* lo que se va con la corriente

Última entrega de la saga del Gringo y la Lucecita, obra en colaboración con el Sr. Blopas, que también pueden encontrar en su blog “Proyecto Anecdotario”. 

La 1ra parte la encuentran acá:  dos guitarras y un cajón peruano.

La 2da parte la encuentran acá:  tinta fiera.

La 3ra parte la encuentran acá:  la última estación.

La 4ta parte la encuentran acá: los piojosos.

La 5ta parte la encuentran acá: la culpa no es del toro.

La 6ta parte la encuentran acá: bajo el agua.

La 7ma parte la encuentran acá: los eslabones.

La 8va parte la encuentran acá: en las vísperas de san la muerte.

La 9na parte la encuentran acá: melodía del desconcierto.

La 10ma parte la encuentran acá: una casa sin luz.

La 11ava parte la encuentran acá: sangre y harina.

La 12ava parte la encuentran acá: la crecida.

***

El auto pasó la tranquera principal cortando el aire como la sudestada, sin mendigar permiso ni ponerse a pensar en lo que se lleva por delante. La borrasca desmañada, como instrumento del destino, había cubierto con agua las huellas del Rastrojero de Barzola. Carlini lamentó los minutos perdidos en volver al camino de entrada, en las instancias decisivas cualquier retraso puede ser fatídico. La patrulla surcó por el diámetro la pista donde un rato antes habían explotado el jolgorio y el alcohol. Dicen los que saben que después de grandes festejos hay que andar prevenido, porque el equilibrio del mundo se acomoda en un instante, y el revés de la desgracia nunca tarda mucho en llegar. Carlini y Becerra lo sabían, y ya no les importaba el sigilo, ni las luces prendidas del móvil, y ni siquiera se molestaron en escudarse en su rol de pesquisas. El hombre frente al hombre. Era el momento de actuar. La tormenta clamaba con todas sus fuerzas por el final de la historia. Los frenos mojados apenas accionaron en un charco infinito frente a la casa. El chapoteo de Becerra en la marejada amainó al entrar en el living vacío, donde el agua había removido del mueblaje muchos años de olor rancio del capataz. Nadie se lo había enseñado, pero él sabía que ese olor era un pésimo augurio. La ventana se abrió de par en par y un relámpago larguísimo cortó al bies la espesura negra de la pampa. Carlini tropezó con un tronco y se sumergió de jeta en el barrial.

—¡Vamos, Carlini, puta madre, están en el barranco!

El grito del comisario acompañó el tirón salvaje que puso al ayudante otra vez de pie. A campo traviesa salieron disparados en dirección a aquellas siluetas grises que de a ratos se encendían sobre el horizonte. Poco le duraron las piernas al comisario, que a mitad de camino, empapado hasta el tuétano pero detrás de su 9 mm, llevaba en la boca el dulzor de la adrenalina y el amargor del inminente retiro de la fuerza. ¿O acaso se le estaban confundiendo los sabores? Poco más de una centena de metros habrían corrido cuando su ayudante lo sobrepasó. En ese momento el comisario Becerra pudo ver en el rostro de su fiel escudero un gesto, una mueca, o algo parecido que no pudo definir, era como si ese tipo que conocía bien de cerca ya no fuera el mismo joven, torpe e inexperto, sino que ahora llevaba estampada en toda la cara la furia del convencido. A su vez, en ese segundo plagado de epifanías, Carlini supo que en ese sprint fallido su querido comisario estaba dejando más de lo que parecía. Ninguno de ellos, sin embargo, notó a una quinta figura que corría con desmaño rumbo a la cárcava. Una vez más, como un eco de sí misma en el devenir de la humanidad, la noche cobijaba por igual a benditos y sotretas.

—Reconocélo, pedazo de mierda, ¡vos achuraste al Lorenzo!

Con la cara encendida, el Gringo se iba acercando al capataz. La hoja de la faca, brillante como un hueso descarnado al sol, desafiaba las ráfagas en la diestra inapelable del peón. Entre ambos hombres, un escaso metro. A espaldas de Barzola, el río descontrolado. ¡Qué caravana de ideas pasaron por la cabeza del asesino! No desconocía que sus posibilidades eran mínimas, pero ya era tarde para arrepentirse de algo por primera vez en la vida, y mucho más lo era para empezar a creer en Dios. El corazón le hinchaba el costillar por dentro como a las vacas viejas cuando entran al matadero. El Gringo, cegado por la furia, nunca iba a enterarse de que Barzola, desencajado, veía un sinfin de colores algodonosos que giraban a su alrededor cual espectros de varieté, ni que por sus bombachas empapadas había bajado una catarata de meo caliente. No, el Gringo nunca se enteraría, y el pensar en aquella gurisa hermosa que llevaba sangre Barzola en las venas lo encendía como un tizón en la fragua. Tenía enfrente a la única persona que podía impedirles un futuro de felicidad. Un paso más, sólo un paso más.

—¡Paráte, Gringo! —gritó Carlini. Se había parado a una distancia que le aseguraba un disparo certero, aunque no tuviera claro quién sería el destinatario.

Sin embargo, la zurda de Barzola fue más rápida que el rayo. Quizás era el que mejor sabía que no existen las retiradas elegantes, y que a lo irreversible es mejor no dilatarlo, ¿qué más puede pretender un hombre como él, al que nunca nadie le dijo como vivir, que decidir su propio final? Tomó del antebrazo al gringo y jalando con todas sus fuerzas se clavó la faca en las tripas. Al Gringo sólo le quedó revolver hasta que el cuerpo del capataz cayó hacia atrás por la cárcava y se hundió en el agua. Después tiró la faca al pasto y giró hacia Carlini, que con el dedo resbaloso sobre el gatillo y la mirada de piedra le alcanzó las esposas; “hasta acá nomás…y basta” cuentan que le dijo, pero en el campo no hay que confiar en los cuentos de las viejas. El Gringo se esposó solo y se arrodilló manso frente a Carlini justo en el momento en que el comisario, exhausto, llegó acompañado de la Lucecita. Al verla, el Gringo cerró los ojos. Ninguno de los otros supo del frío que le subió por la médula, y el pobre diablo nunca se enteraría que las gotas en la cara de la muchacha eran sólo de agua dulce.

—Felicitaciones, Topito—, cerró con voz amarga el comisario Becerra.

El resto es una historia que quedará para siempre en el campo de Don Miguel, y a la que los años le pondrán distintas variantes y condimentos. O tal vez no.

De leyendas, cuentos y fábulas se nutre la mística de ciudades, pueblos y lugares perdidos en la nada como este, y en la cabeza de cada uno de sus habitantes quedará la responsabilidad de qué hacer con la memoria. A nadie le quitará el sueño no saber qué pasó con el cuerpo nunca hallado de Barzola, tampoco se tratará de adivinar por mucho tiempo la suerte de la Lucecita en la gran ciudad, tal vez haya encontrado lo que tanto anhelaba, tal vez no, pero ya no importa; y por supuesto, las noticias sobre los días negros de encierro del Gringo se volverán cada día más escuetas, casi ínfimas, hasta desaparecer primero de las conversaciones de las viejas, luego de los pensamientos erráticos de los peones, y por último de toda la memoria colectiva de un caserío apartado, con ínfulas de pueblo noble, con gente amable y agradecida, trabajadores, estudiantes, amas de casa, guitarreros, hacendados, malandrines, hombres de ley. Un amasijo de gente común y corriente que de vez en cuando, como todos, tiene que esconder la mugre debajo del felpudo y esperar que amaine la tormenta.

