* buitres

Las ciudades son efímeras. Y los buitres. Podemos irnos a voluntad de las cosas intrascendentes. Nuestras victorias morales, egoístas, nuestros actos de superación, pequeñeces a las que nos aferramos por esa mala costumbre de convertir cualquier detalle en un acto de fe. Religiosidad contundente, ladrillos de mi casa espiritual. Es la sal, es la garganta. Y esta ciudad que decís tuya, esta ciudad que te parece tan conocida, no es más que un yuyal absurdo en el que todo lo que surge se contamina. Nacido el hombre, nacido el mal. La memoria es un chacal, y ahí estás vos.

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* triciclos

Mi primer recuerdo son baldosas. Baldosas grandes, cuadradas y grises. Una hilera perfecta de lajas avanzando sobre el pasto. No estoy muy seguro de si es una plaza o un jardín, creo que ninguna de las dos cosas, se trata más bien de un camino entre dos canteros enormes, con pasto, yuyos, algunos bichos y pocas flores. Adelante, siempre hacia adelante. Puedo ver mis pies, aunque no los zapatos. Los zapatos los imagino y los reconstruyo (haciendo un poco de trampa, la memoria es pecadora) avanzando, saltando y repicando una, dos, tres veces por cada placa gris, así de grandes son las baldosas y así de pequeños mis pies. Debo tener cuatro años pero la confusión insiste en hacerme creer que tengo tres. Además de los zapatos, negros y acordonados, invento también las medias grises de nylon, apenas caídas sobre los tobillos. Llevo también pantalones cortos azules con bolsillos grises, y no los estoy inventando, existieron y estoy muy seguro. Lo que desconozco es si la combinación zapatos negros/medias grises/pantalones azules es real o si es una reconstrucción arbitraria que hace mi mente para que pueda reconocerme y situarme en el mismo lugar que mi recuerdo incompleto.

Creo que voy al colegio, al jardín de infantes, pero no lo sé. No sé cuántas veces hice ése recorrido (un día, un mes, un año) y tampoco si la imagen que evoco es la de un momento único o la suma de varios que voy acomodando a conveniencia para acercarme más a lo que fui alguna vez. Qué tarea maldita, impune y dolorosa es el mirar hacia atrás. La imagen completa es una bruma blanca y esponjosa que flota delante de mi cabeza, que va y viene y se posa de a ratos sobre estas líneas pero luego se desprende y me desafía a completarla con mi propia voz. La nube brumosa está y no está al mismo tiempo, y la conciencia que tengo sobre ello me llena de angustia y ansiedad, me ubica con tanta contundencia en mi presente que por momentos tengo que contener el aire y el llanto para seguir adelante.

Avanzo por ese sendero de piedras frías (esto lo imagino, aunque pudiera ser que alguna mañana o tarde de calor las haya tocado con las manos para comprobarlo) y ahora sé que entre las juntas crece gramilla desprolija, ¿será primavera? Trato de no pisar las líneas de unión pero siempre al último paso debo sumarle un saltito correctivo para no perder. Sonrío. Llevo algo en mi mano izquierda pero la bruma no me deja registrarlo, puede ser una revista, una bolsa, un muñeco o un paquete de figuritas o caramelos; mi brazo derecho está en alto y mi mano se aferra suave pero firme a la de Amalia, mi abuela, que camina a mi lado. Sé que es ella sin ver su cara: mi memoria ubica su cara muy nítidamente dentro de otros recuerdos, pero no en este, no la necesito, la reconozco por el modo de andar, el paso de marcha incansable, ni lento ni rápido, siempre fiable y eficiente, el paso necesario para hacer las cosas, todas las cosas, el torso inclinado hacia adelante y la mata de pelo negro, negrísimo. Siempre la recuerdo de espaldas, siempre observo cómo se va, cómo avanza, cómo me lleva…

Más o menos este es mi primer recuerdo. Me pone triste ser tan impreciso, me decepciona no contar con mayor detalle. ¿Qué va a pasar cuando vaya perdiendo aún más nitidez? Ahora estoy seguro que atravesábamos una plaza, escucho risas, corridas y el chirrido metálico de la calesita y los subibajas. Escucho también, cristalino, el repicar de los chorros de agua que saltan desde las bocas de los bebederos, se elevan en remolinos transparentes y luego se dejan caer para estallar en miles de gotas que envuelven mi primer recuerdo con una melodía íntima y secreta.

