* ramsay

“Sólo tiene que haber letras. El ideal es apropiarme de mí, de mi pensamiento raso; y primero, para eso, pienso apropiarme de su traducción escrita. Primero batallar contra las letras, luego contra el sentido. Sentido.

Durante los momentáneos destellos de lucidez que lo asaltaban, cada vez más esporádicos desde que comenzó su deterioro, el profesor Ramsay ponía toda su energía disponible en el enorme problema que para él representaba dilucidar qué había llegado primero, si la adicción a la pornografía y la consecuente práctica compulsiva de la masturbación, o las insoportables migrañas que posteriormente derivaron en el padecimiento de un insomnio crónico y sufrido. Le costaba determinar, y atribuía la confusión a su desorden interno, si existía una relación directa entre las dos cosas, si la aparición de la primera – cualquiera de las dos fuese – trajo aparejado el origen de la segunda, o si bien se trató de la génesis espontánea y concordante de dos entidades autárquicas que sabiéndolo débil e indefenso decidieron, cada una por su lado, someterlo a una lenta pero sistemática descomposición del espíritu. Este pensamiento obsesivo, además de invadir y ocupar su cabeza durante la mayor parte del tiempo que permanecía despierto, comenzó también a traducirse y manifestarse en síntomas de diversa índole, llevándolo a consultar varios especialistas por temor a padecer algún tipo de cáncer – colon, páncreas, hígado tal vez -, o de estar gestando una profunda úlcera estomacal que lo condenaría de por vida a una dieta injusta, estricta y aburrida. Lo más difícil va a ser dejar de fumar, pensó luego de visitar a un estomatólogo de renombre que después de revisarlo y ordenarle estudios de rutina lo despachó sin preocupaciones, ya que en su experta opinión no había nada en el paciente que pudiera ser considerado de gravedad o que demandara especial atención. Durante los últimos meses la dependencia al tabaco había crecido exponencialmente en el profesor, entre dos y tres atados por día, y durante los ataques de insomnio u onanismo, o de los dos al mismo tiempo, el consumo alcanzaba dimensiones aberrantes. Lo que más disfrutaba al pitar un cigarrillo era ver cómo el papel ardía y se consumía lentamente; según él, en esa pequeña y fallida hoguera, el indómito dios de todos los vicios moría una y otra vez, tendiéndonos la mano, llamándonos por nuestros nombres, provocando la remisión de la realidad hasta transformarla en un punto minúsculo y grisáceo como una bola de plomo olvidada en el fondo de un cajón.  En otras oportunidades, el profesor, que no menospreciaba el equilibrio de la naturaleza y de la psique humana, mientras contemplaba desde su balcón las luces deprimentes de la ciudad anochecida, meditaba largamente sobre ese minuto inexorable en el que todos nos convertimos en santos de madera para los demás. De todos modos, ante la imposibilidad de controlar por qué camino se dirigirían sus pensamientos cada vez que cedía al impulso de encender un cigarrillo, se conformaba con encontrar de vez en cuando un momento de serenidad, lejos del delirio místico y del rigor científico, que le permitiera pensarse a sí mismo como un hombre común y corriente, como el Ramsay que era antes de convertirse en un pervertido insomne a punto de morir de cáncer o de úlcera.

En caso de emergencia, préndase fuego. O desangre a una bestia sobre el mantel. Conocí a una chica que tiene la cabeza rota, que dice cosas rotas, que usa palabras rotas. Rompe todo lo que encuentra y no le importa. A nadie debería importarle. Hay días en que me despierto pensando que esa chica sea tal vez la bestia que yo tengo que matar, pero después me da miedo. Me quedaría el fuego, es cierto, pero sería lo único, y en las emergencias lo mejor es tener varias alternativas.

Me voy por el desagüe, te vas por el desagüe. Nos vamos por el desagüe. Fluido. Fluidos. Deslizar. Correr. Aguantar. Arrepentirse. Desagüe.