FIN.

***

Anuncios

* triciclos

Mi primer recuerdo son baldosas. Baldosas grandes, cuadradas y grises. Una hilera perfecta de lajas avanzando sobre el pasto. No estoy muy seguro de si es una plaza o un jardín, creo que ninguna de las dos cosas, se trata más bien de un camino entre dos canteros enormes, con pasto, yuyos, algunos bichos y pocas flores. Adelante, siempre hacia adelante. Puedo ver mis pies, aunque no los zapatos. Los zapatos los imagino y los reconstruyo (haciendo un poco de trampa, la memoria es pecadora) avanzando, saltando y repicando una, dos, tres veces por cada placa gris, así de grandes son las baldosas y así de pequeños mis pies. Debo tener cuatro años pero la confusión insiste en hacerme creer que tengo tres. Además de los zapatos, negros y acordonados, invento también las medias grises de nylon, apenas caídas sobre los tobillos. Llevo también pantalones cortos azules con bolsillos grises, y no los estoy inventando, existieron y estoy muy seguro. Lo que desconozco es si la combinación zapatos negros/medias grises/pantalones azules es real o si es una reconstrucción arbitraria que hace mi mente para que pueda reconocerme y situarme en el mismo lugar que mi recuerdo incompleto.

Creo que voy al colegio, al jardín de infantes, pero no lo sé. No sé cuántas veces hice ése recorrido (un día, un mes, un año) y tampoco si la imagen que evoco es la de un momento único o la suma de varios que voy acomodando a conveniencia para acercarme más a lo que fui alguna vez. Qué tarea maldita, impune y dolorosa es el mirar hacia atrás. La imagen completa es una bruma blanca y esponjosa que flota delante de mi cabeza, que va y viene y se posa de a ratos sobre estas líneas pero luego se desprende y me desafía a completarla con mi propia voz. La nube brumosa está y no está al mismo tiempo, y la conciencia que tengo sobre ello me llena de angustia y ansiedad, me ubica con tanta contundencia en mi presente que por momentos tengo que contener el aire y el llanto para seguir adelante.

Avanzo por ese sendero de piedras frías (esto lo imagino, aunque pudiera ser que alguna mañana o tarde de calor las haya tocado con las manos para comprobarlo) y ahora sé que entre las juntas crece gramilla desprolija, ¿será primavera? Trato de no pisar las líneas de unión pero siempre al último paso debo sumarle un saltito correctivo para no perder. Sonrío. Llevo algo en mi mano izquierda pero la bruma no me deja registrarlo, puede ser una revista, una bolsa, un muñeco o un paquete de figuritas o caramelos; mi brazo derecho está en alto y mi mano se aferra suave pero firme a la de Amalia, mi abuela, que camina a mi lado. Sé que es ella sin ver su cara: mi memoria ubica su cara muy nítidamente dentro de otros recuerdos, pero no en este, no la necesito, la reconozco por el modo de andar, el paso de marcha incansable, ni lento ni rápido, siempre fiable y eficiente, el paso necesario para hacer las cosas, todas las cosas, el torso inclinado hacia adelante y la mata de pelo negro, negrísimo. Siempre la recuerdo de espaldas, siempre observo cómo se va, cómo avanza, cómo me lleva…

Más o menos este es mi primer recuerdo. Me pone triste ser tan impreciso, me decepciona no contar con mayor detalle. ¿Qué va a pasar cuando vaya perdiendo aún más nitidez? Ahora estoy seguro que atravesábamos una plaza, escucho risas, corridas y el chirrido metálico de la calesita y los subibajas. Escucho también, cristalino, el repicar de los chorros de agua que saltan desde las bocas de los bebederos, se elevan en remolinos transparentes y luego se dejan caer para estallar en miles de gotas que envuelven mi primer recuerdo con una melodía íntima y secreta.

¿Qué va a pasar cuando Amalia siga caminando por ese sendero gris rodeado de pasto y yo quede cada vez más inmóvil en el mismo lugar, mirando cómo se van transformando en un punto lejano, una mujer con un niño de la mano, ambos atravesando una plaza y enfrentando al viento tenue de una estación indefinida? ¿Qué va a pasar cuando tenga que inventar cada vez más detalles para volver a ese momento inicial en el que creo que mi memoria comenzó a funcionar y recopilar mi historia? No quiero saber. Toda proyección es desesperanzadora. Hacia adelante la nostalgia, la melancolía. Y hacia atrás el horror. Y muchas otras cosas, pero principalmente el horror. Creemos tal vez que nos contenta volver a esas sensaciones, volver a recomponer fragmentos de imágenes, volver a oler determinados aromas, café, manzana, jabón en polvo, volver a escuchar aquellos pájaros, aquellas chicharras de la siesta, la sirena del cuartel de bomberos, volver a sentir la rugosidad del esmerilado de la ventana del fondo, la incomodidad de los cuellos de las camisas, la calidez de la baba sobre la almohada… Nos reconforta el hecho de volver. Ahí está lo prodigioso y perverso de la memoria. No se puede volver.

Tengo tres o cuatro años. Voy caminando hacia algún lado tomado de la mano de alguien que ya no está y que probablemente esté a punto de desaparecer para siempre de toda memoria y recuerdo, como nos pasará a todos, cuando nos transformemos en una cara sin nombre posando indiferente en una foto grupal, rodeada de otras caras sin nombre, de paredes pintadas de verde u ocre, de muebles abarrotados de adornos y porquerías, de mesas con tortas de cumpleaños y sanguchitos de ananá y muchos vasos y copas y botellas de plástico y de vidrio y sonrisas y ojos rojos y manos al aire y bebés llorando y bebés durmiendo y cuadros colgados con paisajes horribles y manchas de humedad en el cielorraso. Como me pasa a mí, que cada mañana me convierto en menos de lo que fui ayer y que me enojo conmigo mismo todas las veces que no encuentro la respuesta a la pregunta de por qué, en este recuerdo tan preciado que me emociona como ningún otro y que revisito cada vez con mayor frecuencia y menor distancia, revolviendo el horror de la nube brumosa, blanca y esponjosa que flota delante de mi cabeza, siempre me veo ir pero nunca volver.

