* la culpa no es del toro

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Quinta entrega de la saga del Gringo y la Lucecita, obra en colaboración con el Sr. Blopas, que también pueden encontrar en su blog “Proyecto Anecdotario”. 

La 1ra parte la encuentran acá:  dos guitarras y un cajón peruano.

La 2da parte la encuentran acá:  tinta fiera.

La 3ra parte la encuentran acá:  la última estación.

La 4ta parte la encuentran acá: los piojosos.

***

No solamente niebla había traído la primavera, sino también una seca brutal que de a poco fue convirtiendo al arroyo en un alambre de vidrio. Entre las crostas desordenadas del lecho marrón, la vida y la muerte se las arreglaban para seguir adelante. Y los chimangos, de parabienes. Pajarracos de porquería. Con ojos turbios y desafiantes calculaban el resultado de la deprimente ecuación; mucho animal sediento, poco pastizal en pie, apenas yuyos… mucha víbora. No era raro que en ocasiones, al irse la niebla, quedara a la vista alguna osamenta de vaca desparramada sobre la tierra. Desorientadas, pisaban a las cruceras; al rato flaqueaban las patas y se recostaban suavemente sobre un costado. Se entregaban mansas e ignorantes a la muerte lenta. Después, los gases de la pudrición las inflaban, las deformaban, las transformaban en carroña. Un espectáculo feo para cualquiera, salvo para los chimangos que esa mañana amanecieron alrededor del cuerpo helado del peón Juan Gauna.

Al mediodía el aire estaba limpio y no había nubes que se animaran a tapar el sol, como si la niebla se hubiera retirado de golpe para facilitar el hallazgo macabro.

–        ¿Ve usted lo que yo, comisario?-

–        Yo estoy viendo lo que usted verá en un rato, Carlini.-

Justo Becerra y el oficial Carlini bajaron por la pendiente. Carlini seguía al comisario un par de pasos atrás, un poco porque iba anotando prolijamente sus observaciones y otro tanto porque que era cortito como tranco ‘e pollo. Ambos sabían que la naturaleza tenía sus propias leyes, seguramente cercanas a las de Dios, si es que éste existía. No poseían el espíritu rústico de la gente del campo, aunque sí un olfato muy delicado al momento de rastrear a quienes se apartaban de las leyes del Hombre. Odiaban el haberse mojado los zapatos, las medias y los pantalones del uniforme con el pasto aún húmedo, pero no lo hablarían hasta llegar al patrullero, en privado. Los sabuesos tenían un motivo muy poderoso para estar ahí: el segundo cadáver que en pocos días había aparecido en la órbita de la estancia. Al llegar al potrero de los toros, un hombre con cara de pocos amigos los recibió con la diestra extendida.

–        Barzola, a sus órdenes. –  Antes de las presentaciones de rigor, los oficiales cruzaron una mirada inequívoca.

El lote estaba vacío. Carlini echó un vistazo rápido y comenzó a caminar meditando cada pisada. Avanzaba dos pasos, se detenía, miraba el cielo, anotaba en la libreta, daba un paso más, volvía la vista hacia Becerra y Barzola, avanzaba. Le llevó cinco minutos llegar hasta el esquinero contra el que estaba apoyado el cadáver. Era evidente que lo habían movido hasta allí, nadie se muere de una cornada de toro y queda acomodado de manera tan gentil. Hasta Carlini sabía eso. El pobre Gauna tenía la espalda apoyada contra el esquinero y la cabeza ladeada como tomando una siesta contra el alambre de púa. Carlini espantó con un gesto a dos chimangos irrespetuosos que le picoteaban la cara. Uno de ellos se alejó con un aleteo desprolijo; de su pico colgaba la gelatina albiceleste que Gauna solía llevar por ojos. Bichos de mierda, pensó Carlini. Miró el cuerpo del peón sin emoción alguna, no era el primer muerto que le tocaba inspeccionar. Sobre el pecho descubierto de Gauna se veía la cornada limpia y brutal; tenía la camisa pegoteada con tierra y sangre, varios rasguños en los brazos y los puños apretados. El ojo izquierdo, que se había salvado del saqueo de los pajarracos, sostenía una expresión que Carlini no pudo evitar reconocer. Mientras el comisario y el capataz seguían hablando desentendidos, se puso a inspeccionar, usando el lápiz como herramienta forense, las evidencias que el cuerpo ya tieso de Gauna le brindaba.

