* virulazo

me encanta que de repente

se te zafe la cadena

y te pongas a bailar

que revolees las tetas

que chives como una negra

y que el vino venga y venga

la cadera sobre el pum

sobre el pum del bajo y yo

te miro y me siento hermoso

acá abajo a un costado

chupando como un varela

mirando pasar la gente

con la humedad en la espalda

con las caras siempre igual

me siento hermoso, bueno, sensible

un nueve de área, un crack

un torpedo enamorado

una máquina sexual

me encanta verte ahí arriba

brillosa, altiva, perruna

con la mandíbula rota

con la mirada perdida

la lengua pidiendo pista

y la cadera sobre el pum

sobre el pum del bajo y yo

que chupo espaldas de gente

que juro amor a esta línea

un bicho flaco, finito

que serpentea hasta el baño

porque el deseo, la fe, el hastío

la mugre, el placer y el odio

van en el mismo tambor

y tanta belleza junta

no la puedo soportar.

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* el amor es boxindanga

el-amor-es-boxindanga-gonzalo-gerardin

Qué pasaría si un día
martes, jueves o domingo,
caminando por Combate
te dieras cuenta,
en un rapto de cordura
efímero y perentorio
como un rayo venenoso
que el amor no salva a nadie.

Que el amor es boxindanga,
directo, cross y uppercut.
un simio negro gigante
plantado como un demonio,
la mano enorme y racimos
de sopapos para vos
sparring que no resiste
que retrocede llorando
como una nena “señor, no me pegue,
no lo hago más, por favor”;
y ya el amor nada puede.

Qué pasaría si el negro
el amor, el cuco malo
te aplastara la mollera contra el piso
y el referí te contara
como baba del infierno
de adelante para atrás
hundiéndote un poco más
riéndose a carcajadas
al final del sexto round.

Qué pasaría si un día
las fotos de la repisa
tuvieran un tufo a muerto
y tu cara repetida
diez, catorce, veinte veces te mirara con vergüenza
¿dónde ha quedado el feroz?
¿dónde se fue la promesa?

El amor es boxindanga
y la sombra en la pared
ya no se mueve.

***

– Texto original para el blog Que No te Falle El Verosímil. 
– Ilustración original de Gonzalo Gerardin.

