* no le busques el sentido

Soy yo otra vez. Te escribo esta segunda carta porque descubrí que estoy atravesando por un período que denomino de “negación bíblica”. Notarás que tardé tiempo en volver a escribirte, y no fue por vergüenza o falta de ganas, fue porque dejé correr los días sin darme cuenta, aturdido quizás por la cotidianidad aplastante, y retomar la escritura se me hizo bastante dificultoso. Vuelvo ahora, entonces, a divagar y a buscarme a mí mismo. No es que crea que vaya a  encontrarme, ni siquiera se trata de un método establecido. Se trata de nada, se trata de mí. La letra, ya ves, parece ser la misma, pero advierto poca firmeza en el trazo y menor contundencia en las palabras. Es un pozo. Un pozo ciego. Una abertura hacia otro lugar. Una escotilla que se abre y se cierra según conveniencia de mi estado de ánimo. Yo no controlo, ¿cómo podría?, nada de eso, ni la escotilla ni mi estado de ánimo. La humedad no me ayuda. Me destroza los huesos. Reconozco el dolor y siento los músculos cansados, atrofiados. Me sé atrofiado. Veo el camino descendente. Veo aproximarse el final de la línea. Me veo morir sin haber logrado absolutamente nada. Reconozco mi propia mediocridad y no puedo pelear contra ella. Monstruo. No le encuentro sentido a semejante lucha. Y en todo caso te recomiendo no apostar por mí. No me voy a parar en ese ring, no porque no quiera sino porque no puedo. Alegría. Dilato el momento de ponerme a escribir. Me disperso, lo admito. Es como si hubiera desarrollado un mecanismo de defensa que me aleja de la angustia que me provoca la acción de escribir. La cabeza estalla y los fragmentos se alejan entre sí, desaparecen, y me quedo vacío sin poder rellenar ningún espacio. Es difícil encontrar el rumbo, el propósito. Me distraigo. Elijo la distracción como placebo para aguantar, para sentir. Pero todo es mentira, o casi, digamos que ese placebo es una realidad disminuida, segmentada. Viñetas de una historieta sin gracia y sin remate. Así estoy, casi desvanecido.

Entonces, quizás, (pensé) que si me relajaba y me ponía a contarte algunas cosas podría sacarme de encima muchas de las trabas que siento como condicionantes. Elegí este segundo párrafo para aflojar un poco después de toda la mierda que tiré en el primero, espero que todavía sigas leyendo (las posibilidades existen, y asustan, pero ese es otro tema). No sé, puede suceder que todo esto termine en una notita de amor guardada entre las páginas de un libro y que encuentres muchos años después, sin recordar mi nombre pero reconociendo mi letra al instante, letra de zurdo enrevesado y desprolijo, o tal vez el destino infame  de estas líneas sea el de engrosar un tratado filosófico o algún ensayo social aburridísimo. Pero lo más seguro, creo yo, desde mi pequeña óptica, es que se convierta en un campo de batalla, escenario de una justa deportiva, el tablero de un juego de mesa complejo y agotador. No te asustes, juego contra mí mismo, te necesito sólo para que observes y no me dejes hacer trampa. Tiro dados.

