* los últimos días de octubre

La veíamos pasar todos los días a la misma hora y con el mismo trotecito apurado. Radiante, ligera y delicada, toda su esbeltez se sacudía como un carro cargado de frutas prohibidas. Pedro decía que eran como esas naranjas jugosas que al primer mordisco te explotan en la boca, Lucho que eran suaves duraznos apenas maduros, y yo solamente pensaba en los pomelos rosados, firmes y dulces, que crecían en el patio del fondo. Más allá de toda metáfora, aquellas eran, sin duda alguna, las mejores tetas del mundo. Las más grandes, redondas, hermosas y perturbantes que habíamos visto en toda nuestra corta vida. El vaivén, el rebote, el equilibrio; la proporción, la simetría, la densidad, todo era perfecto en esos pechos erguidos y opulentos que nos nublaban la vista y la razón. Nuestro primer amor fue un flechazo certero y brutal que nos dejó tallado en piedra en nuestra memoria el mágico recuerdo de esa mujer impalpable, y de sus tetas.

Todas las tardes repetíamos el ritual, y con sólo verla venir desde la esquina se nos aceleraban los latidos y las manos nos sudaban inquietas. Al principio nos daba un poco de vergüenza que pudiera darse cuenta de nuestra pueril obsesión y tratábamos de disimular la efervescencia que nos causaba, pero rápidamente fuimos perdiendo el miedo y la mirábamos embobados, sin disimulo, como vacas mirando el paso hipnótico del tren, sin perdernos ni un segundo de ese breve éxtasis que nos regalaba al verla pasar. Por las noches la soñábamos tal cual la habíamos visto ese mismo día, y saboreábamos nuevamente cada detalle. Durante el día, mientras sufríamos la espera del nuevo encuentro, jugábamos a adivinar el color de la blusa que llevaría, si vestiría pantalones o pollera, si el pelo recogido o al viento, si la cartera, o el bolso, o el morral combinaría con las botas, las sandalias, o los tacos altos.

Éramos afortunados de conocer toda esa belleza, nos sentíamos elegidos, tocados por una varita mágica. Nuestro entorno inmediato era la referencia cruel que nos daba la razón. Con sólo una mirada a nuestras compañeritas de curso, cualquier comparación resultaba odiosa y deprimente. Ni una curva, ni un ángulo, ni cóncavo ni convexo, ni una sola insinuación de redondez se dejaba ver en esos cuerpos todavía de nena. Tal vez podíamos encontrar en alguna de ellas una carita dulce, unos ojitos chispeantes, o una sonrisa simpática, pero no más. A los doce años cualquiera puede tener un gran futuro potencial, pero en ese presente imperfecto somos como la masa amorfa de una torta de cumpleaños a medio cocinar. Nuestro cisne opacaba en años luz a los desgarbados patitos feos que nos rodeaban. Era nuestro tesoro. Mientras la mayoría fantaseaba a la distancia con jóvenes actrices de telenovela, estrellas internacionales, o alguna vedette infame de escaso talento, nosotros teníamos cada tarde, en vivo y en directo, nuestra cita con el deseo. Y la felicidad. Todos nuestros problemas y todas nuestras preocupaciones se esfumaban en el aire cuando veíamos avanzar hacia nosotros ese tremendo par de tetas, irresistible e inalcanzable como un aleph que resumía y condensaba todo nuestro universo.

Uno de los últimos días de octubre, envalentonados por alguna sonrisa que creímos ver en su boca, que tal vez imaginamos, y que tal vez nos destinó, tomamos coraje y decidimos confesarle todo nuestro amor. Nuestra estrategia era cobarde, lo admito. Con aire inocente le diríamos hola, y sin dejarla pensar demasiado le preguntaríamos su nombre. Con eso nos alcanzaba, un mínimo contacto, un hielo que se partiría en mil pedazos. Y con la respuesta de una única palabra le robaríamos un pedazo más, la haríamos más nuestra que nunca, estallaríamos de gozo y alegría al impulsar la relación a otro nivel. Llegamos más temprano que de costumbre, con la ropa de sábado impecable, pero no nos sentamos, una ocasión como esa tenía que ser celebrada de pie, estoicamente. Llegó la hora. Lucho me miraba, Pedro me miraba, yo los miraba, los tres mirábamos hacia la esquina prometida. Pero ella no pasó. Esperamos durante una hora en la misma posición. Después nos miramos otra vez en silencio y nos fuimos despacito, sin decir nada. Tampoco pasó al día siguiente. Ni al otro. Ni a la otra semana. Ni nunca más. Sin darnos cuenta llegó el final. Ni anunciado ni abrupto. Llegó como llegan los finales reales, no los de fantasía. De manera simple y natural. No hubo misterio ni tragedia. No nos quedaron ni odios ni rencores, ni siquiera angustia. Solamente nos quedó en la boca el sabor etéreo de la más deliciosa fruta que nunca pudimos probar, ni nombrar.

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16 Respuestas a “* los últimos días de octubre

  1. Me gusta mucho el uso del plural. Es raro pensar en tres personas diciendo ‘hola’ y declarándose a la misma persona… Es raro y me gusta. Tengo más cosas para decir pero no un viernes con la cabeza quemada y por medio de wordpress.

    🙂

    • Gracias Babs, todo comentario (en el estado de quemazón que sea) será bienvenido. Creo que el plural tiene que ver con cuestiones de edad, todavía no somos tan individuales en ese momento, y bueno, algunos no logran separarse del pensamiento colectivo nunca jamás. Gracias por leer!!

  2. Pingback: Bitacoras.com

  3. Una hermosa descripccion ritos de adolescencia, del temor ante ese sexo desconocido y la lucha por sobreponerse al deseo desconocido. Un saludo

  4. MX, has escrito un relato precioso sobre el despertar del deseo y otro, colateral, sobre sueños y realidad. Como descubren tus protagonistas, la ficción no solamente existe en el cine sino también de forma más sutil y cruel en nuestra vida diaria.
    Un saludo.

  5. Así eran esos, mis compañeros. Mientras yo pasaba una tras otra, desenfrenadamente las páginas de una histoieta de Spawn. Esos se quedaban embelezados viendo a las chicas mayores de la secundaria.
    Pero aun así, de cierta forma logré sentir lo que estos jovencitos sintieron. Y si, sin duda lo que dice Carme es totalmente cierto “condensado en un par de tetas toda la efervescencia juvenil”.

    Bueno este relato.
    Saludos

    • Jejeje, me hiciste reir David, yo también me la pasaba entre notas, libros o historietas. No es que no mirara ni me hechizaran aquellas chicas, sólo que disfrazaba un poco mi timidez, y sobre todo, como dice Concha en su comentario, trataba de comprender ese deseo desconocido. Saludos!
      Buena suerte y más que suerte!

  6. Espléndido MX, condensado en un par de tetas toda la efervescencia juvenil, un grato recuero de lo que pudo haber sido, y la aceptación de lo que fue. Un final digno de una deliciosa historia de amor.
    Salut

    • Gracias Micromios, me alegro de que te haya gustado. Debo confesar que, si bien no es autobiográfico, mi destino estuvo muchas veces definido por un buen par de tetas. Salut!

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