* bajo el agua

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Sexta entrega de la saga del Gringo y la Lucecita, obra en colaboración con el Sr. Blopas, que también pueden encontrar en su blog “Proyecto Anecdotario”. 

La 1ra parte la encuentran acá:  dos guitarras y un cajón peruano.

La 2da parte la encuentran acá:  tinta fiera.

La 3ra parte la encuentran acá:  la última estación.

La 4ta parte la encuentran acá: los piojosos.

La 5ta parte la encuentran acá: la culpa no es del toro.

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Después de la neblina llegó el frío. Y luego el agua. Llueve. El gris de la media tarde amenaza con  eternizar el hastío. Desde la reposera de mimbre en la galería, con la vista hundida en el aguacero y los dedos tamborileando sobre el talero de cuero crudo, Barzola deja que su mente abandone el campo con el recuerdo de los peones malogrados. La cortina de agua es pareja, pero no lo suficientemente opaca como para impedirle divisar, a cincuenta metros, la gamela que la estancia tiene destinada a la peonada. Barzola no ha movido la vista en minutos, y su cara muestra el gesto de aquel que pelea contra una idea hasta encontrarle la claridad necesaria. En los últimos días hubo demasiado movimiento, y el avispero parece estar a punto de explotar. Aguza el oído con la esperanza de que el rebote de las gotas en los charcos recién formados le traiga montada en el viento alguna palabra de las que se pronuncian entre sus comandados.

Allá, a esos cincuenta metros que separan el rigor de la obediencia, los piojosos de Barzola se entretienen escuchando los gotones que golpean contra la chapa del tinglado. Algunos continúan con el mate desde la mañana, otros, curtidos, ya tempranean la caña, y dos o tres contemplan el aguacero apoyados en el marco de la puerta de la gamela. En las caras aflora la intriga por la ausencia inesperada del Gringo, que después de la visita de las oficiales desapareció sin avisar. Pero nadie se anima a decir nada. Prefieren contarse por enésima vez las mismas historias de aparecidos, gualichos, luces malas y basiliscos que han venido contando cada tarde de lluvia desde hace años. A falta de algo mejor para hacer, todos aceptan volver a escucharlas.

–      Llueve con globito. – dijo el tape Ensina mientras negaba con la cabeza. –  Esto no termina acá… –

–      Y sí. – confirmó el uña ‘i gato salivando entre dientes para afuera. – Cómo la vino a cagar el Juancito, ¿eh? –

–      Y sí. El tiempo está rareando, hay que cuidarse, Germán…- Ensina había cargado la frase con un tono a la vez cómplice e intrigante. Sin llegar a comprenderlo del todo, el uña ‘ì gato le devolvió una mirada oblicua. – Con esa niebla, ninguno se hubiera encerrado con los toros. ¿Me entiende, amigo? –

–      Y sí. Pero si el patrón manda…pobre Gauna… –

–      Y sí. Justamente. –

–      Al petiso que vino hoy con el comisario me parece haberlo visto antes, pero no estoy seguro. Estoy pensando pero no me puedo acordar…-

–      No piense tanto, mi amigo, y si piensa no cacarée tan fuerte; nunca se sabe quién anda escuchando por ahí, ¿me entiende? –

Ambos callaron. Sobre el tinglado de chapa, los gotones eran el eco de los pensamientos encendidos de la peonada.

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Llueve. Becerra y Carlini están sentados uno frente al otro. Los separa el escritorio robusto de la dependencia, que cruje por la humedad. No se miran. Carlini está encorvado hacia adelante, casi metido dentro de su cuaderno, revisando una vez más las anotaciones de la mañana y tratando de ordenar todos los datos para establecer una hipótesis consistente. Becerra relaja las piernas apoyándolas sobre la punta del escritorio, el pie derecho sobre el izquierdo, descansa la columna contra el respaldo de la silla; tiene la cabeza echada hacia atrás y mira las manchas del techo como interpretando un mapa de relaciones. Sonríe, o eso parece. El Topo Carlini es de su extrema confianza, lo sabe un hombre de ley, lo sabe íntegro y determinado, con una experiencia enorme en despejar todo tipo de entuertos rurales. De golpe, Becerra se endereza y deja caer la mano de plano contra el escritorio, llamando la atención del ayudante y presto a intercambiar impresiones.

