* no te encariñes con tus monstruos

Poco después de salir del baño volvió unos pasos y sin saber bien desde dónde le había nacido ese impulso, sobre el espejo todavía empañado por el vapor de la ducha le dejó escrito un breve y ridículo mensaje de amor. O algo parecido. Unas pocas palabras, muy breves, nada originales, y su inicial pegada a un punto. El por qué determinados mensajes inequívocos, tanto para el emisor, nosotros mismos, como para el receptor, aquella única persona a la que le dedicaríamos tales mensajes, nos obligan a reafirmarlos con una rúbrica, insignificante o simbólica, es la expresión más abstracta y mejor acabada de nuestra propia inseguridad. Puede considerarse una sutil tortura, un recordatorio tan perfecto como insoslayable de que nada es lo suficientemente duradero, y de que aunque sepamos que todo desaparecerá algún día (y más aún unas pocas palabras cocinadas al vapor), tenemos la necesidad intrínseca de decir que estuvimos ahí, que hubo un momento en que fuimos parte de algo, un momento particular que nos hizo pertenecer a un entorno, a una historia. Esta es la historia de Juan. O mejor dicho, un breve repaso del día en que la línea argumental que lo había condicionado durante diez años, se diluyó sin más, como el agua que se escurre por la rejilla del lavamanos.

En ese momento, que después consideraría crítico y que durante años y años se reprocharía a sí mismo, sintió que esa pequeña acción cotidiana, esa demostración inusual de afecto – de las que ya no acostumbraban y parecían cada vez más enterradas – lo aliviaba de un lastre invisible que llevaba acordonado a sus pies desde hacía varios meses. Todo sucede sin que nos demos cuenta, variaciones milimétricas e imperceptibles de todas las cosas se van sucediendo día tras día, como una enorme confabulación que nos va empujando amablemente hasta que de golpe la percepción de un detalle insignificante (un cajón mal cerrado, una botella sin abrir, una raya de más en el parquet, un plato que sobra, un reflejo sobre una fuente de aluminio) nos devuelve la lucidez, y nos damos cuenta de que estamos parados sobre un borde oscuro e inestable, a punto de caer. La duración de la caída y los resultantes del impacto final variarán de acuerdo al peso específico del conocimiento que tenga sobre sí mismo el sujeto en cuestión. Supone Juan que éste fue el inicio de su autoconocimiento.

Cuando ella se levantó, él ya iba por el segundo café. Escuchó los pies descalzos avanzar por el pasillo, el correr de los aros de la cortina plástica, el golpe de la lluvia de la ducha contra el piso de la bañera; fue a la cocina y se quedó parado, releyendo el diario contra la mesada, un cigarrillo en la boca y el chirrido defectuoso del calefón como música de fondo. En algún momento tendría que llamar a un gasista o un plomero, pensó Juan, pero no ahora, mientras siga funcionando no tiene sentido preocuparse; además, siempre estos arreglos provisorios terminan al poco tiempo en catástrofes domésticas imposibles de evitar, es preferible dejar que el fluir natural decida el momento del final, y el del nuevo principio. Un nuevo principio. Tal vez tomar la decisión de cambiar el calefón fuera la oportunidad que estaba esperando, un rito iniciático, un cambio de paradigma en la relación que les ofreciera un aire renovado, o tal vez fuera alguna otra de las estupideces que se le cruzaban por la cabeza cuando pretendía convencerse de que podía tomar control de su vida. Ella salió del baño, se vistió rápidamente, lo saludo sonriente como todos los días y se fue a trabajar. Desde la cocina, Juan escuchó sin moverse los tacos alejarse rumbo a la puerta y luego las dos vueltas de llave que lo dejaban, otra vez, encerrado consigo mismo. Ninguno de los dos dijo nada sobre el espejo.

