* tendría que haber sido hembra

elfaro

Hay un sillón rojo y un tipo sentado. No es una casa, es un hospital. Es la sala de espera de un piso alto de un hospital cualquiera. Camino lento por un pasillo oscuro. Todas las luces están apagadas menos las de emergencia. Tengo miedo pero camino lento. El tipo sigue sentado, inmóvil, poseído por una tranquilidad absurda. No le veo la cara pero sé que me está mirando; todos me miran, siempre me miran. Yo nunca miro. Sé que me persiguen, me están buscando. Estoy huyendo pero camino lento por un pasillo oscuro que nunca termina. Al fondo el sillón rojo. El tipo ya no está. ¿Dónde está el tipo tranquilo? Me agarro la cara y lloro. Mi cara está rota. Está cortada, cosida, ultrajada. Está deforme e inflamada, mi cara. Me toco y me busco en mis nuevas deformidades. ¿Qué soy sin la forma? Las luces se van, el pasillo nunca termina, el tipo no está y yo tengo miedo y lloro sosteniendo entre las manos una cara que no es mía. Me digo a mí mismo: “Simio macaférrico”, y sigo avanzando. Tengo que salir de este hospital. Llego hasta el sillón, que ahora es verde, y me pongo a mear contra la pared, de espaldas a ellos, los que me buscan y vienen y ladran y avanzan y sisean, me pongo a mear de espaldas a todo y de frente al sauce. Un sauce enorme. Miro el sauce y meo. Con la cara desfigurada meo mirando el sauce.

Prendo un cigarrillo y me siento en el sillón. No me puedo resistir al sillón. Por más que quiera irme, desaparecer, juntar los pedacitos de las cosas que se me volaron, no me puedo resistir y me siento en el sillón y prendo un cigarrillo. Ya no hay sauce ni pasillo ni meo ni luces ni paredes ni caras. Estamos en la puerta de un faro. Estamos porque ahí está el tipo parado, a un costado, camisa negra adentro del pantalón. Pero ahora el tipo soy yo, y lo miro sin reconocerme. Debe haber alguien más porque falto yo, los dos somos el mismo tipo, pero yo no estoy, ¿cuál soy yo? ¿El que huele a Lord Cheseline? ¿El de los talones rajados? ¿El inocuo? ¿Qué es eso que estalla como vidrio? ¿Por qué no hay fuego si siempre hay fuego? Hay olor a plomo y escucho tambores pero no hay fuego; no puedo dejar que me vean así, no puedo dejar que me vean, no está bien, no estoy bien. Si me ven me agarran y yo no quiero, estoy saliendo. Estoy seguro de que falta alguien. Largo el humo y tengo frío y miedo y tiemblo y los dientes tiemblan y el taca taca es el pulso de toda la confusión. Me tengo que levantar, sé que me tengo que levantar. Detrás de la montaña están los tambores. Odio los tambores.

El tipo que no soy yo pero que antes estaba sentado donde estoy yo, en el sillón rojo que ahora es verde, saca un pájaro horrible del bolsillo. Parece un buitre. El tipo llora. El buitre se rompe el pico contra las piedras del piso. El faro se enciende y empieza a proyectar sobre el cielo negro una playa ventosa; ahí vengo yo, ahí mi hermana, más atrás mi vieja y bien al fondo, casi en fuga infinita, se puede ver sobre ese cielo negro como el pasillo del hospital un encendedor Ronson que no prende. El tipo niega con la cabeza y me dice: “Tendría que haber sido hembra”. Mato al pajarraco, lo aplasto contra el piso y las plumas blancas del cuello flaco del bicho negro se me pegan a las suelas. El pájaro atrofiado ha muerto. Agarro al tipo de la mano y salimos corriendo. Corremos por el pasillo, agarramos velocidad, somos bólidos. El faro se apaga. No se ve nada. El tipo y yo tenemos las manos idénticas pero las mías transpiran, chorrean, y aunque los dos apretamos con fuerza empezamos a resbalarnos uno de otro. El tipo me mira pidiendo por favor, y es mi cara, la de antes, no la deforme, que me mira y me suplica con un gesto estúpido, pero yo lo odio y lo desprecio porque es un hijo de puta que se va.

El tipo y yo estamos sentados en un sillón rojo. Tenemos las manos entrelazadas. Fumamos. En la tele están dando Kojak. Ahora el noticiero. Sigue siendo de noche pero presiento que no importa, que toda normalidad es efímera y que todo lo que puede ser visto no define parámetros de realidad. En este faro que es un hospital que es un pasillo que es un sillón que es un sauce que es un chorro de meo pasan cosas horribles y familiares, y aunque suponga que esas cosas no existen, todas mis suposiciones son las de un hombre que se hunde en un sillón. El sillón es una esponja roja y verde que absorbe, licúa y transforma. Apago el cigarrillo. Cierro los ojos. Espero. No sé quién soy pero sé que me persiguen. Y no me puedo mover.

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– Texto original para el blog Que No te Falle El Verosímil. 
– Ilustración original de Poly Bernatene.

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