Psicofango MAYO 2013!
Nuevo espacio, nuevos lectores, banda prodigiosa, y la mejor…como siempre!
Vengan que el bicherío los espera para festejar. Siempre festejar!
Datos y sugerencias: https://www.facebook.com/events/441452085944280/?fref=ts
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¿Qué era lo fabuloso? Lo fabuloso no era nada. Aunque reine la responsabilidad día a día, cabeza a cabeza, miedo a miedo, la molicie es soberana. Brota y explota, te envuelve y te aplasta; caen por un borde la templanza y la cordura, y todo aquello que pretendiste te hace muecas burlonas y gestos obscenos y proletarios. El que sabe sabe y a los demás nos queda solamente el mundo reventado, exagerado, las confesiones de oficio y el no saber qué ni quién; por eso prefiero la rueda a la bombita. ¿Sueños? Sí, a borbotones. Qué impío el que no entiende. Qué idiota el que cree. La verborragia no te alcanza. La verborragia no te alcanza. La verborragia no te alcanza. La verborragia no te alcanza. No. De lo negativo sacamos en claro que un pensamiento lineal nos va a llevar al lugar al que llegaron muchos otros, antes, mejor, más rápido. Que te sobren tres botones y que la torta no tenga velitas de más, es pecado según dicen. La verborragia no te alcanza. Fantástico, ¿ah? No, lo fantástico tampoco es nada. Lo sumergible sí es. Sumérjase en sí mismo (usted mismo), trate de nadar, la bocanada no alcanza, como casi nada, y luego llore, mire hacia la costa, agite los brazos, como un loco presione F1 cientosetentaycuatro veces, prenda un cigarrillo si es de los que cree que pueden fumar bajo el agua, cual ninja resista en lo invisible y lo sigiloso, más no espere que la soga venga limpia (seguramente los rescatistas sean cubanos o adoradores de Mao, esos medio sucios medio vagos medio chanchos medio verdugos medio todo, completos mártires de corto alcance, de poca monta, de puro grupo, de hasta aquí llegó mi amor.) porque todo se paga acá abajo y en los momentos más dramáticos. La Meca queda para allá. La verborragia no te alcanza. La verborragia no te alcanza. La verborragia no te alcanza. La verborragia no te alcanza. No sabemos nada. Tal vez lo más importante de todo sea poder recordar el código postal de nuestro primer hogar. O no.
En “La Novela Luminosa”, Mario Levrero nos hipnotiza con el relato denso, pesado, cotidiano, de la lucha que emprende día a día contra sí mismo para volver a ser el escritor que fue alguna vez, y que hoy (al momento de tener que ponerse a escribir la novela en sí, perseguido por problemas de salud, achaques de la edad y de la mente, etc) estima demasiado lejano y escondido. El gran trabajo del uruguayo es lograr con el lector una identificación imposible. Imposible desde lo concreto, porque más allá de la habilidad literaria con la que Levrero empuja el relato hacia el interior del lector, en aquellos pasajes en donde se reconoce la obra y no el experimento, todas las experiencias, pensamientos, ideas, pesares y sufrimientos del autor son intrasladables, son enigmas y piezas perdidas de una mente particular que deben tomarse como lo que son y se presentan: una búsqueda. Conmueve el esfuerzo consciente que realizó Levrero durante su recorrido por esa cantidad abrumadora de páginas en donde nunca nada de lo esperado sucede.
En mi caso – y no trazo aquí paralelismos o comparaciones para no ofender a puristas de poco vuelo-, el recorrido no es hacia el lugar perdido u olvidado, si no hacia un lugar que descubrí (las cosas siempre se descubren, las ganas no se intencionan) que quiero o me gustaría ocupar. Siento este proceso como una metamorfosis, pero con la diferencia de que es evolutiva. En el caso de M.L. él mismo plantea su proyecto como una renuncia al hombre domesticado y contaminado en el que se fue convirtiendo con los años. Levrero está – estaba- pegando la vuelta. Mi proceso es recién la ida, el viaje hacia un destino desconocido pero a la vez elegido: no estoy conforme con lo que soy, aunque ignore totalmente qué encontraré una vez que llegue, si es que logro llegar, a esa especie de “tierra prometida” que me planteo como destino. Este proceso conlleva necesariamente hacerse cargo de espacio y lugar, necesita de la toma de decisiones y su consecuente acatamiento; ningún cambio se produce por ósmosis ni sin efectuar los sacrificios necesarios. Y esta es la parte más difícil, porque para ser uno de esos valientes argonautas hay que combatirse cuerpo a cuerpo con la depresión, la angustia, la duda, la autoestima, el miedo a la propia estupidez, etc.