Juan encendió un cigarrillo y se sentó en el sofá. Después se recostó y se tapó con una manta, orientando la cabeza para que el sol que entraba por el ventanal le pegara de lleno en la cara y le obligara a cerrar los ojos. Quería pensar, entender las trabas de su propio funcionamiento y trabajar sobre su conducta y su fuerza de voluntad. Reflexión. Introspección. Aguantar el dolor de cabeza, resistir al sueño, ambos mecanismos de evasión. Atravesar el pensamiento de manera consciente y reflexiva, sin importar la repetición. Sin someterse al después. Confrontar consigo mismo todas esas cosas que creía que sucedían y que consideraba tan geniales, tan nada. ¿Quién sos, Juan? No tengo idea. ¿Qué estás haciendo, Juan? ¿Hacer? ¿A qué le tenés miedo, Juan? No entiendo la pregunta. No te duermas, Juan, no abandones. Pensá, para eso estamos todos acá, el sofá, la manta, el cenicero, el sol y yo, para ayudarte. ¿Querés que te ayudemos, Juan? No sé. No tengo idea. No entiendo. Bueno, Juan, colaborá un poco. ¿Cómo? Pensá. No puedo. Sí podés. No. Sí. Quiero dormir. Ahora no, Juan, no pierdas el tiempo. Pensá. Abrí los ojos y decime quién sos. Entonces Juan abrió los ojos y trató de hablar, buscó respuestas por todos lados pero por más que se esforzó no pudo encontrar nada que lo satisficiera; la angustia que lo desvelaba y que lo mantenía recluido en su casa casi por completo seguía siendo enorme, y la búsqueda de significados le resultaba dolorosa e inútil. ¿Qué sos, Juan? Ante la falta de relaciones semánticas, Juan comenzó a explorar su propia sintaxis, las coincidencias y repeticiones, las constantes y las variables, la coherencia necesaria para comprenderse. Porque yo soy un sistema, se dijo Juan, un conjunto de elementos armónicamente relacionados en el cual la percepción de la totalidad es mucho más que la suma de las partes. Un sistema funciona cuando se percibe de manera total y no sesgada, cualquier desatino en la elección o relación entre sus elementos particulares destruyen el significado mayor, y ese es el momento en que se perciben las fallas de la construcción de sentido y significado. Pero así y todo, ¿cuál es mi función? No te duermas, Juan, estamos acá. Estás llegando. ¿Qué? Estás llegando. No. Sí. Aguantá. Pero el sueño se desprendió con furia desde algún lugar, disfrazando el castigo de placer, y todas las fuerzas se redujeron a ceniza, como la del cigarrillo que Juan seguía fumando, y los ojos cedieron, el cuello comenzó a doler, el sol a calentar más y más, y la voluntad desapareció. El consuelo de Juan pudo ser creer que al otro día podría repetir este acto, y pasado, y el martes, el miércoles, y luego todos los días, hasta convertirlo en costumbre. Hasta el punto de no pensar más en eso, como hacía con todas las cosas.

Lo despertaron las dos vueltas de llave y los tacos acercándose. Desde el sofá la vio pasar hacia la cocina con dos bolsas llenas de provisiones. Un día más que se fue entre la ducha matinal y la cena, un lapsus de tiempo indeterminado en el que suceden cosas que no somos capaces de imaginar que suceden, una abertura natural y perversa por donde asomar el hocico y morirse de miedo. Una ventana que no muestra ningún prado del otro lado, ni bosques, ni plantaciones de naranjos, ni animales silvestres, ni olas rompiendo contra pacíficos acantilados. Ella se puso a cocinar y desde la cocina le comentó en voz alta qué tal había sido su día en el estudio, la cantidad de formularios, lo rico que estuvo el almuerzo, lo mal cogida que es la secretaria de Suárez, y lo simpáticos que le caían los chinitos del supermercado. Él fue hasta el baño, se lavó la cara, se peinó y se cambió la remera; se quedó un momento mirándose la cara en el espejo y contestó que sí cuando ella le preguntó si la había extrañado. Compartieron un vaso de soda en la cocina mientras ella seguía cocinando. Falta un rato, dijo ella. Voy hasta el kiosko, dijo Juan. Desde la esquina le pareció escuchar cómo crujían los vegetales en el aceite hirviendo del wok.

 ***

18 Respuestas a “* no te encariñes con tus monstruos

  1. Los monstruos de la nada son los peores y el aburrimiento: unas fauces que engullen la realidad. Sin embargo en tu relato se unen el vapor de agua donde el protagonista escribe unas señas de no identidad ( sabe que nada más escritas se borraran) y el aceite hirviendo donde se cuece la comida, muy real, que le mantiene vivo. Los inconvenientes del existencialismo. Muy bueno y profundo, como siempre.
    Un abrazo,

    • Muchas gracias Anne, sé que a veces no es tan fácil digerir lo que escribo y poder tener una devolución clara, por eso estimo tanto a los lectores que se toman el tiempo para procesar, pensar y comentarme qué les pareció la historia, para bien o para mal. Creo, aunque tal vez me equivoque porque no estoy en la cabeza de Juan, que a él no lo están acosando monstruos tales como la nada y el aburrimiento; creo que es al contrario, que su eterno sopor se debe a que no puede enfrentarse a todas esas cosas que tiene en su interior y que teme que le pasen por arriba como un vendaval… Pobre Juan, hablar de él me lleva casi, casi, hasta el mismo sofá. Saludos!