***

* savanah y los albatros

Las plumas, me dice. ¿Las plumas?, pregunto. Sí, las plumas. Las plumas son todo. Lo miro. Camuflaje, ventas, marketing. Así son los pájaros, mentirosos, falsarios, estafadores. Porque todo lo que importa está bien adentro. Lo miro. Seguimos caminando. Trato de pensar en las alas pero no puedo, no lo entiendo. Doblamos por Esmeralda y nos metemos en un cine porno. Continuado homenaje a Savanah. Savanah se terminó pegando un escopetazo en la cara antes de cumplir los veintidós años. Yo siempre preferí a Brittany, rubia también, pero más madura, más tetona y, sobre todo, más puta. Pensá en los albatros, me dice. Hago el esfuerzo pero no tengo la menor idea de cómo es un albatros. ¿Qué mierda es un albatros? Imagino algo parecido a un pelícano, pero dudo, porque si fuera así me hubiera dicho directamente pensá en un pelícano, no me hubiera dicho pensá en un albatros. Lo miro. Empieza la película. Savanah se voló la cabeza con una escopeta, le digo. No me extraña, me contesta, se nota que no tenía ningún propósito en la vida. Buen culo, sí. ¿Y eso que tiene que ver?, pregunto. Todo. Savanah chupa pija, las alas de los pájaros están constituidas principalmente por cartílagos, en el interior, que se unen entre sí, Savanah come verga por la concha, se entrelazan armónicamente y después, conformada la totalidad, Savanah garcha en cuatro patas, conforman el ala en sí, pero nosotros nunca vemos los cartílagos, sólo vemos el ala, Savanah coge por el culo, ¿entendés?, no, Savanah cabalga enorme chota, los cartílagos por separado no sirven para nada, para nada, pero si faltara sólo uno, apenas uno en ausencia, Savanah traga leche, la estructura compositiva del ala sería defectuosa, y ese pájaro del orto sería incapaz de volar, Savanah frota penes con las tetas, y así estamos, condenados, no vemos nada, nada, y nos creemos libres, Savanah se mete dos dedos, pero por más que ahora estemos tan contentos de que se nos pare la pija (como si además tuviéramos tremenda pija) mirando a esta puta de mierda, Savanah nos mira fijo, el vuelo siempre es corto y controlado, y todos, escúchame bien, pibe, todos terminamos pidiendo pista para aterrizar sin problemas, luces más, luces menos, Savanah grita. Lo miro. Trato de pensar en un albatros y no lo logro. Tres butacas más adelante vemos volar por el aire el chorro de semen que un gordo de sobretodo hace saltar a pura paja. ¿Sabrá el gordo que Savanah está muerta y por eso se excita tanto? ¿O preso de su ignorancia le da lo mismo ver coger a cualquier rubia para sacarse la leche de encima? ¿El karma de las pornstars es que se las sigan cogiendo después de muertas? ¿El karma de las de ojos claros es que las obligues a mirarte mientras te la chupan? ¿Qué debe esperarse de una mujer que se hace las uñas francesas? ¿Qué mierda es eso? Arranca la segunda película y en el cine somos cuatro. Tengo hambre pero también tengo miedo. No entiendo nada sobre alas ni libertad. Supongo que la clave es dejarse caer y averiguar qué pasa después. Pensá en las ciudades medievales, me dice. Lo miro. La clave es ir a menos, ir a la desesperación del instante único, le digo. Me mira. Sí. Seamos otra cosa, seamos más o seamos menos. Savanah sonríe. Vayamos a menos. A lo básico. Vayamos a la pornografía del primer impacto. Volvamos a los dedos tibios que acarician labios y orificios, que estimulan y penetran. Es imposible concebir una ciudad pensando en los detalles, me dice, la clave está en la estructura. Cartílagos. Entiendo el propósito, le digo. Savanah se arrodilla. El propósito es sexual. Me mira. El sexo comienza con una idea, pura intensidad, impulso y deseo, y después el sexo ya no importa. El propósito del ser humano es dejarse poseer por una idea. Una marea verde y voraz, espesa y pegajosa, incongruente, destructiva, inevitable y efímera. Savanah llora. Las torres y los corredores de las ciudades medievales tenían la función de protección y evacuación. Es imposible que fueran agregados al diseño inicial, ¿entendés?, no, no entiendo, pero sigo pensando en pájaros tullidos y en señores feudales. Le pregunto si conoce alguna estructura que pueda soportar el sismo del deseo. Me mira. Savanah duerme cubierta de esperma. Nuestra percepción, me dice, está tan atrofiada que ni siquiera podemos sospechar que nuestros ideales puedan ser falsos o erróneos, estamos seguros de que no lo son, porque ellos mismos representan nuestro sentido mismo de realidad; no hay cosa que nos haga ser más auténticos que el hambre por concretar un deseo. Energía, combustible. Somos bestias que nos buscamos por el olor, nada más que eso. ¿Qué es un albatros?, le pregunto. Un albatros es un buceador, pero también puede ser una cárcel, me responde. Nos vamos antes de que termine la película. Vuelvo a casa. Mamá duerme. Me acuerdo del gordo y pienso que no es ético cogerse a una muerta, pero tampoco es algo que pueda juzgarse apresuradamente. Salgo al balcón y mientras me acaricio la verga pensando en Brittany (¿estará viva?) siento la firme sensación de que la belleza es una víscera prendida fuego, una olla hirviendo que explota y chorrea, siento que la belleza es hacerse daño a sí mismo. Y es horrible.

 

 

* no te encariñes con tus monstruos

Poco después de salir del baño volvió unos pasos y sin saber bien desde dónde le había nacido ese impulso, sobre el espejo todavía empañado por el vapor de la ducha le dejó escrito un breve y ridículo mensaje de amor. O algo parecido. Unas pocas palabras, muy breves, nada originales, y su inicial pegada a un punto. El por qué determinados mensajes inequívocos, tanto para el emisor, nosotros mismos, como para el receptor, aquella única persona a la que le dedicaríamos tales mensajes, nos obligan a reafirmarlos con una rúbrica, insignificante o simbólica, es la expresión más abstracta y mejor acabada de nuestra propia inseguridad. Puede considerarse una sutil tortura, un recordatorio tan perfecto como insoslayable de que nada es lo suficientemente duradero, y de que aunque sepamos que todo desaparecerá algún día (y más aún unas pocas palabras cocinadas al vapor), tenemos la necesidad intrínseca de decir que estuvimos ahí, que hubo un momento en que fuimos parte de algo, un momento particular que nos hizo pertenecer a un entorno, a una historia. Esta es la historia de Juan. O mejor dicho, un breve repaso del día en que la línea argumental que lo había condicionado durante diez años, se diluyó sin más, como el agua que se escurre por la rejilla del lavamanos.