El entorno del profesor no tardó en detectar las señales que evidenciaban el corrimiento de eje que estaba atravesando. Se tomó como precaución, después de una reunión casi clandestina de unos pocos de sus colegas (los más influyentes a la hora de tomar decisiones), establecer un monitoreo delicado pero constante sobre sus actividades. Geografía y Latín fueron las primeras encargadas, a título voluntario, de vigilar los comportamientos cada vez más extraños del profesor. Más que por un impulso solidario, ambas se vieron movilizadas por la extrema curiosidad: Geografía no podía comprender cómo el hombre que le había parecido tan atractivo e interesante (y con el que habría compartido algo más que una simple relación laboral, según dichos posteriores de Historia Clásica) se había convertido en tan poco tiempo en una silueta gastada y desprolija que vagaba por los pasillos entre clase y clase, y que una vez terminada la jornada se alejaba con paso lento y vacilante contemplando los tilos que adornaban el boulevard de la calle Bouchard. Por su parte, Latín nunca hizo públicos los motivos (e Historia Clásica evitó hacer comentarios al respecto) que la llevaron a ofrecerse a participar de ese monitoreo inicial. Luego del primer informe de Geografía y Latín, llegó otro, a cargo de Álgebra y Artes Plásticas, y un tercero, realizado por Francés y Literatura Moderna; ninguno de los tres fue favorable respecto de la condición y desempeño del profesor Ramsay, y aunque en el último se evidenciaba que la situación se agravaba, todos coincidían en tratar el tema con el mayor respeto y cuidado posible, dada la alta estima que todos, además de Geografía, le tenían.

Las plantas. Frondosidad. Me gusta esa palabra. La tuve dando vueltas toda la noche en mi cabeza. No dormí. BDSM. Las de Hong Kong son efectivas pero un poco repugnantes, no había visto hasta ahora cosas tan extrañas. En los foros, algunos usuarios (que ya tengo identificados de varios lugares, deben tener algún problema como el mío) aseguran que ese material es “softcore” y exigen a los administradores de la página que liberen el material de mejor calidad; aparentemente el mercado interno de Hong Kong trabaja con producciones de alto riesgo y que posiblemente rocen lo ilegal, para lo que el moderno occidente no está preparado, por eso las estrategias de marketing global se organizan alrededor de diferentes límites. De todos modos me resulta excitante, desconozco que reacción me produciría consumir algún producto del mercado interno. Frondosidad.

Poco tiempo después se organizó otra reunión, menos clandestina que la primera y de carácter mucho más formal, a la cual Ramsay también fue invitado. El Director llevó la voz cantante, apoyado en un par de oportunidades por los comentarios de Instrucción Musical y de Historia Clásica, que se pasó la mayor parte anotando cosas en una libreta de tapas rojas. En esta reunión se le comunicó al profesor, con suma amabilidad, que debido al comportamiento errático que estaba experimentando en los últimos meses, lo mejor para todos (para la institución, para el alumnado, y para él mismo) era que por un breve período aceptara tomar una licencia y se ocupara en despejar la mente, para poder luego retomar sus actividades repuesto y descansado. Incluso le sugirieron que podría ser beneficioso consultar a algún especialista que lo asesorara. Durante la charla, el profesor sintió todo el tiempo que la mirada de Geografía lo recorría y lo examinaba crudamente, con una intensidad tal que parecía atravesarle la piel en busca de algún signo que delatara sus impresiones y pensamientos, pero permaneció inmutable e impasible, observando a través del ventanal el patio interno del colegio, donde las alumnas del tercer año conversaban entre sí, acariciadas por el brillo anaranjado de las diez y media de la mañana.

¿Será una atracción formal que la palabra ejerce sobre mí? ¿Será que me conmueve la carga de misterio y profundidad que le adjudico? Sea por lo que fuere, adopto el concepto para describir la sensación que tengo sobre mi propio pensamiento. Pensamiento frondoso. Espeso. Crecido. Desarrollado. Una planta alta y gorda compuesta de muchos verdes diferentes, con hojas grandes y multiformes, algunas flexibles y otras muy rígidas y en punta; una planta sin flores por el momento, con muchas ramas, cortas, largas, nuevas, viejas, que se desprenden de un tallo firme pero lastimado. De tamaño considerable, a veces invasivo y sospechoso. Es muy difícil identificar la forma concreta, parecería transformarse según el momento del día. Esta planta es un sistema complejo en el que todas las relaciones establecidas entre sus partes son tan apretadas y consistentes que dan por resultado un follaje denso e inabordable. Pierdo claridad y gano en soberbia.

