* uriarte

Húmeda, sofocante y voraz. A la distancia, los recuerdos que tengo de Buenos Aires se vuelven figuras dibujadas sobre un vidrio empañado. Caras difusas, nombres inciertos, direcciones equivocadas. Personas extrañas, cuerpos desconocidos. Caramelos vencidos de una vida anterior tan diferente y distante que si no la supiera mía, la creería inventada. Entre toda esa borrasca lo único que se me aparece tan nítido y real como mi propio nombre, resistiéndose a ser olvidado, es el franco bienestar que sentía cuando me refugiaba en las mañanas tibias del departamento de Uriarte, entre Costa Rica y Nicaragua. Mañanas radiantes y ajenas, nada de lo que había a mi alrededor me pertenecía, ni los caireles de las cortinas del living que bailaban con la primera brisa y arrojaban reflejos tornasolados sobre las paredes y el piso, ni el aroma dulzón del incienso que se mezclaba con el humo de los cigarrillos robados, ni los almohadones bordados, ni las alegrías del hogar que saludaban vivarachas al sol que entraba en diagonal por la ventana.

No tengo que hacer ningún esfuerzo para volver a verme sentado en el piso, saboreando una y otra vez la melancolía de un disco de Bunbury recién comprado, rascándome la cabeza y deslizando la mirada por la biblioteca abarrotada de libros que nunca me atreví a leer, llenos de historias que no conocí a pesar de tenerlas a tres pasos, de confesiones de otros que dejé pasar de largo por temor a verme tan igual y no tan diferente a ellos como yo creía. La biblioteca infinita, la llamaba Julieta. Mañanas suaves y dolorosas. Y ahí me veo, rodeado de reflejos de caireles que giran y rebotan, dentro de un caleidoscopio gigante y colorido con mi sombra que se multiplica en dos, tres, cuatro y hasta cinco siluetas extrañas y deformes; absorto contemplo esas opacidades y las reconozco como tonalidades de una misma oscuridad que me abraza y me completa. Me fundo a negro, y sin querer me encuentro pensando en mi padre, en que hoy tengo un año más que los que él tenía cuando murió. ¿Y con eso qué? Con eso nada. ¿Qué esperaba para su vida? ¿Qué esperaba para la mía? ¿Cuál era la última gota de conciencia que se evaporaba en su cabeza antes de caer dormido? Incongruencias que se mezclan con las bocinas que se cuelan desde afuera, con las voces que se filtran desde el piso de abajo, con los despertadores que comienzan a escucharse a lo lejos. Y con eso nada. Y con eso el humo. Julieta se despertaba siempre en el momento en el que yo más la necesitaba. Me encantaba verla venir por el pasillo descalza y en bombacha, juntando tierra en las plantas de los pies, atrapada en la musculosa de morley azul; era linda y lo sabía, y también sabía que a mí no me importaba. Se sentaba sobre mí hecha un ovillo y me pasaba la mano por la cara, me acariciaba la barba y los ojos, apoyaba la cabeza en mi pecho y la suavidad de sus rulos me hacía cosquillas en el cuello; nos enroscábamos bajo una frazada verde y nos apretábamos fuerte, nos hacíamos chiquitos en el silencio. Siempre tenía los pies helados, nos dábamos unos besos tímidos de buenos días sin sentir vergüenza por el mal aliento, nos mirábamos. Mañanas nuestras. No me cuesta nada volver a ser aquel pendejo pretencioso, con aires de bohemia y delirios de revolución, soldado raso corriendo entre las trincheras de la incertidumbre, que creía que entre esas cuatro paredes del departamento de Uriarte, entre Nicaragua y Costa Rica, podía encontrar la paz definitiva ante el desconcierto de vivir.