–        Espesa la niebla… – dijo Becerra mirando fijo a los ojos de Barzola. –

–        Ajá. – respondió Barzola secamente. – A mí no me disgusta del todo, lo que tiene de malo es que en mañanas así la peonada se me resiste a arrancar. Les falta coraje, se ve. –

–        Parece que a éste no le faltaba. Pero ahora no le quedó nada, le falta todo. –

–        Ah, el pobre Gauna, la excepción a la regla. Un tipo diferente a las otras lacras. Una lástima. –

–        Una lástima, pero lo mandaron a arreglárselas a tientas con animales tan peligrosos. – retrucó Becerra sin bajar la mirada. – ¿No le parece, mi amigo? –

–        Cosas del patrón… y del agrónomo. Yo obedezco nomás. De lo único que entiendo es de órdenes, no de propósitos, comisario. El patrón no está, pero si quiere le llamo al ingeniero. – Barzola extrajo de su campera un cigarro armado y le dio mecha con un encendedor de bronce algo desvencijado.

–        ¿Y el toro? – preguntó Becerra ignorando las últimas palabras del capataz.

–        Andaba nervioso, así que tuvimos que llevarlo con los demás al lote del fondo. Si estuviera acá ni usted, ni el inspector, ni yo estaríamos conversando tan tranquilos. Martínez es una fiera. –

–        ¿Martínez? –

–        Así se lo llama. No me mire raro, yo no le puse ese nombre. –

–        Al oficial Carlini y a mí nos gustaría verlo más de cerca… – arremetió Becerra mirando con ojos entrecerrados para el lote del fondo, donde la torada se mantenía todavía ajena a la tragedia.

–        Como guste, ya le mando un peón para que los acompañe. Yo debo disculparme, pero un asunto urgente me reclama. Si no tienen más dudas…-

Barzola se dio vuelta y levantando los brazos llamó a uno de sus hombres. En ese momento, Carlini se acercó hasta los dos hombres. Se paró a la par del comisario y sin que Barzola lo notara le puso algo en la mano a Becerra. Éste lo palpó con la palma y las yemas, pero ni siquiera amagó mirar de qué se trataba. Entre los dedos agarrotados del cadáver de Gauna, la pericia de Carlini había descubierto un pedazo de piolín de unos treinta centímetros de largo; su olfato para aquellos asuntos le decía que se trataba de una pieza importante para entender el accidente entre el malogrado Gauna y el angus reproductor.

–        No por ahora. Vaya nomás. – dijo el comisario, expeditivo.

–        Por acá estaremos. – respondió el capataz.

Los tres hombres se estrecharon las manos como estudiándose la fuerza y la astucia. El peón que había llamado Barzola llegó hasta ellos.

–        Acá está… – comenzó a decir Barzola, pero el comisario lo interrumpió sin que pudiera terminar la frase.

–        El Gringo. Ya nos hemos visto las caras.-

–        Buenos días. Comisario, oficial…- la voz reposada del Gringo llevaba la misma serenidad del primer interrogatorio, tras el homicidio del Lorenzo.

–        Acompañe a los oficiales al lote cuatro, a ver a Martínez. – Barzola finalizó la conversación y apurando el tranco por la pendiente se alejó del potrero.

Una hora más tarde, Becerra y Carlini se quitaban los zapatos y las medias empapadas dentro de la relativa comodidad del patrullero. Habían hablado con el Gringo sin poder obtener mayores detalles. Si bien parco, el hombre parecía sincero en su desconocimiento de los hechos. Al menos, esa era la impresión que le había causado a Carlini y que quedara registrada en su libreta de notas, además de una disquisición  humanizada del instinto asesino de un Martínez que lamía de su cuero la sangre seca de Gauna. De todas maneras, se le recomendó que no se alejara de la estancia. El comisario, ensimismado, pensativo, escuchó el informe preliminar de Carlini mientras jugueteaba con el piolín, estimando su resistencia y olfateándolo de a ratos. Cuando el oficial hubo terminado, Becerra levantó la mirada, arrojó la prueba sobre la libreta y poniendo en su voz un tono afectado por la soberbia dijo:

– Si mi olfato no me engaña, hemos estado hablado con el asesino. –

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