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¿Qué era lo fabuloso? Lo fabuloso no era nada. Aunque reine la responsabilidad día a día, cabeza a cabeza, miedo a miedo, la molicie es soberana. Brota y explota, te envuelve y te aplasta; caen por un borde la templanza y la cordura, y todo aquello que pretendiste te hace muecas burlonas y gestos obscenos y proletarios. El que sabe sabe y a los demás nos queda solamente el mundo reventado, exagerado, las confesiones de oficio y el no saber qué ni quién; por eso prefiero la rueda a la bombita. ¿Sueños? Sí, a borbotones. Qué impío el que no entiende. Qué idiota el que cree. La verborragia no te alcanza. La verborragia no te alcanza. La verborragia no te alcanza. La verborragia no te alcanza. No. De lo negativo sacamos en claro que un pensamiento lineal nos va a llevar al lugar al que llegaron muchos otros, antes, mejor, más rápido. Que te sobren tres botones y que la torta no tenga velitas de más, es pecado según dicen. La verborragia no te alcanza. Fantástico, ¿ah? No, lo fantástico tampoco es nada. Lo sumergible sí es. Sumérjase en sí mismo (usted mismo), trate de nadar, la bocanada no alcanza, como casi nada, y luego llore, mire hacia la costa, agite los brazos, como un loco presione F1 cientosetentaycuatro veces, prenda un cigarrillo si es de los que cree que pueden fumar bajo el agua, cual ninja resista en lo invisible y lo sigiloso, más no espere que la soga venga limpia (seguramente los rescatistas sean cubanos o adoradores de Mao, esos medio sucios medio vagos medio chanchos medio verdugos medio todo, completos mártires de corto alcance, de poca monta, de puro grupo, de hasta aquí llegó mi amor.) porque todo se paga acá abajo y en los momentos más dramáticos. La Meca queda para allá. La verborragia no te alcanza. La verborragia no te alcanza. La verborragia no te alcanza. La verborragia no te alcanza. No sabemos nada. Tal vez lo más importante de todo sea poder recordar el código postal de nuestro primer hogar. O no.

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