* savanah y los albatros

Las plumas, me dice. ¿Las plumas?, pregunto. Sí, las plumas. Las plumas son todo. Lo miro. Camuflaje, ventas, marketing. Así son los pájaros, mentirosos, falsarios, estafadores. Porque todo lo que importa está bien adentro. Lo miro. Seguimos caminando. Trato de pensar en las alas pero no puedo, no lo entiendo. Doblamos por Esmeralda y nos metemos en un cine porno. Continuado homenaje a Savanah. Savanah se terminó pegando un escopetazo en la cara antes de cumplir los veintidós años. Yo siempre preferí a Brittany, rubia también, pero más madura, más tetona y, sobre todo, más puta. Pensá en los albatros, me dice. Hago el esfuerzo pero no tengo la menor idea de cómo es un albatros. ¿Qué mierda es un albatros? Imagino algo parecido a un pelícano, pero dudo, porque si fuera así me hubiera dicho directamente pensá en un pelícano, no me hubiera dicho pensá en un albatros. Lo miro. Empieza la película. Savanah se voló la cabeza con una escopeta, le digo. No me extraña, me contesta, se nota que no tenía ningún propósito en la vida. Buen culo, sí. ¿Y eso que tiene que ver?, pregunto. Todo. Savanah chupa pija, las alas de los pájaros están constituidas principalmente por cartílagos, en el interior, que se unen entre sí, Savanah come verga por la concha, se entrelazan armónicamente y después, conformada la totalidad, Savanah garcha en cuatro patas, conforman el ala en sí, pero nosotros nunca vemos los cartílagos, sólo vemos el ala, Savanah coge por el culo, ¿entendés?, no, Savanah cabalga enorme chota, los cartílagos por separado no sirven para nada, para nada, pero si faltara sólo uno, apenas uno en ausencia, Savanah traga leche, la estructura compositiva del ala sería defectuosa, y ese pájaro del orto sería incapaz de volar, Savanah frota penes con las tetas, y así estamos, condenados, no vemos nada, nada, y nos creemos libres, Savanah se mete dos dedos, pero por más que ahora estemos tan contentos de que se nos pare la pija (como si además tuviéramos tremenda pija) mirando a esta puta de mierda, Savanah nos mira fijo, el vuelo siempre es corto y controlado, y todos, escúchame bien, pibe, todos terminamos pidiendo pista para aterrizar sin problemas, luces más, luces menos, Savanah grita. Lo miro. Trato de pensar en un albatros y no lo logro. Tres butacas más adelante vemos volar por el aire el chorro de semen que un gordo de sobretodo hace saltar a pura paja. ¿Sabrá el gordo que Savanah está muerta y por eso se excita tanto? ¿O preso de su ignorancia le da lo mismo ver coger a cualquier rubia para sacarse la leche de encima? ¿El karma de las pornstars es que se las sigan cogiendo después de muertas? ¿El karma de las de ojos claros es que las obligues a mirarte mientras te la chupan? ¿Qué debe esperarse de una mujer que se hace las uñas francesas? ¿Qué mierda es eso? Arranca la segunda película y en el cine somos cuatro. Tengo hambre pero también tengo miedo. No entiendo nada sobre alas ni libertad. Supongo que la clave es dejarse caer y averiguar qué pasa después. Pensá en las ciudades medievales, me dice. Lo miro. La clave es ir a menos, ir a la desesperación del instante único, le digo. Me mira. Sí. Seamos otra cosa, seamos más o seamos menos. Savanah sonríe. Vayamos a menos. A lo básico. Vayamos a la pornografía del primer impacto. Volvamos a los dedos tibios que acarician labios y orificios, que estimulan y penetran. Es imposible concebir una ciudad pensando en los detalles, me dice, la clave está en la estructura. Cartílagos. Entiendo el propósito, le digo. Savanah se arrodilla. El propósito es sexual. Me mira. El sexo comienza con una idea, pura intensidad, impulso y deseo, y después el sexo ya no importa. El propósito del ser humano es dejarse poseer por una idea. Una marea verde y voraz, espesa y pegajosa, incongruente, destructiva, inevitable y efímera. Savanah llora. Las torres y los corredores de las ciudades medievales tenían la función de protección y evacuación. Es imposible que fueran agregados al diseño inicial, ¿entendés?, no, no entiendo, pero sigo pensando en pájaros tullidos y en señores feudales. Le pregunto si conoce alguna estructura que pueda soportar el sismo del deseo. Me mira. Savanah duerme cubierta de esperma. Nuestra percepción, me dice, está tan atrofiada que ni siquiera podemos sospechar que nuestros ideales puedan ser falsos o erróneos, estamos seguros de que no lo son, porque ellos mismos representan nuestro sentido mismo de realidad; no hay cosa que nos haga ser más auténticos que el hambre por concretar un deseo. Energía, combustible. Somos bestias que nos buscamos por el olor, nada más que eso. ¿Qué es un albatros?, le pregunto. Un albatros es un buceador, pero también puede ser una cárcel, me responde. Nos vamos antes de que termine la película. Vuelvo a casa. Mamá duerme. Me acuerdo del gordo y pienso que no es ético cogerse a una muerta, pero tampoco es algo que pueda juzgarse apresuradamente. Salgo al balcón y mientras me acaricio la verga pensando en Brittany (¿estará viva?) siento la firme sensación de que la belleza es una víscera prendida fuego, una olla hirviendo que explota y chorrea, siento que la belleza es hacerse daño a sí mismo. Y es horrible.

