* virulazo

me encanta que de repente

se te zafe la cadena

y te pongas a bailar

que revolees las tetas

que chives como una negra

y que el vino venga y venga

la cadera sobre el pum

sobre el pum del bajo y yo

te miro y me siento hermoso

acá abajo a un costado

chupando como un varela

mirando pasar la gente

con la humedad en la espalda

con las caras siempre igual

me siento hermoso, bueno, sensible

un nueve de área, un crack

un torpedo enamorado

una máquina sexual

me encanta verte ahí arriba

brillosa, altiva, perruna

con la mandíbula rota

con la mirada perdida

la lengua pidiendo pista

y la cadera sobre el pum

sobre el pum del bajo y yo

que chupo espaldas de gente

que juro amor a esta línea

un bicho flaco, finito

que serpentea hasta el baño

porque el deseo, la fe, el hastío

la mugre, el placer y el odio

van en el mismo tambor

y tanta belleza junta

no la puedo soportar.

* melodía del desconcierto

***

Novena entrega de la saga del Gringo y la Lucecita, obra en colaboración con el Sr. Blopas, que también pueden encontrar en su blog “Proyecto Anecdotario”. 

La 1ra parte la encuentran acá:  dos guitarras y un cajón peruano.

La 2da parte la encuentran acá:  tinta fiera.

La 3ra parte la encuentran acá:  la última estación.

La 4ta parte la encuentran acá: los piojosos.

La 5ta parte la encuentran acá: la culpa no es del toro.

La 6ta parte la encuentran acá: bajo el agua.

La 7ma parte la encuentran acá: los eslabones.

La 8va parte la encuentran acá: en las vísperas de san la muerte.

***

A un costado del escenario improvisado, el Gringo y el Zurdo afinaban las guitarras, con el mismo gesto adusto y desconfiado que se les había instalado en la cara el día en que aceptaron la propuesta de Don Miguel. “A la mala espina se la debe respetar”, decía siempre el Zurdo. El Gringo, cuyas preocupaciones excedían largamente las de su compadre, aceptaba esa sentencia, pero callaba. A veces no hay mucho que hacer contra los deseos del tallador; se aceptan las cartas y se juega con el pico cerrado tratando de evitar el mazo. Cuando los armónicos dieron el visto bueno a la afinación, los músicos respiraron hondo, se acomodaron las pilchas, los pañuelos de rigor, y se dispusieron largar el espectáculo. Desde el centro de la tarima, Pichón repicaba los dedos suavemente sobre el cajón, cortando a gatas la modorra de la concurrencia y concentrando algunas miradas vidriosas fruto de la sobremesa. Como se sabe, en cualquier festejo el hambre es lo primero que se acaba, mientras que la sed es mucho más brava de saciar; la humedad de la pampa reseca el alma y el espíritu, valga la contradicción.

Los primeros acordes se mezclaron con algunos aplausos tímidos y palabras inentendibles a las que el Gringo no prestó atención, pero que Pichón y el Zurdo consideraron de aliento. La “Chacarera de la Redención” rompió el hielo y la quietud reinante. El trío era ciertamente virtuoso. A pesar de lo inestable de la percusión, la energía que contagiaba era capaz de animar un velorio a cajón cerrado. Con el profesionalismo como bandera, el Gringo empujaba sus malos pensamientos e inevitables sospechas hacia el fondo, trataba de mantener la calma y el compás en medio de todo ese revoltijo en el que veía enredarse más y más. Sin embargo, su mirada mañera se le escapaba por todo el lugar en busca de la figura gentil de la Lucecita, que hasta ese momento se destacaba por su ausencia. Las primeras parejas se animaron y le entraron al bailongo sin esperar demasiado. Bien al fondo, donde los copetudos los pusieron por las dudas de que tuvieran olor rancio, el “Esqueleto” Borghesi, Benítez y los demás peones golpeaban la mesa con sus manos renegridas. Y aunque era aún temprano para estar entonado, el tape Ensina se le animó al estribillo con su vozarrón de llano herido. No faltaron las palabras a la memoria del difunto  Juan Gauna y para la viuda que lo lloraba. Curiosamente, nadie recordó al malogrado Lorenzo.