En ese momento, que después consideraría crítico y que durante años y años se reprocharía a sí mismo, sintió que esa pequeña acción cotidiana, esa demostración inusual de afecto – de las que ya no acostumbraban y parecían cada vez más enterradas – lo aliviaba de un lastre invisible que llevaba acordonado a sus pies desde hacía varios meses. Todo sucede sin que nos demos cuenta, variaciones milimétricas e imperceptibles de todas las cosas se van sucediendo día tras día, como una enorme confabulación que nos va empujando amablemente hasta que de golpe la percepción de un detalle insignificante (un cajón mal cerrado, una botella sin abrir, una raya de más en el parquet, un plato que sobra, un reflejo sobre una fuente de aluminio) nos devuelve la lucidez, y nos damos cuenta de que estamos parados sobre un borde oscuro e inestable, a punto de caer. La duración de la caída y los resultantes del impacto final variarán de acuerdo al peso específico del conocimiento que tenga sobre sí mismo el sujeto en cuestión. Supone Juan que éste fue el inicio de su autoconocimiento.

Cuando ella se levantó, él ya iba por el segundo café. Escuchó los pies descalzos avanzar por el pasillo, el correr de los aros de la cortina plástica, el golpe de la lluvia de la ducha contra el piso de la bañera; fue a la cocina y se quedó parado, releyendo el diario contra la mesada, un cigarrillo en la boca y el chirrido defectuoso del calefón como música de fondo. En algún momento tendría que llamar a un gasista o un plomero, pensó Juan, pero no ahora, mientras siga funcionando no tiene sentido preocuparse; además, siempre estos arreglos provisorios terminan al poco tiempo en catástrofes domésticas imposibles de evitar, es preferible dejar que el fluir natural decida el momento del final, y el del nuevo principio. Un nuevo principio. Tal vez tomar la decisión de cambiar el calefón fuera la oportunidad que estaba esperando, un rito iniciático, un cambio de paradigma en la relación que les ofreciera un aire renovado, o tal vez fuera alguna otra de las estupideces que se le cruzaban por la cabeza cuando pretendía convencerse de que podía tomar control de su vida. Ella salió del baño, se vistió rápidamente, lo saludo sonriente como todos los días y se fue a trabajar. Desde la cocina, Juan escuchó sin moverse los tacos alejarse rumbo a la puerta y luego las dos vueltas de llave que lo dejaban, otra vez, encerrado consigo mismo. Ninguno de los dos dijo nada sobre el espejo.

Juan encendió un cigarrillo y se sentó en el sofá. Después se recostó y se tapó con una manta, orientando la cabeza para que el sol que entraba por el ventanal le pegara de lleno en la cara y le obligara a cerrar los ojos. Quería pensar, entender las trabas de su propio funcionamiento y trabajar sobre su conducta y su fuerza de voluntad. Reflexión. Introspección. Aguantar el dolor de cabeza, resistir al sueño, ambos mecanismos de evasión. Atravesar el pensamiento de manera consciente y reflexiva, sin importar la repetición. Sin someterse al después. Confrontar consigo mismo todas esas cosas que creía que sucedían y que consideraba tan geniales, tan nada. ¿Quién sos, Juan? No tengo idea. ¿Qué estás haciendo, Juan? ¿Hacer? ¿A qué le tenés miedo, Juan? No entiendo la pregunta. No te duermas, Juan, no abandones. Pensá, para eso estamos todos acá, el sofá, la manta, el cenicero, el sol y yo, para ayudarte. ¿Querés que te ayudemos, Juan? No sé. No tengo idea. No entiendo. Bueno, Juan, colaborá un poco. ¿Cómo? Pensá. No puedo. Sí podés. No. Sí. Quiero dormir. Ahora no, Juan, no pierdas el tiempo. Pensá. Abrí los ojos y decime quién sos. Entonces Juan abrió los ojos y trató de hablar, buscó respuestas por todos lados pero por más que se esforzó no pudo encontrar nada que lo satisficiera; la angustia que lo desvelaba y que lo mantenía recluido en su casa casi por completo seguía siendo enorme, y la búsqueda de significados le resultaba dolorosa e inútil. ¿Qué sos, Juan? Ante la falta de relaciones semánticas, Juan comenzó a explorar su propia sintaxis, las coincidencias y repeticiones, las constantes y las variables, la coherencia necesaria para comprenderse. Porque yo soy un sistema, se dijo Juan, un conjunto de elementos armónicamente relacionados en el cual la percepción de la totalidad es mucho más que la suma de las partes. Un sistema funciona cuando se percibe de manera total y no sesgada, cualquier desatino en la elección o relación entre sus elementos particulares destruyen el significado mayor, y ese es el momento en que se perciben las fallas de la construcción de sentido y significado. Pero así y todo, ¿cuál es mi función? No te duermas, Juan, estamos acá. Estás llegando. ¿Qué? Estás llegando. No. Sí. Aguantá. Pero el sueño se desprendió con furia desde algún lugar, disfrazando el castigo de placer, y todas las fuerzas se redujeron a ceniza, como la del cigarrillo que Juan seguía fumando, y los ojos cedieron, el cuello comenzó a doler, el sol a calentar más y más, y la voluntad desapareció. El consuelo de Juan pudo ser creer que al otro día podría repetir este acto, y pasado, y el martes, el miércoles, y luego todos los días, hasta convertirlo en costumbre. Hasta el punto de no pensar más en eso, como hacía con todas las cosas.

