* justa y placentera

me anda fallando la confianza

como cuando me mandás a prender el calefón

y dudo y me paralizo y no quiero saber nada

me escapo sin hacer ruido

bajo a la calle y camino

le meto pata en zigzag

y en cada baldosa que piso

se me aparecen las mismas cosas

las mismas caras, los mismos pies

la misma falla de termostato

la misma frente que apunta al piso

será que todos salimos huyendo

de los hogares

de los trabajos

de la responsabilidad

de tener que mantener

de manera constante

o no (¿quién sabe?)

la temperatura justa y placentera

para que algún otro

(pero otro cercano, otro que esté ahí)

se quede piola

sabiendo que vigilamos

y regulamos con obsesión

el parco funcionamiento

de ese artefacto del diablo

como si fuera un preciso

instrumento de medición

¡de suiza para el mundo!

¡de la góndola a su mesa!

para que puedan al fin, esos otros

de una putísima vez

dejar ir por el desagüe

cansancio, mugre y preocupación.

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* cerdos

El cuero del cerdo es duro y resistente, pero después del primer esfuerzo su consistencia es muy, muy tierna. Apenas el filo del cuchillo se hunde, la carne se abre mansamente aflojando la tensión a cada lado del surco; las fibras, la grasa, los nervios, el músculo, todo se desgarra sin resistencia. Aparece primero el rosado oscuro mezclado con sangre y, conforme el corte se profundiza, se va haciendo cada vez más claro hasta llegar al blanco, tan blanco que pareciera verse un poco del hueso, pero no, todavía falta para el hueso. La carne de cerdo es la más parecida a la del ser humano. Eso fue lo primero que me vino a la mente cuando la encontré desnuda en el piso del baño, después de resbalar y abrirse la cabeza contra el borde de la bañera. La imagen del tajo profundo, blanco, en su cuero cabelludo, y de la sangre espesa que se apelmazaba entre sus cabellos y se colaba entre los cerámicos azules, me generó la misma impresión que la de ver morir un cerdo.

Había fantaseado muchas veces con ese momento. No exactamente con ese en particular, pero sí con alguna consecuencia trágica, deforme, con alguna desgracia que me cayera encima como castigo por involucrarme con una de mis alumnas del instituto. En mis fantasías punitivas, el castigado siempre era yo. El preso, el muerto, el mutilado, el apedreado, el torturado. No tenía la conciencia tranquila, a pesar de que nunca habían pesado las cuestiones morales por sobre mis decisiones personales de gozo y disfrute. Pero esta vez el asunto se tornó un poco más grave, digamos que irreversible. Estaba muerta. Los ojos vacíos y sin brillo, los labios levemente azulados, la palidez que la fundía contra el piso, eran señales unívocas que confirmaban el diagnóstico. El verano estaba apenas comenzando, una extraña ola de calor calcinaba la ciudad desde hacía una semana y no tardaría mucho en ensañarse con el cadáver. Si dudaba un segundo, los efectos de la descomposición nos delatarían y mi fantasía se convertiría en realidad.

Fui a la cocina, traje el tarro de harina y la esparcí sobre la sangre derramada para que se secara y evitar que se expandiera manchando el parquet del pasillo, mucho más difícil de limpiar. Abrí el agua fría y llené la bañera. Levanté el cuerpo con facilidad, lo puse en el agua y, mientras sus ojos muertos miraban el techo, me duché para sacarme el sudor y la sangre de encima. Las altas temperaturas me ampararon, nadie se sorprendió cuando volví cargando las bolsas de hielo desde el mercado de la otra cuadra. Por suerte no estamos en invierno, pensé. Tiré el hielo en la bañera, agregué un kilo de sal y una botella de alcohol que tenía en el botiquín. El agua aumenta la superficie de contacto con el objeto, la sal reduce la temperatura de fusión del hielo retrasando el derretimiento y, por una reacción química, el alcohol retira el calor de la mezcla. Con la mezcla frigorífica, como llaman por ahí a esta receta casera, había ganado varias horas para pensar.

Mientras limpiaba el piso del baño pasando agua y detergente, después solvente, después brillo para pisos con perfume a lavanda, podía ver mi cara en la tapa de los diarios del día siguiente, bajo letras gigantes que arengaban la indignación de la comunidad. El epígrafe de la foto me condenaría con adjetivos denigrantes, y hasta incluso los redactores me inventarían un apodo terrible y más condenatorio aún. Mi ex esposa sería la primera en exigir mi reclusión, tal vez mi ejecución si nuestras leyes lo permitieran; mis hasta entonces mejores amigos me negarían rotundamente, reconocerían apenas una relación cordial pero no muy cercana; mis vecinos saldrían en todos y cada uno de los programas de la tarde hablando de lo extraño y sospechoso que siempre les había parecido; el inicio de la feria judicial me costaría dos meses en los calabozos subterráneos del Palacio de Tribunales esperando que los jueces y fiscales regresaran de sus largas vacaciones. Todo eso sucedería si me atrapaban.

Junté las prendas del uniforme que habían quedado tiradas en la habitación y las guardé en su mochila junto con los libros, cuadernos, carpetas, y demás cosas que tenía desperdigadas sin orden. Puse el ventilador al máximo en la puerta del baño para mantenerlo fresco y aireado. Era cerca del mediodía, desde mi ventana se podía ver la cortina de vapor que se levantaba del asfalto y dejaba ver del otro lado imágenes desdibujadas, monigotes ondulantes que se derretían bajo el sol. Necesitaba más hielo. Necesitaba nicotina. Necesitaba comer. Lo más importante de todo es mantenerse sereno y no perder la calma, guiarse por el instinto. El instinto es algo así como lo opuesto a la educación, por ende, para lidiar con situaciones para las cuales no fuimos debidamente educados, lo mejor es dejarse llevar por el instinto. No digo que encontremos la solución perfecta e inmediata, pero conoceremos lugares que quizás nunca hayamos visitado.

Puse a hervir agua en una cacerola y me repetí que había sido un accidente. Los hidratos de carbono son imprescindibles para el funcionamiento del organismo, ayudan a mantener la actividad muscular, regulan la temperatura corporal y controlan la tensión arterial. Eché un puñado de fideos y llamé a su casa. Me atendió una mujer que resultó ser su madre y después de presentarme le pregunté con mucha preocupación por qué su hija no se había presentado esa mañana a rendir el examen final. La angustia le transformó la voz, reduciéndola a un hilo tímido y lejano, lleno de dudas. Quedé en volver a llamar si tenía alguna novedad. Después de terminar el segundo plato de pasta me fui a dormir la siesta, estaba un poco tensionado. Soñé con una granja de cerdos. Soñé con la cuchilla precisa sobre la arteria y la sangre chorreando hasta el piso. Soñé con filas y filas de cerdos colgados de guinches de acero, con la cinta transportadora y con enormes máquinas de nombre estrafalario que terminan el trabajo que otros no se animan o ya se aburrieron de hacer.

Me levanté cuando el sol había caído. Había refrescado un poco, el calor se hacía tolerable y volví al baño dispuesto a todo. Miré dentro de la bañera, pero no vi el cadáver. La más linda de la clase, la más simpática, la que veía a través de mí como por una ventana abierta, la de la risa fácil y contagiosa, la de las notitas románticas entre las páginas de los libros, la del lunar en la frente, la única que conocía mi nombre, se apareció ante  mí en todo su esplendor y me estremeció. Lloré como no había llorado en años. Una hora después de mi llamado los forenses comenzaban con su trabajo mientras a mí me llevaban a declarar. Los titulares del día siguiente sólo hablaron de las altas temperaturas.