Tal vez las calles de Palermo sigan amaneciendo risueñas y anaranjadas y el té de durazno siga teniendo el mismo sabor a nada. Tal vez los jilgueros extrañen las plantas de aquel balcón, el canillita de la esquina vocee nuevos fieros titulares, y los taxis sigan haciendo fila en el cabarulo de la vuelta para devolver discretamente a sus hogares a los señores de traje y maletín. Posiblemente, ahora mismo, en ese segundo piso por escalera, algún otro esté revolviendo sus pensamientos, entre reflejos de caireles multicolores y aroma a incienso y café, ensimismado y taciturno, a la espera del despertar de otra Julieta. Buenos Aires me seguirá a todas partes con su olor a río y paty al paso, me confundirá con su gris eterno, me salpicará desafiante con sus baldosas flojas, me retendrá contra mi voluntad mostrándome una y otra vez su cara avanzando por el pasillo. Me ilusiono pensando que dentro de esta permanencia estática y contemplativa, puedo encontrar el remedio para lidiar con el vacío y la nostalgia que me atacan a traición. Pero por más que trate de volver a ella, pitando a oscuras en esta habitación de amplias ventanas que me muestran el mar, las mañanas luminosas desaparecieron hace tiempo, y me dejaron a la deriva sin perspectivas de volver a ser tan feliz como entonces.

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* noviembre

En Buenos Aires, los primeros calores llegan comenzado noviembre. Los días se hacen más largos y la ciudad comienza a transpirar desde muy temprano. Nos levantamos antes que de costumbre y tomamos el desayuno al lado de la ventana, mirando el horizonte marrón del río y sintiendo la humedad que se nos pega en el cuerpo y la cara.

En noviembre Buenos Aires está en pausa, flotando como adormecida en una tranquilidad que no se encuentra en otro momento del año. Hay menos bocinazos, los pájaros cantan a toda hora y las ramas crecidas de los árboles se van metiendo cada vez más por las ventanas; noviembre es el mes en que las medias se olvidan en los cajones, en que cualquier momento es bueno para una cerveza bien helada, y en que las veredas se llenan de vecinos que parlotean buscando el fresco de la noche. El perfume de los tilos que ventilan la ciudad se mezcla con el aroma de las hermosas mujeres que estrenan su uniforme estival de apretadas musculosas, sandalias bien cómodas, inquietantes pantalones blancos, y amplias polleras de colores estridentes. En cada esquina, cada colectivo, cada bar, cada oficina, la gente sonríe y se saluda amablemente sabiendo que sin darse cuenta pronto se habrá ido un año más.

Fue en noviembre, hace dos años, cuando desaparecí. Tenía treinta años y ninguna gana de permanecer aquí desperdiciando mi vida hundido en una ciudad absurda a la que en ese momento yo detestaba con toda mi alma. En noviembre me escapé, me fugué de todo y de todos; como por arte de magia me esfumé en un segundo frente a los ojos de quien quisiera ver mi gran acto. Sabía que mi ausencia no sería tomada con naturalidad y mucha gente trataría de encontrarme, y busqué el lugar al que nadie se animaría a seguirme.

El sitio más desagradable, apestoso, hediondo, putrefacto, hostil, ruin, viscoso, marginal y peligroso que encontré, fue justamente en el profundo interior de mí mismo. Esa cueva oscura y subterránea por la que nadie hubo transitado jamás, se abrió ante mí reconociéndome como amo y señor. Me sumergí en las espesas aguas sin mapas ni brújulas, lanzado a la aventura de todas las aventuras: el conocimiento. Se necesita coraje y valentía, no es posible encarar de otra manera semejante tarea; no se permite temer ni vacilar, porque el miedo no te permitiría trasponer ni siquiera la primera barrera, y regresarías corriendo lloroso al mismo lugar de siempre, lleno de dudas y avergonzado por tu enorme cobardía. Supe inmediatamente que era el lugar perfecto para mi indefinida estadía.

Me gusta noviembre porque la gente encara sus proyectos para el año entrante, organiza las visitas para las fiestas de fin de año y traza ambiciosas rutas de viaje para las inminentes vacaciones. Comienzan a verse muchas bicicletas por toda la ciudad y hay niños felices por todas partes. La costanera estalla de gente haciendo ejercicio y disfrutando de la vida sana al aire libre. Me gusta porque me visten con ropa más cómoda y fresca y me llevan a pasear a los bosques con mi silla de ruedas y mi respirador. Eso lo más lejos que mi familia se animó a llegar con su búsqueda. No tengo ningún reproche, no les presto atención, solamente les dirijo una mirada perdida y una sonrisa babeante. Es lindo noviembre.