Lo despertaron las dos vueltas de llave y los tacos acercándose. Desde el sofá la vio pasar hacia la cocina con dos bolsas llenas de provisiones. Un día más que se fue entre la ducha matinal y la cena, un lapsus de tiempo indeterminado en el que suceden cosas que no somos capaces de imaginar que suceden, una abertura natural y perversa por donde asomar el hocico y morirse de miedo. Una ventana que no muestra ningún prado del otro lado, ni bosques, ni plantaciones de naranjos, ni animales silvestres, ni olas rompiendo contra pacíficos acantilados. Ella se puso a cocinar y desde la cocina le comentó en voz alta qué tal había sido su día en el estudio, la cantidad de formularios, lo rico que estuvo el almuerzo, lo mal cogida que es la secretaria de Suárez, y lo simpáticos que le caían los chinitos del supermercado. Él fue hasta el baño, se lavó la cara, se peinó y se cambió la remera; se quedó un momento mirándose la cara en el espejo y contestó que sí cuando ella le preguntó si la había extrañado. Compartieron un vaso de soda en la cocina mientras ella seguía cocinando. Falta un rato, dijo ella. Voy hasta el kiosko, dijo Juan. Desde la esquina le pareció escuchar cómo crujían los vegetales en el aceite hirviendo del wok.

 ***

* muñequita de coco

Siempre estuvo loco por ella, desde que la maestra de sexto los obligó a compartir pupitre. La miraba y se le venía el cielo abajo, no podía sacarla de su cabeza. Se levantaba siempre a tiempo y jamás se quedaba dormido, llegaba siempre diez minutos antes del timbre de ingreso, y era el primero en ingresar al aula. Se emprolijaba la camisa y el pelo, acomodaba la cartuchera y el cuaderno, se olía los sobacos por si el apuro por llegar lo hubiera traicionado con un poco de sudor, y se miraba las uñas en busca de alguna suciedad inadvertida. Después se quedaba esperándola sentado en silencio. Ella llegaba cinco minutos después, su papá la dejaba en la puerta del colegio y la miraba desde el auto mientras cruzaba las puertas de hierro revoleando la cola de caballo. Avanzaba por el patio mezclándose con los demás chicos, y a pesar de rozar el metro veinte, resaltaba del resto por ese algo que llevaba encima, ese aura especial que él, sin otra definición mejor que ofrecer, llamaba magia.