Y ahora disimulemos. Juguemos. Hagamos de cuenta que “lo importante es competir”, aunque los dos sepamos que eso funciona sólo en el plano de lo ideal y que lo tangible difiere bastante de semejante barbaridad. Juguemos. Que nada tenga sentido es parte de mi estrategia. No es foul, no es foul. Sigo escribiendo buscando la inercia. Desconozco de dónde procede pero lo intuyo. No tengo noción alguna de física. Ni de cinética. Ni de dinámica. Líneas cortas, meditadas. Imprecisas, sí, llenas de dudas, sí, también, y de ideas a medio terminar. A medio pensar. Me pregunto si es posible pensar a medias (pensalo, es enfermante), si en nuestra cabeza elaboramos bocetos inconclusos que descartamos al instante sabiendo, mediante una proyección velocísima, que por más que llevemos esas ideas o pensamientos hasta el límite, nunca llegarán a ser nada. Ese es el sentimiento de fracaso más irreversible. El fracaso de la ida. Surge una nueva pregunta, mucho más terrible (que no voy a hacer, no me animo a escribirla siquiera). Los convencidos me dirán que no hay fracaso mientras haya intento, y yo les diré que con mucho gusto visitaré su iglesia. Nada. Habrás notado que escribo y escribo y escribo, como drogado, narcotizado, como preso de furia y de grito y de espasmo. Así funciona. Lo bueno de escribirte estas cartas es la impunidad. Perdón, es un atropello, lo sé. Nadie puede resistirse a leer algo que le fue destinado, por eso sé que vas a leer hasta el final (de hecho, en esta instancia del juego lo que estoy haciendo es manipular tu interés para que me sigas acompañando, en soledad todo es mucho más difícil). La comunicación es energía, es un impulso eléctrico. Es una necesidad, somos transmisores hambrientos que buscan la devolución, el rebote, el feedback. Pero no cualquiera. Buscamos la onda magnética que confiera a nuestra emisión la entidad que creemos que merece. Aunque no sepamos cuál sea el deseo incluido dentro de esa onda, podemos identificar en el instante cualquier reflejo de la misma que nos complete esa necesidad; y también podemos identificar, por pequeño que sea, el germen de esa respuesta, lo que nos obliga a intensificar la señal y escarbar y escarbar hasta estar seguros, y a veces no, de que ese destino es el apropiado.

Voy terminando mi turno, es bueno saber cuándo replegarse. Lamento no haber sido tan locuaz como en mi anterior misiva (¿misiva? ¿dónde y cuándo habré aprendido esa palabra?), pero como te conté al principio, allá arriba, en el primer párrafo, no se me está dando con facilidad el asunto este de la coherencia. Me despido pidiéndote un favor enorme: no trates de encontrarle ningún sentido a todo esto. Posiblemente sea todo mentira. Y en definitiva, ¿qué sentido tiene perseguir la verdad? Avanzo tres casilleros.

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* sangre y harina

Undécima entrega de la saga del Gringo y la Lucecita, obra en colaboración con el Sr. Blopas, que también pueden encontrar en su blog “Proyecto Anecdotario”. 

La 1ra parte la encuentran acá:  dos guitarras y un cajón peruano.

La 2da parte la encuentran acá:  tinta fiera.

La 3ra parte la encuentran acá:  la última estación.

La 4ta parte la encuentran acá: los piojosos.

La 5ta parte la encuentran acá: la culpa no es del toro.

La 6ta parte la encuentran acá: bajo el agua.

La 7ma parte la encuentran acá: los eslabones.

La 8va parte la encuentran acá: en las vísperas de san la muerte.

La 9na parte la encuentran acá: melodía del desconcierto.

La 10ma parte la encuentran acá: una casa sin luz.

***

Nunca quedó claro quién atravesó la puerta primero, tampoco si ésta estaba abierta o si los oficiales la violentaron sin pruritos, pero lo cierto es que, una vez adentro, ni Carlini ni Becerra pudieron evitar que la pena les estrujara el pecho al ver el cadáver todavía tibio del buen Gervasio, desparramado entre los costales, cubierto con el engrudo de sangre, harina y levadura, que coloreaba de rosa pálido el piso de la sala de hornos de la panadería. Carlini se tomó la cabeza y se lamentó en silencio, Becerra observó bien el cuerpo tendido, envuelto en tan ridícula mortaja. Sobre el costado derecho, la herida abierta por el facazo parecía tener vida propia; la piel y el músculo latían rítmicamente y a través del hueco se dejaba ver la carne maltrecha y rasgada. Esporádicos borbotones se abrían paso entre nervios y  tejidos, espesos y gelatinosos, según cuentan las anotaciones de la libretita de Carlini, y se deslizaban lentamente, cuesta abajo, desde el borde superior de la abertura hasta el extremo inferior, fundiéndose luego con los baldosones gastados. Según la apreciación de Becerra, la puñalada lo había sorprendido mientras amasaba con espíritu laborioso varios cientos de cuernitos y vigilantes con los que gran parte del pueblo desayunaría por la mañana, sin darle siquiera tiempo a reaccionar o defenderse. El triperío hecho jirones asomaba por el hueco oscuro que una mano obturaba inútilmente. Abrumado por la sorpresa, el asco y la incomprensión, Carlini se tapó la boca para contener el ácido digesto de empanadas que le subía por la tráquea. Los tres hornos estaban prendidos a temperatura máxima. Un viento helado soplaba desde la ventana y agitaba las cortinas de manera intermitente.

