* guachos

En la esquina los pendejos se clavan un vino mirando la gente pasar. La vereda es ancha pero nadie quiere pasar cerca de ellos, todos se cruzan y van por enfrente tratando de que no los vean y haciendo como que no ven, por las dudas, a ver si los afanan. El cordón está libre, pero nadie quiere estacionar y dejar el auto ahí, por las dudas, a ver si los afanan. Pero ellos están tranquilos, sin joder a nadie. Se putean, se abrazan, se ríen. Pero todas las sonrisas están incompletas y varios huecos negros delatan las piezas faltantes, trofeos que rodaron quién sabe dónde y cuándo. La calle tiene esas cosas. Por suerte hoy está todo liso. Antes de que cierre el kiosco comprarán la última cajita, para irse a dormir en paz con aliento a Termidor. En la esquina los pendejos miran la vida correr por la avenida, escurrirse por el pasaje, y estrolarse contra el paredón de la cortada.

* nada que decir

En el horno se asaban dos pedazos de cerdo y algunas papas. Llegó puntual y con una botella de vino tinto. Puso un disco de Neil Young, se descalzó y comenzó a hurgar en mi biblioteca mientras yo preparaba la mesa. Prendí un cigarrillo y abrí la ventana. Fuera de la oficina éramos diferentes; más libres, más auténticos, más falibles. Cuando estábamos solos éramos lo más cercano a lo que queríamos ser. Ni a mí me importaba su marido ni a ella la diferencia de edad, ambos disfrutábamos del morbo que nos generaba todo aquello. Nos terminamos la botella y nos sentamos a esperar, abrazados y en silencio, que el cerdo estuviera listo.

Hacía tiempo que no teníamos sexo, desde el quinto mes de embarazo habíamos espaciado nuestros encuentros íntimos, más por mí que por ella, no me sentía cómodo y estaba más pendiente del cuidado que del placer. Ninguno de los dos estaba seguro de quién era el padre, si su marido o yo, pero tampoco nos importaba. Le sentaban muy bien los kilos de más que había sumado desde la última vez; las mejillas infladas resaltaban la belleza insoportable de su rostro, la que lastima sólo de verla. Si tuviera que definirla en una sola palabra, no podría. Todo en ella aparecía de repente, era un vendaval que arrastraba consigo todo lo que deseaba, y lo que no, lo desperdigaba en pedazos por los aires. Si fuera mi esposa en lugar de mi amante, seguramente en una noche profunda y negra, cerca de las tres de la mañana, la estrangularía.

No es fácil ser intrascendente, no es fácil vivir en un presente continuo sin anhelos ni proyecciones, no es fácil no tener nunca nada que decir; el arte de desaparecer nos sentaba muy bien, casi sin proponérnoslo flotábamos en la bruma del desgano con placidez, abúlicos por elección. Lo único que nos interesaba en ese momento era quedarnos sentados en silencio escuchando la voz rasposa y cortante de Neil Young. Y en eso estábamos.