 

 

* los eslabones

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Séptima entrega de la saga del Gringo y la Lucecita, obra en colaboración con el Sr. Blopas, que también pueden encontrar en su blog “Proyecto Anecdotario”. 

La 1ra parte la encuentran acá:  dos guitarras y un cajón peruano.

La 2da parte la encuentran acá:  tinta fiera.

La 3ra parte la encuentran acá:  la última estación.

La 4ta parte la encuentran acá: los piojosos.

La 5ta parte la encuentran acá: la culpa no es del toro.

La 6ta parte la encuentran acá: bajo el agua.

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Tras la tormenta, la vergüenza del lodazal. Más allá de la ventana, las ruedas metálicas de un carro cortaban la argamasa babosa de arcilla y diluvio. El pueblo seguía abrojado a la siesta como quien estira un vino dulce en la sobremesa del domingo. Sin embargo, en la comisaría no podían tomarse tales licencias; entre los muros desconchados de los despachos, los oficiales redoblaban sus esfuerzos. A puertas cerradas, el comisario Becerra buscaba irritar a su joven ayudante sacándole punta a un silencio por demás prolongado. De repente, la oficial Castellanos irrumpió en el despacho con dos cafés bien cargados, los dejó sobre el escritorio y se retiró con un sugerente movimiento de caderas. Carlini se tragó el suyo sin respirar. En ese momento, Becerra, sonriendo para sus adentros, comenzó con el relato.

–          La noche siguiente al asesinato de Lorenzo, después del interrogatorio, me quedaron algunas dudas revoloteando, y si algo aprendí en todos estos años es que hay que atender a las corazonadas. Por eso decidí seguirlo al Gringo. Primero hasta su casa, y después hasta la estación. Llegué a los andenes por el fondo del pajonal, desde el otro lado del terraplén. La Lucecita le salió al encuentro enseguida. Había mucha luna pero no me vieron, así de entretenidos como estaban, charlando, charlando. No pude escuchar nada de lo que se decían, pero al final, después de besarse…-

–          ¡Epa!- Carlini, sorprendido, dio un respingo en su silla.

–          ¡Ja!, sabía que eso le iba a gustar. Se besaron, sí, pero muy cortito. Luego, como si los corriera el Diablo, cada cual agarró para su lado. –

–          ¿Eso es todo? – preguntó Carlini, a sabiendas de que Becerra siempre tenía el cuarto as en la manga.

–          Espérese, Topito, ahí vamos… La calle era un desierto. De lejos la vi a la Lucecita entrar a su casa, me acerqué un poco y me quedé escondido entre los árboles de enfrente. A los diez minutos las luces se apagaron y ella salió a los piques, con otra ropa, emperifollada. Desapareció tras doblar en la esquina.-

–          Y usted fue tras ella…-

–          Error. Tenía dos razones para quedarme un rato más en mi escondite. Primero, la Lucecita no es el pez que queremos atrapar. Estaba claro que esa noche ya no volvería, demasiado arreglada como para ir a hacer un mandado, no sé si me entiende…Ya nos enteraremos por dónde anduvo; eso, por ahora, no debería importarnos. Segundo, estaba seguro de que alguien aparecería por ahí, alguien que…- Becerra hizo una pausa maligna. –  A que no adivina quién apareció…-

–          No es cuestión de adivinar, Comisario, era el Gringo, que volvía para exigirle a la chica la parte más jugosa de la deuda – En el rostro del ayudante se dibujó una sonrisa de satisfacción.

