* disertaciones de un jabalí: notas inútiles sobre la pampa

Dentro de los estímulos actuales, cada vez más efímeros, la exageración absurda de sensibilidad y expresividad constituye el núcleo de una postmodernidad falopa y berreta que creemos vivir al palo, pero que en realidad nos rodea, nos caga a palos y nos convierte en hamsters de ruedita que ni siquiera cogen. Correr y correr y correr y nunca frenar. Sin freno no hay discernimiento, la aceleración constante nos empuja a actuar sin pensar demasiado. Somos marionetas de la reacción inmediata. El más rápido es el mejor. El que responde primero gana. El que no sabe inventa.

Existe una percepción plana de las cosas con consecuencias atroces sobre la construcción del imaginario colectivo. Esta percepción plana salta de felicidad ante cualquier porquería que se le presente y avala casi todas las expresiones al mismo nivel sin discriminar absolutamente nada. Y discriminar está bien. Si no discriminamos todo nos da lo mismo, y si todo nos da lo mismo, estamos regalados.

Esta planicie, esta ruta pampeana del pensamiento, es muy efectiva y seductora justamente porque aquello que ofrece es lo que estamos esperando, a nivel de comodidad, esfuerzo y duración.

Si se tiene un don, o habilidad, para poder expresar una idea o sensación alternativa a ese camino tranquilo y sin diversidad, esta facultad tiene que ser explotada desde la generosidad. Las cosas porque sí no existen. El objetivo fundamental tiene que ser el estimular al otro con la intensidad suficiente como para que se mueva, para que reaccione, para que abandone la pasividad del roedor; darle un empujón más en la carrera. A eso tiene que apuntar el arte. Por supuesto que el origen es egoísta, pero el fin es casi altruismo puro. Egoísmo porque el artista siempre tiene ser consciente de su individualidad por sobre todas las cosas; al reconocerse a sí mismo puede reconocer a los demás. Un espejo que sabe que la deformidad es verdadera.

La obra artística es el legado, la ofrenda, el acto de generosidad absoluta hacia el otro, reconocido en uno mismo; se trata de un vehículo para encontrarse. Un artista que no es sincero consigo mismo no es sincero con los demás, y por ende no estará ofreciendo nada más que una parafernalia ficticia sin generosidad ni propósito ni una búsqueda real por estimular, sacudir o comunicarse con el otro.

Por eso es muy común que el artista, creyéndose desesperado, muchas veces se vea tentado por la llanura, la planicie, claudique, se conforme, se engañe comprando el juego de oferta y demanda, se deje seducir por la confusión y comience a ceder, a regalar cada vez más terreno y a quedar del lado incorrecto de la cancha. Off side. Obnubilado, deja de prestar atención a su propio juego, a su propia y personal manera de ver las cosas y comienza a desdibujarse haciendo firuletes para la tribuna; juega como el otro – el espectador anestesiado y acostumbrado al aburrido recorrido por esa ruta de pampa y pampa y más pampa – está esperando que juegue. Tendemos al barbarismo porque en la barbarie somos todos iguales. Anuladas las diferencias, el individualismo necesario para que el hecho artístico sacuda las estructuras y posibilite al otro una mirada más amplia, desaparece. O mejor dicho, queda amputado. El arte se completa con el otro, si no reconocés al otro no tiene sentido, no estás haciendo nada, no le estás ofreciendo nada. Nada. Y si el otro tampoco te reconoce, si no advierte que la flecha va envenenada, es imposible establecer un vínculo genuino que llegue más allá de un intercambio efímero y superficial.

La oferta no debe ser una respuesta lineal a lo que el otro pide, sino una alternativa que haga crecer las posibilidades, que aumente los puntos de vista existentes; la oferta debe ser un complemento incorpóreo que se absorba naturalmente, no por instigación, ignorancia o rendición. Basta de asistencialismo.

 

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* te la voy a mandar a guardar

porque ya me cansé

de tenerla contra el corner

y francamente

ya estoy viejo, me cansé

de querer salvar al mundo

de ser la joven promesa

que cayó en el alcoholismo

y la pisa como en casa

no tiene mucho sentido

jugar con lo inevitable

mirar el techo

tomar la sopa

hacer todos los deberes

crecer y desarrollarse

romperse el mate pensando

que nadie te va a querer

y si no te quieren qué?

y si no te miran qué?

te vas a tirar al piso

a patalear otra vez?

a pensar que sos rebelde?

un distinto, un diferente,

un elegido, un titán?

un ejemplo de moral

de ética, rectitud?

parate, nene, corré

vos corré dale corré

que yo te la pongo justa

y te vuelvo a repetir

repito vuelvo y repito

no tiene mucho sentido

jugar con lo inevitable

tener un hijo

comprar un auto

pagar todos los impuestos

crecer y desarrollarse!

romperse el mate pensando

que nadie te va a querer

y si no te quieren qué?

y si no te vieron qué?

porque en definitiva

lo importante es competir

ser la babosa más rápida

y tratar con mucha fuerza

de no convertirte

en alguno de esos tipos

que no distinguen

si necesitan ser libres

o simplemente mear.