* savanah y los albatros

Las plumas, me dice. ¿Las plumas?, pregunto. Sí, las plumas. Las plumas son todo. Lo miro. Camuflaje, ventas, marketing. Así son los pájaros, mentirosos, falsarios, estafadores. Porque todo lo que importa está bien adentro. Lo miro. Seguimos caminando. Trato de pensar en las alas pero no puedo, no lo entiendo. Doblamos por Esmeralda y nos metemos en un cine porno. Continuado homenaje a Savanah. Savanah se terminó pegando un escopetazo en la cara antes de cumplir los veintidós años. Yo siempre preferí a Brittany, rubia también, pero más madura, más tetona y, sobre todo, más puta. Pensá en los albatros, me dice. Hago el esfuerzo pero no tengo la menor idea de cómo es un albatros. ¿Qué mierda es un albatros? Imagino algo parecido a un pelícano, pero dudo, porque si fuera así me hubiera dicho directamente pensá en un pelícano, no me hubiera dicho pensá en un albatros. Lo miro. Empieza la película. Savanah se voló la cabeza con una escopeta, le digo. No me extraña, me contesta, se nota que no tenía ningún propósito en la vida. Buen culo, sí. ¿Y eso que tiene que ver?, pregunto. Todo. Savanah chupa pija, las alas de los pájaros están constituidas principalmente por cartílagos, en el interior, que se unen entre sí, Savanah come verga por la concha, se entrelazan armónicamente y después, conformada la totalidad, Savanah garcha en cuatro patas, conforman el ala en sí, pero nosotros nunca vemos los cartílagos, sólo vemos el ala, Savanah coge por el culo, ¿entendés?, no, Savanah cabalga enorme chota, los cartílagos por separado no sirven para nada, para nada, pero si faltara sólo uno, apenas uno en ausencia, Savanah traga leche, la estructura compositiva del ala sería defectuosa, y ese pájaro del orto sería incapaz de volar, Savanah frota penes con las tetas, y así estamos, condenados, no vemos nada, nada, y nos creemos libres, Savanah se mete dos dedos, pero por más que ahora estemos tan contentos de que se nos pare la pija (como si además tuviéramos tremenda pija) mirando a esta puta de mierda, Savanah nos mira fijo, el vuelo siempre es corto y controlado, y todos, escúchame bien, pibe, todos terminamos pidiendo pista para aterrizar sin problemas, luces más, luces menos, Savanah grita. Lo miro. Trato de pensar en un albatros y no lo logro. Tres butacas más adelante vemos volar por el aire el chorro de semen que un gordo de sobretodo hace saltar a pura paja. ¿Sabrá el gordo que Savanah está muerta y por eso se excita tanto? ¿O preso de su ignorancia le da lo mismo ver coger a cualquier rubia para sacarse la leche de encima? ¿El karma de las pornstars es que se las sigan cogiendo después de muertas? ¿El karma de las de ojos claros es que las obligues a mirarte mientras te la chupan? ¿Qué debe esperarse de una mujer que se hace las uñas francesas? ¿Qué mierda es eso? Arranca la segunda película y en el cine somos cuatro. Tengo hambre pero también tengo miedo. No entiendo nada sobre alas ni libertad. Supongo que la clave es dejarse caer y averiguar qué pasa después. Pensá en las ciudades medievales, me dice. Lo miro. La clave es ir a menos, ir a la desesperación del instante único, le digo. Me mira. Sí. Seamos otra cosa, seamos más o seamos menos. Savanah sonríe. Vayamos a menos. A lo básico. Vayamos a la pornografía del primer impacto. Volvamos a los dedos tibios que acarician labios y orificios, que estimulan y penetran. Es imposible concebir una ciudad pensando en los detalles, me dice, la clave está en la estructura. Cartílagos. Entiendo el propósito, le digo. Savanah se arrodilla. El propósito es sexual. Me mira. El sexo comienza con una idea, pura intensidad, impulso y deseo, y después el sexo ya no importa. El propósito del ser humano es dejarse poseer por una idea. Una marea verde y voraz, espesa y pegajosa, incongruente, destructiva, inevitable y efímera. Savanah llora. Las torres y los corredores de las ciudades medievales tenían la función de protección y evacuación. Es imposible que fueran agregados al diseño inicial, ¿entendés?, no, no entiendo, pero sigo pensando en pájaros tullidos y en señores feudales. Le pregunto si conoce alguna estructura que pueda soportar el sismo del deseo. Me mira. Savanah duerme cubierta de esperma. Nuestra percepción, me dice, está tan atrofiada que ni siquiera podemos sospechar que nuestros ideales puedan ser falsos o erróneos, estamos seguros de que no lo son, porque ellos mismos representan nuestro sentido mismo de realidad; no hay cosa que nos haga ser más auténticos que el hambre por concretar un deseo. Energía, combustible. Somos bestias que nos buscamos por el olor, nada más que eso. ¿Qué es un albatros?, le pregunto. Un albatros es un buceador, pero también puede ser una cárcel, me responde. Nos vamos antes de que termine la película. Vuelvo a casa. Mamá duerme. Me acuerdo del gordo y pienso que no es ético cogerse a una muerta, pero tampoco es algo que pueda juzgarse apresuradamente. Salgo al balcón y mientras me acaricio la verga pensando en Brittany (¿estará viva?) siento la firme sensación de que la belleza es una víscera prendida fuego, una olla hirviendo que explota y chorrea, siento que la belleza es hacerse daño a sí mismo. Y es horrible.

 

 