Existe otro vector de potencia dentro de todo este proceso que planteo: la confianza. Los grandes cambios, o aquellas decisiones que haya que tomar para efectuar estos cambios, implican consecuencias inmediatas y también tendrán ecos a futuro. Considero algunas de ellas como drásticas, pero bien puedo estar exagerando; de todos modos la cuestión es qué tanta confianza en ese futuro tenemos como para arriesgarnos a emprender la metamorfosis. Para una persona optimista la cuestión está zanjada y dirimida desde un principio, pero claro, nunca se deben seguir los impulsos optimistas porque suelen reflejar sólo un deseo y no contemplar la realidad completa. El optimista es un iluso, un ingenuo, un pobre infeliz al que se le ha negado la posibilidad de interpretar el conocimiento. El mayor problema de esta gente no es la ausencia de inteligencia alguna, si no que se les han negado (sistemática o inocentemente) las herramientas idóneas para relevar, analizar e interpretar la completitud de una idea, un concepto, un problema o bien una realidad, general o particular, propia o ajena. Me refiero a que existe una mirada sesgada, recortada, dirigida; y voy más allá en este delirio iniciático: ese campo magnético – electrificado- que condiciona la mirada, está controlado firmemente desde las estúpidas creencias de la fe. La fe vieja. Está bien creer en algo por más estúpido que sea, el hombre sin fe no tiene nada, nada. El problema es que cuando esa fe, construcción humana, comienza a nublar el entendimiento de tal forma y con tal intensidad que se convierte en el único tamiz con el que contamos para tomar decisiones quedamos presos de la perversión de los que aprovechan la debilidad y la confusión para domesticarnos. Nos convertimos en boludos alegres que, como una piara desconcertada, camina hacia la cuchilla con los ojos llenos de ilusión.
Que no se interprete como una crítica destructiva. Que estas palabras no se tomen como un llamado al exterminio, discriminación o quema en piras para con los cerdos felices. No es la intención. Soy un creyente. Soy un devoto del equilibrio, concepto inmanente que nos permite establecer con mayor o menor coherencia las relaciones del mundo. Considero extremadamente necesaria la existencia de “la patota optimista” que, con un tesón admirable, día a día empuja, molesta, agrede y desprecia al grupúsculo que ocupa el otro extremo de la balanza: los adventistas del fin del mundo.
Por ahora, este delirio que comenzó como un rito iniciático de la metamorfosis que me propongo, o estimo, conseguir, termina con mucha menos claridad de la que comenzó. Gracias, Mario.
Salvé los malvones. La conversación fue corta. Que nada es culpa de nadie, que las cosas son así. El resto quedó flotando por ahí. No me importa tanto lo material como lo simbólico, siempre precisé de los ritos. Los puntos críticos ni se mencionaron (no tiene sentido el daño innecesario). Llovía, el mate estaba frío, las cortinas corridas y la cama destendida. Desde el pasillo nos llegaban los pasos apurados de los que eligen la escalera. Repetimos muchas palabras, nos perdimos la oportunidad, la valentía no tiene lugar en la rutina. Nos miramos poco, preferimos las florcitas del mantel. En el balcón unas pocas migas iban y venían, en la calle los autos se desesperaban. Me quise quedar con la olla grande, así sin lavar, pero no pude. Los reclamos tampoco fueron muchos. Que la otra vez tal cosa, que últimamente tal otra. Al reloj tenés que darle cuerda todas las noches. Sí, ya sé. Cuando se fue me quedé mirando la puerta hasta que no supe más quién era.
