* todas las madrugadas son banquinas

La radio dice lluvia. Mentira. Siempre mentira. Todo es una nebulosa, la lluvia llega cuando llega. Estática. Los edificios son borrones grises y ondulantes, la gente camina mecánica y ausente. La humedad nos predispone a la sospecha metódica. Pienso en caras brillosas y sofocadas, en rasgos aletargados, en personas que no saben dónde van pero se apuran. Si se larga a llover no voy a querer a nadie. Días como hoy, en los que me levanto de la cama con ganas de llorar sin razón, y en los que la espalda no deja de doler, son los que me arrancaría uno por uno. No solucionaría el dolor ni el llanto, ambas cosas se asimilan con crudeza; sería más bien una venganza por el pensamiento comprimido, la presión que machaca sobre las mismas ideas, el desequilibrio natural del fuera de registro constante. Los odio a medida que los transito y me miento para enfrentarlos. Cada uno de estos días me pongo como objetivo volver a casa y decirme, mientras preparo la cena, que todavía estoy ahí, que todavía aguanto, que nada es un punto fijo y que en determinado momento voy a ser capaz de secuestrarlos, a estos días, meterlos en el baúl , apretados, comprimidos, muertos de miedo y desorientados, llevarlos lejos, a un descampado o a una banquina de madrugada, bajarlos del auto, atarlos, amordazarlos y vendarles los ojos con un repasador, arrodillarlos ahí a un costado con violencia cobarde, y borrarlos para siempre de mi historia con un tiro en la nuca.

* el amor es boxindanga

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Qué pasaría si un día
martes, jueves o domingo,
caminando por Combate
te dieras cuenta,
en un rapto de cordura
efímero y perentorio
como un rayo venenoso
que el amor no salva a nadie.

Que el amor es boxindanga,
directo, cross y uppercut.
un simio negro gigante
plantado como un demonio,
la mano enorme y racimos
de sopapos para vos
sparring que no resiste
que retrocede llorando
como una nena “señor, no me pegue,
no lo hago más, por favor”;
y ya el amor nada puede.

Qué pasaría si el negro
el amor, el cuco malo
te aplastara la mollera contra el piso
y el referí te contara
como baba del infierno
de adelante para atrás
hundiéndote un poco más
riéndose a carcajadas
al final del sexto round.

Qué pasaría si un día
las fotos de la repisa
tuvieran un tufo a muerto
y tu cara repetida
diez, catorce, veinte veces te mirara con vergüenza
¿dónde ha quedado el feroz?
¿dónde se fue la promesa?

El amor es boxindanga
y la sombra en la pared
ya no se mueve.

***

- Texto original para el blog Que No te Falle El Verosímil. 
- Ilustración original de Gonzalo Gerardin.

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* el mundo exagerado

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Tengo casi cuarenta años y no soy feliz. Nada me hace feliz. Nada debería hacernos felices. Oculto mis pensamientos y mis ideas desestabilizadoras como todo hombre probo; si alguien me pregunta, siempre respondo que estoy muy bien, evito cualquier tipo de conflicto que pueda surgir de interrogarse a sí mismo y sigo tolerando todo con cara de circunstancia. Palabra justa, cara sonriente. Un trueque poco honesto, un pacto tácito. En ese intercambio es en donde descubro la dimensión ficticia del mundo exagerado. No nos dimos cuenta, pero estamos bailando. Extras de una fiesta ordinaria y repleta de decisiones standard. Nos hacemos valientes, revolucionarios, nada nos detiene, le damos pelea brutal a la rutina, a la banalidad; arengamos a nuestro espíritu reaccionario y combatimos contra todo aquello que ponga en peligro nuestras supuestas ideologías. Al parecer, para ser felices nos basta con exagerar y sonreír. Para ser felices tenemos que creer que tomamos decisiones. Para ser felices, dicen algunos, basta con tener un deseo y luchar por él. Es fácil cuando el oponente está afuera, claro, pero en el otro partido, en el uno a uno, cuando te toca cenar solo y mirar la calle como un maniquí, te cuesta entender qué carajo estás haciendo, y te cuesta levantar el tenedor porque ya no tenés más fuerza.