Horas de televisión, horas de diarios, revistas y comida encargada, horas de pornografía, horas descontroladas y desconocidas, horas desproporcionadas de dientes y dedos amarillentos, de aliento cloacal, de pies transpirados y de cervicales destruidas. De fotos y videos, de cajas y cajas de cigarrillos apiladas sobre el escritorio, de hojas de cuaderno desparramadas sobre el sofá. Horas de insomnio eterno recorría el profesor entre recuerdos que nunca terminaban de cobrar forma, con la cada vez más firme sensación de que las cosas en las que confiaba se iban alejando hasta quedar fuera de los límites de su comprensión. Ni siquiera recordaba si había sido antes o después de la licencia que M vació los placares y le explicó que su vida no estaba hecha para dejarla caer por un borde, por lo que había decidido desde su más sólido egoísmo abandonarlo y emprender un recorrido proustiano que le otorgaría el “retorno a la inocencia” que tanto necesitaba. Le hubiera gustado al profesor poder decirle a M que su planteo era, como mínimo, estúpido, y que más que tratarse de una búsqueda interior lo que traslucían las palabras que ella acababa de pronunciar era una clara muestra de su poca capacidad de reflexión y su obtusa visión del mundo, pero no pudo; la ayudó a cargar las cajas en el auto y se quedó parado en la vereda hasta que el ruido del motor del Peugeot se hizo uno más de todos los ruidos de motores que se alejaban por la Avenida Alcorta. Después entró y apagó la televisión.

Tocan el timbre, estoy corrigiendo exámenes en el escritorio, me levanto y voy hacia la puerta, sé que es martes pero mientras camino me pregunto en voz alta quién puede venir a molestar un viernes tan tarde, es de madrugada, o así parece, cuando abro la puerta me encuentro con un hombre oriental, no puedo identificar si se trata de un japonés, un chino, o un coreano, cosa muy curiosa porque poseo una gran habilidad para diferenciar a esta gente entre sí, los rasgos del oriental se transforman todo el tiempo conservando sólo la raíz más pura de la etnia, me mira fijo y dice “saludos”, inmediatamente aparezco en el medio de un parque lleno de tilos y ya no es de madrugada, o sí, no lo sé, en la mano sostengo una postal sin remitente ni dedicatoria, la doy vuelta y en letras mayúsculas sobre un paisaje de ruinas desconocidas dice: QUITO. ¿Será ecuatoriano?, me pregunto, pero ya no estoy en el parque cobijado por los tilos sino que estoy de regreso en mi living, en el sofá; a mi izquierda sentado un monje y a mi derecha un hombre con cabeza de jaguar, ninguno de los dos es el oriental, yo miro mi postal y ellos dos, al mismo tiempo, me enseñan una diferente cada uno, el monje junta las tres en la palma de su mano y lanza una llamarada por la boca que las incinera en el acto, el hombre con cabeza de jaguar ríe, el monje ríe, yo los miro a ambos desde la puerta de calle y pregunto: ¿QUITO?, el hombre con cabeza de jaguar sigue riendo y el monje me responde: DEFICIENTE.

La vigilia se convirtió en una gigantesca ecuación en la cual todas las variables – la enfermedad, la compulsión, el desinterés, la soledad – se ramificaban haciendo casi imposible la tarea de despejar la incógnita principal. Yo soy x, se decía el profesor frente al espejo cada vez que se afeitaba. Yo soy x, se decía el profesor en voz alta y le parecía escucharse como en una grabación, ajeno y lejano. Quizás lo que quede de nosotros en el final sólo sean esos registros espontáneos que fuimos dejando por todos lados sin darnos cuenta, como mensajes grabados en contestadores equivocados, mechones de pelo atorados en las cañerías, como manchas de grasa en un repasador viejo, como un reflejo borroso e irreconocible en el segundo plano de una foto familiar; tal vez lo único que quede sean aquellas porciones de nosotros mismos que fuimos abandonando sin cuidado por considerarlas absurdas e intrascendentes.

