* fumar

Todas las luces de todas las casas de todos los edificios de todas las cuadras de todas las ciudades de todos los países de todos los continentes se fueron apagando despacio, en orden, sin violencia, sin aviso previo, sin despedirse, amablemente dejaron la noche crecer y devorarse el espacio, el sonido, el tiempo; avalaron a esa noche monstruo que sin apuro rodeó los árboles, los perros, los juegos de las plazas, los puestos de diarios, los autos estacionados, con parsimonia, con cierto desdén, con un apetito moderado y victorioso, un hambre contenido por mucho tiempo contra su voluntad, la noche monstruo que hoy da sus primeros pasos voraces sobre un punto fijo de un universo que se creía poderoso e infinito y ahora, en la hora más rotunda, en el mismo tiempo, en el solo tiempo, en el mismo minuto repetido en círculos por siempre, se ve transformado en una insignificancia que reposa en la brasa del cigarrillo que fumo en la última penumbra, mientras siento que todos estos sucesos, próximos o pasados, todas estas percepciones que consideramos válidas y enriquecedoras, también, como esas luces que ya no existen, se van a ir apagando sin aviso, sin dolor, sin ninguna queja de nuestra parte, cuando termine de aplastar la colilla sobre la baranda de mi balcón, y en un acto egoísta deje este momento precioso completamente a oscuras.

* king kong

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Podría detenerme a pensar. Podría ser un hombre preocupado. Hundir la cabeza en las baldosas, en los zapatos grises, en todas las cosas que quise y no pude. Podría.

Podría también esconderme. Huir. Porque detenerse a pensar provoca vértigo. Un vértigo espantoso que te descoloca, no hacemos pie si nos buscamos a nosotros mismos. Podría hacerme pasar por otra persona. Podría ser un animal. Podría convertirme en mito, inventarme de nuevo, construirme desde cero, elegir con cuidado cada uno de mis componentes y características. Podría ser un búfalo.

Podría conformarme y no hacer nada. No querer nada. No desear, no compartir, no producir. Podría ser una sombra sin más anhelos que transitar sin problemas estos minutos infames. Podría dejarme ir. Y no volver.

Me detengo, me escondo, me convierto. Hoy soy ese otro que podría hacer todo pero elige estar acá, manifestarse, saberse un ente absoluto con tendencia a la duda, un cuerpo volátil que prescinde del miedo y juega con naturalidad inocente a volverse un trazo en la historia, a ser un punto ahora fijo, ahora en fuga. Montado en alas tenues recorro mi tiempo, adivino quién fui y por qué ya no soy, por qué mi abrazo es enorme e invasivo, por qué todas las mañanas me despierto del mismo sueño.

Podría ser un kraken, un barco a la deriva, un mar embravecido. Podría ser un rayo, un sol demoledor, un Ícaro derretido. Podría ser el amante olvidado, el recuerdo que se llora todas las noches; un relámpago, un manojo de plumas, unas manos livianas, unos ojos vacíos. Podría querer comerme a mí mismo y a todas mis caras repetidas en todas las paredes de todos los departamentos de todos los pisos de todos los edificios de todas las calles de todos los barrios en los que alguna vez me vieron o dicen que me vieron.

También podría ser mentira. Podría no existir. Podría ser simplemente fruto de una imaginación colectiva. Un espejismo, una ilusión. Podría ser un pájaro mortal, un bólido celeste, una flecha invisible en vuelo codicioso que observa con la vista negra todo lo que sucede doscientos metros más abajo, una figura posesiva que elige a su presa, que la doblega y la domina; un usurpador de cuerpos dormidos que no saben pensarse fuera de sí mismos.

Podría ser tu King Kong, tu salvador, tu placebo de las tres de la mañana, tus ganas de abandonar. El llanto en el baño, un cuadro mal iluminado, un negocio fraudulento, una sábana agujereada. Podría bajar la voz, retirarme poco a poco y, con aceitada malicia, hacerte creer que nada de todo esto está sucediendo.

 ***

* Este texto está inspirado en pinturas de Sergio Chiocca-Kaufer (imagen). La muestra de la serie “Azul Antropopájaros” se encuentra actualmente en Mendel Libros, Paraguay 5163, CABA. 

