* disertaciones de un jabalí: arquitectos

Estamos arruinados, casi extintos, extrapolados, contaminados a tal extremo por las convenciones obsoletas que nos rodean, que no podemos ni siquiera darnos cuenta de que lo más básico, lo más importante, es detenerse a pensar. Pensar en nada, pensar en todo. Todo. Nada. Da miedo. Y está bien. El miedo es el estímulo primigenio del ser humano, el más fuerte. Nos movilizamos por miedo, a raíz de. Es tan potente el daño emocional que puede provocarnos que somos capaces de hacer cualquier cosa para evitarlo, para dejar de sentirlo.  Y eso es todo. O casi. Estamos servidos en bandeja. El control de la masa se ejerce por medio del miedo, y esa masa – nosotros, yo, ustedes, ellos y ése de más allá – se encuentra tan maltratada y exhausta después de tanto tiempo de opresión, que sus miedos son cada vez más insignificantes y más fáciles de manipular. Nos encontramos hundidos en un pantano perfumado de confort, y la culpa es nuestra por permitirlo, nos acomodamos tan bien al paradigma del control que el mínimo amague a cambiar, o mejor dicho, a resignar algo, por nimio que sea, de esa comodidad que adquirimos sin saber cómo, nos da terror, y obedecemos. Estamos dormidos. Y nos encanta. Estamos convencidos de que dormimos el sueño de los justos cuando la verdad es que nos están diciendo con qué soñar. Nos anestesiaron. No con el miedo ni el dolor – porque a la larga un pueblo castigado pregunta, cuestiona y reclama -, sino con la construcción milimétrica de un muro de contención que nos aísla de esos miedos y esos dolores, estamos en la era de la desaparición del mal, a tal punto que ya nada existe de modo tangible (y lejos de cualquier demostración empírica) como un flagelo generalizado, sino que todo se percibe como una sensación. Nada está ahí, nada está en ningún lado. Todo es percepción pura. ¿Real? El trabajo titánico, la obra maestra, la maravilla más maravillosa de toda la Historia de la Humanidad está frente a nuestras narices, invisible y majestuosa: la realidad artificial, el castillo de seis mil millones de torres de vigilancia, cada una con una ventanita diminuta por la que apenas se nos permite observar la parcela de un prado sembrado de mentiras. El castillo de la nada. La arquitectura de la oniromancia.

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