El mundo exagerado de hoy es la más clara muestra de debilidad. Es un impulso canino. Se busca de forma desesperada e irracional el disfrute constante. Se necesita cada día un pico emotivo que justifique el día mismo. No estamos preparados, no podemos aceptar así nomás que nunca pase nada tan trascendente como eso que nos imaginábamos que iba a ser vivir. Por eso la impostación. Por eso todo es genial, por eso todo es grandioso. Por eso salvamos perritos, limpiamos veredas, dejamos de fumar, festejamos cumpleaños, abrazamos parientes, donamos un vuelto, regalamos un libro, comemos más sano, nos prometemos honestidad y tratamos de convencernos de que cada uno de esos actos nos definen y nos otorgan importancia, nos alejan de la nada cotidiana, nos suman argumentos para pensar que valió la pena. Pero es mentira. Y va a seguir siendo mentira. Es una guerra de trincheras, con soldaditos que revolean granadas por reflejo, nada más. Soldados que desembarcan sonrientes en una playa invernal, soldados que rezan a vírgenes que lloran. Un pelotón de entusiastas.

Y si hablamos de entusiasmo, miráme a mí. Un hombre cualquiera, indigno, común y corriente como todos. Transcurro mis días en una calma ociosa y degenerativa, decidido a abandonar por completo toda intención de lograr algo, lo que sea, sin interés en cualquier cosa que me exija un mínimo de reflexión introspectiva. Casi no pienso, casi no me muevo, casi ni salgo a la calle ni me miro en el espejo. Me despojé de la ambición. Ya no deseo, ya no pretendo, apenas hablo. Entiendo que para vivir tranquilo no necesito nada más que satisfacer mis necesidades básicas de comer, dormir y fumar. Abandoné mi higiene y mi sexualidad, una al azar y otra al instinto. Soy un hombre común, con un nombre común y una vida espartana. Mis días transcurren en una calma somnolienta, todos iguales, indistintos, enormes y agobiantes; todos lunes, todos sábados, todos jueves. Parece aburrido, parece estático, pero en esa quietud se puede descubrir que uno no sabe para qué vive. Es algo. Y como da miedo, la mayoría encontró una solución muy eficiente: ponerle nombres a los días, de este modo se sabe por anticipado con qué estado de ánimo hay que despertarse una vez por semana. Los sábados vas al club, los martes al psicólogo, los miércoles dan la novela y más o menos todos los días a la misma hora mirás el pronóstico, porque el pronóstico es religión. Y así todo es bello, así todo se convierte en el mejor momento de tu vida, en el disfrute como Dios manda, viviendo la vida hermosa que nos tocó. Un día tras otro, ordenaditos, prolijos y pulcros. El mundo exagerado es el futuro sin problemas (sacía el hambre apenas lo detecta, lo somete, te acomoda). El mundo exagerado cumple en tiempo y forma con las necesidades del usuario. Exagerá tu deseo porque eso es lo que se espera de vos: solamente desear. Asentí conforme. Dormí tranquilo.

Qué se yo, tengo casi cuarenta años, y aunque trato de enfrentar con la mayor tranquilidad posible el tiempo que me queda, cada noche de esos días sin nombre, los míos, cuando me meto entre las sábanas percudidas no pienso en el mar ni en la playa ni en ninguna virgen porque no necesito nada de eso. Pienso en que el placer siempre se acaba, y me duermo con la sensación cada vez más enorme de que la felicidad es como el hambre, pero al revés.

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- Texto original para el blog Que No te Falle El Verosímil. 
- Ilustración original de María Sanzol.

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* tendría que haber sido hembra

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Hay un sillón rojo y un tipo sentado. No es una casa, es un hospital. Es la sala de espera de un piso alto de un hospital cualquiera. Camino lento por un pasillo oscuro. Todas las luces están apagadas menos las de emergencia. Tengo miedo pero camino lento. El tipo sigue sentado, inmóvil, poseído por una tranquilidad absurda. No le veo la cara pero sé que me está mirando; todos me miran, siempre me miran. Yo nunca miro. Sé que me persiguen, me están buscando. Estoy huyendo pero camino lento por un pasillo oscuro que nunca termina. Al fondo el sillón rojo. El tipo ya no está. ¿Dónde está el tipo tranquilo? Me agarro la cara y lloro. Mi cara está rota. Está cortada, cosida, ultrajada. Está deforme e inflamada, mi cara. Me toco y me busco en mis nuevas deformidades. ¿Qué soy sin la forma? Las luces se van, el pasillo nunca termina, el tipo no está y yo tengo miedo y lloro sosteniendo entre las manos una cara que no es mía. Me digo a mí mismo: “Simio macaférrico”, y sigo avanzando. Tengo que salir de este hospital. Llego hasta el sillón, que ahora es verde, y me pongo a mear contra la pared, de espaldas a ellos, los que me buscan y vienen y ladran y avanzan y sisean, me pongo a mear de espaldas a todo y de frente al sauce. Un sauce enorme. Miro el sauce y meo. Con la cara desfigurada meo mirando el sauce.