El baile ideado por Don Miguel transcurría sin tropiezos. Su deseo de mostrar que en la estancia nada era tan grave parecía satisfecho. A un costadito de la pista, con sendos vasos de sangría sin tomar, Becerra y Carlini repartían sus sentidos entre el jolgorio y el deber. Tenían orejas de sobra para los corrillos y también para la música, y con los cuatro ojos podían atender no sólo al Gringo y Barzola, sino también, y por qué no, al mujeraje fatal. Del otro lado de la pista, el oscuro capataz aguardaba su momento de pie contra una acacia. Los hombres de la ley parecían esperar ese mismo momento para hacer su jugada. Pero los hechos estaban a punto de desbocarse como bagual asustado. Miradas oblicuas trazaban la pista. Don Miguel observaba al Gringo; el Gringo vigilaba a Carlini y Becerra, y éstos miraban cómo Barzola, haciéndose el desentendido, relojeaba el camino que bordeaba el casco.

Los que no estaban borrachos notaron el gallo del Gringo en el tercer valsecito, justo cuando llegó al lugar, tardía y en soledad, la Lucecita. Todas las miradas recayeron en ella. Traía maquillada en el rostro una inocencia en la que ya nadie creía. En eso, los amigotes de Juan Manuel comenzaron a revolearlo al aire entre vítores y carcajadas mientras Don Miguel aplaudía contento. En ese breve y extraño desorden general, los investigadores reaccionaron con velocidad de culebra. El momento había llegado.

–  Ahora, Topito, ¡vamos! ¡Largue ese vaso, caramba! –  exhortó Becerra excitado, antes de tomar raudamente el camino de salida. Carlini dejó el vaso en una mesa cualquiera y lo siguió.

– ¿Está seguro de que es el momento? –  preguntó.

– ¡Por supuesto! La mejor manera de sorprender en este ajedrez es jugar a las damas, Topito. ¡Sígame! –

– Es usted brillante, comisario. –  dijo maravillado Carlini mientras anotaba la máxima con letra chueca y apresurada en su libreta de apuntes.

Media hora después, Barzola abandonaba la estancia en su rastrojero. Ante una seña inequívoca de la Lucecita, que había visto partir a su padre, el Gringo también supo que había llegado su momento de actuar como solista.

***

* dos guitarras y un cajón peruano

 

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Y un día nos pusimos camperos con el Sr. Blopas y salió este post en colaboración. Por supuesto, también está publicado en su blog “Proyecto Anecdotario”. Es una gran oportunidad para que dejen comments en ambos blogs, o bien para que nuestros respectivos lectores se “entrecrucen”. Ojo, esto es sólo la punta del iceberg…

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No joda, Gringo, usté estaba ahí arriba… ¡Dígame qué vió, carajo! La orden hizo temblar las paredes de la comisaría, hartas de olor a yerba y cigarrillo. El Gringo colgó los ojos de la nada y se cuidó de abrir la boca hasta no haber repasado mentalmente una vez más las imágenes de la noche anterior.

Temprano supo caer al baile ese nuevo peoncito, el Lorenzo. Apenas conchabado en la estancia ya tenía ganado un lugar entre las cejas de unos cuantos, meta andar hablando cosas y cosas que poco tenían que ver con el campo, siempre nos venía con ideas raras que no entendíamos del todo pero que por ahí nos dejaban pensando un rato. Entre esos que lo miraban de reojo estaba Barzola, el capataz. Tipo duro Barzola. Nos llevaba con mano firme. En la ronda de cimarrones de cada tardecita, el Lorenzo se ponía a hablar, parecía un cura, hablaba mucho y no se fijaba, no se medía. Algunos ya lo tenían como un bocón y le escatimaban la charla; y para cuando entró a bandearse y a opinar demasiado, el propio Barzola zanjó la cuestión. Mal negocio eso de andar cuestionando, y menos a él. “Pa’ pensar está la ciudad, acá se trabaja callado”, lo había advertido el capataz, y yo, en secreto, estaba de acuerdo. Nunca he sido de andar vigilando los asuntos del patrón, que Dios me lleve los dedos antes, pero el Lorenzo se estaba pasando. Además, ya le había echado el ojo a la Lucecita…