Vuelvo a estas notas después de un breve tiempo de dudosa reflexión y profunda frustración (que devino en una controlada pero notable depresión. Aunque pensándolo mejor, con mayor sinceridad y acudiendo forzadamente a una mirada objetiva, debo confesar que hasta el momento todo lo volcado en estos cuadernos ha sido escrito, con excepción tal vez de la primera página y alguna que otra anotación al margen, en un estado latente y constante de depresión y frustración, con lo cual se podría inferir que mi alejamiento o acercamiento a la escritura de estas páginas no obedece a ningún cambio rotundo del estado de ánimo, sino que ambas situaciones podrían representarse como los picos extremos de una línea quebradiza, subiendo y bajando, que se mueve siempre dentro del mismo rango de acción: la disconformidad. Por otro lado (¿o por el mismo?) me siento atrapado dentro de un círculo vicioso – no soy capaz de evitar el lugar común – muy bien identificado y que posiblemente pueda destruir, o al menos descomponer, en la medida en que logre identificar la frecuencia en la que oscilan esos picos extremos y encuentre la “línea promedio”, el sendero menos dañino, el grado cero de la explosión desde donde pueda observar claramente, hacia adelante y hacia atrás, los límites del círculo. CONFUSIÓN. Enfermos. Todos con lepra. Pieles por todos lados y en las cáscaras soy el  Dios que quema (el dios podrido, el de los sapos, las langostas y los curas pederastas). Soy x y tiendo a infinito.”

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* muñequita de coco

Siempre estuvo loco por ella, desde que la maestra de sexto los obligó a compartir pupitre. La miraba y se le venía el cielo abajo, no podía sacarla de su cabeza. Se levantaba siempre a tiempo y jamás se quedaba dormido, llegaba siempre diez minutos antes del timbre de ingreso, y era el primero en ingresar al aula. Se emprolijaba la camisa y el pelo, acomodaba la cartuchera y el cuaderno, se olía los sobacos por si el apuro por llegar lo hubiera traicionado con un poco de sudor, y se miraba las uñas en busca de alguna suciedad inadvertida. Después se quedaba esperándola sentado en silencio. Ella llegaba cinco minutos después, su papá la dejaba en la puerta del colegio y la miraba desde el auto mientras cruzaba las puertas de hierro revoleando la cola de caballo. Avanzaba por el patio mezclándose con los demás chicos, y a pesar de rozar el metro veinte, resaltaba del resto por ese algo que llevaba encima, ese aura especial que él, sin otra definición mejor que ofrecer, llamaba magia.

Bajo esa magia cayó hechizado sin resistencia al darse cuenta de que se sentía feliz; desconocía si eso era amor o qué, pero sabía plenamente que todos sus pensamientos comenzaban y terminaban en ella. Desayunaba el café con leche pensando en sus manos, manos pequeñitas que manejaban con destreza la lapicera, llenando los renglones con letras redondas y perfectas; miraba la televisión y en cada actriz que veía trataba de encontrar unas orejas tan perfectas como las de ella, a las que a veces, en clase, acercaba emocionado sus labios para soplarle alguna respuesta difícil. Al final del día, después de cenar y matar un poco el tiempo escuchando la radio, apoyaba la cabeza en la almohada y le bastaba con cerrar los ojos para que la imagen de su compañera de banco se encendiera en la oscuridad como un hada protectora que lo reconfortaba y le daba sentido a cada una de sus noches. Ese era el mejor momento de todos. De hecho, empezó a masturbarse pensando en ella, conoció los primeros placeres con la silueta grácil que flotaba en la negrura de su habitación. La imaginaba enfundada en el equipo de gimnasia reglamentario, tan estrecho y tan azul, que le marcaba las piernas firmes y sólo dejaba al descubierto los tobillos blancos y finos, y no podía contener la excitación ni el impulso primitivo de autosatisfacción. Tan preso estaba de ese deseo, que no le importaban las burlas que sus compañeros de curso hacían sobre su cara de bobo enamorado, ni los continuos llamados de atención que le hacían las maestras por su falta de atención, ni los reclamos de su madre cada vez que se encerraba en el baño por más de media hora.