* cumbia sucia

Blanco. Todavía nada. Cosas deformes e inconducentes. Podríamos echarnos un polvo en el entretiempo de España – Italia. Nos quedaría tiempo hasta para lavarnos las manos. Y otra vez la fe. Desde hace unos días me obsesionan las formas mediterráneas y las flores coloridas. Pienso en eso mientras caliento el agua. Igual ya lo sabías, soy un boludo transparente en ese sentido.

Ayer le jugué al 28 y no me hiciste ganar nada. Ya no funciona la intuición. Pasemos a lo empírico y llenémonos de guita. Hoy no vivo tan enloquecido, maduré a fuerza de tetra, filtro y pedazos de queso (¿quesitos, dijiste?). Me parece indispensable que de vez en cuando nos envalentonemos un poco y nos dejemos llevar. Como chancho al pueblo, al hombro. Matadero. Seguime esta lógica: NO.

Me caben las cicatrices pero les temo. ¿Nos adornamos? Tirame un puede ser, un a pleno. Si nos avivamos de que no estamos para los otros podemos ser el mediocampo de Holanda. Me fascinan las cosas que vienen de a pares.

Somos la cumbia prohibida a destiempo, lambada inmóvil, sudaditos y apretados. El baile de lo que todavía no llegó. Quédate que falta y después todo se prende fuego. Brillos naranjas, el cielo. De noche me quedo mudo, a la mañana recito tango moderno. Sobre el mediterráneo el cielo es siempre diáfano (me lo enseñó una profesora particular) y casi nunca se siente soledad. La segunda parte me la inventé.

Esto no es para vos: No puedo coger con putas. Me cabe la seducción.

* no le busques el sentido

Soy yo otra vez. Te escribo esta segunda carta porque descubrí que estoy atravesando por un período que denomino de “negación bíblica”. Notarás que tardé tiempo en volver a escribirte, y no fue por vergüenza o falta de ganas, fue porque dejé correr los días sin darme cuenta, aturdido quizás por la cotidianidad aplastante, y retomar la escritura se me hizo bastante dificultoso. Vuelvo ahora, entonces, a divagar y a buscarme a mí mismo. No es que crea que vaya a  encontrarme, ni siquiera se trata de un método establecido. Se trata de nada, se trata de mí. La letra, ya ves, parece ser la misma, pero advierto poca firmeza en el trazo y menor contundencia en las palabras. Es un pozo. Un pozo ciego. Una abertura hacia otro lugar. Una escotilla que se abre y se cierra según conveniencia de mi estado de ánimo. Yo no controlo, ¿cómo podría?, nada de eso, ni la escotilla ni mi estado de ánimo. La humedad no me ayuda. Me destroza los huesos. Reconozco el dolor y siento los músculos cansados, atrofiados. Me sé atrofiado. Veo el camino descendente. Veo aproximarse el final de la línea. Me veo morir sin haber logrado absolutamente nada. Reconozco mi propia mediocridad y no puedo pelear contra ella. Monstruo. No le encuentro sentido a semejante lucha. Y en todo caso te recomiendo no apostar por mí. No me voy a parar en ese ring, no porque no quiera sino porque no puedo. Alegría. Dilato el momento de ponerme a escribir. Me disperso, lo admito. Es como si hubiera desarrollado un mecanismo de defensa que me aleja de la angustia que me provoca la acción de escribir. La cabeza estalla y los fragmentos se alejan entre sí, desaparecen, y me quedo vacío sin poder rellenar ningún espacio. Es difícil encontrar el rumbo, el propósito. Me distraigo. Elijo la distracción como placebo para aguantar, para sentir. Pero todo es mentira, o casi, digamos que ese placebo es una realidad disminuida, segmentada. Viñetas de una historieta sin gracia y sin remate. Así estoy, casi desvanecido.