–          Bien y mal, Carlini. Tiene razón que era el Gringo y que se había quedado más caliente que una pipa, pero el hombre no regresó por eso. No se trata de una deuda de amor. Acuérdese que hasta donde sospechamos, y si no ayúdese con su libretita, el capataz le habría achurado sin reparos el macho a la hija en medio de un baile. Una deshonra, imagínese, para una moza tan joven. Ella nada le debía al Gringo, ni le debe… todavía.-

Los ojos de Carlini brillaban en admiración. Tenía mucho que aprender de Becerra aún, por eso  enarcó sus cejas en señal de querer seguir escuchando sus razonamientos.

–          Como usted ya sabe, mi olfato raramente falla. Es la Lucecita quien le ha pedido favores al Gringo a cambio de su virtud, algo cuestionada últimamente, por cierto; y me juego entero que él, que parece sólo tener luces para las seis cuerdas, regresó para estar seguro de lo que ella le acababa de pedir. Sin embargo, al ver que en la casa no había nadie, regresó por el mismo camino del terraplén, porque como le dije… Usted es demasiado joven todavía, Carlini, pero vaya sabiendo que los hombres somos bastante perejiles para esos asuntos, enseguida se nos nubla el entendimiento, y es sorprendente la facilidad con la que nuestra voluntad se resquebraja y queda presa del dominio femenino. El Gringo entró como un caballo. –

–          ¿Usted se refiere a que ella quiere…? – Una idea retorcida empezaba a tomar forma en el cerebro de Carlini.

En ese momento la oficial Castellanos volvió a entrar al despacho. Becerra y Carlini callaron de inmediato. A Becerra le resultó gracioso ver cómo Carlini evitaba mirar a la oficial y mantenía la cabeza gacha como contando las hendiduras marcadas en el parquet. “Otro que mordió el polvo”, pensó el Comisario. La oficial retiró los pocillos de café y se dirigió hacia la puerta dándoles la espalda a los dos hombres. Sólo entonces, Carlini alzó la vista y miró embobado su andar firme y preciso. Becerra sacudió la cabeza con un gesto de resignación.

–          Présteme atención, Topo. – dijo Becerra cuando la mujer dejó el despacho. – Si algo he aprendido en todos estos años es que el peor flagelo de la pampa es la soledad, la angustia del desamparo. Y uno aprende a llevarla a cuestas con dignidad hasta que se termina acostumbrando, e incluso pasándola más o menos bien. Pero sucede que para matizar esa angustia nos es imprescindible sentirnos libres. Lo único que en el fondo nos importa, a mí, a usted, al farmacéutico, a Castellanos, a cualquier cristiano, es la libertad. El corral es para los animales, Carlini, pero si nosotros nos sentimos prisioneros se nos estruja el alma. Lo que la Lucecita está buscando es el mazazo que haga saltar los eslabones de la cadena que se le está cerrando alrededor. –

El tono sombrío de las últimas palabras del comisario dejó a Carlini ensimismado y un poco entristecido. Se llevó la mano a la cara y se refregó los ojos como queriendo correr el velo de su desconcierto. Becerra lo miraba con atención. Si bien Carlini era dueño de una lógica brillante, todavía necesitaba despabilarse un poco en cuanto a los complicados vericuetos del alma humana. Becerra así lo entendía, y por eso cada palabra que le dirigía apuntaba a convertir a su buen ayudante en un excelente sucesor. Mientras tanto, Carlini hojeó su libreta y garabateó unas anotaciones en el margen.

–          Creo que lo mejor sería que vayamos a… – comenzó a decir.

–          Tiene razón. Vayamos. – lo interrumpió el comisario.