Ella nunca se enteró de que era la fantasía que se derramaba cada noche en las manos de su devoto admirador. Ese año y el siguiente la inocencia fue su mayor virtud. No se imaginaba que lo tenía hipnotizado con el olor a coco que salía de su pelo sedoso, con sus pestañas largas y onduladas, con el ruidito que hacía al mascar los caramelos, chasqueando la lengua para despegarse el pegote de entre los dientes, y ni se le cruzaba por la cabeza la idea de que su propio nombre fuera utilizado como grito de guerra cada vez que su inofensivo compañerito de banco, amigo fiel y desinteresado, descargaba contra las sábanas chorros y chorros de una pasión inexplicablemente temprana.

Lo que a él más lo perturbaba era la imposibilidad que tenía para poder expresarle su adoración, todo ese sentimiento lo desbordaba y lo llenaba de angustia tener que lidiar con eso sin ayuda. Apenas hablaba con su familia, sus padres no le prestaban suficiente atención, sólo les importaba que no trajera mayores problemas a la casa, y su hermano menor era a su consideración un enano imbécil que no comprendía más que de soldaditos y figuritas autoadhesivas. Sus noches sumaron entonces una nueva actividad; después de las infaltables caricias, se abocó a meditar sobre las posibles maneras de vencer su incapacidad verbal. Por más que le daba vueltas al asunto, no podía ver con claridad y las posibles soluciones que ideaba se le embrollaban unas con otras, considerando pros y contras, evaluando planes de acción y dibujando en el aire complejos cuadros de relaciones. Pronto se dio cuenta de que era un inútil para encontrar el remedio a su problema, y que jamás podría establecer con ella un vínculo más profundo si no franqueaba la barrera invisible de lo no dicho. Pero lo que más lo asustó fue darse cuenta de que no estaba seguro de que era lo que realmente quería. A los once años tuvo que enfrentarse con su primer dilema filosófico; si bien estaba dispuesto a inmolarse con su confesión frente a quien sea con tal de terminar con la angustia del secreto, le parecía una estupidez enorme hacerlo sin una razón de peso, sin un objetivo concreto, que luego de conseguido, o no, le marcara la dirección de sus acciones. ¿Quería ser su novio? ¿Se casaría con ella? ¿Estaba dispuesto a aventurarse en una relación tan precoz? ¿Le alcanzaba con tomarla de la mano? ¿Qué pasaría si ella, una vez vomitada su confesión, lo rechazara, o peor aún, se burlara de él limpiando el piso con sus sentimientos? ¿Prefería seguir masturbándose a escondidas, mancillando su hermoso nombre, antes de correr el riesgo de hacer el ridículo frente a todos? ¿Este motor que lo ponía en marcha era amor sincero e inocente o simplemente deseo carnal, el temido pecado de lujuria?¿Debía confesarse, correr hasta la parroquia y arrodillarse en el confesionario oscuro delante de un hombre que tal vez nunca hubiera sentido algo como lo que él estaba sintiendo ahora? ¿Era posible morirse de amor? Por suerte estas preocupaciones no lo desvelaban demasiado, porque el sopor que lo adormecía luego de cada práctica onanista le daba, como mucho, diez minutos antes de quedarse profundamente dormido.

Los días que ella no iba al colegio eran como una navidad triste, pobre, descolorida. Solo, en la segunda fila de bancos, pasaba las horas mirando fijo al pizarrón y copiaba en el cuaderno cuentas y oraciones como un autómata, elucubrando por dentro qué le podía haber pasado. ¿Se había enfermado? ¿Había tenido un accidente? ¿Ya no quería sentarse a su lado? ¿Había descubierto su actitud pecaminosa y ahora lo odiaba y lo castigaba negándole el privilegio de su compañía? Pensaba y escribía, pensaba y borraba. Los días sin ella eran eternos, parecían no querer irse y darle paso al siguiente, en el que volverían a estar juntos. Eran arenas movedizas que se lo iban devorando lentamente, de los pies a la cabeza, hundiéndolo en la tristeza. Como un gorrión asustado recorría durante los recreos el patio enorme, más enorme e infinito sin ella, sin su cara minada de pecas, sin el placer de espiarla con disimulo amparado detrás de una columna, sin su cola de caballo tirante amarrada con la gomita blanca y sin el rebote de sus zapatos de punta redondeada contra las baldosas blancas y negras. Sin ella el pupitre era un cepo de tortura que lo mantenía atrapado en el vacío. Sin ella se sentía sepultado por la ausencia.