–       Ay, Barzola, Barzola…- dijo entre dientes el comisario mientras sacaba la cabeza por la ventana que daba a la calle trasera.

–       No se detiene, y no creo que vaya a parar, Comisario. Creo que estamos en la recta final…-

Becerra, absorto, continuaba mirando más allá del zanjón, donde el Rastrojero había permanecido en marcha. No admitía otra posibilidad: Barzola, embriagado por el exceso de adrenalina, habría de cerrar en la estancia su aventura nocturna con un bonito moño de sangre. Carlini percibió en las sombras de la cocina cómo el comisario acariciaba su arma reglamentaria, y aunque no se atrevió a comentarlo sintió un ligero escalofrío.

Al otro lado de la calle, donde las luces mortecinas de la panadería se fundían con las sombras de los arbustos, la noche se hacía dueña de todo y de todos, amparando a los desdichados y a los herejes con una niebla inesperada y confusa. Pero para Becerra no era la niebla, ni la ignorancia, ni el desamor lo que confundía el entendimiento de ciertos hombres, sino la ambición. Cuando la sangre contaminada empieza a hervir, difícilmente pueda uno esquivar las incorrecciones, los excesos y los malos actos. Al razonar en todo esto, Becerra no tenía en mente a Barzola sino al Gringo, un piojoso como cualquier otro, arrastrado a la desgracia por la ambición más elemental que existe. El demonio vive en los elixires oscuros y en las palabras de una mujer decidida. Que le pregunten al Gervasio, si no.

–       Vamos, Topito. Se acaba todo. – dijo mientras enfilaba hacia la puerta de atrás.

–       No se nos puede escapar, Comisario.-

–       No lo hará, Topito. Ya no. Vamos, muévase. Tenga a mano su pistola y no me afloje porque de aquí al amanecer será la mano más brava que nos haya tocado jugar hasta el momento.-

Carlini se puso serio como un condenado. Recordó a Lorenzo, a Gauna, a Martínez, a la Lucecita, al Gringo y a Pichón; pensó en el baile, en los borrachos y en el pueblo entero, que parecía no querer reconocer que la miseria se le había colado por debajo de la puerta. También recordó los días de la academia, cuando ser policía todavía era ilusión y, de vez en cuando, dispararle a una silueta de cartón contra un muro desconchado. Cubrió el cuerpo de Gervasio con un mantel cuadriculado que rápidamente se empapó de bordó; ansioso, abotonó su abrigo y salió tras su jefe. La noche era oscurísima y una manga de nubarrones espesos amenazaba con desplomarse sobre el campo. Los oficiales subieron al móvil y partieron raudamente hacia la estancia por el ripio vecinal. Entre medio de hectáreas y hectáreas de un maíz recién emergido la pregunta de Carlini rasgó el silencio como el trueno que anuncia el temporal.