* disertaciones de un jabalí: sobre lo áspero

Mal, pero con sangre. Así se escribe. Cada palabra un tiro. Un arpón. Un piedrazo al pecho o al marote. Con la contundencia del que no sabe qué está haciendo pero lo hace con fe ciega en que sirve para algo y para alguien. Se escribe sanguinariamente, poseído por un déspota que entra y sale a los sopapos, que toma vino sentado y a cada reclamo dice no, un déspota incorpóreo y omnipresente, explícito y contundente, que en todo momento recuerda al vulgo que ningún merecimiento es real; un tirano, un dictador, un soberano odiado y despreciado. No es una tarea digna ni noble, es un trabajo aterrador, egoísta y altruista al mismo tiempo: lo que yo escribo no tiene sentido para mí mismo en tanto no lo tenga para otro que cierre el círculo. Cualquiera que diga que escribe para él mismo sin importar lo que piensen los demás, miente, y nada más intrascendente y despreciable que un escritor que no es sincero. No se le puede creer a una voz ajena, ausente, inventada. Nada tiene para ofrecer el escritor que no se anima a estar ahí, entre lo que inventa y lo que confiesa. Escribir es confesarse. Porque tenemos miedo y queremos rajarnos a la mierda, pero nos tenemos que quedar. Y no hablo de miedos estúpidos, superficiales, estandarizados o programados, hablo de los pesados, de los boxindangas de los miedos, esos que no le confesaste a nadie, esos que al parecer son inefables y que tenemos arrinconados y escondidos como leprosos. Yo tengo miedo. Vos tenés miedo. Y si no reconocés tu miedo no hagas nada, no molestes, no interfieras, salí que ocupás espacio, molestás. Rajá de acá. Lo infernal y lo atractivo es enfrentarse al propio vacío y darle matraca. Con miedo, sí, pero para adelante. Que te digan de todo menos cagón, menos cobarde. El escritor cobarde es un escriba. Un replicante de fórmulas y convenciones, un entretenedor de una manga de infelices que no buscan más que pasar el rato y creerse cualquier cosa. Para eso está la tele, olvidate. Rompete el orto, buscate y lastimate un poco, mucho, revolvete; pero nunca trates de ser otro, no inventes lo que no sabés, háblame de vos, miserable. Así se escribe, así se explota, desde el núcleo. Todo lo demás es un meo cortito. Por eso el artista que no es sincero es estúpido y despreciable. Estúpido por creer que el hecho artístico vale por sí mismo sin importar nada más que eso, ni la esencia ni la identificación, ni la función catártica compleja que se establece; y es despreciable por no animarse a ir hasta el final del pozo, conformarse y querer conformar a los demás con unas pocas gotas de baba rancia con gusto a nada. Estamos tapados de páginas y más páginas escritas por pelotudos que se llaman a sí mismos escritores y lo único que hacen es estropearte la cabeza con sus enunciados genéricos y universales, sus sentencias heroicas y dolidas, sus pensamientos sólidos e irrefutables y, por supuesto, sus principios inquebrantables. Que se metan todo en el orto. La escritura panfletaria, los ejercicios pueriles, los artificios, las escuelitas de las estrellas de la nueva literatura, todas esas cosas que conforman la basura más inservible de todas, te atrofian la cabeza y te hacen vivir confortablemente confundido. Me repugnan los escritores que no se hacen daño a sí mismos. Los que no saben quiénes son ni dónde están, los que se pajean poniendo una coma precisa, los que prefieren el oficio o el método a la audacia y a la búsqueda. Todos esos, los pulcros, los amantes de la historia poronga pero redonda, los que tienen alféizares en sus ventanas y rizos en sus cabellos, los que nacen y mueren con su personaje y que en cada poema, cuento o mamarracho se ven reflejados como nunca antes, todos esos no tienen nada para ofrecerme. Pensá, hijo de puta, pensá. Escribir por escribir es meterse el dedo en el culo y salir corriendo a lavárselo en la canilla. Nadie te vio, nadie sabe, fue todo al pedo porque lo único que te interesa es que te miren las uñas limpias. Lo impoluto te absuelve. Pero no. Te deja en el lugar del inútil con pretensiones. En cambio, meter el dedo, revolver, sacarlo y mancharle la frente con mierda a los demás es otra cosa. Distinta, violenta, incoherente. Un latigazo que exige respuesta, cualquier respuesta. Es el reto a muerte, por sí o por no. Un escopetazo. Mal, pero con ganas, con destino. Mal, pero con sangre.  Así se escribe. Cada oración un penal. Un foul violento. Se escribe con la vehemencia del que sabe que la muerte son vidrios rotos y que las cicatrices son la belleza. Se escribe con la impunidad de un cafisho áspero e indolente, que fuma tranquilo contando billetes y que a todas las putas las llama por el mismo nombre.