Bajo esa magia cayó hechizado sin resistencia al darse cuenta de que se sentía feliz; desconocía si eso era amor o qué, pero sabía plenamente que todos sus pensamientos comenzaban y terminaban en ella. Desayunaba el café con leche pensando en sus manos, manos pequeñitas que manejaban con destreza la lapicera, llenando los renglones con letras redondas y perfectas; miraba la televisión y en cada actriz que veía trataba de encontrar unas orejas tan perfectas como las de ella, a las que a veces, en clase, acercaba emocionado sus labios para soplarle alguna respuesta difícil. Al final del día, después de cenar y matar un poco el tiempo escuchando la radio, apoyaba la cabeza en la almohada y le bastaba con cerrar los ojos para que la imagen de su compañera de banco se encendiera en la oscuridad como un hada protectora que lo reconfortaba y le daba sentido a cada una de sus noches. Ese era el mejor momento de todos. De hecho, empezó a masturbarse pensando en ella, conoció los primeros placeres con la silueta grácil que flotaba en la negrura de su habitación. La imaginaba enfundada en el equipo de gimnasia reglamentario, tan estrecho y tan azul, que le marcaba las piernas firmes y sólo dejaba al descubierto los tobillos blancos y finos, y no podía contener la excitación ni el impulso primitivo de autosatisfacción. Tan preso estaba de ese deseo, que no le importaban las burlas que sus compañeros de curso hacían sobre su cara de bobo enamorado, ni los continuos llamados de atención que le hacían las maestras por su falta de atención, ni los reclamos de su madre cada vez que se encerraba en el baño por más de media hora.

Ella nunca se enteró de que era la fantasía que se derramaba cada noche en las manos de su devoto admirador. Ese año y el siguiente la inocencia fue su mayor virtud. No se imaginaba que lo tenía hipnotizado con el olor a coco que salía de su pelo sedoso, con sus pestañas largas y onduladas, con el ruidito que hacía al mascar los caramelos, chasqueando la lengua para despegarse el pegote de entre los dientes, y ni se le cruzaba por la cabeza la idea de que su propio nombre fuera utilizado como grito de guerra cada vez que su inofensivo compañerito de banco, amigo fiel y desinteresado, descargaba contra las sábanas chorros y chorros de una pasión inexplicablemente temprana.

Lo que a él más lo perturbaba era la imposibilidad que tenía para poder expresarle su adoración, todo ese sentimiento lo desbordaba y lo llenaba de angustia tener que lidiar con eso sin ayuda. Apenas hablaba con su familia, sus padres no le prestaban suficiente atención, sólo les importaba que no trajera mayores problemas a la casa, y su hermano menor era a su consideración un enano imbécil que no comprendía más que de soldaditos y figuritas autoadhesivas. Sus noches sumaron entonces una nueva actividad; después de las infaltables caricias, se abocó a meditar sobre las posibles maneras de vencer su incapacidad verbal. Por más que le daba vueltas al asunto, no podía ver con claridad y las posibles soluciones que ideaba se le embrollaban unas con otras, considerando pros y contras, evaluando planes de acción y dibujando en el aire complejos cuadros de relaciones. Pronto se dio cuenta de que era un inútil para encontrar el remedio a su problema, y que jamás podría establecer con ella un vínculo más profundo si no franqueaba la barrera invisible de lo no dicho. Pero lo que más lo asustó fue darse cuenta de que no estaba seguro de que era lo que realmente quería. A los once años tuvo que enfrentarse con su primer dilema filosófico; si bien estaba dispuesto a inmolarse con su confesión frente a quien sea con tal de terminar con la angustia del secreto, le parecía una estupidez enorme hacerlo sin una razón de peso, sin un objetivo concreto, que luego de conseguido, o no, le marcara la dirección de sus acciones. ¿Quería ser su novio? ¿Se casaría con ella? ¿Estaba dispuesto a aventurarse en una relación tan precoz? ¿Le alcanzaba con tomarla de la mano? ¿Qué pasaría si ella, una vez vomitada su confesión, lo rechazara, o peor aún, se burlara de él limpiando el piso con sus sentimientos? ¿Prefería seguir masturbándose a escondidas, mancillando su hermoso nombre, antes de correr el riesgo de hacer el ridículo frente a todos? ¿Este motor que lo ponía en marcha era amor sincero e inocente o simplemente deseo carnal, el temido pecado de lujuria?¿Debía confesarse, correr hasta la parroquia y arrodillarse en el confesionario oscuro delante de un hombre que tal vez nunca hubiera sentido algo como lo que él estaba sintiendo ahora? ¿Era posible morirse de amor? Por suerte estas preocupaciones no lo desvelaban demasiado, porque el sopor que lo adormecía luego de cada práctica onanista le daba, como mucho, diez minutos antes de quedarse profundamente dormido.