La lluvia libera a las yeguas durante la noche. Es agobiante, es invasivo. Te asustan los cascos que se escuchan cerca, tan cerca, y sentís el silbido de las crines negras que cortan el aire. Los belfos babean, tu boca sangra. La angustia es sudor que traspasa las sábanas y llega al colchón, lo moja, lo empapa, lo impregna de miedo y lo convierte en una esponja roñosa. La esponja se hincha y comienza a gotear. Las gotas se lanzan desde el colchón contaminado y estallan contra el piso, lo golpean, lo enchastran, luego se juntan, se unen y se esparcen como una mancha inquieta, caen una tras otra y cada vez son más y ahora ya son charco; un puto ejército de gotas de sudor sucio que dejaste caer sin resistirte y que ahora te mira con hambre desde el piso manchado, con mucha hambre, un ejército que crece y crece y va avanzando hasta el borde del zócalo. No vas a llegar a mañana. Te tapás los oídos porque los relinchos son voces turbias que repiten un solo nombre una y otra vez. Ésta es la serenata de los cobardes. La cara se te derrama sobre la almohada y se funde en una pasta aguachenta y amarilla, muy amarilla. Y no sabés nadar, nunca aprendiste. No sabés nadar, no sabés manejar, no sabés andar en bicicleta. Nunca mataste a nadie y nunca pudiste decir la verdad. Que no lleguen las yeguas porque si llegan te morís, que no lleguen porque si llegan no tenés a nadie a quien llamar y sabés que solo no podés contra nada, nunca pudiste. Que no lleguen. Que llegue marzo, que llegue abril, pensás, mientras llorás como un chico apretando los ojos y los puños, pero pensar nunca fue lo tuyo, nunca pudiste nada, ni bueno ni malo, nunca pudiste, por eso el llanto ahora es grito y ahora arcada y te doblás al medio y vomitás con ruido y te cagás encima porque sabés que están llegando. Abrís los ojos para sentirte más hombre pero mirás el piso y ves ese puto ejército que es charco, soldados de plomo, de cartón, unitarios, federales, hititas y sarracenos. Abrís la boca y lanzás, lanzás, lanzás, lanzás, lanzás, hasta que el cuero dice basta loco no hay nada más. Mirás la superficie y te ves vos mismo flotando en pedacitos marrones, grises, semisólidos, amorfos, peludos; ese sos vos, campeón, eso sos vos: materia deforme e inservible expulsada con violencia desde un cuerpo que alguna vez creíste que podía servirte de asilo. Pero no. Siempre no. Belfos, crines, dientes, cascos. El agua sube. Que llegue marzo. La esponja se pudre. Entonces los hongos. Hongos feroces que empiezan a trepar un cuerpo que tiembla y es el tuyo; hongos verdes, blancos, celestes y naranjas. La avanzada, los paracaidistas. Estás solo. Sabés que estás solo. Que llegue abril. ¿Quién te va a acompañar, quién te va a salvar? Estás solo. ¿Quién te quiere, de quién te acordás? Que venga alguien pero que no sea esa sombra que está en la puerta del placard y que te parece tan familiar. Que no sea esa silueta oscura, más oscura que todo lo demás, que se agranda y se achica y que hasta te parece que tiene olor, olor a hembra, olor importado, un olor que habla francés, turco o italiano o todos a la vez, un olor peculiar, un olor de alcurnia, y nada cierra nunca porque inventás, estirás la mano y te engañás pensando que es posible alcanzar la soga que te saque. ¿Quién te mete, quién te saca? No huelas más, no frunzas más la napia porque llueve y están viniendo. Si te viera tu madre ahí tirado, soportando, si te viera… Negarías todo, como siempre, no te harías cargo de que todo esto es tuyo: las yeguas, la esponja, el puto ejército, los hongos y el olor a hembra; cómo vas a reconocer que los pedazos que flotan ahí alrededor en el medio del charco podrido y estancado sos vos mismo fragmentado, reventado por no poder aguantar más, cómo vas a reconocer que todo lo que habías pensado como un sueño dorado es una pincelada de brea que te tiñe y te sofoca todas las putas noches. Cómo.