–          Usted no me necesita, comisario, evidentemente no estoy un paso detrás suyo, estoy a más de una hectárea… –

–          ¡Cállese la boca! Que si hay alguien importante para esta investigación es usted. Andemos, pues… –

El guiñó de Becerra fue una palmada en el hombro para Carlini. Ya era hora de una nueva ronda de mate, una humedad densa se fue levantando desde el suelo inclemente de la pampa, el cielo enorme empezó a virar los matices melancólicos del atardecer por otros más oscuros y taimados. El final del día estaba cerca. Los dos policías se incorporaron y salieron al barrial con un rumbo preciso que solamente ellos conocían.

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* por los cadáveres (*)

Por los cadáveres de todos aquellos sobre los que nos estamos meando en este momento. Por ellos. O por todos los que no aceptamos que recordamos. Festejamos, celebramos, reímos y compartimos. Lo que sea. Los que seamos. Porque pensamos que nos redimimos; porque pensamos que los continuamos, y en ese imperfecto acto nos regalamos a nosotros mismos la trascendencia. Y nos equivocamos, porque por más demonios que creamos ser, seguimos siendo marionetas. Y eso es un problema. Una emergencia. En caso de emergencia desangre una bestia sobre el mantel, así me dijeron una vez. Y parece ser que festejar está bien, que festejar es normal. Normalidad, el tema es la normalidad. Somos las fieras que morirán. Ojalá nos encuentre el final mirando descuidados por una ventana. En ese final sabremos que todo fue mentira y que los excesos y los esfuerzos y la constancia y la dedicación y el talento y la memoria y la percepción y el amor y el dolor y el regocijo y la permanencia y la rebelión y la compasión y la razón y el remordimiento fueron ilusiones que se nos acabaron demasiado tarde. Por todo eso. Por lo inconexo. Por lo inefable. Por lo espontáneo. Por lo salvaje. Por lo que estamos reunidos ahora, en ronda, en ritual, en confabulación. Y todo saldrá bien y nada saldrá mal; porque nos queremos creer que todo funciona de esta manera. Porque siempre quisimos ser Bukowski, y porque  lo único que conseguimos fue mearnos en los pantalones a la salida de un bar. Recuerdo la bestia y recuerdo el mantel. Y quiero festejar y quiero desvanecerme, quiero volver a ser una cosa parecida a lo que me hubiera gustado ser. Es domingo y hay que morir, pero todavía nadie levantó la voz y todo sigue tranquilo en la costa. La costa negra que no querés visitar. La costa negra que te da miedo. La costa negra que avanza temblando durante la noche ganándole centímetros y milímetros a tu propio negro. Parece entonces que todo se acaba en el negro, en la oscuridad. Parece. Pero tal vez no, tal vez el festejo sea real y todo tenga sentido finalmente. Porque un jabalí corre fiero por las playas de la Costa Negra sin importarle demasiado los embates de las olas.

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(*) Texto redactado y publicado sin edición ni corrección bajo los efectos de los gratos estímulos recibidos durante la reunión cumbre y festejos organizados por Gonzalo Viñao, el pasado fin de semana en la ciudad costera de Mar del Plata. Fue un encuentro más que fraternal entre gente que trata de hacer lo que le gusta (en este caso se trata de escribir) y compartirlo. Los demás resultados de esta experiencia (fotos, comentarios, dibujos, música en vivo, etc) los pueden encontrar en el blog del anfitrión: Costa Negra.
Pasen y vean, sres y sras!

* noviembre

En Buenos Aires, los primeros calores llegan comenzado noviembre. Los días se hacen más largos y la ciudad comienza a transpirar desde muy temprano. Nos levantamos antes que de costumbre y tomamos el desayuno al lado de la ventana, mirando el horizonte marrón del río y sintiendo la humedad que se nos pega en el cuerpo y la cara.

En noviembre Buenos Aires está en pausa, flotando como adormecida en una tranquilidad que no se encuentra en otro momento del año. Hay menos bocinazos, los pájaros cantan a toda hora y las ramas crecidas de los árboles se van metiendo cada vez más por las ventanas; noviembre es el mes en que las medias se olvidan en los cajones, en que cualquier momento es bueno para una cerveza bien helada, y en que las veredas se llenan de vecinos que parlotean buscando el fresco de la noche. El perfume de los tilos que ventilan la ciudad se mezcla con el aroma de las hermosas mujeres que estrenan su uniforme estival de apretadas musculosas, sandalias bien cómodas, inquietantes pantalones blancos, y amplias polleras de colores estridentes. En cada esquina, cada colectivo, cada bar, cada oficina, la gente sonríe y se saluda amablemente sabiendo que sin darse cuenta pronto se habrá ido un año más.