* disertaciones de un jabalí: basura relativa sin corrección

Con pastillas milagrosas nos domaron el instinto. La melancolía es abstinencia, nada más que eso. Nos encanta porque pensamos que es rehabilitación, que podemos zafarla, escapar, pero no tenemos en cuenta que todo depende de la voluntad. Y la voluntad es hereje por definición. La reducimos a una sola máxima: dejar de postergar. Fantástico. Pero es mentira. No puedo seguir postergando, nos decimos, y descansamos en la afirmación vana. Mentira otra vez.

Siempre se puede estar peor. Siempre se puede seguir postergando. Siempre se puede seguir haciendo lo que no queremos. Es tan simple como considerar las opciones y saber rápidamente que para hacer lo que queremos, lo que nos satisfaga, tendríamos que aplicar un mayor esfuerzo que el que nos requiere la pasividad de la queja. El esfuerzo también implica animarse. Y animarse muy posiblemente nos lleve a cometer algunos errores en el camino. No estamos preparados para equivocarnos, nadie está listo para enfrentar el error cara a cara y reconocerlo. A los ojos del mediocre siempre es mejor la posibilidad que la confirmación. Soy mediocre.

Somos basura relativa. Aceptamos hasta ahí nuestra poca monta, pero no es en serio, es una figura social. Nunca nos convencemos, es una convención reconocerse menos ante los demás, un mecanismo de defensa muy estúpido, ansiando el reconocimiento del otro ante nuestra supuesta dureza con nosotros mismos. Tememos que nos acusen de soberbios como si fuera el más castigable de los pecados (¿de los qué?).

¿Soberbia? ¿Voluntad? Hablemos un poco. Todos los días me obligo a levantarme, pero cada vez menos. Me doy cuenta de que no importa, me doy cuenta de que no pasa nada. No hay nada. No tiene que pasar nada. Por eso me obligo, porque si no nos obligamos a levantarnos nos volvemos locos. No hay que pensar. Pensar hace mal. No te detengas, no te apartes de tus obligaciones, no abandones la parcela que te tocó cuidar. Y eso te da miedo. Me da miedo. Tengo miedo de ser un loco intrascendente. No distingo cuál de las dos cosas me atemoriza más, asumo que lo intrascendente, porque no puedo (no me animo) a afirmar, no puedo ni imaginarlo, que estoy loco, no sé lo que es estar loco. Tampoco sé qué es la normalidad. Estamos cubiertos de convenciones. Y así la vida, hermanito, así todo. Somos un enorme compendio de convenciones activas que van de acá para allá levantándose todos los días para algo que no sabemos qué, luchando contra el impulso de postergar, yugando y rumiando las mejores horas hasta llegar a las peores, y ya sedados por el vaivén, seguimos siendo convenciones que miran la tele sentados en el sofá. Y sí. Soy un ser convencional, como vos, como él, como aquel y como aquellos, que cada noche se va quedando dormido con un cigarrillo en la mano mientras trata de masturbarse con la otra. Te dormís, me duermo. No es cansancio, es derrota. Toda soledad se combate a paja. Sabés que estás solo cuando ni siquiera podés llorar, y pensás en manos, piernas, tetas, nalgas, siempre pares, y seguís jalándote la piola con tristeza. Y nada cierra.