Yo lo vi entrar, y a la media hora de empezar el baile, entre aburrido y ansioso, Lorenzo ya se había acomodado en un rincón del patio. Parecía una estatua. A lo mejor no entendía demasiado la manera de divertirnos que tenemos por estos pagos. Tan gris estaba, tan opaco, que aun cuando no hubieran estado borrachos, los que bailaban no habrían notado su presencia; seguían girando por toda la pista, bañados en sudor. El piso de tierra se había hecho un remolino que se metía en ojos, bocas y sobacos sin pedir permiso. Sobre una tarima improvisada con tablones y caballetes los músicos amenizábamos la velada desgranando chacareras, valsecitos y zambas; siempre que había algún festejo nos enganchaban a nosotros para tocar. El Zurdo le daba a las bordonas como para el campeonato, y las dos guitarras sonaban casi afinadas; pero eso a nadie le importaba. Y anoche además trajimos a Pichón, el sobrino del Zurdo, un colorado entusiasta que le pegaba al cajón peruano como si fuera lo último que hiciera en su vida. ¡Tenía las palmas más rojas que la cabeza! Nos complementábamos de maravillas, a veces en tiempo y todo. Taba lindo el asunto, música, vino, empanadas, y todos contentos. Tanto que al ratito nomás ya se notaban los estragos del alcohol, las risas, los alaridos descontrolados y los turbios aromas del festejo. Y eso que recién estábamos entrando en calor. La Lucecita, la hija de Barzola, revoloteaba de lo más alegre con su pollera colorada. Estaba linda la Lucecita anoche. Es linda. Si no fuera la hija del capataz… Siempre bien dispuesta pa’ lo que fuera. Por lo bajo, las malas lenguas decían que le gustaba demasiado recostarse en los pajonales. Yo no sé, no hay que andar averiguando mucho de cosas que no son de uno. Y además quién es uno para andar juzgando, ¿no?. Yo la veía andar oronda por el patio, repartiendo empanadas y revoleando las trenzas con simpatía, a veces haciendo unos pasitos al ritmo que le marcábamos nosotros desde la tarima; cosechaba miradas a granel, pero ninguno se animaba más que a destinarle una sonrisa tímida, porque la ubicación es lo primero que se aprende por estos pagos. Eso y el respeto a Barzola. Sin embargo la Lucecita parecía muy interesada en Lorenzo; le bailaba cerquita, le hacía ojitos y le llenaba el vaso a cada rato pa’ no perder su atención, la muy zorra. Yo la miraba desde arriba. La verdá, no me explico qué le habrá visto al jetón ese, si no era gran cosa. Lo único que hacía era parlotear y chupar…Tendrá que ver con que parecía más tiernito que los demás, no sé; o por ahí le había llenado la cabeza a ella también con esa cantidad de palabras raras que conocía… En fin.

Volaban los dedos del Zurdo sobre un arpegio imposible, y yo forzaba la voz en el arranque de “Tristeza del hombre solo” cuando el tinto le aflojó la moral al Lorenzo y lo dejó abandonado a la buena de Dios. Se le metió el Diablo, como quien dice, ¿no? En un tiro tuvo a la Lucecita amarrada por la cintura, frentes y pechos bien juntitos. Ella ni protestó, eh. Parecían como envenenados bailoteando así por todo el patio. Recuerdo el momento en el que el colorado cerró los ojos y se despachó con un endemoniado solo de cajón fuera de ritmo. Fue justo mientras nosotros taconeábamos con fuerza en los tablones para disimular los pifies cuando el Zurdo me cabeceó para indicarme el paso firme de Barzola que avanzaba a los empujones entre la gente, con la mirada fija en la parejita y un bulto disimulado en la cintura. Supe que la Lucecita lo había visto llegar cuando se frenó en seco y dejó de bailar. Y ahí casi se me corta la voz, pero seguí con el estribo sin sacarles la vista de encima. Pichón seguía meta repique y el Zurdo me miraba como preguntando qué hacer. Cuando llegué al último verso, “…cerrar los ojos en mis noches de perpetua soledad…”, Barzola, cegado, enfurecido, en un solo movimiento manoteó a la Lucecita, la sacó del medio y se le encimó al Lorenzo. Desde la tarima parecía un abrazo, un simple cambio de pareja. Hasta me pareció que Barzola le decía algo al oído, pero un reflejo raro me dio en los ojos y no vi bien que pasó. En medio del estruendo percusivo del colorado y de nuestro empeño para que la música nunca parara, los hombres se separaron sin dejar de bailar. Y ahí mismito, el Lorenzo comenzó a temblar como un poseído, chocando con todo lo que se le cruzaba. Algunos de los borrachos lo festejaron, quizás pensado que estaba disfrutando del baile, pero cuando los dientes le estallaron contra el suelo muy pocos sonrieron. La sangre abandonó el cuerpo del muchacho por un tajo en su costado, y a la Lucecita se la llevó el padre a los tirones. En silencio guardamos las guitarras y nos fuimos pa’ la estancia.

No había lugar para el lamento.

Me va a disculpar, comisario. La verdá que no vi nada, dijo pausadamente el Gringo con su voz clara de tenor campero y los ojos clavados en el bigote reglamentario del oficial. Una vez terminado el interrogatorio se alejó por las veredas empastadas del pueblo, silbando entre dientes una zamba nueva para el repertorio.

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