Entonces, quizás, (pensé) que si me relajaba y me ponía a contarte algunas cosas podría sacarme de encima muchas de las trabas que siento como condicionantes. Elegí este segundo párrafo para aflojar un poco después de toda la mierda que tiré en el primero, espero que todavía sigas leyendo (las posibilidades existen, y asustan, pero ese es otro tema). No sé, puede suceder que todo esto termine en una notita de amor guardada entre las páginas de un libro y que encuentres muchos años después, sin recordar mi nombre pero reconociendo mi letra al instante, letra de zurdo enrevesado y desprolijo, o tal vez el destino infame  de estas líneas sea el de engrosar un tratado filosófico o algún ensayo social aburridísimo. Pero lo más seguro, creo yo, desde mi pequeña óptica, es que se convierta en un campo de batalla, escenario de una justa deportiva, el tablero de un juego de mesa complejo y agotador. No te asustes, juego contra mí mismo, te necesito sólo para que observes y no me dejes hacer trampa. Tiro dados.

Y ahora disimulemos. Juguemos. Hagamos de cuenta que “lo importante es competir”, aunque los dos sepamos que eso funciona sólo en el plano de lo ideal y que lo tangible difiere bastante de semejante barbaridad. Juguemos. Que nada tenga sentido es parte de mi estrategia. No es foul, no es foul. Sigo escribiendo buscando la inercia. Desconozco de dónde procede pero lo intuyo. No tengo noción alguna de física. Ni de cinética. Ni de dinámica. Líneas cortas, meditadas. Imprecisas, sí, llenas de dudas, sí, también, y de ideas a medio terminar. A medio pensar. Me pregunto si es posible pensar a medias (pensalo, es enfermante), si en nuestra cabeza elaboramos bocetos inconclusos que descartamos al instante sabiendo, mediante una proyección velocísima, que por más que llevemos esas ideas o pensamientos hasta el límite, nunca llegarán a ser nada. Ese es el sentimiento de fracaso más irreversible. El fracaso de la ida. Surge una nueva pregunta, mucho más terrible (que no voy a hacer, no me animo a escribirla siquiera). Los convencidos me dirán que no hay fracaso mientras haya intento, y yo les diré que con mucho gusto visitaré su iglesia. Nada. Habrás notado que escribo y escribo y escribo, como drogado, narcotizado, como preso de furia y de grito y de espasmo. Así funciona. Lo bueno de escribirte estas cartas es la impunidad. Perdón, es un atropello, lo sé. Nadie puede resistirse a leer algo que le fue destinado, por eso sé que vas a leer hasta el final (de hecho, en esta instancia del juego lo que estoy haciendo es manipular tu interés para que me sigas acompañando, en soledad todo es mucho más difícil). La comunicación es energía, es un impulso eléctrico. Es una necesidad, somos transmisores hambrientos que buscan la devolución, el rebote, el feedback. Pero no cualquiera. Buscamos la onda magnética que confiera a nuestra emisión la entidad que creemos que merece. Aunque no sepamos cuál sea el deseo incluido dentro de esa onda, podemos identificar en el instante cualquier reflejo de la misma que nos complete esa necesidad; y también podemos identificar, por pequeño que sea, el germen de esa respuesta, lo que nos obliga a intensificar la señal y escarbar y escarbar hasta estar seguros, y a veces no, de que ese destino es el apropiado.

Voy terminando mi turno, es bueno saber cuándo replegarse. Lamento no haber sido tan locuaz como en mi anterior misiva (¿misiva? ¿dónde y cuándo habré aprendido esa palabra?), pero como te conté al principio, allá arriba, en el primer párrafo, no se me está dando con facilidad el asunto este de la coherencia. Me despido pidiéndote un favor enorme: no trates de encontrarle ningún sentido a todo esto. Posiblemente sea todo mentira. Y en definitiva, ¿qué sentido tiene perseguir la verdad? Avanzo tres casilleros.

