* que llegue abril

La lluvia libera a las yeguas durante la noche. Es agobiante, es invasivo. Te asustan los cascos que se escuchan cerca, tan cerca, y sentís el silbido de las crines negras que cortan el aire. Los belfos babean, tu boca sangra. La angustia es sudor que traspasa las sábanas y llega al colchón, lo moja, lo empapa, lo impregna de miedo y lo convierte en una esponja roñosa. La esponja se hincha y comienza a gotear. Las gotas se lanzan desde el colchón contaminado y estallan contra el piso, lo golpean, lo enchastran, luego se juntan, se unen y se esparcen como una mancha inquieta, caen una tras otra y cada vez son más y ahora ya son charco; un puto ejército de gotas de sudor sucio que dejaste caer sin resistirte y que ahora te mira con hambre desde el piso manchado, con mucha hambre, un ejército que crece y crece y va avanzando hasta el borde del zócalo. No vas a llegar a mañana. Te tapás los oídos porque los relinchos son voces turbias que repiten un solo nombre una y otra vez. Ésta es la serenata de los cobardes. La cara se te derrama sobre la almohada y se funde en una pasta aguachenta y amarilla, muy amarilla. Y no sabés nadar, nunca aprendiste. No sabés nadar, no sabés manejar, no sabés andar en bicicleta. Nunca mataste a nadie y nunca pudiste decir la verdad. Que no lleguen las yeguas porque si llegan te morís, que no lleguen porque si llegan no tenés a nadie a quien llamar y sabés que solo no podés contra nada, nunca pudiste. Que no lleguen. Que llegue marzo, que llegue abril, pensás, mientras llorás como un chico apretando los ojos y los puños, pero pensar nunca fue lo tuyo, nunca pudiste nada, ni bueno ni malo, nunca pudiste, por eso el llanto ahora es grito y ahora arcada y te doblás al medio y vomitás con ruido y te cagás encima porque sabés que están llegando. Abrís los ojos para sentirte más hombre pero mirás el piso y ves ese puto ejército que es charco, soldados de plomo, de cartón, unitarios, federales, hititas y sarracenos. Abrís la boca y lanzás, lanzás, lanzás, lanzás, lanzás, hasta que el cuero dice basta loco no hay nada más. Mirás la superficie y te ves vos mismo flotando en pedacitos marrones, grises, semisólidos, amorfos, peludos; ese sos vos, campeón, eso sos vos: materia deforme e inservible expulsada con violencia desde un cuerpo que alguna vez creíste que podía servirte de asilo. Pero no. Siempre no. Belfos, crines, dientes, cascos. El agua sube. Que llegue marzo. La esponja se pudre. Entonces los hongos. Hongos feroces que empiezan a trepar un cuerpo que tiembla y es el tuyo; hongos verdes, blancos, celestes y naranjas. La avanzada, los paracaidistas. Estás solo. Sabés que estás solo. Que llegue abril. ¿Quién te va a acompañar, quién te va a salvar? Estás solo. ¿Quién te quiere, de quién te acordás? Que venga alguien pero que no sea esa sombra que está en la puerta del placard y que te parece tan familiar. Que no sea esa silueta oscura, más oscura que todo lo demás, que se agranda y se achica y que hasta te parece que tiene olor, olor a hembra, olor importado, un olor que habla francés, turco o italiano o todos a la vez, un olor peculiar, un olor de alcurnia, y nada cierra nunca porque inventás, estirás la mano y te engañás pensando que es posible alcanzar la soga que te saque. ¿Quién te mete, quién te saca? No huelas más, no frunzas más la napia porque llueve y están viniendo. Si te viera tu madre ahí tirado, soportando, si te viera… Negarías todo, como siempre, no te harías cargo de que todo esto es tuyo: las yeguas, la esponja, el puto ejército, los hongos y el olor a hembra; cómo vas a reconocer que los pedazos que flotan ahí alrededor en el medio del charco podrido y estancado sos vos mismo fragmentado, reventado por no poder aguantar más, cómo vas a reconocer que todo lo que habías pensado como un sueño dorado es una pincelada de brea que te tiñe y te sofoca todas las putas noches. Cómo.

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* liendres

Ni siquiera las yeguas hoy me quebrantan. Ya ni las huelo. Porque de tu nombre que era estampido sólo quedó un ramillete de confesiones cayendo al alba por un fangal, y es relicario de cuencas rotas, y un penitente llorando pez. A lo sagrado nos abrazamos como el cuchillo sobre la carne, como las llagas al cuerpo enfermo, como el hereje a la tempestad.

Aves, peces, toros, simios, ansiosas bocas que alimentar. Y esa represa que no está más. Lo que no vuelve se ha consumido, sin darnos cuenta, fuelles vencidos, desvencijados, fuentes lacustres que parten dientes y nos obligan a salivar; lo que no existe nos impresiona, nos baña en sarro, en mica y sal, nos centrifuga con paso firme y con instinto de dictador.

Idea, sueño, proyecto, pueblo. Rusticidad. Sobran las aspas de los molinos, faltan los verbos de la intuición. De aquellos hombres que han existido, ni siquiera uno, ni el más sangriento, ninguno pudo recolectar el polen rubio de la explosión. Y de tu nombre que era estampido nacen ausentes los peregrinos: cruces al aire, voces al viento, polvo en el polvo y el sol al sur.

Amplias distancias que duermen tilos, que ocultan ciervos de cuernos fríos como el cristal. Somos las almas que lleva el Diablo, somos rehenes de la humedad. Nada de noble nos ha quedado, pobres imberbes con armadura, druidas de libros, reyes del mundo, liendres de Dios.

Lo que no somos nunca seremos, lo que ya fuimos ya se acabó. Y que tu nombre se haya hecho furia y después veneno, cortando el aire, fundiendo el plomo, quemando todos los recovecos de nuestra historia, es punto aparte, es deserción.