* disertaciones de un jabalí: naturaleza

Hubo barcas. Y después llamas. Y después madera estallada perdida y abandonada. Hubo todas esas cosas que nos dan miedo: claveles marchitos, sobrevivientes de alguna guerra, platos sucios, mandibuleo nocturno. De lo que no se puede estar seguro nunca es de si hubo materia prima digna o simplemente la historia de todo y de todos está conformada por residuos, esperpentos resacosos. Es lo más probable. Y así entenderíamos la naturaleza malévola de las cosas. De todas las cosas. No existe nada en ninguna tierra prometida que contenga en su esencia la virtud; de todo huímos y de todo sospechamos, porque podemos ser optimistas pero no retrasados (aunque es bien cierto que las altas cumbres divisorias de aguas nos tienden trampas todo el tiempo). Inventamos la virtud para no cagarnos de llanto todas las mañanas. La esencia de todo es pudrirse, terminarse; la finitud como objetivo sería una estupidez enorme, como el orgullo por ser coreano, árabe, ecuatoriano o argentino, eso te tocó, no hiciste nada para lograrlo, estar orgulloso por algo en lo que no intervenimos ni hicimos absolutamente nada es la necedad. Y además de coreano sos finito. Te vas a extinguir. Los coreanos arden en piras mucho más tiempo que los paraguayos, está comprobado, está registrado. Nómbrenme una sola cosa, cualquier cosa, que supongan que encierra aunque sea un reflejo de virtud. Una sola. Cualquiera. ¡Con los dioses no! Con dioses coreanos menos. No tengo alternativa, el peligro amarillo avanza y te somete. El peligro amarillo es todo, es fuente de desastre y origen del despropósito. Es la humanidad cagando fuego para postrarse ante ella misma. Hubo velas desplegadas. Y también remos. Pero ni así entendemos. ¿Está bien postrarse? Está perfecto. Es una elección más. Es una consecuencia. Invito al corchazo. Lo más revolucionario de la historia de la humanidad fueron las galletitas del zoológico, inmensamente funcionales y efectivas, instrumentos de tortura, de degradación, placebos baratos que adoptamos sin preguntar; en la marchanta inmunda vuelan por el aire los pedazos de nuestra elección, dignidad, discernimiento y también, como premio mayor, los calzones sucios que nos queremos sacar de encima, cuanto más lejos mejor. Pero la mierda siempre vuelve. Y tal vez así entendamos, si no entendimos, la naturaleza malévola de las cosas. Todo hace mal, porque te estás muriendo, te vas a morir, ya, mañana, pasado, el año que viene, te vas para el cajón mi estimado estibador, no hay vuelta. Y no tiene que ver con nada en particular, es que así funciona, nada importa que seas bello, inteligente, malformado, intransigente, vende patria, sodomita o coreano. Los planteos libertarios o altruistas mean siempre a dos metros, parten de premisas incorrectas, de una búsqueda imposible, porque no hay nada que encontrar: en el núcleo, en el interior de la ameba mongoloide que somos no existe más que la ambición. Los fantoches de siempre niegan nuestro génesis parasitario argumentando las provechosas energías que nos otorga la ambición, pero ¿cuánto tiempo más vamos a dejar que chorreen mierda por la boca? La felicidad es represión. Felices somos cuando evitamos el mal, cuando nos forzamos a elegir la opción antinatural, cuando el impulso destructivo queda aplacado por las verdades morales y éticas que nos fueron metiendo por el culo desde hace milenios. Somos felices cuando sedamos al monstruo. Galletitas. Hubo serpientes y sacerdotes. Y después magma. Y después putas paraguayas bien tetonas montando yeguas durante la noche. Soy malo, soy natural. No soy ateo, creo en Corea. Del Norte.