* savanah y los albatros

Las plumas, me dice. ¿Las plumas?, pregunto. Sí, las plumas. Las plumas son todo. Lo miro. Camuflaje, ventas, marketing. Así son los pájaros, mentirosos, falsarios, estafadores. Porque todo lo que importa está bien adentro. Lo miro. Seguimos caminando. Trato de pensar en las alas pero no puedo, no lo entiendo. Doblamos por Esmeralda y nos metemos en un cine porno. Continuado homenaje a Savanah. Savanah se terminó pegando un escopetazo en la cara antes de cumplir los veintidós años. Yo siempre preferí a Brittany, rubia también, pero más madura, más tetona y, sobre todo, más puta. Pensá en los albatros, me dice. Hago el esfuerzo pero no tengo la menor idea de cómo es un albatros. ¿Qué mierda es un albatros? Imagino algo parecido a un pelícano, pero dudo, porque si fuera así me hubiera dicho directamente pensá en un pelícano, no me hubiera dicho pensá en un albatros. Lo miro. Empieza la película. Savanah se voló la cabeza con una escopeta, le digo. No me extraña, me contesta, se nota que no tenía ningún propósito en la vida. Buen culo, sí. ¿Y eso que tiene que ver?, pregunto. Todo. Savanah chupa pija, las alas de los pájaros están constituidas principalmente por cartílagos, en el interior, que se unen entre sí, Savanah come verga por la concha, se entrelazan armónicamente y después, conformada la totalidad, Savanah garcha en cuatro patas, conforman el ala en sí, pero nosotros nunca vemos los cartílagos, sólo vemos el ala, Savanah coge por el culo, ¿entendés?, no, Savanah cabalga enorme chota, los cartílagos por separado no sirven para nada, para nada, pero si faltara sólo uno, apenas uno en ausencia, Savanah traga leche, la estructura compositiva del ala sería defectuosa, y ese pájaro del orto sería incapaz de volar, Savanah frota penes con las tetas, y así estamos, condenados, no vemos nada, nada, y nos creemos libres, Savanah se mete dos dedos, pero por más que ahora estemos tan contentos de que se nos pare la pija (como si además tuviéramos tremenda pija) mirando a esta puta de mierda, Savanah nos mira fijo, el vuelo siempre es corto y controlado, y todos, escúchame bien, pibe, todos terminamos pidiendo pista para aterrizar sin problemas, luces más, luces menos, Savanah grita. Lo miro. Trato de pensar en un albatros y no lo logro. Tres butacas más adelante vemos volar por el aire el chorro de semen que un gordo de sobretodo hace saltar a pura paja. ¿Sabrá el gordo que Savanah está muerta y por eso se excita tanto? ¿O preso de su ignorancia le da lo mismo ver coger a cualquier rubia para sacarse la leche de encima? ¿El karma de las pornstars es que se las sigan cogiendo después de muertas? ¿El karma de las de ojos claros es que las obligues a mirarte mientras te la chupan? ¿Qué debe esperarse de una mujer que se hace las uñas francesas? ¿Qué mierda es eso? Arranca la segunda película y en el cine somos cuatro. Tengo hambre pero también tengo miedo. No entiendo nada sobre alas ni libertad. Supongo que la clave es dejarse caer y averiguar qué pasa después. Pensá en las ciudades medievales, me dice. Lo miro. La clave es ir a menos, ir a la desesperación del instante único, le digo. Me mira. Sí. Seamos otra cosa, seamos más o seamos menos. Savanah sonríe. Vayamos a menos. A lo básico. Vayamos a la pornografía del primer impacto. Volvamos a los dedos tibios que acarician labios y orificios, que estimulan y penetran. Es imposible concebir una ciudad pensando en los detalles, me dice, la clave está en la estructura. Cartílagos. Entiendo el propósito, le digo. Savanah se arrodilla. El propósito es sexual. Me mira. El sexo comienza con una idea, pura intensidad, impulso y deseo, y después el sexo ya no importa. El propósito del ser humano es dejarse poseer por una idea. Una marea verde y voraz, espesa y pegajosa, incongruente, destructiva, inevitable y efímera. Savanah llora. Las torres y los corredores de las ciudades medievales tenían la función de protección y evacuación. Es imposible que fueran agregados al diseño inicial, ¿entendés?, no, no entiendo, pero sigo pensando en pájaros tullidos y en señores feudales. Le pregunto si conoce alguna estructura que pueda soportar el sismo del deseo. Me mira. Savanah duerme cubierta de esperma. Nuestra percepción, me dice, está tan atrofiada que ni siquiera podemos sospechar que nuestros ideales puedan ser falsos o erróneos, estamos seguros de que no lo son, porque ellos mismos representan nuestro sentido mismo de realidad; no hay cosa que nos haga ser más auténticos que el hambre por concretar un deseo. Energía, combustible. Somos bestias que nos buscamos por el olor, nada más que eso. ¿Qué es un albatros?, le pregunto. Un albatros es un buceador, pero también puede ser una cárcel, me responde. Nos vamos antes de que termine la película. Vuelvo a casa. Mamá duerme. Me acuerdo del gordo y pienso que no es ético cogerse a una muerta, pero tampoco es algo que pueda juzgarse apresuradamente. Salgo al balcón y mientras me acaricio la verga pensando en Brittany (¿estará viva?) siento la firme sensación de que la belleza es una víscera prendida fuego, una olla hirviendo que explota y chorrea, siento que la belleza es hacerse daño a sí mismo. Y es horrible.