– ¿Alguna vez tuvo que matar a alguien?-

Becerra miró de reojo a su joven ayudante, mas no emitió respuesta alguna. Carlini se enderezó en el asiento, extrajo la 9mm y la tocó con desconfianza como quien acaricia un perro ajeno. Recorrió con las yemas las estrías de la culata, el gatillo y la mira, y antes de volverla a guardar se aseguró de quitarle el seguro. ¡Click! Volvió a cerrar la cartuchera e inspiró profundamente. Nunca se le habían dado bien los juegos de cartas.

***

* tinta fiera

***

Segunda entrega de la monumental obra en colaboración con el Sr. Blopas, que también pueden encontrar en su blog “Proyecto Anecdotario”. La historia del Gringo avanza por el empedrado traicionero del destino, y a falta de certezas, buenas son las historias contadas a dos plumas. Y atenti, porque no hay dos sin tres…

La primera parte la encuentran acá: sí, acá.

***

Un escalofrío le recorrió el espinazo al Gringo cuando desde la esquina vio el reflejo de un papel muy blanco que asomaba por la boca del buzón. No esperaba nada de nadie y estaba de franco por lo de la noche anterior, ¿cómo no desconfiar? Pero continuó caminando como un caballero inglés, tranquilamente desesperado. Las contrataciones solían ser en la estancia o en los mismos bailes, y no en su casa del pueblo, por lo que no le cabían dudas de que ese papelito era un mal agüero. Al llegar a la puerta maldijo en silencio y con ganas las desgracias que, estaba seguro, muy pronto llegarían. Con cara de perro que acaba de tirar una maceta, relojeó la cuadra en ambos sentidos, y al percatarse de que nadie miraba, con la velocidad de un refucilo manoteó el papel y pasó la reja del frente con paso firme. Parado en el jardincito que separaba la reja de la puerta de calle, miró al cielo con ojos baqueanos adivinando la proximidad de la lluvia, después clavó la mirada en el sobre que acababa de recibir.

Sólo unos pocos conocían la esencia del espíritu que habitaba en el Gringo. La mayoría de los que lo habían visto por esas veredas de Dios pasar de vuelta de la comisaría se habían maravillado de la alegría que irradiaba, de su paso elegante y de su silbido tímido pero afinado. Por algo era lo más parecido a un “músico oficial” que tenía el pueblo; además de buen gusto y poco pifie, el Gringo tocaba para los demás, regalaba disfrute en cada pulso y cada verso. Y encima era laburador como pocos, un ejemplo. Para todos era un alma buena. Ignoraban, sin embargo, que el Gringo destilaba violencia en cada fibra de su vigoroso cuerpo. Una violencia a todas luces contenida. No hay peor ciego que el que no quiere oír, lo jorobaba todo el tiempo el Gringo al Zurdo y se reía de costado; el Zurdo nunca lo entendió.

“Al fin y al cabo, el Lorenzo no merecía semejante final”, meditaba el Gringo en su jardín. En esas ocasiones medio tristongas e injustas solía quedarse pensativo. Dejaba que los recuerdos acudieran a su cabeza. Recuerdos como aquel día en el que su padre le trajo la primera guitarra.

–         “Las cuerdas son como los caballos, m’hijo…”, le dijo. “…una vez que consiga domarlas lo van a obedecer toda la vida.”

–         “¡Como las mujeres!”. La respuesta del gringuito no hizo más que encender el carácter avinagrado del viejo.

–         “No es de hombres bien nacidos andar comparando a las mujeres con animales. ¡Déme eso pa’cá!” Y el gringuito no pudo tener su guitarra hasta varios meses después, cuando su padre juzgó que ya era tiempo de perdonar. El niño nunca lloró.

El Gringo no tenía idea de hasta qué punto ese incidente le había moldeado su infantil espíritu de arcilla. Domar su instrumento fue una tarea de muchos años, y con todo, aún lamentaba que su padre ya no estuviese con él para escuchar cómo hacía hablar a las bordonas.

El reverso del sobre rezaba en tinta negra un escueto “Gringo” con letra manuscrita, prolija y aniñada, y la nota en su interior iba directo al grano.

