* el mundo exagerado

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Tengo casi cuarenta años y no soy feliz. Nada me hace feliz. Nada debería hacernos felices. Oculto mis pensamientos y mis ideas desestabilizadoras como todo hombre probo; si alguien me pregunta, siempre respondo que estoy muy bien, evito cualquier tipo de conflicto que pueda surgir de interrogarse a sí mismo y sigo tolerando todo con cara de circunstancia. Palabra justa, cara sonriente. Un trueque poco honesto, un pacto tácito. En ese intercambio es en donde descubro la dimensión ficticia del mundo exagerado. No nos dimos cuenta, pero estamos bailando. Extras de una fiesta ordinaria y repleta de decisiones standard. Nos hacemos valientes, revolucionarios, nada nos detiene, le damos pelea brutal a la rutina, a la banalidad; arengamos a nuestro espíritu reaccionario y combatimos contra todo aquello que ponga en peligro nuestras supuestas ideologías. Al parecer, para ser felices nos basta con exagerar y sonreír. Para ser felices tenemos que creer que tomamos decisiones. Para ser felices, dicen algunos, basta con tener un deseo y luchar por él. Es fácil cuando el oponente está afuera, claro, pero en el otro partido, en el uno a uno, cuando te toca cenar solo y mirar la calle como un maniquí, te cuesta entender qué carajo estás haciendo, y te cuesta levantar el tenedor porque ya no tenés más fuerza.

El mundo exagerado de hoy es la más clara muestra de debilidad. Es un impulso canino. Se busca de forma desesperada e irracional el disfrute constante. Se necesita cada día un pico emotivo que justifique el día mismo. No estamos preparados, no podemos aceptar así nomás que nunca pase nada tan trascendente como eso que nos imaginábamos que iba a ser vivir. Por eso la impostación. Por eso todo es genial, por eso todo es grandioso. Por eso salvamos perritos, limpiamos veredas, dejamos de fumar, festejamos cumpleaños, abrazamos parientes, donamos un vuelto, regalamos un libro, comemos más sano, nos prometemos honestidad y tratamos de convencernos de que cada uno de esos actos nos definen y nos otorgan importancia, nos alejan de la nada cotidiana, nos suman argumentos para pensar que valió la pena. Pero es mentira. Y va a seguir siendo mentira. Es una guerra de trincheras, con soldaditos que revolean granadas por reflejo, nada más. Soldados que desembarcan sonrientes en una playa invernal, soldados que rezan a vírgenes que lloran. Un pelotón de entusiastas.

Y si hablamos de entusiasmo, miráme a mí. Un hombre cualquiera, indigno, común y corriente como todos. Transcurro mis días en una calma ociosa y degenerativa, decidido a abandonar por completo toda intención de lograr algo, lo que sea, sin interés en cualquier cosa que me exija un mínimo de reflexión introspectiva. Casi no pienso, casi no me muevo, casi ni salgo a la calle ni me miro en el espejo. Me despojé de la ambición. Ya no deseo, ya no pretendo, apenas hablo. Entiendo que para vivir tranquilo no necesito nada más que satisfacer mis necesidades básicas de comer, dormir y fumar. Abandoné mi higiene y mi sexualidad, una al azar y otra al instinto. Soy un hombre común, con un nombre común y una vida espartana. Mis días transcurren en una calma somnolienta, todos iguales, indistintos, enormes y agobiantes; todos lunes, todos sábados, todos jueves. Parece aburrido, parece estático, pero en esa quietud se puede descubrir que uno no sabe para qué vive. Es algo. Y como da miedo, la mayoría encontró una solución muy eficiente: ponerle nombres a los días, de este modo se sabe por anticipado con qué estado de ánimo hay que despertarse una vez por semana. Los sábados vas al club, los martes al psicólogo, los miércoles dan la novela y más o menos todos los días a la misma hora mirás el pronóstico, porque el pronóstico es religión. Y así todo es bello, así todo se convierte en el mejor momento de tu vida, en el disfrute como Dios manda, viviendo la vida hermosa que nos tocó. Un día tras otro, ordenaditos, prolijos y pulcros. El mundo exagerado es el futuro sin problemas (sacía el hambre apenas lo detecta, lo somete, te acomoda). El mundo exagerado cumple en tiempo y forma con las necesidades del usuario. Exagerá tu deseo porque eso es lo que se espera de vos: solamente desear. Asentí conforme. Dormí tranquilo.

Qué se yo, tengo casi cuarenta años, y aunque trato de enfrentar con la mayor tranquilidad posible el tiempo que me queda, cada noche de esos días sin nombre, los míos, cuando me meto entre las sábanas percudidas no pienso en el mar ni en la playa ni en ninguna virgen porque no necesito nada de eso. Pienso en que el placer siempre se acaba, y me duermo con la sensación cada vez más enorme de que la felicidad es como el hambre, pero al revés.

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– Texto original para el blog Que No te Falle El Verosímil. 
– Ilustración original de María Sanzol.

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* perros

Vivi era una bomba, y no era mía. Se retorcía y ondulaba casi desnuda sobre la lentitud hipnótica de Tom Waits en “Clap Hands”, era la yegua azabache de mis pesadillas cabalgando furiosa para matarme. Acariciaba el piso con los pies desnudos y movía el culo redondo con talento soberano; cada tanto se frotaba las tetas enormes y danzantes con ambas manos, me clavaba la mirada y dejaba escapar los pezones de chocolate que me apuntaban entre anillos de plata. Todavía tenía restos de coca en la nariz y yo andaba por el segundo Jack para volver. Yegua de mierda, pensé mil veces, exhalando el humo entredientes. No sabía que quería más, si besarla, abrazarla, morderla, o cagarla a trompadas. Cogimos.

La siesta post polvo fue un remanso en la locura. La figurita difícil e imposible de varios muchos reptaba junto a mí en la cama alborotada, pero el imbécil que yo era se perdía en oscuras cavilaciones sin disfrutar ese momento, sin merecerlo. El por qué nos abandonamos así, flotando en la nada babosa de la indiferencia; destructivos, egoístas; vacíos de recuerdos, de soledad, de sentimientos; sin freno en el engranaje de desear, amar, sufrir, matar; era para mí un misterio que no me interesaba resolver. Nadábamos en la tormenta, en remolinos, sin sentido; indefensos e inútiles en la caída. Aterrados y malolientes, sin dueños y sin opción.

Me levanté y atravesé el vaho de la habitación hasta llegar a la cocina, después fui hasta el baño, después hasta el living. No había nada que hacer. Volví. Vivi seguía desmayada entre las sábanas manchadas, impune. Me quería ir a la mierda, pero era mi casa. Me acerqué y la miré una vez más; boca abajo y con la melena desparramada sobre el maquillaje corrido, era aún más irresistible. Corrí la poca sábana que me separaba del deseo, con dos dedos gentiles aparté la tanga minúscula de la piel rosada, y con más amor que desenfreno me monté sobre ella. El cuerpo de la mujer que me hacía volar me recibió como siempre, sin dolor, sin reproches y sin preguntas, mientras febrero nos regalaba una tibia tarde de garúa y sol.