Los días que ella no iba al colegio eran como una navidad triste, pobre, descolorida. Solo, en la segunda fila de bancos, pasaba las horas mirando fijo al pizarrón y copiaba en el cuaderno cuentas y oraciones como un autómata, elucubrando por dentro qué le podía haber pasado. ¿Se había enfermado? ¿Había tenido un accidente? ¿Ya no quería sentarse a su lado? ¿Había descubierto su actitud pecaminosa y ahora lo odiaba y lo castigaba negándole el privilegio de su compañía? Pensaba y escribía, pensaba y borraba. Los días sin ella eran eternos, parecían no querer irse y darle paso al siguiente, en el que volverían a estar juntos. Eran arenas movedizas que se lo iban devorando lentamente, de los pies a la cabeza, hundiéndolo en la tristeza. Como un gorrión asustado recorría durante los recreos el patio enorme, más enorme e infinito sin ella, sin su cara minada de pecas, sin el placer de espiarla con disimulo amparado detrás de una columna, sin su cola de caballo tirante amarrada con la gomita blanca y sin el rebote de sus zapatos de punta redondeada contra las baldosas blancas y negras. Sin ella el pupitre era un cepo de tortura que lo mantenía atrapado en el vacío. Sin ella se sentía sepultado por la ausencia.

Los viernes eran el peor día de la semana, sabía que iba a pasar más de cuarenta y ocho horas sin verla y los sábados y los domingos le dolían como puñales; por más que su imaginación jamás se detenía necesitaba alimentarla constantemente para transformarla en realidad. Las vacaciones de invierno fueron un calvario, pero las llevó con dignidad. Dormía hasta bien entrada la mañana sin que nadie lo moleste, aunque a veces el enano imbécil se ponía cargoso y lo tenía que aleccionar con un par de golpes; a la tarde, antes de que llegaran sus padres de trabajar, se tiraba en la cama a pensar en ella. Suponía que estaría haciendo lo mismo que él, o casi, no hay mucho que hacer en las tardes heladas de julio; seguramente estaría tirada sobre la cama, hecha un ovillo como una gata remolona aprovechando la siesta, iluminada por pequeños rayitos de sol. Se ponía contento al saber que su imagen no había perdido nitidez, que podía reconstruir su cuerpo hermoso y pálido cuando quisiera y donde quisiera, pero se moría de amargura al verse inmóvil y atorado en una relación hasta el momento unilateral. Sufría también porque sabía que después de esas dos semanas de receso sólo quedarían unos pocos meses para el final. Y después quién sabe. La primera semana meditó muy seriamente los pasos a seguir, no podía seguir así toda su vida, tocándose cobardemente sin afrontar como un hombre el infierno que conlleva el amar a una mujer. La segunda semana la usó por completo para juntar coraje y elegir cuidadosamente cada palabra que le diría en el primer segundo del primer minuto del primer recreo del primer lunes del segundo cuatrimestre.

Y llegaron las clases. Toda su hombría estaba en juego como nunca antes; las peleas en la esquina, las figuritas robadas, el autito más rápido, las pulseadas ganadas, las malas notas en el boletín, el eructo más sonoro, el pito más largo, las manos más fuertes, todos esos desafíos que van formando el carácter dentro del ámbito escolar le parecían ahora juego de niños, niños de los que él se estaba alejando a la fuerza, llevado en andas por el deseo. Ahora era un hombre. Un hombre enamorado. El sábado a la tarde se había cortado el pelo y lustrado los zapatos; el domingo a la mañana fue a misa de diez y por las dudas cuando salió rezo tres padrenuestros extra. Después de almorzar alistó todos los útiles y le sacó punta a los lápices, el resto de la tarde se le fue buscando cosas que hacer para no ponerse nervioso. A la noche cenó poco y se fue a dormir temprano para llegar a tiempo y bien descansado al comienzo del día más importante de su vida.