* angelita

Yo sabía que el señor Durban no iba a terminar nada bien, andaba siempre en cosas raras, bah, era raro, qué se yo, a mí me daba un poco de desconfianza cada vez que llegaba con algo nuevo a la pensión, como ese día que apareció con el jaulón para los pajaritos, Marta y yo estábamos tomando mate acá en el patio y el señor Durban entró empujando el jaulón con rueditas, yo la miré a Marta pero ella se lo quedó mirando embobada y ni siquiera pudo devolverle el saludo, porque eso sí, el señor Durban era muy educado y lo primero que hizo fue saludar, se ve que venía de una buena familia que se ocupó de él como corresponde y lo mandó a una escuela como la gente, porque todo depende de eso ¿sabe?, la familia tiene que procurar que la educación de sus hijos sea la mejor posible porque después si no terminan criando vagos, como el sobrino de Marta (aunque yo no le digo nada, pobre Marta, ya bastante tiene con la soltería y con andar cuidando a su papá, ¡pobre Don Miguel!, un pan de Dios, Don Miguel, lástima ese problema con la bebida, que creo yo que tiene mucho que ver con cómo quedó ahora, pero tampoco le digo nada a Marta, porque es el padre y yo no soy quien para andar diciéndole cosas que no me corresponden a la gente) que vaya a saber uno en qué anda ahora, juntándose con esos otros, los hijos de Soria, uno peor que el otro, mire, una vez el señor Durban le tuvo que llamar la atención al mayor porque parece que le había faltado el respeto a unas chicas del bachiller, después de eso ninguno de los Soria, ni siquiera el padre, volvió a pasar por la puerta del colegio, eso hay que reconocérselo al señor Durban, tenía un poder de convencimiento terrible, me acuerdo que siempre venía gente a visitarlo acá a la pensión, y charlaban acá en el patio, un poco más allá, abajo de la parra, y cuando se iban con cara de satisfechos el señor Durban les estrechaba la mano y la sacudía aparatosamente, después venía y me decía todo emocionado “cada vez estoy más cerca, Bety” y yo no entendía nada, ¿más cerca de qué?, ¿por qué se ponía tan contento cuando lo venían a ver estos hombres tan siniestros? (porque le digo la verdad, esos tipos, que Dios me perdone si me equivoco, tenían una pinta de mala vida que me daba miedo, y todas la veces yo me metía para adentro y me hacía la que limpiaba la mesada de la cocina, pero los espiaba de reojo por la ventanita del costado, no fuera a ser que si pasaba algo yo estuviera desprevenida). Yo me imaginaba que no andaba bien del todo, el señor Durban, como que tenía algo flojo que de vez en cuando se le piantaba por ahí, no sé, no quiero hablar de más porque después ya sabemos cómo es la gente y van a andar diciendo por ahí que una es chusma y vaya a saber qué otras cosas más, yo conozco los bueyes de este barrio, se hacen todos los buenitos pero más de uno lleva el Diablo adentro, es una forma de decir, eh, usted me entiende, y si hay algo que le gusta hacer a la gente es hablar y hablar, aunque no sepa, peor que en la televisión, por eso yo me llevo bien con todos y no tengo problemas con ninguno, pero le digo la verdad, la única que no me da mala espina es Marta, con ella no me tengo que preocupar por nada, ¡es tan buena, Marta!, y conversadora, es una gran compañía, debe ser por cómo la educaron las monjitas, me da pena que esté así de enfermera de Don Miguel, él también me da pena, no crea que no, eh, pero pobre Marta dejando estos años ahí sin ocuparse de ella, qué se yo…¿qué le venía diciendo? ah, el tornillo flojo del señor Durban, sí…una vez se apareció con una caja llena de muñecos de trapo, chiquititos, todos con ropita y zapatitos, con pelo y todo, el pelo ese me daba impresión porque parecía de verdad, y el señor Durban estaba contento y entusiasmado, hasta me regaló una muñeca que dijo que se parecía a mí, para mí no era muy parecida, pero es linda, Angelita, todavía la tengo, la colgué en el living arriba de la estufa, al lado de los platitos y las cucharitas, por supuesto que le agradecí, aunque me hubiera gustado tener la parejita, yo no le pedí nada porque me daba vergüenza andar pidiendo, pero había un muñeco que era igualito a Silvio, el almacenero de acá a la vuelta, que me parece hubiera quedado lindo al lado de Angelita, ahí arriba de la estufa, ¿la quiere ver?, ahora se la traigo, ah, y le digo más, ahora debe ser de colección, porque es la única que quedó, a los dos o tres días de que el señor Durban trajo la caja con los muñequitos estos, hubo un accidente en la pieza con el calentador y no sé qué otra cosa y terminaron todos achicharrados, el de Silvio también, me acuerdo del olor a quemado, por eso le digo que me daba impresión, el pelito de los muñecos olía igual que el pelo quemado de verdad, como cuando se le sacan los cardos al pollo con la hornalla, por ahí era pelo de pollo y me hacía confundir, no sé, ahora se la traigo para que la vea, y así y todo el señor Durban no se puso triste, yo pensé que se iba a poner como Soria que cuando perdió el negocio se vino muy a menos, pero no, el señor Durban anduvo un poco desanimado nomás, se ve que no tenía pensado ningún negocio con los muñequitos, porque si no se hubiera puesto más triste, creo yo…¿quiere un mate?…no, sólo desanimado y menos conversador, nada más, hasta que empezó a venir a visitarlo otro hombre, distinto a los otros, no tan siniestro, parecía bastante noble, y tenía las manos bien cuidadas, a mí igual me enseñaron a desconfiar de los hombres que se cuidan las manos, es de poco trabajador, qué se yo, pero este era distinto, y la relación con el señor Durban también era distinta que con los siniestros, conversaban, se reían, se palmeaban, a veces leían el diario en silencio, todo acá abajo de la parra, pero un día así como así no volvió más este hombre, Claudio me parece que se llamaba, era más joven que el señor Durban, un poco, bah, y no parecía estar “tocadito”, no sé si me entiende, pero bueno, no volvió más, yo le comenté a Marta que era raro que no venga más y que por ahí se habían peleado o algo, y Marta me dijo que no me meta, y yo ahí le dije, reconozco que estuve mal, que no se hiciera, si yo había notado cómo lo miraba a este Claudio, a mí no me podía decir que no, así que a ella también debería darle curiosidad saber por qué ya no venía más… A veces yo salía temprano acá al patio a tender la ropa y lo encontraba ahí parado al señor Durban, mirando para arriba, o fumando, o anotando cosas en un cuaderno azul como los del colegio, ¿los pajaritos?, no, nunca hubo pajaritos, salvo los gorriones que se juntaban a la mañana en los árboles del fondo a molestar, porque los gorriones hacen eso nomás, molestar, no son como los zorzales o los canarios, que tienen esos colores tan hermosos y cantan tan lindo, ¿sabía que no sólo son amarillos los canarios?, no, los gorriones son como una plaga por acá, además yo creo que saben que los canarios son mejores y por eso a eso de las cuatro y media o cinco de la madrugada ya están dale que dale con el pipipí, por resentidos, y ahí ya no se puede seguir durmiendo, puede ser por eso que me lo encontraba al señor Durban levantado tan temprano, pero no sé, si le digo la verdad había muchas cosas del señor Durban que no entendíamos ni yo ni Marta, que éramos las que lo tratábamos más y conocíamos, cómo decirle, su parte más “verdadera”, algo así, porque la gente del barrio apenas si se lo cruzaba, aunque así y todo, con todas las cosas raras, no desentonaba, ¡si usted supiera las cosas que hay que ver por estos días en la calle!, en fin, tal vez los tiempos estén cambiando demasiado rápido para nosotros, y eso que no estamos tan cerca del centro…Ahora le traigo a Angelita, va a ver qué linda que es y me dice si la encuentra parecida a mí como decía el señor Durban o no, y va a ver cómo la tengo de impecable después de tantos años, yo no pensé que fuera a durar tanto, en general estas cosas artesanales sufren el deterioro muy rápido, porque le hacen el relleno con alpiste o alguna otra semillita que dura un tiempo pero después se pudre, entonces el muñeco se va echando a perder desde adentro sin que nos demos cuenta, y al final cuando se le nota algo afuera ya es tarde para salvarlo, está todo podrido y lo tenemos que tirar, una pena, pero con el debido cuidado pueden durar bastante, no sé por qué yo me encariñé tanto, a lo mejor porque fue la única que quedó, o a lo mejor porque me da gracia cómo todos me la envidian, pero esos no son buenos pensamientos, no está bien ponerse contento por tener y que los demás no tengan, eso me lo decía el señor Durban, y yo pensaba que qué bien que sea un hombre religioso, porque esas cosas las enseñan en la iglesia, pero yo nunca lo vi en la iglesia, ni siquiera para Pascuas, así que no sé de dónde había salido tan generoso, porque era muy generoso, y limpio, muy limpio, todas las semanas se lavaba la ropa él mismo, a mano, en el piletón de allá, y después se quedaba mirando cómo el sol le iba blanqueando la camisa, lo que nunca pudo hacer fue calcular el almidón, y en las primeras posturas después de lavado parecía un novio de torta, todo duro; “la presencia es importantísima, Bety” me decía cada vez que se ponía a lavar, “nunca se sabe cuándo nos van a venir a buscar, y es importante estar preparado”, pero yo no entendía a qué se refería si la mayoría de las veces que recibía gente (los tipos siniestros) acá en el patio, andaba con la muda de entrecasa, ¿se referiría a alguna  mujer que esperaba que lo visite?, no creo, ¿no?, en todo caso el que va a buscar a una mujer es el hombre y no al revés, y yo no le conocí ninguna mujer en todo el tiempo que estuvo acá, pero él hubiera podido conocer alguna, no voy a dar nombres pero varias me han preguntado en el mercado, haciéndose las bobas, por el señor Durban, como si yo no me diera cuenta, eso es lo que pasa ¿sabe?, todos piensan que nadie se da cuenta de nada, y así estamos…al final somos como los gorriones, pí pí pí, pí pí pí, y no dejamos descansar a nadie…si pudiéramos ser aves yo no elegiría ser ni gorrión ni canario ni zorzal,  no, a mí me gustaría ser un cardenal, así tan sobrio y elegante, tan gallardo (no sé si se puede decir que un pájaro es gallardo pero esa palabra me gusta mucho, gallardo), y con ese toque de distinción que es la cabecita colorada y ese penacho, impone respeto, el cardenal, no sé cómo alguien elegiría ser otro pájaro, bueno, salvo un águila o un halcón, que son hermosos e imponentes, pero a mí me dan miedo esos pájaros tan grandes, son muy peligrosos…y además el cardenal no anda molestando a cada rato, ni muy temprano…son lindos los pájaros ¿no?…escuche…ahora que baja el sol se ponen a cantar un ratito más y después se duermen…seguro que ahora me llama Marta por teléfono para saber cómo salió la quiniela, siempre me llama cuando me tengo que poner a cocinar, está tan sola, pobre, le voy a decir si se quiere venir a cenar, ¿usted se queda?, me sale un guiso para chuparse los dedos…