 

 

* liendres

Ni siquiera las yeguas hoy me quebrantan. Ya ni las huelo. Porque de tu nombre que era estampido sólo quedó un ramillete de confesiones cayendo al alba por un fangal, y es relicario de cuencas rotas, y un penitente llorando pez. A lo sagrado nos abrazamos como el cuchillo sobre la carne, como las llagas al cuerpo enfermo, como el hereje a la tempestad.

Aves, peces, toros, simios, ansiosas bocas que alimentar. Y esa represa que no está más. Lo que no vuelve se ha consumido, sin darnos cuenta, fuelles vencidos, desvencijados, fuentes lacustres que parten dientes y nos obligan a salivar; lo que no existe nos impresiona, nos baña en sarro, en mica y sal, nos centrifuga con paso firme y con instinto de dictador.

Idea, sueño, proyecto, pueblo. Rusticidad. Sobran las aspas de los molinos, faltan los verbos de la intuición. De aquellos hombres que han existido, ni siquiera uno, ni el más sangriento, ninguno pudo recolectar el polen rubio de la explosión. Y de tu nombre que era estampido nacen ausentes los peregrinos: cruces al aire, voces al viento, polvo en el polvo y el sol al sur.

Amplias distancias que duermen tilos, que ocultan ciervos de cuernos fríos como el cristal. Somos las almas que lleva el Diablo, somos rehenes de la humedad. Nada de noble nos ha quedado, pobres imberbes con armadura, druidas de libros, reyes del mundo, liendres de Dios.

Lo que no somos nunca seremos, lo que ya fuimos ya se acabó. Y que tu nombre se haya hecho furia y después veneno, cortando el aire, fundiendo el plomo, quemando todos los recovecos de nuestra historia, es punto aparte, es deserción.

* betsa, vicky, y todas las otras estúpidas

No me pagan por historias como esta. Las historias que me dan de comer son pura mierda. Si buscan historias ejemplares, epifanías, masturbación semántica, altruismo, o historias de amor sin amor y sin historia, hablen con los editores. Esos son los hijos de puta más perfectos que conozco. Ni una horda de putitas quinceañeras drogadictas vividoras podría llegar a ser tan perjudicial para un cagaletras como el criterio de un editor. Vayan con ellos. No van a tener ningún reparo en ofrecerles bandejas repletas de mierda. Toneladas de mierda. Mierda a montones. Mierda que rebalsa. Mierda espesa y mierda babosa. Mierda líquida, sólida y gaseosa. Mierda de todo tipo. Satisfacción asegurada para el distinguido gusto del consumidor. Abran los ojos, cierren la boca. Hay mierda para todos. Felicidades.

