi, abri una!”, insistió Florencia. La quería matar, pero sentía tanta curiosidad como ellas dos. No dije nada y obedecí. Mismo mecanismo que con la mochila, abrí una de las bolsitas y dejé caer el contenido sobre la cama.

No sé si pueda explicar la sensación que nos invadió en ese instante, fue tan enérgica y repentina que ninguno de los tres atinó a nada. Mariana se puso pálida y lentamente se sentó en el piso de la habitación, apoyando la espalda contra la puerta del placard. Florencia se tapó la boca con las dos manos y empezó a dar saltitos en el lugar sacudiendo las tetas arriba y abajo. Yo seguía en la misma posición, inmóvil e incrédulo, con el brazo todavía extendido sin soltar la bolsa, y con la vista fija en el manojo de diamantes que acababan de desparramarse entre las piernas revoltosas de Olga, la rusa de carne y hueso.

* continuará

* ver capítulos anteriores aquí

* mamushkas 3

Nos fuimos encima de Florencia y la acorralamos contra la puerta del placard. En cinco minutos nos hizo un resumen que nos clarificó el panorama. Según ella, porque nosotros no podíamos comprobarlo a ciencia cierta, el jueves a la noche habíamos estado en la embajada de Ucrania, contratados para hacer un show y amenizar el cumpleaños de la esposa del embajador. Con Mariana tenemos desde hace años un espectáculo de magia, yo hago las ilusiones y ella me asiste. Hace un tiempo incorporamos a Flor al espectáculo porque Mariana no se animaba a hacer los números de espadas, serruchos y esas cosas; así que ahora, mientras Mariana sonríe, yo clavo y parto al medio a mi joven cuñada.

La presentación fue un éxito, nos contó Flor, tanto que cuando terminamos nos invitaron a quedarnos en la fiesta y nos acomodaron en una mesa redonda enorme, con muchos cubiertos y tres tipos diferentes de copas. Ahí estaba Olga, la rusa en cuestión, de punta en blanco y empastillada hasta la manija. Mariana y yo siempre fuimos muy abiertos en cuanto a la relación, y siempre coincidimos en ganas y gustos, así que no nos sorprendimos cuando Flor nos contó que a la media hora arrancamos a Olguita de la mesa con porteñas promesas de una noche alucinante. Me ausenté un minuto de su explicación lamentándome el olvido de lo que parecía haber sido la fiesta de mi vida, incluyendo novia, cuñada apenas mayor de edad y de postre un bombón soviético. Pero el ensimismamiento me duró poco, me puse pálido y casi me desmayo cuando escuché la voz apenas ronca y rubia decir “…y como es la sobrina del embajador, ahora la están buscando por todos lados…”. Pánico, escozor.

“¿Dónde estamos?” le pregunté desesperado a Flor. “Un appart gentileza de la tarjeta de Olga. Retiro, Chuchi, ¿no ves la plaza desde acá?”. Más pánico, más escozor, y encima odiaba que me dijera Chuchi, aunque a Mariana le daba igual. “Agarren todo que nos vamos ya.” les ordené. “¿Y Olga?”. “La dejamos dormir, no le va a pasar nada, es grande.”, respondí rogando que fuera mayor de edad, mientras me subía los pantalones y me calzaba los zapatos al mismo tiempo. Junté rápido dos mazos de cartas, tres pañuelos de seda de distinto color y mi varita de la suerte; el resto del equipo de escenario supuestamente me lo llevaba mi amigo Richard, fletero, hasta el depósito la misma noche del jueves, pero no tenía cómo averiguar por el momento si eso había ocurrido o no. Cuando agarré la mochila para guardar todo, noté que adentro había algo extraño, que claramente no era mío, y que sonaba a roto.

* continuará

* mamushkas 2

Apenas entró, me dio un beso rápido pero bien húmedo, mitad en la mejilla, mitad en los labios, y siguió de largo hacia la sala, con pasos veloces y cortos. Estaba sonriente como siempre, divina; diecinueve años vertiginosos y todas las ganas de llevarse el mundo por delante, derrumbarlo y volver a construirlo a su antojo. Yo no dudaba en absoluto de que pudiera hacerlo.

“¡Mi amor, es Flor!”, dije en voz alta aclarándome la garganta pastosa y aclarándole otra vez la situación a Mariana, que todavía no había regresado de vestirse. Todavía no reconocía el departamento así que no tenía idea de dónde podía estar, lo que me hizo pensar en que tal vez ella tampoco y estuviera vagando por los ambientes tratando de encontrar el resto de la ropa que nos faltaba. La hermanita menor me miraba fijo, provocándome en silencio, parada firme y bien erguida, con los brazos juntos por delante del cuerpo y las manos entrelazadas, apretando aún más el escote. Del hombro derecho le colgaba una carterita diminuta; me pregunté qué cosas realmente necesarias puede llevar una mujer en ese espacio ridículo. Me acerqué por instinto. “¿Qué te pasó en la mano?”, me preguntó seguramente más por curiosidad que por preocupación. “Nada, ¿por?”, le dije apretándole el culo con la mano izquierda, trayéndola hacia mí, mientras que con la mano vendada me secaba la transpiración de la frente haciendo alarde de un sentido del humor que ella apreciaba mejor que su hermana. Me acarició la nuca con una sonrisa cómplice, agarró el elástico del bóxer que yo tenía puesto, lo estiró al límite y soltó rápido el latigazo que me dio de lleno. Ahogué la puteada frunciendo la cara y la solté. Un segundo después, Mariana apareció pálida y con ojos enormes bajo el marco de la puerta.

“Vení”, me dijo. Su voz quebrada no sonó a un llamado sino más bien a un ruego. Sin prestarle atención a Florencia que seguía parada al lado mío, Mariana alargó el brazo para agarrarme de la mano y me hizo seguirla por el pasillo que daba a las demás habitaciones. ¿Qué era ese lugar? ¿Cómo llegamos? ¿Cuándo? Me rendí ante mi propia ignorancia y me dejé llevar. Pasamos de largo la primera puerta; al fondo del pasillo se veía otra entreabierta, pintada de azul con una guarda amarilla muy fina, supuse que era la puerta del baño, cosa que comprobé poco después. Mariana se paró ante la segunda puerta y sin decirme nada me señalo hacia adentro, sin entrar. Asomé la cabeza con mucha cautela, pero el ángulo no era bueno; di un paso más, asomé cabeza y tronco, y esta vez sí pude ver lo que Mariana quería mostrarme con tanta vehemencia. Un cosquilleo nervioso se me encendió en la columna y voló por mis hombros y brazos hasta la punta de los dedos. La visión de la cama gigantesca, y de los diversos almohadones azules, verdes y lilas era cálida y reconfortante; pero la de la pelirroja larga y flaca, que nunca había visto en mi vida, desparramada inconsciente en ese paisaje sin enterarse de nuestra presencia, me superó por completo.

“¡Olga!”, gritó divertidísima Flor, entrando con confianza en la habitación y mirando todo a su alrededor mientras se reía. “¿Olga?” dijimos al unísono Mariana y yo, al borde de un ataque de algo. “Si, Olga, ¿no se acuerdan? La trajimos el jueves de la fiesta. Es rusa.” Mariana y yo nos miramos con pánico y admiración. Mi cuñadita nos observaba esperando alguna reacción. El jueves, el jueves, “¿qué día es hoy?”, pensé. “Hoy es sábado chicos.”, me leyó la mente Flor.

* continuará