La mañana del lunes un cielo rosado lo acompañó las cuatro cuadras que separaban su casa del colegio, a medida que se iba acercando a las puertas de hierro, el pecho se le hacía cada vez más chico y la cara se le ponía cada vez más roja. Llegó, entró al aula y repitió el mismo ritual de siempre, cartuchera, cuaderno, pelo, camisa, sobacos, etc. Cinco minutos después, puntual como de costumbre, ella apareció bajo el marco de la puerta. La vio y los ojos le brillaron. La recibió con una sonrisa que no le entraba en la cara y le mostró todos los dientes como cordial bienvenida. Ella se acercó, lo miró, lo saludo alegremente, se sentó y se aflojó un poco la gomita del pelo. El olor a coco llenó el salón y le perforó los sentidos. Casi se desmaya de la alegría, pero tuvo tiempo para sentarse y disimular. Las dos horas de Ciencias Naturales pasaron tranquilas y sin molestar, estaba bien decidido a no apresurarse, si las cosas no se hacen a su debido tiempo suelen salir mal, eso lo sabía muy bien. Terminó de dibujar e identificar los órganos del aparato digestivo justo cuando sonó el timbre del recreo. El curso entero se atropelló contra la puerta angosta para huir rápido y no perder un segundo de libertad. Él esperó, salió último y encaró para las rejas que daban al jardincito del fondo, donde se juntaban las nenas más grandes, de sexto y séptimo, a cuchichear quién sabe qué mientras jugaban al elástico. Atravesó la muchedumbre mirando hacia delante fijamente, a los costados todo se desvanecía y las siluetas que corrían, saltaban y gritaban a su alrededor eran meros maniquíes, simples circunstancias que nada entendían de este amor. Era un héroe, un devoto en la procesión más larga de todas, un maratonista sufriendo en cada músculo los últimos metros. Llegó hasta el grupito de nenas y se plantó frente a ellas sin miedo, tranquilo, con la mirada serena y expresiva. Todas lo miraron y se codearon entre ellas riendo por lo bajo. Ella guardó un caramelo en el bolsillo del guardapolvo, lo miró y se acercó dando dos pasos. Él avanzó dos más, tragó saliva, y con la ternura de quien acaricia un cachorro, le preguntó si le gustaría, un día de estos, ir a tomar la leche a su casa. Ella sonrió.

* errores

Pensamos que nos quisimos a nuestra manera y que lo que no sucedió fue lo mejor que nos pudo haber pasado. Pensamos que hay un destino y un camino escrito y que está bien que ahora estemos cada uno en su lugar, con una vida nueva y un porvenir ansiado. Pero yo creo que fuimos cobardes. La verdad es que yo fui un cobarde, y lo sigo siendo. Me dijeron una vez que era tan perdedor que no me daba cuenta ni de cuando ganaba, y hoy, después de reír con ganas, me convenzo de lo certero de la afirmación. Te dejé ir como a muchas, a demasiadas, sometido por un lirismo que me impedía vivir de verdad y me dejó encerrado en una burbuja por años y años. Que me haya dado cuenta del error no lo subsana ni me hace mejor hombre. Recuerdo cada escalera y cada ascensor, cada colegio y cada uniforme, cada balcón y cada concierto, cada mirada y cada abrazo, cada palabra de más y de menos, cada momento en el que estuve a punto de decirte algo que nunca te dije, cada uno de esos momentos que tuve que sepultar. Malos recuerdos. Y como un imbécil me oculto de ellos, me escapo de nosotros para no volver a sentir nada de todo aquello. Jugamos a madurar y nos obligamos a decirnos lo que nos parecía correcto, pero nada tenían esas cosas que ver con lo que realmente deseábamos; crecemos buscando la tranquilidad, y la tranquilidad que más nos calza es la de encontrar la manera de librarnos de culpa y cargo frente a los demás, de no hacernos más daño. Pero el daño es anterior, y ni mis palabras ni tus confesiones, ni nuestras sonrisas melancólicas pueden sanar ninguna de las heridas; por error u omisión nos quedamos sin saber, sin probar. Cometimos la peor falta de todas, no nos animamos a elegir. No, eso no es verdad. Yo siempre te hubiera elegido a vos, y cuando digo siempre digo ese siempre, el de entonces, el que podemos imaginar, no hay otro siempre más que el inmediato. No sé qué pensabas entonces ni qué pensarás ahora, pero puedo intuirlo y me juego todo a que no estoy equivocado, porque el brillo que nos brota cuando nos miramos y fingimos haber crecido es el mismo que nos llenaba las pupilas cuando creíamos estar creciendo. Sé que me quisiste y sé que te quise, y sé que coincidir en que ya no nos queremos es un error.

* los últimos días de octubre

La veíamos pasar todos los días a la misma hora y con el mismo trotecito apurado. Radiante, ligera y delicada, toda su esbeltez se sacudía como un carro cargado de frutas prohibidas. Pedro decía que eran como esas naranjas jugosas que al primer mordisco te explotan en la boca, Lucho que eran suaves duraznos apenas maduros, y yo solamente pensaba en los pomelos rosados, firmes y dulces, que crecían en el patio del fondo. Más allá de toda metáfora, aquellas eran, sin duda alguna, las mejores tetas del mundo. Las más grandes, redondas, hermosas y perturbantes que habíamos visto en toda nuestra corta vida. El vaivén, el rebote, el equilibrio; la proporción, la simetría, la densidad, todo era perfecto en esos pechos erguidos y opulentos que nos nublaban la vista y la razón. Nuestro primer amor fue un flechazo certero y brutal que nos dejó tallado en piedra en nuestra memoria el mágico recuerdo de esa mujer impalpable, y de sus tetas.