Fue en noviembre, hace dos años, cuando desaparecí. Tenía treinta años y ninguna gana de permanecer aquí desperdiciando mi vida hundido en una ciudad absurda a la que en ese momento yo detestaba con toda mi alma. En noviembre me escapé, me fugué de todo y de todos; como por arte de magia me esfumé en un segundo frente a los ojos de quien quisiera ver mi gran acto. Sabía que mi ausencia no sería tomada con naturalidad y mucha gente trataría de encontrarme, y busqué el lugar al que nadie se animaría a seguirme.

El sitio más desagradable, apestoso, hediondo, putrefacto, hostil, ruin, viscoso, marginal y peligroso que encontré, fue justamente en el profundo interior de mí mismo. Esa cueva oscura y subterránea por la que nadie hubo transitado jamás, se abrió ante mí reconociéndome como amo y señor. Me sumergí en las espesas aguas sin mapas ni brújulas, lanzado a la aventura de todas las aventuras: el conocimiento. Se necesita coraje y valentía, no es posible encarar de otra manera semejante tarea; no se permite temer ni vacilar, porque el miedo no te permitiría trasponer ni siquiera la primera barrera, y regresarías corriendo lloroso al mismo lugar de siempre, lleno de dudas y avergonzado por tu enorme cobardía. Supe inmediatamente que era el lugar perfecto para mi indefinida estadía.

Me gusta noviembre porque la gente encara sus proyectos para el año entrante, organiza las visitas para las fiestas de fin de año y traza ambiciosas rutas de viaje para las inminentes vacaciones. Comienzan a verse muchas bicicletas por toda la ciudad y hay niños felices por todas partes. La costanera estalla de gente haciendo ejercicio y disfrutando de la vida sana al aire libre. Me gusta porque me visten con ropa más cómoda y fresca y me llevan a pasear a los bosques con mi silla de ruedas y mi respirador. Eso lo más lejos que mi familia se animó a llegar con su búsqueda. No tengo ningún reproche, no les presto atención, solamente les dirijo una mirada perdida y una sonrisa babeante. Es lindo noviembre.

* el plan maestro

Así como me ven, soy un genio. Soy extremadamente bueno en todo lo que me propongo. Disculpen la soberbia, pero no es fácil ser brillante y vivir con ello, se torna tedioso e insoportable la mayor parte del tiempo. No tiene gracia. Me aburro. No hay desafío, no hay emoción, los resultados son predecibles, cualquier competencia es desleal. No es que el resto de ustedes sea corto de entendederas, o faltado, o con alguna falla de fábrica, ni que no se esfuerce en pensar, ni que no se le caiga una idea. No. No es que la gente haya desperdiciado sus años en la educación tradicional, tampoco es que sea floja y prefiera que alguien haga y deshaga sin preguntarle nada, ni siquiera es que pierda su tiempo mirando TV o inmersa en construcciones sociales e intelectuales arcaicas. No radica allí la diferencia. Simplemente el resto de la gente no es como yo. Es mi problema y me hago cargo. Soy un prodigio.

Advertí esta condición desde muy pequeño, obviamente, y en esos primeros momentos me fascinó la idea de superioridad, como a todos los niños. El descontento llegó poco después, al darme cuenta de que no había variables de riesgo, no había probabilidad ni estadística alguna que me jugara en contra, era infalible. Con esto me refiero a que no conocía el fracaso, comprendía perfectamente el concepto pero no podía experimentarlo naturalmente. Supe que tendría que hacer algo al respecto, pero hasta entonces me disfracé de niño normal y corriente, y continué como si nada ocurriese conmigo, para evitar las miradas y comentarios de la gente simple que todo teme y cuestiona. Confieso que no la pasé del todo bien esos años. Las cosas hubieran sido mejor y más llevaderas si nuestra sociedad se permitiera desarrollar y ejercer el sentido crítico, el cual es fundamental para la idea de progreso, en todo sentido. Nótese que para el común de las personas la visión de las minorías es siempre errónea, incomprensible, peligrosa, beligerante, subversiva. Y no se trata de prejuicios, intereses, filosofías, creencias, ignorancia o simpatías. Se trata de miedo. Miedo a cambiar, miedo a interrogar, miedo a elegir, miedo a sacudirse del lomo cuestiones arraigadas como parásitos.