–      Bueno, Topito, ya hemos visto a la yunta de bueyes y pisamos la tierra arada ¿Y ahora?-

La pregunta estiró el silencio de Carlini por un par de minutos.

–      Tenemos dos cadáveres en tres días. Supongamos que lo de Gauna haya sido realmente un accidente, cosa dudosa; nos queda el asesinato de Lorenzo. Los dos occisos nos llevan a Barzola y el Gringo, pero al parecer se cubren mutuamente.

–      Ajá… –

–      Si las dos muertes están relacionadas, aún no veo el móvil. Tal vez los peones se habían puesto molestos. Con echarlos alcanzaba, pero no. Y ahí tampoco entiendo la conducta del Gringo.

–      Ajá… Siga, siga, topito, escarbe… –

–      Algo no cuadra, ¿se da cuenta? ¿Cómo puede ser que en la estancia siga todo un curso normal estando la cosa tan caliente? El Lorenzo todavía está tibio. Y tampoco entiendo por qué no los retuvimos unos días acá en la dependencia. En cualquier momento se mandan todos a mudar y los que vamos a ir presos seremos usted y yo. –

–      Ajá… Tranquilo, Carlini, nadie se va a escapar, créame. Nunca olvide que siempre voy un paso delante suyo. Hay algo que no está en su libretita…-

–      Caramba, ¿qué? –

–      Quién, es la pregunta. Alguien más fuerte que un par de bueyes. – Por unos instantes, el desafío sumergió a Carlini en densos razonamientos, hasta que un nombre apareció como por arte de magia en sus labios.

–      ¡La Lucecita! Pero, Comisario, no va a esperar que ella delate a su propio padre…-

–      ¿Quiere que le cuente una historia interesante? –

–      Se me hace que usted sabe cosas que yo no, Becerra. –

–      Ajá… Una historia que sucedió la noche siguiente al asesinato de Lorenzo, cuando seguí al Gringo y la Lucecita hasta los fondos de la estación. –

Carlini, sorprendido, abre los ojos y las orejas. Bajo el agua, la investigación toma un nuevo rumbo.

* la culpa no es del toro

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Quinta entrega de la saga del Gringo y la Lucecita, obra en colaboración con el Sr. Blopas, que también pueden encontrar en su blog “Proyecto Anecdotario”. 

La 1ra parte la encuentran acá:  dos guitarras y un cajón peruano.

La 2da parte la encuentran acá:  tinta fiera.

La 3ra parte la encuentran acá:  la última estación.

La 4ta parte la encuentran acá: los piojosos.

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No solamente niebla había traído la primavera, sino también una seca brutal que de a poco fue convirtiendo al arroyo en un alambre de vidrio. Entre las crostas desordenadas del lecho marrón, la vida y la muerte se las arreglaban para seguir adelante. Y los chimangos, de parabienes. Pajarracos de porquería. Con ojos turbios y desafiantes calculaban el resultado de la deprimente ecuación; mucho animal sediento, poco pastizal en pie, apenas yuyos… mucha víbora. No era raro que en ocasiones, al irse la niebla, quedara a la vista alguna osamenta de vaca desparramada sobre la tierra. Desorientadas, pisaban a las cruceras; al rato flaqueaban las patas y se recostaban suavemente sobre un costado. Se entregaban mansas e ignorantes a la muerte lenta. Después, los gases de la pudrición las inflaban, las deformaban, las transformaban en carroña. Un espectáculo feo para cualquiera, salvo para los chimangos que esa mañana amanecieron alrededor del cuerpo helado del peón Juan Gauna.

