* disertaciones de un jabalí: más y más felicidad

Lo que más nos gusta es la miseria. La miseria enseña, construye. Nadie está más indefenso y expuesto a los demás que cuando se revuelca en lo más oscuro de su propio ser, y ahí nos sentimos cómodos, liberados, amamos desnudarnos y espantar al otro que nos ve, porque eso somos en el fondo, eso que todo el tiempo ocultamos porque un extraño mandato nos dice que no hay que molestar (como si ser lo que se es no tuviera que molestar a nadie) y que lo mejor es preservar de la luz las piedras que nos cuelgan del cuello y nos hunden cada vez más. Idiotas.

Hay carne, hay sangre. No trates de ser otro, no inventes lo que no sabés, hablá de vos, miserable. No se puede ser feliz, o sí, pero la dificultad que se presenta al alcanzar tal estado de bienestar es que se reducen al extremo las posibilidades de meter la mano en el propio barro; por ende nos convertimos en una línea continua, muñequitos producidos en serie en una fábrica eficiente y descomunal, alejados de la esencia particular que nos convierte en individuos, títeres de dedo, sujetos programados y acostumbrados a no cuestionar, a no elegir, a no disfrutar más que el estándar de confort que nos imponen. Es demasiado fuerte el desprecio por los no miserables. Por todos en general, pero muchísimo más por los que son tan estúpidos que creen pertenecer y se suman a huestes pestilentes tratando de cambiar el hedor de la verdad, del grito que nos esclaviza, por cobardías perfumadas de lavanda. Mueran. Mueran delante de mí y véanme sonreír.