* todas las madrugadas son banquinas

La radio dice lluvia. Mentira. Siempre mentira. Todo es una nebulosa, la lluvia llega cuando llega. Estática. Los edificios son borrones grises y ondulantes, la gente camina mecánica y ausente. La humedad nos predispone a la sospecha metódica. Pienso en caras brillosas y sofocadas, en rasgos aletargados, en personas que no saben dónde van pero se apuran. Si se larga a llover no voy a querer a nadie. Días como hoy, en los que me levanto de la cama con ganas de llorar sin razón, y en los que la espalda no deja de doler, son los que me arrancaría uno por uno. No solucionaría el dolor ni el llanto, ambas cosas se asimilan con crudeza; sería más bien una venganza por el pensamiento comprimido, la presión que machaca sobre las mismas ideas, el desequilibrio natural del fuera de registro constante. Los odio a medida que los transito y me miento para enfrentarlos. Cada uno de estos días me pongo como objetivo volver a casa y decirme, mientras preparo la cena, que todavía estoy ahí, que todavía aguanto, que nada es un punto fijo y que en determinado momento voy a ser capaz de secuestrarlos, a estos días, meterlos en el baúl , apretados, comprimidos, muertos de miedo y desorientados, llevarlos lejos, a un descampado o a una banquina de madrugada, bajarlos del auto, atarlos, amordazarlos y vendarles los ojos con un repasador, arrodillarlos ahí a un costado con violencia cobarde, y borrarlos para siempre de mi historia con un tiro en la nuca.

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