* dallas

Nunca visitaré Dallas

porque papá está muerto

y en Dallas, Texas, todos los hombres de bien

reverencian a sus padres

idolatran su figura, su carácter

imitan su forma de caminar

toman como propias religiones que no entienden

incurren en los mismos vicios

y por sobre todas las cosas

heredan sueños inconclusos

 

En Dallas, Texas,

tierra de cuernos y petróleo

los hombres se enorgullecen

de ser bautizados Junior (o segundo o tercero)

y también de que sus esposas

moderen la infidelidad y la angustia

con precisión de telenovela

y los esperen todos los días, todas las noches

con la comida caliente

y la sonrisa sin derretir

 

Nunca visitaré Dallas

porque papá está muerto

y en Dallas, Texas, ningún hombre

es mejor que los anteriores.

 

* veinte putas de cien pesos

va a llegar un día en el que sepas con absoluta certeza

cuántos azulejos te sostienen la pared

un día en el que la furia le de paso a la dejadez civilizada

a miles de fotos desparramadas por el piso

y a veinte putas de cien pesos

 

va a llegar un día en el que todos los gatos se te hayan muerto

y te arranques las uñas negras de mugre negra

en el que un año sea igual a un siglo (o dos)

y los vecinos ya no toleren más el olor a hombre rancio

a pobre tipo

 

va a llegar un día en el que en una sala de espera

una voz de adolescente te llame por el apellido

y vos te niegues, te desconozcas

y pienses qué consuelo puede haber

detrás de un título habilitante

 

va a llegar un día en el que tu casa desaparezca

y no tengas idea de adónde mierda era que había que volver

como si volver fuese un sacramento

una necesidad imperiosa

un ejercicio de voluntad

 

va a llegar un día en el que el vaso se te parta en la mano

y mires tus dientes pudrirse frente al espejo

un día en el que te vas a preguntar

cuáles son aquellas cosas de las que te tenés que escapar

si la muerte que te persigue está llena de colores

 

* fumar

Todas las luces de todas las casas de todos los edificios de todas las cuadras de todas las ciudades de todos los países de todos los continentes se fueron apagando despacio, en orden, sin violencia, sin aviso previo, sin despedirse, amablemente dejaron la noche crecer y devorarse el espacio, el sonido, el tiempo; avalaron a esa noche monstruo que sin apuro rodeó los árboles, los perros, los juegos de las plazas, los puestos de diarios, los autos estacionados, con parsimonia, con cierto desdén, con un apetito moderado y victorioso, un hambre contenido por mucho tiempo contra su voluntad, la noche monstruo que hoy da sus primeros pasos voraces sobre un punto fijo de un universo que se creía poderoso e infinito y ahora, en la hora más rotunda, en el mismo tiempo, en el solo tiempo, en el mismo minuto repetido en círculos por siempre, se ve transformado en una insignificancia que reposa en la brasa del cigarrillo que fumo en la última penumbra, mientras siento que todos estos sucesos, próximos o pasados, todas estas percepciones que consideramos válidas y enriquecedoras, también, como esas luces que ya no existen, se van a ir apagando sin aviso, sin dolor, sin ninguna queja de nuestra parte, cuando termine de aplastar la colilla sobre la baranda de mi balcón, y en un acto egoísta deje este momento precioso completamente a oscuras.

* king kong

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Podría detenerme a pensar. Podría ser un hombre preocupado. Hundir la cabeza en las baldosas, en los zapatos grises, en todas las cosas que quise y no pude. Podría.

Podría también esconderme. Huir. Porque detenerse a pensar provoca vértigo. Un vértigo espantoso que te descoloca, no hacemos pie si nos buscamos a nosotros mismos. Podría hacerme pasar por otra persona. Podría ser un animal. Podría convertirme en mito, inventarme de nuevo, construirme desde cero, elegir con cuidado cada uno de mis componentes y características. Podría ser un búfalo.

Podría conformarme y no hacer nada. No querer nada. No desear, no compartir, no producir. Podría ser una sombra sin más anhelos que transitar sin problemas estos minutos infames. Podría dejarme ir. Y no volver.

Me detengo, me escondo, me convierto. Hoy soy ese otro que podría hacer todo pero elige estar acá, manifestarse, saberse un ente absoluto con tendencia a la duda, un cuerpo volátil que prescinde del miedo y juega con naturalidad inocente a volverse un trazo en la historia, a ser un punto ahora fijo, ahora en fuga. Montado en alas tenues recorro mi tiempo, adivino quién fui y por qué ya no soy, por qué mi abrazo es enorme e invasivo, por qué todas las mañanas me despierto del mismo sueño.

Podría ser un kraken, un barco a la deriva, un mar embravecido. Podría ser un rayo, un sol demoledor, un Ícaro derretido. Podría ser el amante olvidado, el recuerdo que se llora todas las noches; un relámpago, un manojo de plumas, unas manos livianas, unos ojos vacíos. Podría querer comerme a mí mismo y a todas mis caras repetidas en todas las paredes de todos los departamentos de todos los pisos de todos los edificios de todas las calles de todos los barrios en los que alguna vez me vieron o dicen que me vieron.

También podría ser mentira. Podría no existir. Podría ser simplemente fruto de una imaginación colectiva. Un espejismo, una ilusión. Podría ser un pájaro mortal, un bólido celeste, una flecha invisible en vuelo codicioso que observa con la vista negra todo lo que sucede doscientos metros más abajo, una figura posesiva que elige a su presa, que la doblega y la domina; un usurpador de cuerpos dormidos que no saben pensarse fuera de sí mismos.