Prendo un cigarrillo y me siento en el sillón. No me puedo resistir al sillón. Por más que quiera irme, desaparecer, juntar los pedacitos de las cosas que se me volaron, no me puedo resistir y me siento en el sillón y prendo un cigarrillo. Ya no hay sauce ni pasillo ni meo ni luces ni paredes ni caras. Estamos en la puerta de un faro. Estamos porque ahí está el tipo parado, a un costado, camisa negra adentro del pantalón. Pero ahora el tipo soy yo, y lo miro sin reconocerme. Debe haber alguien más porque falto yo, los dos somos el mismo tipo, pero yo no estoy, ¿cuál soy yo? ¿El que huele a Lord Cheseline? ¿El de los talones rajados? ¿El inocuo? ¿Qué es eso que estalla como vidrio? ¿Por qué no hay fuego si siempre hay fuego? Hay olor a plomo y escucho tambores pero no hay fuego; no puedo dejar que me vean así, no puedo dejar que me vean, no está bien, no estoy bien. Si me ven me agarran y yo no quiero, estoy saliendo. Estoy seguro de que falta alguien. Largo el humo y tengo frío y miedo y tiemblo y los dientes tiemblan y el taca taca es el pulso de toda la confusión. Me tengo que levantar, sé que me tengo que levantar. Detrás de la montaña están los tambores. Odio los tambores.

El tipo que no soy yo pero que antes estaba sentado donde estoy yo, en el sillón rojo que ahora es verde, saca un pájaro horrible del bolsillo. Parece un buitre. El tipo llora. El buitre se rompe el pico contra las piedras del piso. El faro se enciende y empieza a proyectar sobre el cielo negro una playa ventosa; ahí vengo yo, ahí mi hermana, más atrás mi vieja y bien al fondo, casi en fuga infinita, se puede ver sobre ese cielo negro como el pasillo del hospital un encendedor Ronson que no prende. El tipo niega con la cabeza y me dice: “Tendría que haber sido hembra”. Mato al pajarraco, lo aplasto contra el piso y las plumas blancas del cuello flaco del bicho negro se me pegan a las suelas. El pájaro atrofiado ha muerto. Agarro al tipo de la mano y salimos corriendo. Corremos por el pasillo, agarramos velocidad, somos bólidos. El faro se apaga. No se ve nada. El tipo y yo tenemos las manos idénticas pero las mías transpiran, chorrean, y aunque los dos apretamos con fuerza empezamos a resbalarnos uno de otro. El tipo me mira pidiendo por favor, y es mi cara, la de antes, no la deforme, que me mira y me suplica con un gesto estúpido, pero yo lo odio y lo desprecio porque es un hijo de puta que se va.

El tipo y yo estamos sentados en un sillón rojo. Tenemos las manos entrelazadas. Fumamos. En la tele están dando Kojak. Ahora el noticiero. Sigue siendo de noche pero presiento que no importa, que toda normalidad es efímera y que todo lo que puede ser visto no define parámetros de realidad. En este faro que es un hospital que es un pasillo que es un sillón que es un sauce que es un chorro de meo pasan cosas horribles y familiares, y aunque suponga que esas cosas no existen, todas mis suposiciones son las de un hombre que se hunde en un sillón. El sillón es una esponja roja y verde que absorbe, licúa y transforma. Apago el cigarrillo. Cierro los ojos. Espero. No sé quién soy pero sé que me persiguen. Y no me puedo mover.

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- Texto original para el blog Que No te Falle El Verosímil. 
- Ilustración original de Poly Bernatene.

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* disertaciones de un jabalí: sobre lo áspero

Mal, pero con sangre. Así se escribe. Cada palabra un tiro. Un arpón. Un piedrazo al pecho o al marote. Con la contundencia del que no sabe qué está haciendo pero lo hace con fe ciega en que sirve para algo y para alguien. Se escribe sanguinariamente, poseído por un déspota que entra y sale a los sopapos, que toma vino sentado y a cada reclamo dice no, un déspota incorpóreo y omnipresente, explícito y contundente, que en todo momento recuerda al vulgo que ningún merecimiento es real; un tirano, un dictador, un soberano odiado y despreciado.