    • José, gracias por comentar. No sé si se trata de cariño o costumbre, o resignación; a cada uno le toca bailar a su propio ritmo, la cosa es ir aprendiendo de a poco a escuchar quñe marcha nos proponen esos compases. Buena suerte y más que suerte!

  2. Ante todo, me alegro de que hayas encontrado el espacio para volver a leer mucho. Las frases resuenan robustas en la mente, los párrafos discurren con mayor facilidad, las imágenes y metáforas perforan el entendimiento como un disparo de carabina. Bien, muy bien.

    A medida que iba leyendo empecé a imaginar que para Juan la vida era como un largo párrafo y que si bien él intentaba leer las palabras, sus ojos avanzaban saltando de espacio a espacio. ¿Probaste alguna vez leer los espacios solamente? Bueno, así es la vida de Juancito. Y, lógicamente, antes de arribar al punto final se duerme. Una y otra vez, como buen cobarde.

    No estoy de acuerdo con otros comentarios que mencionan a la rutina. Para mí, Juan necesita imperiosamente autoconocerse. La técnica descripta por g. en su blog podría funcionar. Juan atraviesa la rutina diaria como quien se zambulle en las aguas del Cabo de Hornos con un grueso traje de neoprene. Él es tan impermeable como una cáscara de papa. Son los monstruos en su interior los que, encerrados herméticamente, casi descompuestos, hieden tras toda una vida de cómoda negación. No es cuestión ni de meses ni de años, es de toda su vida.

    A Juan ni los cigarrillos ni los dos cafés lo pueden mantener despierto, y apostaría que el resultado sería el mismo aun con litros de café o estimulantes más potentes. Porque es su alma la que está atemorizada, y se duerme recurrentemente para evitar arribar a ese punto final. Como decía Virgilio, “Feliz el hombre que ha pisoteado todos sus temores y puede reír ante la proximidad de la muerte, que todo lo vence.”

    Por ahora, Juan está lejos de ser feliz.

    Felicitaciones, gran texto.

    • Blopas querido, siempre después de tus comentarios me quedo pensando en qué más puedo agregar, o en qué me faltó en el texto, o en escribirlo de nuevo sumando detalles que me surgen de tus interpretaciones. Pero lo groso, es que siempre das un paso más y además de la superficie, o la cáscara, le encontrás la vuelta a la parte, quizás, más escondida (bah, tal vez no tan escondida, qué se yo…). No había pensado en la metáfora del párrafo, muy interesante, creo que me la voy a guardar como estímulo para alguna otra cosilla. El tema del autoconocimiento es tal cual, ha dado usted en el clavo; no es una rutina pesada para Juan, ni él trata de evitarla, en realidad yo creo que esa es la tarea que tiene pensada para todos sus días hasta que llegue a alguna conclusión, o por lo menos, mantenerse despierto un rato más. Relaciono bastante la historia de Juan con el sorprendente descubrimiento de Durban, veremos si tal relación sigue dando frutos. Juan está lejos de ser feliz, es cierto. Juan está lejos.
      Y como dijo Homero, “yo la vi que se venía en falsa escuadra, se ladeaba, se ladeaba, por el borde del fangal…”
      Abrazo!

      • Bueno, esa es la idea: aprender de quien escribe bien y tratar de devolver algo a su altura.

        A medida que leía se me iba apareciendo en la mente Durban. Tal cual. Me encataría conocer con más profundidad la relación (la historia) de Juan y su novia. Ella parece aceptar la situación con normalidad, le cuenta su rutina (debe saber que Juan es inmune a cualquier rutina), le cocina… ¿Cómo llegaron a ese estado? ¿O fue siempre así y son dos sobrevivientes flotando aferrados al mismo madero? ¿Por qué no le importa que él no trabaje? debo asumir que, entonces, hasta le garpa los fasos que debe haber ido a comprar al kiosko. Creo que esa relación es un suelo que se presta al rastrillado de detalles escabrosos.

