* capo

Compro arroz que no se pasa

pero organizo mis prioridades como el orto.

Le temo al granizo pero igual

me creo la última esperanza blanca.

Distingo las tetas falsas y fumo como al descuido.

Me muevo a la velocidad de la eficiencia

y me las cojo a todas.

Repudio con todas mis fuerzas

todas aquellas cosas que haya que repudiar,

y confío ciegamente en la dignidad del trabajo.

Si me tuviera que definir en tres o cuatro palabras

No dudaría en decir

Que soy un mediocre

Que se mueve entre las sombras

Orgulloso de su ignorancia.

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* amarillo

X mira por la ventana y a través del vidrio, a través de la niebla, ve la ciudad que dice odiar y que nunca pudo abandonar. En el piso descansa la ropa de la noche anterior. Sobre la cama, una rubia sin nombre sueña con ser fornicada por algún productor de televisión. X no desayuna. Todavía se cree poeta. Las sábanas huelen a pachuli. La rubia se retuerce en la cama y se acomoda dejando las ancas al aire. Los poetas de verdad no se cojen a estas rubias, piensa X, los poetas de verdad sufren como condenados, se arrastran, se inmolan, de deshacen, se suicidan; los poetas de verdad siempre fracasan, los poetas de verdad jamás rozan pieles tan suaves, jamás liban sexos tan dulces, los poetas de verdad lloran de madrugada. Los poetas de verdad no tienen tiempo para perder entre las tetas de una rubia como esta.

 

* los últimos días de octubre

La veíamos pasar todos los días a la misma hora y con el mismo trotecito apurado. Radiante, ligera y delicada, toda su esbeltez se sacudía como un carro cargado de frutas prohibidas. Pedro decía que eran como esas naranjas jugosas que al primer mordisco te explotan en la boca, Lucho que eran suaves duraznos apenas maduros, y yo solamente pensaba en los pomelos rosados, firmes y dulces, que crecían en el patio del fondo. Más allá de toda metáfora, aquellas eran, sin duda alguna, las mejores tetas del mundo. Las más grandes, redondas, hermosas y perturbantes que habíamos visto en toda nuestra corta vida. El vaivén, el rebote, el equilibrio; la proporción, la simetría, la densidad, todo era perfecto en esos pechos erguidos y opulentos que nos nublaban la vista y la razón. Nuestro primer amor fue un flechazo certero y brutal que nos dejó tallado en piedra en nuestra memoria el mágico recuerdo de esa mujer impalpable, y de sus tetas.

Todas las tardes repetíamos el ritual, y con sólo verla venir desde la esquina se nos aceleraban los latidos y las manos nos sudaban inquietas. Al principio nos daba un poco de vergüenza que pudiera darse cuenta de nuestra pueril obsesión y tratábamos de disimular la efervescencia que nos causaba, pero rápidamente fuimos perdiendo el miedo y la mirábamos embobados, sin disimulo, como vacas mirando el paso hipnótico del tren, sin perdernos ni un segundo de ese breve éxtasis que nos regalaba al verla pasar. Por las noches la soñábamos tal cual la habíamos visto ese mismo día, y saboreábamos nuevamente cada detalle. Durante el día, mientras sufríamos la espera del nuevo encuentro, jugábamos a adivinar el color de la blusa que llevaría, si vestiría pantalones o pollera, si el pelo recogido o al viento, si la cartera, o el bolso, o el morral combinaría con las botas, las sandalias, o los tacos altos.

Éramos afortunados de conocer toda esa belleza, nos sentíamos elegidos, tocados por una varita mágica. Nuestro entorno inmediato era la referencia cruel que nos daba la razón. Con sólo una mirada a nuestras compañeritas de curso, cualquier comparación resultaba odiosa y deprimente. Ni una curva, ni un ángulo, ni cóncavo ni convexo, ni una sola insinuación de redondez se dejaba ver en esos cuerpos todavía de nena. Tal vez podíamos encontrar en alguna de ellas una carita dulce, unos ojitos chispeantes, o una sonrisa simpática, pero no más. A los doce años cualquiera puede tener un gran futuro potencial, pero en ese presente imperfecto somos como la masa amorfa de una torta de cumpleaños a medio cocinar. Nuestro cisne opacaba en años luz a los desgarbados patitos feos que nos rodeaban. Era nuestro tesoro. Mientras la mayoría fantaseaba a la distancia con jóvenes actrices de telenovela, estrellas internacionales, o alguna vedette infame de escaso talento, nosotros teníamos cada tarde, en vivo y en directo, nuestra cita con el deseo. Y la felicidad. Todos nuestros problemas y todas nuestras preocupaciones se esfumaban en el aire cuando veíamos avanzar hacia nosotros ese tremendo par de tetas, irresistible e inalcanzable como un aleph que resumía y condensaba todo nuestro universo.

Uno de los últimos días de octubre, envalentonados por alguna sonrisa que creímos ver en su boca, que tal vez imaginamos, y que tal vez nos destinó, tomamos coraje y decidimos confesarle todo nuestro amor. Nuestra estrategia era cobarde, lo admito. Con aire inocente le diríamos hola, y sin dejarla pensar demasiado le preguntaríamos su nombre. Con eso nos alcanzaba, un mínimo contacto, un hielo que se partiría en mil pedazos. Y con la respuesta de una única palabra le robaríamos un pedazo más, la haríamos más nuestra que nunca, estallaríamos de gozo y alegría al impulsar la relación a otro nivel. Llegamos más temprano que de costumbre, con la ropa de sábado impecable, pero no nos sentamos, una ocasión como esa tenía que ser celebrada de pie, estoicamente. Llegó la hora. Lucho me miraba, Pedro me miraba, yo los miraba, los tres mirábamos hacia la esquina prometida. Pero ella no pasó. Esperamos durante una hora en la misma posición. Después nos miramos otra vez en silencio y nos fuimos despacito, sin decir nada. Tampoco pasó al día siguiente. Ni al otro. Ni a la otra semana. Ni nunca más. Sin darnos cuenta llegó el final. Ni anunciado ni abrupto. Llegó como llegan los finales reales, no los de fantasía. De manera simple y natural. No hubo misterio ni tragedia. No nos quedaron ni odios ni rencores, ni siquiera angustia. Solamente nos quedó en la boca el sabor etéreo de la más deliciosa fruta que nunca pudimos probar, ni nombrar.