* ramsay

“Sólo tiene que haber letras. El ideal es apropiarme de mí, de mi pensamiento raso; y primero, para eso, pienso apropiarme de su traducción escrita. Primero batallar contra las letras, luego contra el sentido. Sentido.

Durante los momentáneos destellos de lucidez que lo asaltaban, cada vez más esporádicos desde que comenzó su deterioro, el profesor Ramsay ponía toda su energía disponible en el enorme problema que para él representaba dilucidar qué había llegado primero, si la adicción a la pornografía y la consecuente práctica compulsiva de la masturbación, o las insoportables migrañas que posteriormente derivaron en el padecimiento de un insomnio crónico y sufrido. Le costaba determinar, y atribuía la confusión a su desorden interno, si existía una relación directa entre las dos cosas, si la aparición de la primera – cualquiera de las dos fuese – trajo aparejado el origen de la segunda, o si bien se trató de la génesis espontánea y concordante de dos entidades autárquicas que sabiéndolo débil e indefenso decidieron, cada una por su lado, someterlo a una lenta pero sistemática descomposición del espíritu. Este pensamiento obsesivo, además de invadir y ocupar su cabeza durante la mayor parte del tiempo que permanecía despierto, comenzó también a traducirse y manifestarse en síntomas de diversa índole, llevándolo a consultar varios especialistas por temor a padecer algún tipo de cáncer – colon, páncreas, hígado tal vez -, o de estar gestando una profunda úlcera estomacal que lo condenaría de por vida a una dieta injusta, estricta y aburrida. Lo más difícil va a ser dejar de fumar, pensó luego de visitar a un estomatólogo de renombre que después de revisarlo y ordenarle estudios de rutina lo despachó sin preocupaciones, ya que en su experta opinión no había nada en el paciente que pudiera ser considerado de gravedad o que demandara especial atención. Durante los últimos meses la dependencia al tabaco había crecido exponencialmente en el profesor, entre dos y tres atados por día, y durante los ataques de insomnio u onanismo, o de los dos al mismo tiempo, el consumo alcanzaba dimensiones aberrantes. Lo que más disfrutaba al pitar un cigarrillo era ver cómo el papel ardía y se consumía lentamente; según él, en esa pequeña y fallida hoguera, el indómito dios de todos los vicios moría una y otra vez, tendiéndonos la mano, llamándonos por nuestros nombres, provocando la remisión de la realidad hasta transformarla en un punto minúsculo y grisáceo como una bola de plomo olvidada en el fondo de un cajón.  En otras oportunidades, el profesor, que no menospreciaba el equilibrio de la naturaleza y de la psique humana, mientras contemplaba desde su balcón las luces deprimentes de la ciudad anochecida, meditaba largamente sobre ese minuto inexorable en el que todos nos convertimos en santos de madera para los demás. De todos modos, ante la imposibilidad de controlar por qué camino se dirigirían sus pensamientos cada vez que cedía al impulso de encender un cigarrillo, se conformaba con encontrar de vez en cuando un momento de serenidad, lejos del delirio místico y del rigor científico, que le permitiera pensarse a sí mismo como un hombre común y corriente, como el Ramsay que era antes de convertirse en un pervertido insomne a punto de morir de cáncer o de úlcera.

En caso de emergencia, préndase fuego. O desangre a una bestia sobre el mantel. Conocí a una chica que tiene la cabeza rota, que dice cosas rotas, que usa palabras rotas. Rompe todo lo que encuentra y no le importa. A nadie debería importarle. Hay días en que me despierto pensando que esa chica sea tal vez la bestia que yo tengo que matar, pero después me da miedo. Me quedaría el fuego, es cierto, pero sería lo único, y en las emergencias lo mejor es tener varias alternativas.

Me voy por el desagüe, te vas por el desagüe. Nos vamos por el desagüe. Fluido. Fluidos. Deslizar. Correr. Aguantar. Arrepentirse. Desagüe.

El entorno del profesor no tardó en detectar las señales que evidenciaban el corrimiento de eje que estaba atravesando. Se tomó como precaución, después de una reunión casi clandestina de unos pocos de sus colegas (los más influyentes a la hora de tomar decisiones), establecer un monitoreo delicado pero constante sobre sus actividades. Geografía y Latín fueron las primeras encargadas, a título voluntario, de vigilar los comportamientos cada vez más extraños del profesor. Más que por un impulso solidario, ambas se vieron movilizadas por la extrema curiosidad: Geografía no podía comprender cómo el hombre que le había parecido tan atractivo e interesante (y con el que habría compartido algo más que una simple relación laboral, según dichos posteriores de Historia Clásica) se había convertido en tan poco tiempo en una silueta gastada y desprolija que vagaba por los pasillos entre clase y clase, y que una vez terminada la jornada se alejaba con paso lento y vacilante contemplando los tilos que adornaban el boulevard de la calle Bouchard. Por su parte, Latín nunca hizo públicos los motivos (e Historia Clásica evitó hacer comentarios al respecto) que la llevaron a ofrecerse a participar de ese monitoreo inicial. Luego del primer informe de Geografía y Latín, llegó otro, a cargo de Álgebra y Artes Plásticas, y un tercero, realizado por Francés y Literatura Moderna; ninguno de los tres fue favorable respecto de la condición y desempeño del profesor Ramsay, y aunque en el último se evidenciaba que la situación se agravaba, todos coincidían en tratar el tema con el mayor respeto y cuidado posible, dada la alta estima que todos, además de Geografía, le tenían.

Las plantas. Frondosidad. Me gusta esa palabra. La tuve dando vueltas toda la noche en mi cabeza. No dormí. BDSM. Las de Hong Kong son efectivas pero un poco repugnantes, no había visto hasta ahora cosas tan extrañas. En los foros, algunos usuarios (que ya tengo identificados de varios lugares, deben tener algún problema como el mío) aseguran que ese material es “softcore” y exigen a los administradores de la página que liberen el material de mejor calidad; aparentemente el mercado interno de Hong Kong trabaja con producciones de alto riesgo y que posiblemente rocen lo ilegal, para lo que el moderno occidente no está preparado, por eso las estrategias de marketing global se organizan alrededor de diferentes límites. De todos modos me resulta excitante, desconozco que reacción me produciría consumir algún producto del mercado interno. Frondosidad.