Pero hoy no van a tener la satisfacción de verme arrastrar por esa esquina, hoy no van a degustar mis deposiciones. Para eso vuelvan el martes. Existen momentos en los cuales hay que ceder, prostituirse, y conformar al otro. Para esta detestable faena yo elegí los martes. Lo aprendí de Betsa. La primera vez que cogimos, apenas terminamos el segundo polvo, se tomó un vaso de agua, se tapó las tetas con la sábana y en un claro abuso de confianza empezó a hablarme de mí. Tenía una voz horrorosa, insoportable, pero tenía un culo tan perfecto y voraz que cuando te la cogías te hacía sentir que existía un significado único de la vida, y estaba ahí adentro. Nunca volví a ver algo así. Era hipnótico y adictivo. Si no me dormí después de acabar y me quedé escuchándola con atención fue por pura lascivia, quería seguir visitando ese culo tantas veces como me fuera posible.

–       Tenés que mentir. Todos mienten. Tu problema es que creés que tu verdad es más interesante que las otras. Y la realidad es que a nadie le importa un carajo de nada. La sinceridad no te va a llevar a ninguna parte, olvidate. – me dijo mientras estiraba la pierna derecha hacia el techo y se miraba las uñas mal pintadas. – Para fracasados estamos todos los demás, los que tenemos que laburar todo el  día porque no servimos para otra cosa. Vos no tenés que laburar, solamente tenés mentir un poco más. ¿Qué vas a hacer? ¿Seguir con la queja vacía de todos los días? Por ese camino lo único que vas a conseguir es cogerte alguna idiota como yo de vez en cuando. –

–       No es un mal plan. – No se me ocurrió qué otra cosa decirle, no estaba en un momento reflexivo. Me miró con odio. Se dio vuelta y se durmió. Me senté en una silla, la observé largo rato; los pies, las piernas, la espalda, el cuello, las orejas, el castaño oscuro de las raíces que asomaban entre el rubio artificial. Después me puse a mirar por la ventana.

Nadie me hablaba con tanta franqueza y lucidez como Betsa. No era loca ni prostituta. Ni borracha ni drogadicta. Era rosarina, tenía veintitrés años y trabajaba como empleada en una farmacia. Estuvimos juntos casi seis meses. No voy a hablar de amor, porque no lo hubo. Sería fácil decir que nos enamoramos, que nos quisimos hasta enfermarnos, que crecimos como individuos el uno junto al otro, y que la fatalidad del destino nos separó injustamente. Pero para eso hablen con los editores. Entre Betsa y yo no sucedió nada de eso. Como la mayoría de los bichos egoístas que andan dando vueltas por ahí, los dos dejamos que las cosas nos pasaran de costado y fuimos perdiendo interés en la relación. Se fue sin devolverme las llaves. Nunca volvió de sorpresa a prepararme la cena. Lo que más extraño, además del sexo y las conversaciones nocturnas, son los alplax y los rivotriles que traía escondidos en la cartera cada vez que me visitaba. Sin duda ella perdió mucho menos que yo.

Después de Betsa llegaron muchas otras, como ella misma había predicho. Pero la más estúpida de todas fue Vicky. Tal vez debido a una neurosis de abandono o simplemente por idiotez congénita, estaba convencida de que a mí me encantaba cumplir sus pedidos triviales. “Escribime algo”, me decía como si yo no tuviera otra cosa mejor que hacer que revolverme en esa mierda. La mujer es un medio, no un fin. Pero ella ni lo sabía ni lo imaginaba. No cedí ni me traicioné, sólo la estafé. Durante un par de meses transcribí algunos versos de Benedetti sobre servilletas de papel, agregaba alguna dedicatoria cursi, a veces más cursi que el mismo poema, y se las entregaba puntualmente, todos los martes, junto con una cajita de fósforos. Leer y quemar, era la consigna. Vicky leía, quemaba, y sonreía. Un día me sorprendió.

–       Yo sé que vos no me escribís las cosas que me querés hacer creer que me escribís. –

–       Aja. – le di espacio para que se explayara.

–       Pero no me importa. Porque el esfuerzo es el mismo. Me pone contenta que te tomes ese trabajo para hacerme sentir bien. –

–       Ok. – contesté. Me paré y me vestí. Nunca más la vi. Nunca más la llamé, ni nunca más le atendí el teléfono. Demasiadas cosas tenía yo en mi cabeza como para tener que tolerar a una persona así de conformista. Ni siquiera tenía el culo de Betsa. Ni cerca.