Al mediodía el aire estaba limpio y no había nubes que se animaran a tapar el sol, como si la niebla se hubiera retirado de golpe para facilitar el hallazgo macabro.

–        ¿Ve usted lo que yo, comisario?-

–        Yo estoy viendo lo que usted verá en un rato, Carlini.-

Justo Becerra y el oficial Carlini bajaron por la pendiente. Carlini seguía al comisario un par de pasos atrás, un poco porque iba anotando prolijamente sus observaciones y otro tanto porque que era cortito como tranco ‘e pollo. Ambos sabían que la naturaleza tenía sus propias leyes, seguramente cercanas a las de Dios, si es que éste existía. No poseían el espíritu rústico de la gente del campo, aunque sí un olfato muy delicado al momento de rastrear a quienes se apartaban de las leyes del Hombre. Odiaban el haberse mojado los zapatos, las medias y los pantalones del uniforme con el pasto aún húmedo, pero no lo hablarían hasta llegar al patrullero, en privado. Los sabuesos tenían un motivo muy poderoso para estar ahí: el segundo cadáver que en pocos días había aparecido en la órbita de la estancia. Al llegar al potrero de los toros, un hombre con cara de pocos amigos los recibió con la diestra extendida.

–        Barzola, a sus órdenes. –  Antes de las presentaciones de rigor, los oficiales cruzaron una mirada inequívoca.

El lote estaba vacío. Carlini echó un vistazo rápido y comenzó a caminar meditando cada pisada. Avanzaba dos pasos, se detenía, miraba el cielo, anotaba en la libreta, daba un paso más, volvía la vista hacia Becerra y Barzola, avanzaba. Le llevó cinco minutos llegar hasta el esquinero contra el que estaba apoyado el cadáver. Era evidente que lo habían movido hasta allí, nadie se muere de una cornada de toro y queda acomodado de manera tan gentil. Hasta Carlini sabía eso. El pobre Gauna tenía la espalda apoyada contra el esquinero y la cabeza ladeada como tomando una siesta contra el alambre de púa. Carlini espantó con un gesto a dos chimangos irrespetuosos que le picoteaban la cara. Uno de ellos se alejó con un aleteo desprolijo; de su pico colgaba la gelatina albiceleste que Gauna solía llevar por ojos. Bichos de mierda, pensó Carlini. Miró el cuerpo del peón sin emoción alguna, no era el primer muerto que le tocaba inspeccionar. Sobre el pecho descubierto de Gauna se veía la cornada limpia y brutal; tenía la camisa pegoteada con tierra y sangre, varios rasguños en los brazos y los puños apretados. El ojo izquierdo, que se había salvado del saqueo de los pajarracos, sostenía una expresión que Carlini no pudo evitar reconocer. Mientras el comisario y el capataz seguían hablando desentendidos, se puso a inspeccionar, usando el lápiz como herramienta forense, las evidencias que el cuerpo ya tieso de Gauna le brindaba.

–        Espesa la niebla… – dijo Becerra mirando fijo a los ojos de Barzola. –

–        Ajá. – respondió Barzola secamente. – A mí no me disgusta del todo, lo que tiene de malo es que en mañanas así la peonada se me resiste a arrancar. Les falta coraje, se ve. –

–        Parece que a éste no le faltaba. Pero ahora no le quedó nada, le falta todo. –

–        Ah, el pobre Gauna, la excepción a la regla. Un tipo diferente a las otras lacras. Una lástima. –

–        Una lástima, pero lo mandaron a arreglárselas a tientas con animales tan peligrosos. – retrucó Becerra sin bajar la mirada. – ¿No le parece, mi amigo? –

–        Cosas del patrón… y del agrónomo. Yo obedezco nomás. De lo único que entiendo es de órdenes, no de propósitos, comisario. El patrón no está, pero si quiere le llamo al ingeniero. – Barzola extrajo de su campera un cigarro armado y le dio mecha con un encendedor de bronce algo desvencijado.