¿Qué va a pasar cuando Amalia siga caminando por ese sendero gris rodeado de pasto y yo quede cada vez más inmóvil en el mismo lugar, mirando cómo se van transformando en un punto lejano, una mujer con un niño de la mano, ambos atravesando una plaza y enfrentando al viento tenue de una estación indefinida? ¿Qué va a pasar cuando tenga que inventar cada vez más detalles para volver a ese momento inicial en el que creo que mi memoria comenzó a funcionar y recopilar mi historia? No quiero saber. Toda proyección es desesperanzadora. Hacia adelante la nostalgia, la melancolía. Y hacia atrás el horror. Y muchas otras cosas, pero principalmente el horror. Creemos tal vez que nos contenta volver a esas sensaciones, volver a recomponer fragmentos de imágenes, volver a oler determinados aromas, café, manzana, jabón en polvo, volver a escuchar aquellos pájaros, aquellas chicharras de la siesta, la sirena del cuartel de bomberos, volver a sentir la rugosidad del esmerilado de la ventana del fondo, la incomodidad de los cuellos de las camisas, la calidez de la baba sobre la almohada… Nos reconforta el hecho de volver. Ahí está lo prodigioso y perverso de la memoria. No se puede volver.

Tengo tres o cuatro años. Voy caminando hacia algún lado tomado de la mano de alguien que ya no está y que probablemente esté a punto de desaparecer para siempre de toda memoria y recuerdo, como nos pasará a todos, cuando nos transformemos en una cara sin nombre posando indiferente en una foto grupal, rodeada de otras caras sin nombre, de paredes pintadas de verde u ocre, de muebles abarrotados de adornos y porquerías, de mesas con tortas de cumpleaños y sanguchitos de ananá y muchos vasos y copas y botellas de plástico y de vidrio y sonrisas y ojos rojos y manos al aire y bebés llorando y bebés durmiendo y cuadros colgados con paisajes horribles y manchas de humedad en el cielorraso. Como me pasa a mí, que cada mañana me convierto en menos de lo que fui ayer y que me enojo conmigo mismo todas las veces que no encuentro la respuesta a la pregunta de por qué, en este recuerdo tan preciado que me emociona como ningún otro y que revisito cada vez con mayor frecuencia y menor distancia, revolviendo el horror de la nube brumosa, blanca y esponjosa que flota delante de mi cabeza, siempre me veo ir pero nunca volver.

* rasputín

Envenename, acuchillame, pegame tres tiros y tirame a un río congelado para que nadie me encuentre hasta la próxima primavera. Borrá como si nada mi presencia de las memorias y recuerdos de todos aquellos que alguna vez me conocieron o supieron de mí. Alejame de los tiempos iracundos que remueven los cimientos de la capital y cortame la carrera antes de que siga muriendo errante por ahí, en procesión sin fin. Arrancá toda mi historia como si fuera una hoja mecanografiada llena de errores y tirala a la basura con el resto de la mugre y las vidas desperdiciadas. No me dejes construir un futuro promisorio, ni feliz, ni pretencioso, ni siquiera miserable, ni angustiante, ni penoso. Sometete a mis caprichos y no me dejes ni pensar en seguir siendo un quiste en esta superficie; llevate mi presente a los suburbios y prendelo fuego con los diarios de la tarde. Y mientras todo arde en silencio, consolate sabiendo que se trató de una obra de bien.