Todas las tardes repetíamos el ritual, y con sólo verla venir desde la esquina se nos aceleraban los latidos y las manos nos sudaban inquietas. Al principio nos daba un poco de vergüenza que pudiera darse cuenta de nuestra pueril obsesión y tratábamos de disimular la efervescencia que nos causaba, pero rápidamente fuimos perdiendo el miedo y la mirábamos embobados, sin disimulo, como vacas mirando el paso hipnótico del tren, sin perdernos ni un segundo de ese breve éxtasis que nos regalaba al verla pasar. Por las noches la soñábamos tal cual la habíamos visto ese mismo día, y saboreábamos nuevamente cada detalle. Durante el día, mientras sufríamos la espera del nuevo encuentro, jugábamos a adivinar el color de la blusa que llevaría, si vestiría pantalones o pollera, si el pelo recogido o al viento, si la cartera, o el bolso, o el morral combinaría con las botas, las sandalias, o los tacos altos.

Éramos afortunados de conocer toda esa belleza, nos sentíamos elegidos, tocados por una varita mágica. Nuestro entorno inmediato era la referencia cruel que nos daba la razón. Con sólo una mirada a nuestras compañeritas de curso, cualquier comparación resultaba odiosa y deprimente. Ni una curva, ni un ángulo, ni cóncavo ni convexo, ni una sola insinuación de redondez se dejaba ver en esos cuerpos todavía de nena. Tal vez podíamos encontrar en alguna de ellas una carita dulce, unos ojitos chispeantes, o una sonrisa simpática, pero no más. A los doce años cualquiera puede tener un gran futuro potencial, pero en ese presente imperfecto somos como la masa amorfa de una torta de cumpleaños a medio cocinar. Nuestro cisne opacaba en años luz a los desgarbados patitos feos que nos rodeaban. Era nuestro tesoro. Mientras la mayoría fantaseaba a la distancia con jóvenes actrices de telenovela, estrellas internacionales, o alguna vedette infame de escaso talento, nosotros teníamos cada tarde, en vivo y en directo, nuestra cita con el deseo. Y la felicidad. Todos nuestros problemas y todas nuestras preocupaciones se esfumaban en el aire cuando veíamos avanzar hacia nosotros ese tremendo par de tetas, irresistible e inalcanzable como un aleph que resumía y condensaba todo nuestro universo.

Uno de los últimos días de octubre, envalentonados por alguna sonrisa que creímos ver en su boca, que tal vez imaginamos, y que tal vez nos destinó, tomamos coraje y decidimos confesarle todo nuestro amor. Nuestra estrategia era cobarde, lo admito. Con aire inocente le diríamos hola, y sin dejarla pensar demasiado le preguntaríamos su nombre. Con eso nos alcanzaba, un mínimo contacto, un hielo que se partiría en mil pedazos. Y con la respuesta de una única palabra le robaríamos un pedazo más, la haríamos más nuestra que nunca, estallaríamos de gozo y alegría al impulsar la relación a otro nivel. Llegamos más temprano que de costumbre, con la ropa de sábado impecable, pero no nos sentamos, una ocasión como esa tenía que ser celebrada de pie, estoicamente. Llegó la hora. Lucho me miraba, Pedro me miraba, yo los miraba, los tres mirábamos hacia la esquina prometida. Pero ella no pasó. Esperamos durante una hora en la misma posición. Después nos miramos otra vez en silencio y nos fuimos despacito, sin decir nada. Tampoco pasó al día siguiente. Ni al otro. Ni a la otra semana. Ni nunca más. Sin darnos cuenta llegó el final. Ni anunciado ni abrupto. Llegó como llegan los finales reales, no los de fantasía. De manera simple y natural. No hubo misterio ni tragedia. No nos quedaron ni odios ni rencores, ni siquiera angustia. Solamente nos quedó en la boca el sabor etéreo de la más deliciosa fruta que nunca pudimos probar, ni nombrar.