–        ¿Y el toro? – preguntó Becerra ignorando las últimas palabras del capataz.

–        Andaba nervioso, así que tuvimos que llevarlo con los demás al lote del fondo. Si estuviera acá ni usted, ni el inspector, ni yo estaríamos conversando tan tranquilos. Martínez es una fiera. –

–        ¿Martínez? –

–        Así se lo llama. No me mire raro, yo no le puse ese nombre. –

–        Al oficial Carlini y a mí nos gustaría verlo más de cerca… – arremetió Becerra mirando con ojos entrecerrados para el lote del fondo, donde la torada se mantenía todavía ajena a la tragedia.

–        Como guste, ya le mando un peón para que los acompañe. Yo debo disculparme, pero un asunto urgente me reclama. Si no tienen más dudas…-

Barzola se dio vuelta y levantando los brazos llamó a uno de sus hombres. En ese momento, Carlini se acercó hasta los dos hombres. Se paró a la par del comisario y sin que Barzola lo notara le puso algo en la mano a Becerra. Éste lo palpó con la palma y las yemas, pero ni siquiera amagó mirar de qué se trataba. Entre los dedos agarrotados del cadáver de Gauna, la pericia de Carlini había descubierto un pedazo de piolín de unos treinta centímetros de largo; su olfato para aquellos asuntos le decía que se trataba de una pieza importante para entender el accidente entre el malogrado Gauna y el angus reproductor.

–        No por ahora. Vaya nomás. – dijo el comisario, expeditivo.

–        Por acá estaremos. – respondió el capataz.

Los tres hombres se estrecharon las manos como estudiándose la fuerza y la astucia. El peón que había llamado Barzola llegó hasta ellos.

–        Acá está… – comenzó a decir Barzola, pero el comisario lo interrumpió sin que pudiera terminar la frase.

–        El Gringo. Ya nos hemos visto las caras.-

–        Buenos días. Comisario, oficial…- la voz reposada del Gringo llevaba la misma serenidad del primer interrogatorio, tras el homicidio del Lorenzo.

–        Acompañe a los oficiales al lote cuatro, a ver a Martínez. – Barzola finalizó la conversación y apurando el tranco por la pendiente se alejó del potrero.

Una hora más tarde, Becerra y Carlini se quitaban los zapatos y las medias empapadas dentro de la relativa comodidad del patrullero. Habían hablado con el Gringo sin poder obtener mayores detalles. Si bien parco, el hombre parecía sincero en su desconocimiento de los hechos. Al menos, esa era la impresión que le había causado a Carlini y que quedara registrada en su libreta de notas, además de una disquisición  humanizada del instinto asesino de un Martínez que lamía de su cuero la sangre seca de Gauna. De todas maneras, se le recomendó que no se alejara de la estancia. El comisario, ensimismado, pensativo, escuchó el informe preliminar de Carlini mientras jugueteaba con el piolín, estimando su resistencia y olfateándolo de a ratos. Cuando el oficial hubo terminado, Becerra levantó la mirada, arrojó la prueba sobre la libreta y poniendo en su voz un tono afectado por la soberbia dijo:

– Si mi olfato no me engaña, hemos estado hablado con el asesino. –

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* pronóstico

No había sol ni llovía, tampoco hacía calor ni era de mañana. Los árboles se balanceaban tímidos, sin pájaros que alojar, esperando resignados la nueva estación. Entonces me di cuenta de que yo era como esos árboles, osamentas sin piel ni carne a merced del viento, figurines de madera encadenados al piso y condenados a permanecer. Quise llorar. Me hallé desperdiciando mi vida y no supe para donde correr. Era un toro ciego, ya herido, esperando indefenso sin saber por qué flanco me llegaría el último estoque. Y así se me iban los días, regando la arena con vino tinto. Mentiría si dijera que hice algo por cambiar. Seguí leyendo los diarios cada mañana con mi café y llegando temprano al trabajo.