Hasta entrada mi adolescencia hice lo que pude, o sea, hice más de lo que se esperaba de mí, y lo hice mejor. Pero en mi interior yo sabía que algo no estaba bien. Todos me parecían unos idiotas, mis pocos amigos se alejaban vencidos por mi arrogancia, la autoridad paterna se deshacía en ingenuidades y lugares comunes, mis actividades se convertían en enormes frustraciones al no requerirme ningún esfuerzo. No me era posible conocer ninguna mujer a la que no considerase estúpida y superficial, lo cual era terrible para ellas. Porque además de todo, la sinceridad ocupaba uno de los peldaños más altos de mi escala de valores, así que les soltaba mi opinión sin tapujos y las abandonaba sin piedad bajo ese argumento irrebatible. ¿O acaso creen que es posible amar a un estúpido? No, no es posible. La caridad no es amor, ténganlo en cuenta, es un consejo valioso.

No era justo, ni para mí ni para nadie. Porque si para mí era incómodo, imagino lo que sería para ustedes el compararse conmigo y descubrir las enormes diferencias. Nadie necesita semejante baldazo de realidad. Entonces decidí elaborar un plan, el gran plan maestro que cambiaría el rumbo de las cosas, o al menos las torcería y me dejaría experimentar alguna nueva sensación. Equilibraría la balanza. Como en todo gran plan, la efectividad del mismo se basaba en su simpleza. Me desafié a mí mismo a lograr lo único que nunca había podido hacer, perder. Finalmente había encontrado la motivación que me hacía falta para soportar mis días de tribulaciones y hastío. Todo mi empeño fue en esa dirección, quería conocer esa sensación de pérdida que me era ajena, de tragedia, quería saber de qué se trataba todo aquello de angustia y ansiedad, de la ilusión y la fe, el dolor de salir segundo, la vergüenza de reprobar un examen, la ignominia del amor no correspondido, el ser abandonado en un altar.

Yo los envidiaba. Si, aunque parezca absurdo, yo los envidiaba. Me maravillaba la manera que tenían de flotar en la rutina, sin cuestionar, aceptando que la vida pasa sin más. Me moría de envidia al verlos tan tranquilos, sin ansias ni anhelos, ocupándose de la superficie del asunto; siempre me pareció conmovedor el modo en que se esconde el problema para evitar un peligroso sismo de la fe, la grieta en el modelo que lo ponga en crisis y nos obligue a decidir. ¿Sería la mediocridad el instrumento de preservación que nos protegía del colapso? ¿Podía ser tan desagradable y artero el instinto de una especie?

Durante años me aboqué a ejecutar al detalle mi proyecto de búsqueda e investigación. Fracasé y fracasé una y otra vez. Me convertí en el más fiel de los perdedores, en ejemplo absoluto de los inútiles, en sinónimo de la derrota. Mi plan resultó perfecto, infalible, indestructible, inmejorable. ¿Se dan cuenta de la crueldad del resultado? Pensé en matarme cuando descubrí la paradoja, el horror del problema sin salida del fracaso logrado. Estaba en un nivel demasiado básico de interpretación, en un punto de no retorno. No había logrado nada, estaba de vuelta en fojas cero. Vacío, sin fichas, otra vez en la meseta, al rayo del sol que me partía la cara mientras me decía “sos un imbécil como todos”. Tuve que optar rápidamente, para no enloquecer, entre mantenerme firme e inventarme otro pasatiempo que me incentive, potencie y me de respuestas, o seguir jugando sin riesgo cómodamente sobre este tablero lleno de peones que defienden el cadáver podrido de un rey al que nunca le vieron la cara. Fue muy fácil elegir.