* disertaciones de un jabalí: seek & destroy

Somos hipócritas. Nos llenamos la boca con palabras vacías que nos sirven como estandarte representativo e identificatorio de nuestro gran compromiso y tesón en averiguar o develar el propósito único del hombre. La verdad es que no nos interesa. Acercarse cada vez más a la respuesta buscada – la que complementa el mantra repetido desde el comienzo de los tiempos: ¿cuál es mi misión? ¿para qué estoy? ¿cuál es el sentido de todo esto? – es enfrentar cara a cara la peor confirmación que podemos tener. Vamos a desaparecer. Tanto individual como colectivamente vamos a extinguirnos y eso es algo que nadie ignora, pero nos esforzamos por espantar esa reflexión de nuestras alegres cabecitas esponjosas. El mecanismo con el que desplazamos esta preocupación imposible de evitar es fabricarnos otra preocupación, más terrenal y tal vez con una resolución cercana a nuestras posibilidades de raciocinio, con la cual desplazar a la muerte por otro miedo muy particular: miedo a no haber sido digno de vivir, de no haber exprimido nuestro tiempo. Esta sensación se complementa con la fantasía de que después de muertos (aceptando la imposibilidad de digerir el final como absoluto) algo o alguien – o nosotros mismos transformados en espectros luminosos, nubes radioactivas, rayos gamma o lo que mierda fuera que nos indique nuestra superstición –  nos efectuará un reclamo sobre el comportamiento que tuvimos sobre la Tierra. Somos geniales. Somos idiotas. ¿Cómo lidiamos con esto? Simple, sostenemos esa fantasía, le agregamos guirnaldas de colores que decoran nuestra hermosa vida y presentamos como gran piñata de la fiesta nuestra nueva y admirable misión: verificar que tenemos un objetivo o propósito, encontrarlo, cumplirlo y obtener de este modo el certificado con el que responder en tiempo y forma a aquellos reclamos del más allá, el pase que nos habilite a la “segunda vida”. Muy bien. Las segundas oportunidades existen, pero no en este caso. Todo lo anterior es completamente falso. Nada se puede evitar y cualquier construcción fantasiosa lo único que hace es profundizar nuestra irracionalidad. Y el pequeño destello de lucidez que nos queda en el forro de los pantalones, es abrumadoramente cierto y paradojal: para ganarnos el cielo lo que tenemos que hacer es comprender que no existe. Incluyamos además otro importante factor de peso que nos condiciona a medida que recorremos el trayecto hacia el final: la inevitable sensación de angustia y vacío que nos atropella a cada paso que damos para completar nuestra “misión”. El esfuerzo que nos exige el conocimiento se convierte rápidamente en dolor. Y más dolor aun nos provocan los pequeños saberes que vamos adquiriendo. Con cada peldaño que subimos nos sentimos más pesados, más incómodos, y nos preguntamos todo el tiempo si vale la pena insistir. Caer es fácil. Subir es una cuestión de voluntad. Una rebelión. Un alzamiento contra la adormidera que nos rodea y domina. Pensemos mientras podamos.

* disertaciones de un jabalí: la noche enferma

Corren furiosos los dálmatas por la noche enferma sin que nadie pueda detenerlos. No son jauría, ni polizones, ni pervertidos, ni trashumantes, sino simplemente perros corriendo libres por la noche enferma. Las horas tristes, el tiempo triste, el frío triste, la canción malvada. El universo que conocimos por poco tiempo antes de cometer los crímenes del lodo. Momento cumbre entre ladridos, entre huellas deformes y borroneadas, espanto de muchos, fin de una era; tinta volcada por los surcos de un campo ayer virgen y hoy mancillado por miles de preguntas.  Y los cerdos. Los cerdos chanchos, inmundos, puercos y cochinos; nosotros los cerdos, temerosos de la noche enferma y del campo virgen, desilusiones de cuatro patas y ojos redondos, plateados, vacíos, los cerdos que olemos lo mejor posible pero seguimos apestando, los cerdos, yo cerdo, tú cerdo, ellos cerdos, nosotros los cerdos, que ni siquiera podemos correr furiosos por la noche enferma sin que nadie pueda detenernos. Y ya no hay rayos, no hay refucilos, no hay redenciones; nos queda el alba y la tonta esperanza de que no llueva, ni escarche, ni asome el rojo, ni el verde, ni el azul, ni el naranja, ni el petróleo. Los cerdos empetrolados que no corren, que sólo jadean y se miran unos a otros reflejándose en más ojos redondos, plateados, vacíos. Descansa la miel, reposa la verdad, mientras todo es el reflujo de un ideal acabado y muerto: terraplenes de piedra, polvo, tierra y libre albedrío, solitarios transeúntes que creen en martes, miércoles y jueves, caravanas de camiones poblados de desperdicios que recorren calles, pasajes y pasadizos, ad eternum, y en el constante llevar y traer taladran los adoquines de viejas instituciones prontas a caer. Corren furiosos los dálmatas por la noche enferma sin que nadie pueda detenerlos. No son llagas ni pordioseros, ni profecías ni leprosarios, sino simplemente perros corriendo libres por la noche enferma. Y los cerdos lloramos como perdidos. Como postrados. Los cerdos creemos en que la miel es la verdad y libamos enceguecidos las flores plantadas una por una con inquina por el enemigo eterno, el hombre libertario, el proxeneta, el corruptor, el de a caballo, el distractor; el hombre puro que no tiene manchas ni va a tenerlas, ni quiere tenerlas, el protector que no dobla la espalda porque para eso están los domesticados. Caminan, se miran, se mueren, los cerdos. Transforman las aguas, piden la palabra, los cerdos. Persiguen demonios, encienden hogueras, los cerdos. Los cerdos que mueren y no hablan y no miran, mientras corren furiosos los dálmatas por la noche enferma sin que nadie pueda detenerlos.