        Y me despido con otra frase monumental de Homero: “Cerveza: causa y solución de todos los problemas.”

        Abrazo!

  3. Uf, Chino. Me costó leerlo. Hablará todo esto a cerca del goce que uno tiene con el sufrimiento? o cosas así que dicen los psi… No importa, la cuestión es que Juan se durmió porque no estaba listo aún, a mi entender. A veces está bueno ser conciente de nuestras limitaciones, no? , y poder llegar a los monstruos de a poco, de a poquito, como cuando te metés en el mar y el agua está helada, entonces primero un pie, después otro, y así. No sé. No puedo ponerle mas palabras a este comentario. Yo estuve ahí, yo sé de que habla Juan, y por eso aprecio tanto las palabras que vos sí pudiste poner acá.
    Ah, bien por esas oraciones largas y musicales, eh!
    Abrazo!

    • Hola Vivi, hay una canción de Héroes del Silencio que dice: “ahora que padeces de insomnio, quisieras morir de siesta…”. Creo que es un buen resumen del cuento y tu comentario, va todo por ese lado. El tema es que los monstruos se renuevan, hay que estar muy muy muy atentos! En cuanto a las oraciones, por suerte volví a leer mucho (cosa que había abandonado un poco) y aprendiendo a full, voy juntando de a poco las herramientas que me ayuden a contar de la mejor manera posible lo que quiero; a veces sale y a veces no, pero ahora me emperré y no pienso parar!

  4. Los peores monstruos son los que se convierten en rutina, como unas zapatillas se colocan en tu mente y te llevan por donde quieren. Algunos lo llamaran rutina, otros hastio e incluso otros lo llamarán miedo a tomar las riendas de tu vida. En fin que los monstruos para que den temor han de ser variados.
    Salut
    PD me ha recordado un relato de Carver sobre un obrero en paro.

    • Es cierto, Micromios, los monstruos se nos aparecen en diversas formas. Lo bueno de poder reconocerlos es que de a poco los podemos ir empujando hacia afuera, hasta que aparezcan los nuevos. Cada uno sabrá con quién le está tocando bailar en este momento.
      Con respecto a Carver, no recuerdo particularmente ese relato, pero tal vez esos destellos de angustia que tiene muy presentes en general se hayan colado más de una vez en mis lineas. Y agrego que “Catedral” me parece un cuento sublime. Gracias por leer! Buena suerte y más que suerte!

  5. todo lo que leo de vos me conmueve, este personaje me gustó mucho. y la escritura me pareció impecable.
    no sabría definirlo bien, pero esto es distinto de otras cosas que te leí. el relato trasluce una tristeza de fondo como tranquila, algo de eso.
    salut chinet.

    • Más allá de el halago hacia la escritura, me pone colorado el tema de conmover, porque creo yo, que esa es la función primaria del que escribe. Si no llegamos a ningún lado, si nuestra herramienta (a veces más hábil, otras menos) no deja huella, hay algo que estamos haciendo mal. Por supuesto que todo esto es una apreciación personal, y seguramente esté lleno de puristas que traten de refutarme. Pero se equivocan, mienten, se mienten. Gracias por leer, Catartik!

  6. La deliciosa rutina del pan nuestro de cada día que es la pareja. La soledad del acompañado, el que está solo la desea.
    Muy bueno, muy, muy bueno.

    • Gracias Andy, pero la verdad es que no sé qué es lo que desea cada uno. Esas instancias de cabeza hundida en el sofá nos puede hacer llegar a situaciones, ideas, deseos, que ni nos imaginamos. Lo que no deben faltar son los vegetales, que son muy saludables. Buena suerte y más que suerte!

  7. yo quiero que se invente el plug para conectar al cerebro y registrar todas las imágenes de esos momentos en que casi llegamos y nos dormimos para no llegar. claro, nos volveríamos todos locos, pero ya estamos bastante sonados, no sé si habría tanta diferencia.

    • Yo creo que cada uno va llegando a su tiempo. De a poco nos vamos acercando más y más, y mut lentamente, sin que nos demos cuenta, las imágenes se nos van haciendo cada vez más nítidas. Eso sí, manéjese con cuidado.

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