* disertaciones de un jabalí: sobre lo áspero

Mal, pero con sangre. Así se escribe. Cada palabra un tiro. Un arpón. Un piedrazo al pecho o al marote. Con la contundencia del que no sabe qué está haciendo pero lo hace con fe ciega en que sirve para algo y para alguien. Se escribe sanguinariamente, poseído por un déspota que entra y sale a los sopapos, que toma vino sentado y a cada reclamo dice no, un déspota incorpóreo y omnipresente, explícito y contundente, que en todo momento recuerda al vulgo que ningún merecimiento es real; un tirano, un dictador, un soberano odiado y despreciado. No es una tarea digna ni noble, es un trabajo aterrador, egoísta y altruista al mismo tiempo: lo que yo escribo no tiene sentido para mí mismo en tanto no lo tenga para otro que cierre el círculo. Cualquiera que diga que escribe para él mismo sin importar lo que piensen los demás, miente, y nada más intrascendente y despreciable que un escritor que no es sincero. No se le puede creer a una voz ajena, ausente, inventada. Nada tiene para ofrecer el escritor que no se anima a estar ahí, entre lo que inventa y lo que confiesa. Escribir es confesarse. Porque tenemos miedo y queremos rajarnos a la mierda, pero nos tenemos que quedar. Y no hablo de miedos estúpidos, superficiales, estandarizados o programados, hablo de los pesados, de los boxindangas de los miedos, esos que no le confesaste a nadie, esos que al parecer son inefables y que tenemos arrinconados y escondidos como leprosos. Yo tengo miedo. Vos tenés miedo. Y si no reconocés tu miedo no hagas nada, no molestes, no interfieras, salí que ocupás espacio, molestás. Rajá de acá. Lo infernal y lo atractivo es enfrentarse al propio vacío y darle matraca. Con miedo, sí, pero para adelante. Que te digan de todo menos cagón, menos cobarde. El escritor cobarde es un escriba. Un replicante de fórmulas y convenciones, un entretenedor de una manga de infelices que no buscan más que pasar el rato y creerse cualquier cosa. Para eso está la tele, olvidate. Rompete el orto, buscate y lastimate un poco, mucho, revolvete; pero nunca trates de ser otro, no inventes lo que no sabés, háblame de vos, miserable. Así se escribe, así se explota, desde el núcleo. Todo lo demás es un meo cortito. Por eso el artista que no es sincero es estúpido y despreciable. Estúpido por creer que el hecho artístico vale por sí mismo sin importar nada más que eso, ni la esencia ni la identificación, ni la función catártica compleja que se establece; y es despreciable por no animarse a ir hasta el final del pozo, conformarse y querer conformar a los demás con unas pocas gotas de baba rancia con gusto a nada. Estamos tapados de páginas y más páginas escritas por pelotudos que se llaman a sí mismos escritores y lo único que hacen es estropearte la cabeza con sus enunciados genéricos y universales, sus sentencias heroicas y dolidas, sus pensamientos sólidos e irrefutables y, por supuesto, sus principios inquebrantables. Que se metan todo en el orto. La escritura panfletaria, los ejercicios pueriles, los artificios, las escuelitas de las estrellas de la nueva literatura, todas esas cosas que conforman la basura más inservible de todas, te atrofian la cabeza y te hacen vivir confortablemente confundido. Me repugnan los escritores que no se hacen daño a sí mismos. Los que no saben quiénes son ni dónde están, los que se pajean poniendo una coma precisa, los que prefieren el oficio o el método a la audacia y a la búsqueda. Todos esos, los pulcros, los amantes de la historia poronga pero redonda, los que tienen alféizares en sus ventanas y rizos en sus cabellos, los que nacen y mueren con su personaje y que en cada poema, cuento o mamarracho se ven reflejados como nunca antes, todos esos no tienen nada para ofrecerme. Pensá, hijo de puta, pensá. Escribir por escribir es meterse el dedo en el culo y salir corriendo a lavárselo en la canilla. Nadie te vio, nadie sabe, fue todo al pedo porque lo único que te interesa es que te miren las uñas limpias. Lo impoluto te absuelve. Pero no. Te deja en el lugar del inútil con pretensiones. En cambio, meter el dedo, revolver, sacarlo y mancharle la frente con mierda a los demás es otra cosa. Distinta, violenta, incoherente. Un latigazo que exige respuesta, cualquier respuesta. Es el reto a muerte, por sí o por no. Un escopetazo. Mal, pero con ganas, con destino. Mal, pero con sangre.  Así se escribe. Cada oración un penal. Un foul violento. Se escribe con la vehemencia del que sabe que la muerte son vidrios rotos y que las cicatrices son la belleza. Se escribe con la impunidad de un cafisho áspero e indolente, que fuma tranquilo contando billetes y que a todas las putas las llama por el mismo nombre.

8 Respuestas a “* disertaciones de un jabalí: sobre lo áspero

    • Gracias por leer, eso es lo único. Los aplausos también vienen bien, no reniego. Lo de apuntar a un lugar específico es la idea central de todo, y básicamente creo que todos tenemos que tomarlo como punto de partida, para que la escritura no sea un escopetazo miedoso, si no un disparo de francotirador. Salú!

    • Comprendo perfectamente. Tenemos que aprender a focalizar la energía para las cosas importantes. Si con dos palabras está todo dicho, para qué usar más? Capos somos todos, pasa que no nos animamos. Salú!

    • Es que es más salvaje que chancho, este jabalí, a veces se descontrola y entra a los topetazos. Lleve lo que quiera y ojalá que sirva para algo. Gracias por leer! Salú!

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