Los viernes eran el peor día de la semana, sabía que iba a pasar más de cuarenta y ocho horas sin verla y los sábados y los domingos le dolían como puñales; por más que su imaginación jamás se detenía necesitaba alimentarla constantemente para transformarla en realidad. Las vacaciones de invierno fueron un calvario, pero las llevó con dignidad. Dormía hasta bien entrada la mañana sin que nadie lo moleste, aunque a veces el enano imbécil se ponía cargoso y lo tenía que aleccionar con un par de golpes; a la tarde, antes de que llegaran sus padres de trabajar, se tiraba en la cama a pensar en ella. Suponía que estaría haciendo lo mismo que él, o casi, no hay mucho que hacer en las tardes heladas de julio; seguramente estaría tirada sobre la cama, hecha un ovillo como una gata remolona aprovechando la siesta, iluminada por pequeños rayitos de sol. Se ponía contento al saber que su imagen no había perdido nitidez, que podía reconstruir su cuerpo hermoso y pálido cuando quisiera y donde quisiera, pero se moría de amargura al verse inmóvil y atorado en una relación hasta el momento unilateral. Sufría también porque sabía que después de esas dos semanas de receso sólo quedarían unos pocos meses para el final. Y después quién sabe. La primera semana meditó muy seriamente los pasos a seguir, no podía seguir así toda su vida, tocándose cobardemente sin afrontar como un hombre el infierno que conlleva el amar a una mujer. La segunda semana la usó por completo para juntar coraje y elegir cuidadosamente cada palabra que le diría en el primer segundo del primer minuto del primer recreo del primer lunes del segundo cuatrimestre.

Y llegaron las clases. Toda su hombría estaba en juego como nunca antes; las peleas en la esquina, las figuritas robadas, el autito más rápido, las pulseadas ganadas, las malas notas en el boletín, el eructo más sonoro, el pito más largo, las manos más fuertes, todos esos desafíos que van formando el carácter dentro del ámbito escolar le parecían ahora juego de niños, niños de los que él se estaba alejando a la fuerza, llevado en andas por el deseo. Ahora era un hombre. Un hombre enamorado. El sábado a la tarde se había cortado el pelo y lustrado los zapatos; el domingo a la mañana fue a misa de diez y por las dudas cuando salió rezo tres padrenuestros extra. Después de almorzar alistó todos los útiles y le sacó punta a los lápices, el resto de la tarde se le fue buscando cosas que hacer para no ponerse nervioso. A la noche cenó poco y se fue a dormir temprano para llegar a tiempo y bien descansado al comienzo del día más importante de su vida.