– “Gracias, sé que te debo más que antes. Te espero esta noche a las 8 en el lugar que habíamos quedado la otra vez. Pero esta vez voy. Yo.”

El Gringo hizo un bollito con la nota, la arrojó con fastidio al pasto y se metió en su casa. Enseguida salió y levantó el bollito, entró de nuevo, prendió el calentador y mientras esperaba que la pava llegara a la temperatura justa fue quemando despacio la prueba que lo implicaba en una trama sórdida que el pueblo desconocía y que, según él, no tenía por qué descubrir. Tenía mucho que pensar y la noche llegaría pronto.

Tan compenetrado estaba en sus cavilaciones que ni siquiera se había sacado la boina ni lavado las manos; miraba fijo una mancha de humedad en la pared del rancho y escuchaba atento pero desconfiado el concierto que los grillos le ofrecían a través de la ventana. Casi sin moverse arrancó un pedazo de pan de la hogaza que descansaba sobre la mesa, se lo mandó entero a la boca y lo bajó con el quinto o sexto mate. Se lamentó por no haberse traído unas empanaditas del baile, pero con todo el barullo del pobre finado se le había pasado por alto. Ni siquiera habían podido rescatar los veinte pesos de la actuación. El agua se le había entibiado un poco y la yerba no daba más; cuando se paró para preparar la segunda vuelta, golpearon la puerta.

–          “Hola Gringo, ¿‘tas con el mate?”, preguntó el colorado apenas el Gringo abrió. “Traje unos pastelitos que me dio Doña Gloria.”

–          “Pasá.”

La segunda vuelta tuvo otro color, el dulce de batata de los pastelitos contrarrestaba la amargura que le hormigueaba en el cuerpo al pobre Gringo. Hasta le cambió un poco la mirada, pero un poco nomás. Por un lado se encontraba molesto por la visita inesperada, pero por otro se sintió reconfortado de compartir soledades con otro que andaba por la vida tan solo como él. Todo el mundo sabe que compartir unos cimarrones no arregla los entuertos, pero sí hace más llevadero y tranquilo el momento de enfrentarlos. Eso dicen.

–          “¿Y? ¿Cómo estuve?”, preguntó el colorado entusiasmado.

–          “Bien, Pichón, bien. Estuviste un fenómeno”, le replicó el Gringo con tono bajo. “Yo sabía que tu tío no iba a traer cualquier cosa, por más aprecio que te tenga, si no servís, no servís, sabés… Es así. Me pone contento por vos, Pichoncito, me amarga un poco que hayas tenido que debutar justo en medio de una desgracia, eso sí. Igual, no te vas a olvidar más, ¡eh!”

–          “Gracias, Gringo, gracias. Al principio estaba un poco nervioso, pero después me fui soltando…”

–          “Se notó…”

–          “Sí, sí. Pero bueno, pasé por acá pa’ agradecer nomás.” Y ahí metió una pausa que al Gringo lo incomodó, sin saber bien por qué. Pichón hizo sonar fuerte el mate, se lo devolvió y siguió hablando. “Qué cosa lo del Lorenzo, qué cosa… Qué se yo, yo mucho no lo conocía y la verdad, Gringo, que me perdone Dios pero mucho no me importa el destino que vaya a tener ahora.”

El Gringo se lo quedó mirando fijo. Hubo un silencio breve que se quebró con el ruido del hojaldre del pastelito que Pichón acababa de morder. El Gringo se paró y se frotó las manos.

–          “Yo ahora tengo que salir. Cuidáme la choza un rato, si no vuelvo para las diez, andáte nomás. Ahí tenés un poco de pan y arriba de la repisa hay una botella”, dijo con autoridad, marcando cada palabra como para que el otro tuviera claro que no debía preguntar más. “Nada a nadie, ¿oíste?”

