* disertaciones de un jabalí: basura relativa sin corrección

Con pastillas milagrosas nos domaron el instinto. La melancolía es abstinencia, nada más que eso. Nos encanta porque pensamos que es rehabilitación, que podemos zafarla, escapar, pero no tenemos en cuenta que todo depende de la voluntad. Y la voluntad es hereje por definición. La reducimos a una sola máxima: dejar de postergar. Fantástico. Pero es mentira. No puedo seguir postergando, nos decimos, y descansamos en la afirmación vana. Mentira otra vez.

Siempre se puede estar peor. Siempre se puede seguir postergando. Siempre se puede seguir haciendo lo que no queremos. Es tan simple como considerar las opciones y saber rápidamente que para hacer lo que queremos, lo que nos satisfaga, tendríamos que aplicar un mayor esfuerzo que el que nos requiere la pasividad de la queja. El esfuerzo también implica animarse. Y animarse muy posiblemente nos lleve a cometer algunos errores en el camino. No estamos preparados para equivocarnos, nadie está listo para enfrentar el error cara a cara y reconocerlo. A los ojos del mediocre siempre es mejor la posibilidad que la confirmación. Soy mediocre.

Somos basura relativa. Aceptamos hasta ahí nuestra poca monta, pero no es en serio, es una figura social. Nunca nos convencemos, es una convención reconocerse menos ante los demás, un mecanismo de defensa muy estúpido, ansiando el reconocimiento del otro ante nuestra supuesta dureza con nosotros mismos. Tememos que nos acusen de soberbios como si fuera el más castigable de los pecados (¿de los qué?).

¿Soberbia? ¿Voluntad? Hablemos un poco. Todos los días me obligo a levantarme, pero cada vez menos. Me doy cuenta de que no importa, me doy cuenta de que no pasa nada. No hay nada. No tiene que pasar nada. Por eso me obligo, porque si no nos obligamos a levantarnos nos volvemos locos. No hay que pensar. Pensar hace mal. No te detengas, no te apartes de tus obligaciones, no abandones la parcela que te tocó cuidar. Y eso te da miedo. Me da miedo. Tengo miedo de ser un loco intrascendente. No distingo cuál de las dos cosas me atemoriza más, asumo que lo intrascendente, porque no puedo (no me animo) a afirmar, no puedo ni imaginarlo, que estoy loco, no sé lo que es estar loco. Tampoco sé qué es la normalidad. Estamos cubiertos de convenciones. Y así la vida, hermanito, así todo. Somos un enorme compendio de convenciones activas que van de acá para allá levantándose todos los días para algo que no sabemos qué, luchando contra el impulso de postergar, yugando y rumiando las mejores horas hasta llegar a las peores, y ya sedados por el vaivén, seguimos siendo convenciones que miran la tele sentados en el sofá. Y sí. Soy un ser convencional, como vos, como él, como aquel y como aquellos, que cada noche se va quedando dormido con un cigarrillo en la mano mientras trata de masturbarse con la otra. Te dormís, me duermo. No es cansancio, es derrota. Toda soledad se combate a paja. Sabés que estás solo cuando ni siquiera podés llorar, y pensás en manos, piernas, tetas, nalgas, siempre pares, y seguís jalándote la piola con tristeza. Y nada cierra.

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