* lo de siempre

Salvé los malvones. La conversación fue corta. Que nada es culpa de nadie, que las cosas son así. El resto quedó flotando por ahí. No me importa tanto lo material como lo simbólico, siempre precisé de los ritos. Los puntos críticos ni se mencionaron (no tiene sentido el daño innecesario). Llovía, el mate estaba frío, las cortinas corridas y la cama destendida. Desde el pasillo nos llegaban los pasos apurados de los que eligen la escalera. Repetimos muchas palabras, nos perdimos la oportunidad, la valentía no tiene lugar en la rutina. Nos miramos poco, preferimos las florcitas del mantel. En el balcón unas pocas migas iban y venían, en la calle los autos se desesperaban. Me quise quedar con la olla grande, así sin lavar, pero no pude. Los reclamos tampoco fueron muchos. Que la otra vez tal cosa, que últimamente tal otra. Al reloj tenés que darle cuerda todas las noches. Sí, ya sé. Cuando se fue me quedé mirando la puerta hasta que no supe más quién era.

* caravana

La despedida más atroz es la que nos cubre con sal. Como cualquiera de esas mañanas que salimos y no volvimos, o aquellas tardes eternas que esperamos en vano. O tal vez el último roce de dos manos cordiales y la mirada limpia y sincera, o tres palabras escritas en rojo en un papel arrugado, o la ausencia de los muebles y la marca delatora en el piso. Los alfileres vudú de los te quiero arrojados en la oscuridad y la breve sentencia de los hasta pronto que serán nunca más. Dos vagones de subte que se cruzan y en el camino esa chica que te guiña un ojo y se va hasta mañana, con suerte. Oraciones cortas, cobardes, puntos, comas, paréntesis, acentos y sangrías; un mate frío sobre la mesada de la cocina, y una taza sin lavar. La distancia insalvable entre tu boca y la mía, la bronca de la botella vacía y la traición del fósforo descabezado. Los que se van y los que nos fuimos, de los que vuelven prefiero no hablar; los pasos fallidos de la milonga postrera, y el bondi a casa de madrugada.

Será una caravana o será un verano, una baldosa floja que nos salpique la frente o un motor que pistonea sin cesar; será un bombo peronista o la imagen de la Virgen en una mancha de humedad en el techo del baño. Será la siesta que nos atonta y nos deja la boca pastosa, el gol que bate todos los récords y el fantasma del descenso; isotermas, isobaras y humedad, injusticias, insolencias, insurgentes, mal de muchos. Será el vaso de vino rancio que nos diga que la fiesta terminó. Será el momento de apagar las luces, entornar la puerta, y aferrados a un cuatro de copas, empezar a bajar la escalera, silbando bajito.

* la puerta roja

Es cierto que te engañé, de otra manera no hubieras aceptado jamás venir conmigo hasta aquí. Ya falta muy poco, no tengas miedo ni te inquietes, sólo escucha atentamente mis palabras y no me desprecies. En cuanto terminemos de subir esta escalera, habrá una puerta roja. Detrás de esa puerta roja, se abrirá una habitación que será exactamente igual a la que te estás imaginando en este momento. En el centro de esta habitación habrá solamente un sofá de cuero rojo, y sobre él estará tendida la más bella mujer que recuerdes haber visto; vestirá un traje de fiesta con lentejuelas y tendrá los pies desnudos y fríos. Sus ojos estarán cerrados, pero sabrás que el fulgor de esos brillantes es el mismo que nunca te atreviste a mirar de frente. Sólo restan dos peldaños. Escucha. Te tomarás una copa de vino sentado en el piso de la habitación que estás imaginando, mirando por largo rato a la mujer más bella que recuerdes haber visto, sin hacer un solo ruido. Después de varias horas te vencerá el cansancio y te estirarás en el piso de la habitación, junto al sofá de cuero rojo en el cual reposa una mujer vestida de fiesta. En el momento exacto en que una mariposa de alas azules se pose sobre tu frente, yo ya no estaré allí, y la puerta se cerrará. Ahora, ábrela.

 

* mamushkas

Nos despertamos al mismo tiempo. Sobresaltados y sin ninguna noción de dónde estábamos, ni de qué hora era, ni de quién golpeaba como un maniático la puerta del departamento. De eso sí estábamos seguros, era un departamento. A través del ventanal podíamos ver desde el aire la intersección de dos avenidas, y una pequeña porción de lo que parecía ser una plaza enrejada o un jardín enorme. Pero no teníamos idea de si ese departamento nos pertenecía o no. Miramos alrededor buscando una pista, un gesto familiar o algún detalle que pusiera en marcha el recuerdo, pero nada. Ni los dos amplios sofás de pana verde, ni la lámpara de pie de casi dos metros de altura, ni las reproducciones de Paul Klee que adornaban las paredes, finamente enmarcadas e iluminadas cenitalmente, ni la alfombra roja de pelo largo sobre la cual habíamos dormido quién sabe cuánto tiempo, ni nada de lo que decoraba el enorme living, tenía sentido para ninguno de los dos.

Nos miramos un instante, nos reconocimos y cambiamos el gesto de preocupación por uno de alivio; al menos en medio de toda esa extrañeza y el vértigo de la incertidumbre, algo estaba en su lugar. Estábamos parados en el medio de la sala, yo en calzoncillos, ella en tetas, desorientados. Recién ahí me di cuenta de que tenía la mano derecha envuelta en una toalla blanca que me cubría parte de los dedos y me llegaba hasta la muñeca. Volvimos a mirarnos sorprendidos, sin respuestas, buscando con esfuerzo en nuestra vapuleada memoria los acontecimientos que nos habían llevado hasta allí. Los bruscos manotazos en la puerta nos volvieron a la realidad.

¿Desde cuándo estaban golpeando? No podíamos saberlo, pero los golpes no se detenían, y su intensidad, lejos de ir disminuyendo presa de la desilusión o de la lógica idea de que tal vez no hubiera nadie en casa,  aumentaba progresivamente según pasaban los minutos. Claramente, alguien sabía que estábamos ahí adentro. ¿Pero quién?

“¿Dónde estamos?” me preguntó. “Ni idea. Vestite que voy a ver quién es.”. No hace falta aclarar que lo que yo menos quería hacer en ese momento era ir a abrir la puerta, pero era el único hombre presente, y la carita temerosa y suplicante de Mariana me impidió evadir la responsabilidad, como hubiera preferido. Me fui acercando despacio, sintiendo la suavidad de la alfombra entre los dedos de los pies. En los plam plam plam que resonaban del otro lado, se podía adivinar ya la palma abierta de quien llamaba,  colorada y un poco hinchada de tanta insistencia. Puse la mano, con toalla y todo, sobre el picaporte y espié muerto de miedo por la mirilla. Del otro lado los golpes cesaron, como sintiendo mi presencia aterrada. Por suerte, lo que vi fue una rubia de ojos verdes y labios de pecadora, ofreciéndome por el visor de la puerta el escote generoso y desbordante, que me recordó instantáneamente salvajes y gratos momentos compartidos. Suspiré aliviado. “Es tu hermana”, le grité a Mariana a la otra habitación y moví el picaporte. Abierto.

*continuará