* las cajas

Tengo que salir de aquí. Esta caja es demasiado chica y asfixiante. Hay muy poco espacio y apenas puedo moverme. Se siente estrecha e incomoda, no me calza. Me estoy hinchando demasiado. Demasiada angustia, y no tengo ni una maldita idea de como escabullirme. Podría relajarme y hacer como si nada, fingir que me siento a gusto aquí dentro, y tal vez de ese modo me dejarían en paz, y con suerte algún día me dejen salir. No, no es una opción. He pasado mucho tiempo encerrado en esta penumbra, estoy cansado de estos límites, estoy creciendo muy rápido y este espacio no es suficiente. Tengo que moverme, sacudir estas paredes y hacer tambalear esta línea de montaje; puedo hacerlo, debo hacerlo. Si alguno de mis vecinos se decidiera a acompañarme y comenzara a saltar, a moverse y a golpear estas malditas paredes para escapar conmigo, iniciaríamos la revolución de las cajas. Nos libraríamos de estos atuendos rústicos y pesados de una vez, nos hermanaríamos en un solo deseo y correríamos furiosos quebrando candados y cerraduras.

* cerrojos

Esta historia comienza con un hombre a la deriva, y concluye con un hombre sumergido en la desesperanza, en el agobio y en la fragilidad que nos rodea cuando volvemos a casa y nos descubrimos completamente solos. Enfrentarse al demonio es recorrer nuestra propia casa a las tres de la mañana, sedientos, andrajosos, como los desechos de lo que fuimos hace diez, o quince, o veinte años; es mirarse en las fotos que decoran por doquier nuestro feliz hogar, revolviendo esos momentos atesorados en estampas de nueve por dieciocho centímetros, y saber que esa cara sonriente y llena de algarabía ya no es la nuestra; es ir y ver a nuestros hijos dormir tranquilamente, ajenos a que proyectamos sobre ellos la trascendencia que nosotros, malvados egoístas, no supimos lograr, que ni siquiera intentamos alcanzar. Pero la parte más difícil es ponerse el traje al otro día, terminar nuestro jugo de naranja, besar rápidamente en los labios a esa mujer que alguna vez fue nuestra bella y dulce esposa, y salir al ruedo sabiendo que dentro de algunas horas volveremos a poner la llave en la misma cerradura y sonreiremos con una mueca gentil y deforme.