* malfatti

Cuando yo tenía cinco años, mi padre dejó este mundo en circunstancias tan confusas, que no dejaron la menor duda al respecto. A los nueve se fue mi abuelo; que grande el nono, siempre tenía a mano un consejo sabio o alguna anécdota de biógrafo de sus días de milonga, puerto y piringundín. Un fenómeno, se lo extraña al viejo.

Tal vez por esa temprana ausencia de figura paterna, tuve que cobijarme bajo la falda de mi madre. A la Polaca le faltaban un par de jugadores, pero siempre me quiso bien. Así es la vida. Unos años después de la partida de mi abuela al más allá, mi vieja, mucho tiempo antes de morirse de golpe, me dijo algo que prácticamente cambió mi vida. No, prácticamente no, realmente cambió mi vida. Se que a muchos les parecerá una tontera y hasta una verdad de Perogrullo, pero me calaron tan hondo sus palabras que al día de hoy todavía podría repetirlas una por una. El problema era que yo tenía ya dieciséis años, se me había descalibrado la brújula y flotaba sin horizonte a la vista; había dejado el estudio, no tenía ningún tipo de vocación floreciente, y tampoco mostraba interés por oficio alguno. Era, básicamente, un vago y un inútil.

Me pasaba la vida con los muchachos, mis compañeros fieles. No juntábamos todos los santos días en el bar del finado Angelito, Dios lo tenga en la gloria y no lo suelte a ese hijo de puta, víctima de un fatal accidente, dicen, a la salida del hipódromo. Nos pasábamos horas y horas sin hacer nada, mareando la baraja, mirando a las minas que pasaban, y pitando los primeros cigarrillos de la adolescencia. Fue en uno de esos días felices, estoy casi seguro que un jueves a la tarde, que tuve una revelación, una epifanía, la verdad revelada ante mis ojos como nunca antes. Y aquí es donde entra a tallar la enseñanza de mi madre que cambió el curso de las cosas. El mundo esta en un delicado equilibrio, me dijo, para que algunos suban otros tienen que bajar. Corto y claro. Estaba en mí elegir la dirección del ascensor. Vale decir que nunca creí que estas palabras fueran obra original de mi madre, sino que debía de haberlas escuchado en algún radioteatro de la tarde.

Les dije que era una enseñanza de poca monta, ya ven, pero había quedado repicando en mi interior con la fuerza de un pistón enloquecido. En fin, continúo. Para mis desperdiciados dieciséis años, y para los otros tantos que cargaban los demás, la potencia del mensaje no pasó inadvertida, sino que nos cayó encima como un rayo profético. Así que después de muchas jornadas de conversaciones, reflexiones y posibles proyectos, decidimos embarcarnos en una empresa colectiva. Nos hicimos chorros.

Entiéndase bien, éramos chicos, apenas purretes sin muchas posibilidades de esquivar los míseros lugares comunes que teníamos predestinados, carecíamos de malicia alguna. Y en cuanto a la inocencia, la fuimos perdiendo de a poco, parejo y sin pausa, pero de a poco.

Fue en esta cooperativa, por decirle de alguna manera, que conocí a Mario y Raquel, o para que todos los tengan presentes por su nombre artístico, Los Ravioles. Pobrecitos.

* continuará

4 Respuestas a “* malfatti

  1. chino, buenisimo!
    es genial, porque claro, las enseñanzas que aprendemos de chico, se encaminan bien por la buena de dios. porque son tan amplias y genéricas, y podrían no hacerlo así. y resultar cualquier cosa. y lo de la buena de dios es un exabrupto también.
    Mis respetos.

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