Me fundí en la piel de un oficinista en su tercer matrimonio, tres hijos, de vez en cuando algún ascenso irrisorio en el banco, mismo salario. Cena a las nueve y cama a las diez y media. Poco sexo. Tres diarios por la mañana y el noticiero de las siete religiosamente. Los sábados tenis, los domingos a misa. Un traje azul, uno gris, uno marrón, y el smoking por las dudas. Viva el fútbol y este gobierno apesta. Cincuenta mil al año, no está mal. Casita de fin de semana en las afueras, vacaciones en Brasil. Todo en orden. Sigo siendo un genio, pero me rendí.

* estas pocas líneas

Querida Marta,

Después de tantos años me decido a escribirte en un arrebato de melancolía. No quiero incomodarte, no ignoro que nuestros caminos se fueron abriendo y tomamos sendas diferentes. Quizás te tome por sorpresa, te pido disculpas de antemano, aunque sé que es tarde. Escribo estas líneas desprolijas no con el anhelo de que las leas, mas sí como respuesta a la necesidad egoísta de compartir mis sentimientos. Ya me conocés, siempre fui igual, frontal y sin resquemores a expresar lo que pienso y siento. A esta altura de las cosas no tiene sentido camuflarse con vestidos de otros talles.

En mi ya maltratada memoria siguen vivos los momentos que compartimos y en los que fuimos tan felices. Creo que nunca podré olvidarte. ¿Cómo olvidar nuestros besos y caricias, nuestras charlas eternas y reconfortantes, el sonido pleno de amor de nuestras risas en el desayuno? No, Marta, esas cosas no pueden olvidarse por más que luchemos y luchemos como titanes para deshacernos de ellas. Uno no desecha la felicidad ni la alegría a voluntad, debe ser un principio de protección y supervivencia. Los primeros cigarrillos, las primeras noches fuera de casa, la adolescencia tierna que transitamos codo a codo aprendiendo a vivir. El temblor ingenuo de tus labios esa noche que te dije que te amaba y que siempre te amaría; la primera vez que nuestros cuerpos desnudos se rozaron e hicieron temblar al mundo entero; el sabor agridulce de tus pechos en flor, pequeños y firmes; tu mano en mi espalda mientras me bañabas cada tarde de domingo; los primeros descubrimientos y los primeros secretos. Eras todo para mí, y si bien no puedo mentirte hoy y decirte lo mismo que en aquellos días, puedo asegurarte que muchas noches amargas en las que no puedo dormir encuentro consuelo evocando tu imagen en la oscuridad, recordándote y recordándonos. No quiero importunarte más, no espero que me respondas esta carta, pero si es tu deseo lo tomaré con muchísima emoción. Solamente quiero decirte que esas escenas imborrables las llevaré por siempre en mi álbum de tesoros hasta el día de mi muerte, y que fuiste para mí el momento más intenso que jamás podré repetir pero que siempre llevaré grabado a fuego en la piel.

Tengo la final esperanza que sabrás comprenderme y que no te ofenderás con mi impertinencia epistolar, y que ojalá tal vez me recuerdes con el amor, el cariño y la gratitud con que yo te recuerdo.

Tuya siempre, Julia.

* cerrojos

Esta historia comienza con un hombre a la deriva, y concluye con un hombre sumergido en la desesperanza, en el agobio y en la fragilidad que nos rodea cuando volvemos a casa y nos descubrimos completamente solos. Enfrentarse al demonio es recorrer nuestra propia casa a las tres de la mañana, sedientos, andrajosos, como los desechos de lo que fuimos hace diez, o quince, o veinte años; es mirarse en las fotos que decoran por doquier nuestro feliz hogar, revolviendo esos momentos atesorados en estampas de nueve por dieciocho centímetros, y saber que esa cara sonriente y llena de algarabía ya no es la nuestra; es ir y ver a nuestros hijos dormir tranquilamente, ajenos a que proyectamos sobre ellos la trascendencia que nosotros, malvados egoístas, no supimos lograr, que ni siquiera intentamos alcanzar. Pero la parte más difícil es ponerse el traje al otro día, terminar nuestro jugo de naranja, besar rápidamente en los labios a esa mujer que alguna vez fue nuestra bella y dulce esposa, y salir al ruedo sabiendo que dentro de algunas horas volveremos a poner la llave en la misma cerradura y sonreiremos con una mueca gentil y deforme.