La mañana del lunes un cielo rosado lo acompañó las cuatro cuadras que separaban su casa del colegio, a medida que se iba acercando a las puertas de hierro, el pecho se le hacía cada vez más chico y la cara se le ponía cada vez más roja. Llegó, entró al aula y repitió el mismo ritual de siempre, cartuchera, cuaderno, pelo, camisa, sobacos, etc. Cinco minutos después, puntual como de costumbre, ella apareció bajo el marco de la puerta. La vio y los ojos le brillaron. La recibió con una sonrisa que no le entraba en la cara y le mostró todos los dientes como cordial bienvenida. Ella se acercó, lo miró, lo saludo alegremente, se sentó y se aflojó un poco la gomita del pelo. El olor a coco llenó el salón y le perforó los sentidos. Casi se desmaya de la alegría, pero tuvo tiempo para sentarse y disimular. Las dos horas de Ciencias Naturales pasaron tranquilas y sin molestar, estaba bien decidido a no apresurarse, si las cosas no se hacen a su debido tiempo suelen salir mal, eso lo sabía muy bien. Terminó de dibujar e identificar los órganos del aparato digestivo justo cuando sonó el timbre del recreo. El curso entero se atropelló contra la puerta angosta para huir rápido y no perder un segundo de libertad. Él esperó, salió último y encaró para las rejas que daban al jardincito del fondo, donde se juntaban las nenas más grandes, de sexto y séptimo, a cuchichear quién sabe qué mientras jugaban al elástico. Atravesó la muchedumbre mirando hacia delante fijamente, a los costados todo se desvanecía y las siluetas que corrían, saltaban y gritaban a su alrededor eran meros maniquíes, simples circunstancias que nada entendían de este amor. Era un héroe, un devoto en la procesión más larga de todas, un maratonista sufriendo en cada músculo los últimos metros. Llegó hasta el grupito de nenas y se plantó frente a ellas sin miedo, tranquilo, con la mirada serena y expresiva. Todas lo miraron y se codearon entre ellas riendo por lo bajo. Ella guardó un caramelo en el bolsillo del guardapolvo, lo miró y se acercó dando dos pasos. Él avanzó dos más, tragó saliva, y con la ternura de quien acaricia un cachorro, le preguntó si le gustaría, un día de estos, ir a tomar la leche a su casa. Ella sonrió.

* pajaritos

El que nunca se la midió entre compañeros en el baño del colegio, es porque siempre supo que la tenía más corta que los demás. Se podía excusar en que esas eran cosas de putos, en la poca gracia de andar mirando pistolas ajenas, podía también invocar cuestiones higiénicas o ampararse en el peligro de la sanción que les caería en el caso de ser pescados in fraganti; pero ninguna de estas excusas se tomaba por válida y todas eran vistas como cobardía, estupidez o falta de compañerismo, llegando incluso a la temida y aberrante acusación de homosexualidad reprimida. Lo interesante de la situación, o lo perverso si se quiere, es que esta última acusación que ponía en duda la sexualidad del no participante, era preferida por él mismo antes que dejar al descubierto la desventaja con la que corría. Para ponerlo en blanco y negro: era mejor pasar por maricón que por pito corto. De esta manera la pelea era solamente contra un rumor malicioso e infundado; de la otra se planteaba la lucha desigual contra la amarga realidad. La crueldad es una carabina aceitada e implacable, y la adolescencia es el campo de entrenamiento para futuros francotiradores. Con esta pueril competencia, en principio inocente, se desata el más puro instinto animal, el espíritu de manada. Se trata de encontrar e identificar al macho alfa que regirá, hasta la llegada de un nuevo líder, el destino de los secuaces, a los cuales el pinet no les alcanza todavía para cantar victoria. El único mérito necesario para recibir la chapa de líder, de gran poronga, es básicamente tenerla más grande que los demás. Así de simple puede uno llegar y erigirse en la punta de la pirámide social, y en orden contrario, el menos beneficiado por la naturaleza se ubicará en la base de la misma como una lacra despreciable. Es por eso que a sabiendas de la propia limitación, se evita la confrontación.

Olvidemos a los siempre ganadores, aquellos que ostentan centímetros o grosor, o aquellos que logran mención honorífica por la robustez o el color o la elegancia; dejemos de lado a los inconstantes, los que en buenas rachas pelean la punta de la tabla pero que en un mal día arañan el descenso. Todos ellos se animan a jugar, y entregados al azar, tienen por sabido que la suerte favorece a los audaces. Detengámonos en los ajenos, los sospechosos, los acusados de traición que nunca se animaron a medirse el pajarito con la escuadra, los que saben que para ellos ya nada es cuestión de suerte, sino de un destino marcado de esfuerzo y resignación. Por más que después todo quede en el recuerdo como divertidas ocurrencias colegiales, tendrán durante toda su vida una sombra flotando sobre sus cabezas. La sombra de la vergüenza. El miedo al vestuario, el miedo a la primera vez. El miedo a todas las veces. La madre naturaleza es sabia, nos enseña primero lo realmente importante. Por esta razón el estigma longitudinal se descubre muy temprano, antes que cualquier otra verdad; se puede desconfiar de la existencia de Dios, pero es imposible ignorar que la tenemos chiquita.