No es una tarea digna ni noble, es un trabajo aterrador, egoísta y altruista al mismo tiempo: lo que yo escribo no tiene sentido para mí mismo en tanto no lo tenga para otro que cierre el círculo. Cualquiera que diga que escribe para él mismo sin importar lo que piensen los demás, miente, y nada más intrascendente y despreciable que un escritor que no es sincero. No se le puede creer a una voz ajena, ausente, inventada. Nada tiene para ofrecer el escritor que no se anima a estar ahí, entre lo que inventa y lo que confiesa. Escribir es confesarse. Porque tenemos miedo y queremos rajarnos a la mierda, pero nos tenemos que quedar. Y no hablo de miedos estúpidos, superficiales, estandarizados o programados, hablo de los pesados, de los boxindangas de los miedos, esos que no le confesaste a nadie, esos que al parecer son inefables y que tenemos arrinconados y escondidos como leprosos. Yo tengo miedo. Vos tenés miedo. Y si no reconocés tu miedo no hagas nada, no molestes, no interfieras, salí que ocupás espacio, molestás. Rajá de acá.

Lo infernal y lo atractivo es enfrentarse al propio vacío y darle matraca. Con miedo, sí, pero para adelante. Que te digan de todo menos cagón, menos cobarde. El escritor cobarde es un escriba. Un replicante de fórmulas y convenciones, un entretenedor de un manga de infelices que no buscan más que pasar el rato y creerse cualquier cosa. Para eso está la tele, olvidate. Rompete el orto, buscate y lastimate un poco, mucho, revolvete; pero nunca trates de ser otro, no inventes lo que no sabés, háblame de vos, miserable. Así se escribe, así se explota, desde el núcleo. Todo lo demás es un meo cortito. Por eso el artista que no es sincero es estúpido y despreciable. Estúpido por creer que el hecho artístico vale por sí mismo sin importar nada más que eso, ni la esencia ni la identificación, ni la función catártica compleja que se establece; y es despreciable por no animarse a ir hasta el final del pozo, conformarse y querer conformar a los demás con unas pocas gotas de baba rancia con gusto a nada. Estamos tapados de páginas y más páginas escritas por pelotudos que se llaman a sí mismos escritores y lo único que hacen es estropearte la cabeza con sus enunciados genéricos y universales, sus sentencias heroicas y dolidas, sus pensamientos sólidos e irrefutables y, por supuesto, sus principios inquebrantables. Que se metan todo en el orto. La escritura panfletaria, los ejercicios pueriles, los artificios, las escuelitas de las estrellas de la nueva literatura, todas esas cosas que conforman la basura más inservible de todas, te atrofian la cabeza y te hacen vivir confortablemente confundido. Me repugnan los escritores que no se hacen daño a sí mismos. Los que no saben quiénes son ni dónde están, los que se pajean poniendo una coma precisa, los que prefieren el oficio o el método a la audacia y a la búsqueda. Todos esos, los pulcros, los amantes de la historia poronga pero redonda, los que tienen alféizares en sus ventanas y rizos en sus cabellos, los que nacen y mueren con su personaje y que en cada poema, cuento o mamarracho se ven reflejados como nunca antes, todos eso no tienen nada para ofrecerme.

Pensá, hijo de puta, pensá. Escribir por escribir es meterse el dedo en el culo y salir corriendo a lavárselo en la canilla. Nadie te vio, nadie sabe, fue todo al pedo porque lo único que te interesa es que te miren las uñas limpias. Lo impoluto te absuelve. Pero no. Te deja en el lugar del inútil con pretensiones. En cambio, meter el dedo, revolver, sacarlo y mancharle la frente con mierda a los demás es otra cosa. Distinta, violenta, incoherente. Un latigazo que exige respuesta, cualquier respuesta. Es el reto a muerte, por sí o por no. Un escopetazo. Mal, pero con ganas, con destino. Mal, pero con sangre.  Así se escribe. Cada oración un penal. Un foul violento. Se escribe con la vehemencia del que sabe que la muerte son vidrios rotos y que las cicatrices son la belleza. Se escribe con la impunidad de un cafisho áspero e indolente, que fuma tranquilo contando billetes y que a todas las putas las llama por el mismo nombre.