Poco tiempo después se organizó otra reunión, menos clandestina que la primera y de carácter mucho más formal, a la cual Ramsay también fue invitado. El Director llevó la voz cantante, apoyado en un par de oportunidades por los comentarios de Instrucción Musical y de Historia Clásica, que se pasó la mayor parte anotando cosas en una libreta de tapas rojas. En esta reunión se le comunicó al profesor, con suma amabilidad, que debido al comportamiento errático que estaba experimentando en los últimos meses, lo mejor para todos (para la institución, para el alumnado, y para él mismo) era que por un breve período aceptara tomar una licencia y se ocupara en despejar la mente, para poder luego retomar sus actividades repuesto y descansado. Incluso le sugirieron que podría ser beneficioso consultar a algún especialista que lo asesorara. Durante la charla, el profesor sintió todo el tiempo que la mirada de Geografía lo recorría y lo examinaba crudamente, con una intensidad tal que parecía atravesarle la piel en busca de algún signo que delatara sus impresiones y pensamientos, pero permaneció inmutable e impasible, observando a través del ventanal el patio interno del colegio, donde las alumnas del tercer año conversaban entre sí, acariciadas por el brillo anaranjado de las diez y media de la mañana.

¿Será una atracción formal que la palabra ejerce sobre mí? ¿Será que me conmueve la carga de misterio y profundidad que le adjudico? Sea por lo que fuere, adopto el concepto para describir la sensación que tengo sobre mi propio pensamiento. Pensamiento frondoso. Espeso. Crecido. Desarrollado. Una planta alta y gorda compuesta de muchos verdes diferentes, con hojas grandes y multiformes, algunas flexibles y otras muy rígidas y en punta; una planta sin flores por el momento, con muchas ramas, cortas, largas, nuevas, viejas, que se desprenden de un tallo firme pero lastimado. De tamaño considerable, a veces invasivo y sospechoso. Es muy difícil identificar la forma concreta, parecería transformarse según el momento del día. Esta planta es un sistema complejo en el que todas las relaciones establecidas entre sus partes son tan apretadas y consistentes que dan por resultado un follaje denso e inabordable. Pierdo claridad y gano en soberbia.

Horas de televisión, horas de diarios, revistas y comida encargada, horas de pornografía, horas descontroladas y desconocidas, horas desproporcionadas de dientes y dedos amarillentos, de aliento cloacal, de pies transpirados y de cervicales destruidas. De fotos y videos, de cajas y cajas de cigarrillos apiladas sobre el escritorio, de hojas de cuaderno desparramadas sobre el sofá. Horas de insomnio eterno recorría el profesor entre recuerdos que nunca terminaban de cobrar forma, con la cada vez más firme sensación de que las cosas en las que confiaba se iban alejando hasta quedar fuera de los límites de su comprensión. Ni siquiera recordaba si había sido antes o después de la licencia que M vació los placares y le explicó que su vida no estaba hecha para dejarla caer por un borde, por lo que había decidido desde su más sólido egoísmo abandonarlo y emprender un recorrido proustiano que le otorgaría el “retorno a la inocencia” que tanto necesitaba. Le hubiera gustado al profesor poder decirle a M que su planteo era, como mínimo, estúpido, y que más que tratarse de una búsqueda interior lo que traslucían las palabras que ella acababa de pronunciar era una clara muestra de su poca capacidad de reflexión y su obtusa visión del mundo, pero no pudo; la ayudó a cargar las cajas en el auto y se quedó parado en la vereda hasta que el ruido del motor del Peugeot se hizo uno más de todos los ruidos de motores que se alejaban por la Avenida Alcorta. Después entró y apagó la televisión.

Tocan el timbre, estoy corrigiendo exámenes en el escritorio, me levanto y voy hacia la puerta, sé que es martes pero mientras camino me pregunto en voz alta quién puede venir a molestar un viernes tan tarde, es de madrugada, o así parece, cuando abro la puerta me encuentro con un hombre oriental, no puedo identificar si se trata de un japonés, un chino, o un coreano, cosa muy curiosa porque poseo una gran habilidad para diferenciar a esta gente entre sí, los rasgos del oriental se transforman todo el tiempo conservando sólo la raíz más pura de la etnia, me mira fijo y dice “saludos”, inmediatamente aparezco en el medio de un parque lleno de tilos y ya no es de madrugada, o sí, no lo sé, en la mano sostengo una postal sin remitente ni dedicatoria, la doy vuelta y en letras mayúsculas sobre un paisaje de ruinas desconocidas dice: QUITO. ¿Será ecuatoriano?, me pregunto, pero ya no estoy en el parque cobijado por los tilos sino que estoy de regreso en mi living, en el sofá; a mi izquierda sentado un monje y a mi derecha un hombre con cabeza de jaguar, ninguno de los dos es el oriental, yo miro mi postal y ellos dos, al mismo tiempo, me enseñan una diferente cada uno, el monje junta las tres en la palma de su mano y lanza una llamarada por la boca que las incinera en el acto, el hombre con cabeza de jaguar ríe, el monje ríe, yo los miro a ambos desde la puerta de calle y pregunto: ¿QUITO?, el hombre con cabeza de jaguar sigue riendo y el monje me responde: DEFICIENTE.

La vigilia se convirtió en una gigantesca ecuación en la cual todas las variables – la enfermedad, la compulsión, el desinterés, la soledad – se ramificaban haciendo casi imposible la tarea de despejar la incógnita principal. Yo soy x, se decía el profesor frente al espejo cada vez que se afeitaba. Yo soy x, se decía el profesor en voz alta y le parecía escucharse como en una grabación, ajeno y lejano. Quizás lo que quede de nosotros en el final sólo sean esos registros espontáneos que fuimos dejando por todos lados sin darnos cuenta, como mensajes grabados en contestadores equivocados, mechones de pelo atorados en las cañerías, como manchas de grasa en un repasador viejo, como un reflejo borroso e irreconocible en el segundo plano de una foto familiar; tal vez lo único que quede sean aquellas porciones de nosotros mismos que fuimos abandonando sin cuidado por considerarlas absurdas e intrascendentes.

Vuelvo a estas notas después de un breve tiempo de dudosa reflexión y profunda frustración (que devino en una controlada pero notable depresión. Aunque pensándolo mejor, con mayor sinceridad y acudiendo forzadamente a una mirada objetiva, debo confesar que hasta el momento todo lo volcado en estos cuadernos ha sido escrito, con excepción tal vez de la primera página y alguna que otra anotación al margen, en un estado latente y constante de depresión y frustración, con lo cual se podría inferir que mi alejamiento o acercamiento a la escritura de estas páginas no obedece a ningún cambio rotundo del estado de ánimo, sino que ambas situaciones podrían representarse como los picos extremos de una línea quebradiza, subiendo y bajando, que se mueve siempre dentro del mismo rango de acción: la disconformidad. Por otro lado (¿o por el mismo?) me siento atrapado dentro de un círculo vicioso – no soy capaz de evitar el lugar común – muy bien identificado y que posiblemente pueda destruir, o al menos descomponer, en la medida en que logre identificar la frecuencia en la que oscilan esos picos extremos y encuentre la “línea promedio”, el sendero menos dañino, el grado cero de la explosión desde donde pueda observar claramente, hacia adelante y hacia atrás, los límites del círculo. CONFUSIÓN. Enfermos. Todos con lepra. Pieles por todos lados y en las cáscaras soy el  Dios que quema (el dios podrido, el de los sapos, las langostas y los curas pederastas). Soy x y tiendo a infinito.”