Podría ser tu King Kong, tu salvador, tu placebo de las tres de la mañana, tus ganas de abandonar. El llanto en el baño, un cuadro mal iluminado, un negocio fraudulento, una sábana agujereada. Podría bajar la voz, retirarme poco a poco y, con aceitada malicia, hacerte creer que nada de todo esto está sucediendo.

 ***

* Este texto está inspirado en pinturas de Sergio Chiocca-Kaufer (imagen). La muestra de la serie “Azul Antropopájaros” se encuentra actualmente en Mendel Libros, Paraguay 5163, CABA. 

* justa y placentera

me anda fallando la confianza

como cuando me mandás a prender el calefón

y dudo y me paralizo y no quiero saber nada

me escapo sin hacer ruido

bajo a la calle y camino

le meto pata en zigzag

y en cada baldosa que piso

se me aparecen las mismas cosas

las mismas caras, los mismos pies

la misma falla de termostato

la misma frente que apunta al piso

será que todos salimos huyendo

de los hogares

de los trabajos

de la responsabilidad

de tener que mantener

de manera constante

o no (¿quién sabe?)

la temperatura justa y placentera

para que algún otro

(pero otro cercano, otro que esté ahí)

se quede piola

sabiendo que vigilamos

y regulamos con obsesión

el parco funcionamiento

de ese artefacto del diablo

como si fuera un preciso

instrumento de medición

¡de suiza para el mundo!

¡de la góndola a su mesa!

para que puedan al fin, esos otros

de una putísima vez

dejar ir por el desagüe

cansancio, mugre y preocupación.

* la liebre duerme

perros confiados

caminan mansos

por aquel borde

a tranco lento

de a ratos cogen

sentís la risa?

es la de siempre

los perros cagan

y contaminan

en cada diente

en cada fiebre

(siempre la misma)

perros salivan

y dan la vuelta

(su gracia absurda)

por ese borde

por aquel borde

que muy de a poco

los va apagando.

 

* disertaciones de un jabalí: notas inútiles sobre la pampa

Dentro de los estímulos actuales, cada vez más efímeros, la exageración absurda de sensibilidad y expresividad constituye el núcleo de una postmodernidad falopa y berreta que creemos vivir al palo, pero que en realidad nos rodea, nos caga a palos y nos convierte en hamsters de ruedita que ni siquiera cogen. Correr y correr y correr y nunca frenar. Sin freno no hay discernimiento, la aceleración constante nos empuja a actuar sin pensar demasiado. Somos marionetas de la reacción inmediata. El más rápido es el mejor. El que responde primero gana. El que no sabe inventa.

Existe una percepción plana de las cosas con consecuencias atroces sobre la construcción del imaginario colectivo. Esta percepción plana salta de felicidad ante cualquier porquería que se le presente y avala casi todas las expresiones al mismo nivel sin discriminar absolutamente nada. Y discriminar está bien. Si no discriminamos todo nos da lo mismo, y si todo nos da lo mismo, estamos regalados.

Esta planicie, esta ruta pampeana del pensamiento, es muy efectiva y seductora justamente porque aquello que ofrece es lo que estamos esperando, a nivel de comodidad, esfuerzo y duración.

Si se tiene un don, o habilidad, para poder expresar una idea o sensación alternativa a ese camino tranquilo y sin diversidad, esta facultad tiene que ser explotada desde la generosidad. Las cosas porque sí no existen. El objetivo fundamental tiene que ser el estimular al otro con la intensidad suficiente como para que se mueva, para que reaccione, para que abandone la pasividad del roedor; darle un empujón más en la carrera. A eso tiene que apuntar el arte. Por supuesto que el origen es egoísta, pero el fin es casi altruismo puro. Egoísmo porque el artista siempre tiene ser consciente de su individualidad por sobre todas las cosas; al reconocerse a sí mismo puede reconocer a los demás. Un espejo que sabe que la deformidad es verdadera.

La obra artística es el legado, la ofrenda, el acto de generosidad absoluta hacia el otro, reconocido en uno mismo; se trata de un vehículo para encontrarse. Un artista que no es sincero consigo mismo no es sincero con los demás, y por ende no estará ofreciendo nada más que una parafernalia ficticia sin generosidad ni propósito ni una búsqueda real por estimular, sacudir o comunicarse con el otro.

Por eso es muy común que el artista, creyéndose desesperado, muchas veces se vea tentado por la llanura, la planicie, claudique, se conforme, se engañe comprando el juego de oferta y demanda, se deje seducir por la confusión y comience a ceder, a regalar cada vez más terreno y a quedar del lado incorrecto de la cancha. Off side. Obnubilado, deja de prestar atención a su propio juego, a su propia y personal manera de ver las cosas y comienza a desdibujarse haciendo firuletes para la tribuna; juega como el otro – el espectador anestesiado y acostumbrado al aburrido recorrido por esa ruta de pampa y pampa y más pampa – está esperando que juegue. Tendemos al barbarismo porque en la barbarie somos todos iguales. Anuladas las diferencias, el individualismo necesario para que el hecho artístico sacuda las estructuras y posibilite al otro una mirada más amplia, desaparece. O mejor dicho, queda amputado. El arte se completa con el otro, si no reconocés al otro no tiene sentido, no estás haciendo nada, no le estás ofreciendo nada. Nada. Y si el otro tampoco te reconoce, si no advierte que la flecha va envenenada, es imposible establecer un vínculo genuino que llegue más allá de un intercambio efímero y superficial.

La oferta no debe ser una respuesta lineal a lo que el otro pide, sino una alternativa que haga crecer las posibilidades, que aumente los puntos de vista existentes; la oferta debe ser un complemento incorpóreo que se absorba naturalmente, no por instigación, ignorancia o rendición. Basta de asistencialismo.