Nadie lo vio salir del rancho ni enfilar hacia el Sur por la calle de tierra. Tan apurada estaba su alma que recién en la esquina vio la franja oscura sobre el horizonte y el brillo filoso del lucero. Y así, como un malandra que se esconde en las sombras del crepúsculo, encaró para aquel lugar donde la última vez alguien no se había presentado.

***

* una señora gorda

El inicio del verano me acariciaba los brazos y la cara. Todavía no había llegado el calor más profundo de diciembre; el bochorno que a las ocho de la mañana ya nos moja la frente y arruina la elegancia de las camisas con aureolas de sudor. Todavía se podía disfrutar de un desayuno al sol sin pensar en el resto del día. Una señora gorda se sentó dos mesas más allá, dándome la espalda. Seguramente esa mañana le habría dedicado mucho tiempo y trabajo al ritual de los ruleros para lucir con tanto orgullo ese casco de infantería, curioso peinado que contraía el pelo en bolitas bien apretadas, de color violáceo ceniciento. En la nuca, el excedente de grasa y piel se le apelmazaba formando pliegues parecidos a las deformidades que sufren las almohadas viejas después de una noche de sueño pesado. Me entretuve un rato observando las líneas dibujadas por la gordura, buscando formas familiares, como se buscan caras en las fotos de las arenas del Sahara. Descubrí un pato y un tobogán, después me aburrí y pedí más medialunas.

Era un buen día. Había pasado una buena noche. Amanecí temprano y de buen ánimo, hice un poco de ejercicio escuchando las noticias. Las cosas de siempre, contadas como siempre. Me duché, me afeité, me vestí y salí a la calle. Antes de llegar al bar pasé por el correo, me acerqué a la ventanilla de informes y le pregunté a la chica si la oficina tenía alguna estadística o relevamiento actualizado que revelara cuánta gente seguía utilizando el servicio postal para enviar cartas de puño y letra, además de los telegramas de renuncia, las encomiendas y los giros postales. Estaba seguro de que la gente seguía escribiendo cartas todo el tiempo, no era posible que hubieran desaparecido; mi inquietud era saber si esas cartas eran enviadas o si una vez firmadas, morían bajo llave, amarillentas y ajadas, en cajones polvorientos. La chica me miró fijo y no me contestó.

Mientras mojaba la tercera medialuna en el café con leche levanté la vista hacia tu ventana para saber si la cortina me daba la señal de que ya te habías despertado. Pero no. En la vereda de enfrente el agua corría tibia, impulsada por el chorro de la manguera, y se formaban pequeñas olas. Las baldosas humedecidas pasaban del té con leche al marrón oscuro, y los pies hinchados de Rosa agradecían el fresco que los recorría desde la punta de los dedos hasta los talones. Chaqueña talón rajado, le decían las otras. Como si fueran bailarinas y no domésticas como ella. Es fácil ser olvidadizo en la capital, es fácil ser malo. Pareciera que las primeras instrucciones para sobrevivir fueran adáptese, camúflese, aplaste, siga, siga; si siente que se le mete el diablo, no se resista. A Rosa todavía no le habían dado el manual, por eso seguía obediente y agradecida. La farmacia de la esquina todavía estaba cerrada. Pasaron dos chicos en bicicleta. Una nube retrasada oscureció las mesas, la señora gorda miró para arriba saboreando un pan con dulce. Tiré un billete de veinte sobre la mesa y me fui caminando lento, tranquilo y satisfecho, confiando en que Rosa todavía seguía escribiendo cartas al Chaco.

 

* estas pocas líneas

Querida Marta,

Después de tantos años me decido a escribirte en un arrebato de melancolía. No quiero incomodarte, no ignoro que nuestros caminos se fueron abriendo y tomamos sendas diferentes. Quizás te tome por sorpresa, te pido disculpas de antemano, aunque sé que es tarde. Escribo estas líneas desprolijas no con el anhelo de que las leas, mas sí como respuesta a la necesidad egoísta de compartir mis sentimientos. Ya me conocés, siempre fui igual, frontal y sin resquemores a expresar lo que pienso y siento. A esta altura de las cosas no tiene sentido camuflarse con vestidos de otros talles.