 ***

* sangre y harina

Undécima entrega de la saga del Gringo y la Lucecita, obra en colaboración con el Sr. Blopas, que también pueden encontrar en su blog “Proyecto Anecdotario”. 

La 1ra parte la encuentran acá:  dos guitarras y un cajón peruano.

La 2da parte la encuentran acá:  tinta fiera.

La 3ra parte la encuentran acá:  la última estación.

La 4ta parte la encuentran acá: los piojosos.

La 5ta parte la encuentran acá: la culpa no es del toro.

La 6ta parte la encuentran acá: bajo el agua.

La 7ma parte la encuentran acá: los eslabones.

La 8va parte la encuentran acá: en las vísperas de san la muerte.

La 9na parte la encuentran acá: melodía del desconcierto.

La 10ma parte la encuentran acá: una casa sin luz.

***

Nunca quedó claro quién atravesó la puerta primero, tampoco si ésta estaba abierta o si los oficiales la violentaron sin pruritos, pero lo cierto es que, una vez adentro, ni Carlini ni Becerra pudieron evitar que la pena les estrujara el pecho al ver el cadáver todavía tibio del buen Gervasio, desparramado entre los costales, cubierto con el engrudo de sangre, harina y levadura, que coloreaba de rosa pálido el piso de la sala de hornos de la panadería. Carlini se tomó la cabeza y se lamentó en silencio, Becerra observó bien el cuerpo tendido, envuelto en tan ridícula mortaja. Sobre el costado derecho, la herida abierta por el facazo parecía tener vida propia; la piel y el músculo latían rítmicamente y a través del hueco se dejaba ver la carne maltrecha y rasgada. Esporádicos borbotones se abrían paso entre nervios y  tejidos, espesos y gelatinosos, según cuentan las anotaciones de la libretita de Carlini, y se deslizaban lentamente, cuesta abajo, desde el borde superior de la abertura hasta el extremo inferior, fundiéndose luego con los baldosones gastados. Según la apreciación de Becerra, la puñalada lo había sorprendido mientras amasaba con espíritu laborioso varios cientos de cuernitos y vigilantes con los que gran parte del pueblo desayunaría por la mañana, sin darle siquiera tiempo a reaccionar o defenderse. El triperío hecho jirones asomaba por el hueco oscuro que una mano obturaba inútilmente. Abrumado por la sorpresa, el asco y la incomprensión, Carlini se tapó la boca para contener el ácido digesto de empanadas que le subía por la tráquea. Los tres hornos estaban prendidos a temperatura máxima. Un viento helado soplaba desde la ventana y agitaba las cortinas de manera intermitente.

–       Ay, Barzola, Barzola…- dijo entre dientes el comisario mientras sacaba la cabeza por la ventana que daba a la calle trasera.

–       No se detiene, y no creo que vaya a parar, Comisario. Creo que estamos en la recta final…-

Becerra, absorto, continuaba mirando más allá del zanjón, donde el Rastrojero había permanecido en marcha. No admitía otra posibilidad: Barzola, embriagado por el exceso de adrenalina, habría de cerrar en la estancia su aventura nocturna con un bonito moño de sangre. Carlini percibió en las sombras de la cocina cómo el comisario acariciaba su arma reglamentaria, y aunque no se atrevió a comentarlo sintió un ligero escalofrío.

Al otro lado de la calle, donde las luces mortecinas de la panadería se fundían con las sombras de los arbustos, la noche se hacía dueña de todo y de todos, amparando a los desdichados y a los herejes con una niebla inesperada y confusa. Pero para Becerra no era la niebla, ni la ignorancia, ni el desamor lo que confundía el entendimiento de ciertos hombres, sino la ambición. Cuando la sangre contaminada empieza a hervir, difícilmente pueda uno esquivar las incorrecciones, los excesos y los malos actos. Al razonar en todo esto, Becerra no tenía en mente a Barzola sino al Gringo, un piojoso como cualquier otro, arrastrado a la desgracia por la ambición más elemental que existe. El demonio vive en los elixires oscuros y en las palabras de una mujer decidida. Que le pregunten al Gervasio, si no.

–       Vamos, Topito. Se acaba todo. – dijo mientras enfilaba hacia la puerta de atrás.

–       No se nos puede escapar, Comisario.-

–       No lo hará, Topito. Ya no. Vamos, muévase. Tenga a mano su pistola y no me afloje porque de aquí al amanecer será la mano más brava que nos haya tocado jugar hasta el momento.-

Carlini se puso serio como un condenado. Recordó a Lorenzo, a Gauna, a Martínez, a la Lucecita, al Gringo y a Pichón; pensó en el baile, en los borrachos y en el pueblo entero, que parecía no querer reconocer que la miseria se le había colado por debajo de la puerta. También recordó los días de la academia, cuando ser policía todavía era ilusión y, de vez en cuando, dispararle a una silueta de cartón contra un muro desconchado. Cubrió el cuerpo de Gervasio con un mantel cuadriculado que rápidamente se empapó de bordó; ansioso, abotonó su abrigo y salió tras su jefe. La noche era oscurísima y una manga de nubarrones espesos amenazaba con desplomarse sobre el campo. Los oficiales subieron al móvil y partieron raudamente hacia la estancia por el ripio vecinal. Entre medio de hectáreas y hectáreas de un maíz recién emergido la pregunta de Carlini rasgó el silencio como el trueno que anuncia el temporal.

– ¿Alguna vez tuvo que matar a alguien?-

Becerra miró de reojo a su joven ayudante, mas no emitió respuesta alguna. Carlini se enderezó en el asiento, extrajo la 9mm y la tocó con desconfianza como quien acaricia un perro ajeno. Recorrió con las yemas las estrías de la culata, el gatillo y la mira, y antes de volverla a guardar se aseguró de quitarle el seguro. ¡Click! Volvió a cerrar la cartuchera e inspiró profundamente. Nunca se le habían dado bien los juegos de cartas.

***

* no te encariñes con tus monstruos

Poco después de salir del baño volvió unos pasos y sin saber bien desde dónde le había nacido ese impulso, sobre el espejo todavía empañado por el vapor de la ducha le dejó escrito un breve y ridículo mensaje de amor. O algo parecido. Unas pocas palabras, muy breves, nada originales, y su inicial pegada a un punto. El por qué determinados mensajes inequívocos, tanto para el emisor, nosotros mismos, como para el receptor, aquella única persona a la que le dedicaríamos tales mensajes, nos obligan a reafirmarlos con una rúbrica, insignificante o simbólica, es la expresión más abstracta y mejor acabada de nuestra propia inseguridad. Puede considerarse una sutil tortura, un recordatorio tan perfecto como insoslayable de que nada es lo suficientemente duradero, y de que aunque sepamos que todo desaparecerá algún día (y más aún unas pocas palabras cocinadas al vapor), tenemos la necesidad intrínseca de decir que estuvimos ahí, que hubo un momento en que fuimos parte de algo, un momento particular que nos hizo pertenecer a un entorno, a una historia. Esta es la historia de Juan. O mejor dicho, un breve repaso del día en que la línea argumental que lo había condicionado durante diez años, se diluyó sin más, como el agua que se escurre por la rejilla del lavamanos.