En mi ya maltratada memoria siguen vivos los momentos que compartimos y en los que fuimos tan felices. Creo que nunca podré olvidarte. ¿Cómo olvidar nuestros besos y caricias, nuestras charlas eternas y reconfortantes, el sonido pleno de amor de nuestras risas en el desayuno? No, Marta, esas cosas no pueden olvidarse por más que luchemos y luchemos como titanes para deshacernos de ellas. Uno no desecha la felicidad ni la alegría a voluntad, debe ser un principio de protección y supervivencia. Los primeros cigarrillos, las primeras noches fuera de casa, la adolescencia tierna que transitamos codo a codo aprendiendo a vivir. El temblor ingenuo de tus labios esa noche que te dije que te amaba y que siempre te amaría; la primera vez que nuestros cuerpos desnudos se rozaron e hicieron temblar al mundo entero; el sabor agridulce de tus pechos en flor, pequeños y firmes; tu mano en mi espalda mientras me bañabas cada tarde de domingo; los primeros descubrimientos y los primeros secretos. Eras todo para mí, y si bien no puedo mentirte hoy y decirte lo mismo que en aquellos días, puedo asegurarte que muchas noches amargas en las que no puedo dormir encuentro consuelo evocando tu imagen en la oscuridad, recordándote y recordándonos. No quiero importunarte más, no espero que me respondas esta carta, pero si es tu deseo lo tomaré con muchísima emoción. Solamente quiero decirte que esas escenas imborrables las llevaré por siempre en mi álbum de tesoros hasta el día de mi muerte, y que fuiste para mí el momento más intenso que jamás podré repetir pero que siempre llevaré grabado a fuego en la piel.

Tengo la final esperanza que sabrás comprenderme y que no te ofenderás con mi impertinencia epistolar, y que ojalá tal vez me recuerdes con el amor, el cariño y la gratitud con que yo te recuerdo.

Tuya siempre, Julia.

* final

Sus pensamientos, su rapidez y su habilidad para lo indecente, fueron las cosas que a ella le llamaron la atención sobre él. La noche se le escapó hace dos horas, y no quiere perder nada más. Entre ellos siempre se interpuso esa lejana sensación que provoca el olvido obligado. Y ahora, enfrentados en esta estúpida situación, ninguno quiere ser el que primero lastime. En un acto de caballerosidad, él cede su turno.

No la mira, pero siente su mirada descansando sobre sus manos. Con la vista fija en el paño verde de la mesa, comienza a pensar en que la derrota tal vez no sea tan mala, tal vez hasta le convenga perder. Pero por hoy es preferible no pensar demasiado, así que se guarda las cavilaciones en un bolsillo. Escucha atentamente sus palabras y se sumerge en la más profunda de las dudas. La elección no es fácil, no es un rival cualquiera.

Ambos saben que ninguno es mejor que el otro. Ella no lo odia tanto, pero jamás cedería un milímetro ante ningún hombre. En este momento sólo quiere destruirlo y humillarlo, bajarlo del pedestal en el que los demás lo pusieron, arrancarlo del trono usurpado mediante mentiras y engaños. Él la quiere, pero las cartas ya están jugadas.

Repentinamente, como volviendo a la realidad, él toma el vaso decidido y de un solo trago apaga su sufrimiento echando por tierra las consideraciones y dejando que afloren sus instintos más salvajes y despiadados. Sostiene un escarbadientes entre los labios mientras le clava su habitual mirada de despedida. El rostro serio y adusto se le transforma dando paso a una sonrisa de suficiencia. Apoya con mano firme su último naipe, aplastando inclemente a la sota de basto que los observaba muerta de miedo desde la mesa, y se levanta lentamente, porque el rey es macho.

* (circa 1997)