En ese momento, que después consideraría crítico y que durante años y años se reprocharía a sí mismo, sintió que esa pequeña acción cotidiana, esa demostración inusual de afecto – de las que ya no acostumbraban y parecían cada vez más enterradas – lo aliviaba de un lastre invisible que llevaba acordonado a sus pies desde hacía varios meses. Todo sucede sin que nos demos cuenta, variaciones milimétricas e imperceptibles de todas las cosas se van sucediendo día tras día, como una enorme confabulación que nos va empujando amablemente hasta que de golpe la percepción de un detalle insignificante (un cajón mal cerrado, una botella sin abrir, una raya de más en el parquet, un plato que sobra, un reflejo sobre una fuente de aluminio) nos devuelve la lucidez, y nos damos cuenta de que estamos parados sobre un borde oscuro e inestable, a punto de caer. La duración de la caída y los resultantes del impacto final variarán de acuerdo al peso específico del conocimiento que tenga sobre sí mismo el sujeto en cuestión. Supone Juan que éste fue el inicio de su autoconocimiento.

Cuando ella se levantó, él ya iba por el segundo café. Escuchó los pies descalzos avanzar por el pasillo, el correr de los aros de la cortina plástica, el golpe de la lluvia de la ducha contra el piso de la bañera; fue a la cocina y se quedó parado, releyendo el diario contra la mesada, un cigarrillo en la boca y el chirrido defectuoso del calefón como música de fondo. En algún momento tendría que llamar a un gasista o un plomero, pensó Juan, pero no ahora, mientras siga funcionando no tiene sentido preocuparse; además, siempre estos arreglos provisorios terminan al poco tiempo en catástrofes domésticas imposibles de evitar, es preferible dejar que el fluir natural decida el momento del final, y el del nuevo principio. Un nuevo principio. Tal vez tomar la decisión de cambiar el calefón fuera la oportunidad que estaba esperando, un rito iniciático, un cambio de paradigma en la relación que les ofreciera un aire renovado, o tal vez fuera alguna otra de las estupideces que se le cruzaban por la cabeza cuando pretendía convencerse de que podía tomar control de su vida. Ella salió del baño, se vistió rápidamente, lo saludo sonriente como todos los días y se fue a trabajar. Desde la cocina, Juan escuchó sin moverse los tacos alejarse rumbo a la puerta y luego las dos vueltas de llave que lo dejaban, otra vez, encerrado consigo mismo. Ninguno de los dos dijo nada sobre el espejo.

Juan encendió un cigarrillo y se sentó en el sofá. Después se recostó y se tapó con una manta, orientando la cabeza para que el sol que entraba por el ventanal le pegara de lleno en la cara y le obligara a cerrar los ojos. Quería pensar, entender las trabas de su propio funcionamiento y trabajar sobre su conducta y su fuerza de voluntad. Reflexión. Introspección. Aguantar el dolor de cabeza, resistir al sueño, ambos mecanismos de evasión. Atravesar el pensamiento de manera consciente y reflexiva, sin importar la repetición. Sin someterse al después. Confrontar consigo mismo todas esas cosas que creía que sucedían y que consideraba tan geniales, tan nada. ¿Quién sos, Juan? No tengo idea. ¿Qué estás haciendo, Juan? ¿Hacer? ¿A qué le tenés miedo, Juan? No entiendo la pregunta. No te duermas, Juan, no abandones. Pensá, para eso estamos todos acá, el sofá, la manta, el cenicero, el sol y yo, para ayudarte. ¿Querés que te ayudemos, Juan? No sé. No tengo idea. No entiendo. Bueno, Juan, colaborá un poco. ¿Cómo? Pensá. No puedo. Sí podés. No. Sí. Quiero dormir. Ahora no, Juan, no pierdas el tiempo. Pensá. Abrí los ojos y decime quién sos. Entonces Juan abrió los ojos y trató de hablar, buscó respuestas por todos lados pero por más que se esforzó no pudo encontrar nada que lo satisficiera; la angustia que lo desvelaba y que lo mantenía recluido en su casa casi por completo seguía siendo enorme, y la búsqueda de significados le resultaba dolorosa e inútil. ¿Qué sos, Juan? Ante la falta de relaciones semánticas, Juan comenzó a explorar su propia sintaxis, las coincidencias y repeticiones, las constantes y las variables, la coherencia necesaria para comprenderse. Porque yo soy un sistema, se dijo Juan, un conjunto de elementos armónicamente relacionados en el cual la percepción de la totalidad es mucho más que la suma de las partes. Un sistema funciona cuando se percibe de manera total y no sesgada, cualquier desatino en la elección o relación entre sus elementos particulares destruyen el significado mayor, y ese es el momento en que se perciben las fallas de la construcción de sentido y significado. Pero así y todo, ¿cuál es mi función? No te duermas, Juan, estamos acá. Estás llegando. ¿Qué? Estás llegando. No. Sí. Aguantá. Pero el sueño se desprendió con furia desde algún lugar, disfrazando el castigo de placer, y todas las fuerzas se redujeron a ceniza, como la del cigarrillo que Juan seguía fumando, y los ojos cedieron, el cuello comenzó a doler, el sol a calentar más y más, y la voluntad desapareció. El consuelo de Juan pudo ser creer que al otro día podría repetir este acto, y pasado, y el martes, el miércoles, y luego todos los días, hasta convertirlo en costumbre. Hasta el punto de no pensar más en eso, como hacía con todas las cosas.

Lo despertaron las dos vueltas de llave y los tacos acercándose. Desde el sofá la vio pasar hacia la cocina con dos bolsas llenas de provisiones. Un día más que se fue entre la ducha matinal y la cena, un lapsus de tiempo indeterminado en el que suceden cosas que no somos capaces de imaginar que suceden, una abertura natural y perversa por donde asomar el hocico y morirse de miedo. Una ventana que no muestra ningún prado del otro lado, ni bosques, ni plantaciones de naranjos, ni animales silvestres, ni olas rompiendo contra pacíficos acantilados. Ella se puso a cocinar y desde la cocina le comentó en voz alta qué tal había sido su día en el estudio, la cantidad de formularios, lo rico que estuvo el almuerzo, lo mal cogida que es la secretaria de Suárez, y lo simpáticos que le caían los chinitos del supermercado. Él fue hasta el baño, se lavó la cara, se peinó y se cambió la remera; se quedó un momento mirándose la cara en el espejo y contestó que sí cuando ella le preguntó si la había extrañado. Compartieron un vaso de soda en la cocina mientras ella seguía cocinando. Falta un rato, dijo ella. Voy hasta el kiosko, dijo Juan. Desde la esquina le pareció escuchar cómo crujían los vegetales en el aceite hirviendo del wok.

 ***