* soy baterista de jazz

Llegamos a la fiesta dos horas tarde. Era un cumpleaños, o tal vez una fiesta de teatro, o quizás el festejo por la obtención de algún premio, o el lanzamiento de una nueva marca de ropa. O algo tonto como todas esas cosas. También podría haber sido un bautismo o una comunión, no tengo la menor idea y no me interesa recordarlo. Hace tiempo decidí no saturar mi memoria con datos inútiles. Usualmente evito ir a ese tipo de lugares y trato sutilmente de no ser invitado. No es que tenga fobia o aversión hacia la gente, me gusta la gente, pero lejos. Cualquier tipo de evento social que junte más de tres o cuatro personas, me aburre. No soporto aburrirme, no me gusta perder el tiempo. Cuando me aburro demasiado me da por emborracharme. En los últimos tiempos no tuve muy buenas experiencias, salvo que se considere una buena experiencia despertarse tirado en el piso de un baño ajeno, chapoteando en el propio vómito, empapado en sudor y con la bragueta baja.

Esa tarde Carolina me tomó por sorpresa con su propuesta. Una mujer así, rodeada todo el tiempo de tiburones hambrientos oliendo sangre, tendría un amplio espectro de galanes de abdómenes trabajados y brillantes sonrisas para elegir acompañante. Pero curiosamente eligió a un insignificante como yo. De la nada se apareció frente a mí, se sentó en mi escritorio cruzando las piernas y me pidió por favor que la acompañara. Claramente estaba desesperada. En mi decisión influyeron dos factores, por un lado la imposibilidad de negarle nada a quien de lunes a viernes, durante ocho horas diarias, me despertaba los instintos más medievales y los deseos más paganos, y por otro, la resignada convicción de que después de los veinte minutos que me quedaban para desperdiciar trabajando, el resto del día se me iba a escapar por las cañerías. Accedí a su pedido por las ganas infinitas que tenía de meterla en mi cama, y por la necesidad urgente de no pasar otra noche solo como un perro. Mi plan para soportar esa noche era sencillo: evitar el hastío bebiendo como un cosaco y derrumbarme en un sillón a contemplar el zoológico de Kens y Barbies en plan de seducción. Cuando se me fermentara el ron en la cabeza y Cuba fuera más libre que nunca, agarraría a Carolina de la cintura, bien apretadita, le susurraría al oído las palabras más obscenas e irresistibles, la llevaría a mi departamento y garcharíamos como posesos hasta que el cansancio y los primeros resplandores nos obligaran a rendirnos. Necesitaba sexo. Necesitaba buen sexo. Necesitaba cogerme a alguien de verdad en lugar de seguir manoseándome como un pervertido bajo la ducha pensando en la Princesa Leia. Atención, no soy un desviado, simplemente tengo algunos problemas de sociabilidad.

Nos abrió la puerta una pelicorta pintarrajeada que pisaba los cuarenta y tenía dos gomas como para borrar la Biblia entera. Me quedé hipnotizado mirando esas tetas monumentales, tanto que cuando reaccioné apenas pude ver la cabeza rubia de Carolina que se perdía en la marea frívola. Cambié un par de palabras con la tetona, se me ocurrió que siempre viene bien tener un plan b llegado el caso, soberanas pavadas de recién conocidos tratando de caerse bien, que hace un poco de calor, que la barra está al fondo y el baño arriba; poco después me enteré de que la pelicorta cuarentona era en realidad un travesti paraguayo, otrora arquitecto, hoy reina del after hour porteño, pero esa es otra historia. El lugar estaba lleno de gente, pero más que personas me parecían fotocopias de un dudoso original. Tenía que encontrar la barra, o a Carolina, o un sillón confortable, lo que fuera primero estaba bien. Me deslicé entre los invitados disimulando el asco que me provocaba el roce continuo con brazos, piernas, espaldas, lo nauseabundo de alientos y perfumes, las máscaras de cotillón; estas situaciones son para mí particularmente atroces, las odio, pero de vez en cuando las necesito, lo que tienen de bueno es que en general las mujeres son lo suficientemente cortas como para creerse las dos o tres mentiras que me sé. Soy editor, soy director de cine, soy baterista de jazz. Funciona. Prueben, después me cuentan. Encontré todo al mismo tiempo, Carolina pedía algo en la barra, le hice una seña para que me consiguiera algo y me desplomé sobre el sillón de mimbre que estaba abandonado en un costado. Prendí un cigarrillo y cerré los ojos. Me gusta fumar a oscuras.

Mimbre, tabaco y oscuridad. Meditar, recorrer, pensar. Escuchar. Me abstraje absolutamente del entorno, la fiesta se fue y yo me dejé ir. Me concentré solamente en los sonidos dejando de lado los demás estímulos inútiles. Música, risas, copas que chocan, hielos que nadan en vasos de whisky, pasos que suben y bajan, puertas que se cierran, collares que tintinean, respiraciones que se agitan. Haciendo un pequeño esfuerzo, muy pequeño, todos podemos focalizar poco a poco y discriminar lo que percibimos, podemos elegir lo que deseemos escuchar en medio de la catarata sonora en la que nos sumergimos cada día. Es cuestión de práctica y voluntad. Eliminé primero los ruidos molestos, luego los lejanos. Descarté los artificiales. Quedaron solamente las voces. O mejor, quedó solamente un remolino demente que me envolvía en palabras vacías y risotadas guarangas, en cumplidos banales, en reproches por lo bajo. Corrían, subían, huían, resbalaban, las voces a mi alrededor se morían de ganas de contarme sus historias y yo las escuchaba a todas. Poco me importaba dónde estaba Carolina, yo estaba muy tranquilo y pasándola relativamente bien. Seguí jugando con el volumen y la ecualización, en general cuando me pongo a jugar así con las voces atenúo un poco los medios y agudos y dejo retumbar los bajos, bien profundos, me resulta más armónico. Comencé mi búsqueda, había decidido que la presa de esa noche (fuera de Carolina y luego el travesti) sería una mujer adúltera, o a punto de serlo. Pensé que encontrarla sería fácil. Sería rápido. Y así fue.  Su voz emergió sola, se presentó entre las demás diáfana e inconfundible, igual a una caricia suave y cálida, apacible y amena como una pieza de Vivaldi. Pité mi cigarrillo. Carolina me acercó una copa de champagne. La voz de mi mujer infame se abría paso entre la fiesta babieca con el tono exacto para hacerse escuchar sin estridencias ni imposiciones, con palabras simples y frases cortas, evitando rarezas y complejidades. Además de chicas tontas, todas las fiestas a las que asistí también incluían a estas cochinas, las desencantadas, las mal queridas, las figuritas de intercambio que se mueren por llenar cualquier álbum con tal de olvidarse de su casa, su jardín, su rottweiler y su marido. Piensan que en una reunión como estas pueden ser más felices, aunque sea por unas horas; sin embargo encuentran tipos como yo. Si las tontas y las infelices se dejan caer solas, no voy a ser yo el bombero heroico que las salve de su falta de horizontes. Al contrario, odio la gente, pero me encantan las mujeres, por eso mismo estaba allí sentado en ese sillón de mimbre, fumando y tomando champagne, porque no me iba a resignar otra noche a morirme despacio hundido en un colchón de resortes oxidados. Ubiqué la voz en el espacio, calculando la distancia que me separaba de ella y cuánta gente se interponía entre nosotros, imaginé un vestido lila y unos ojos verdes, me inventé el color de los zapatos y de la cartera. Le puse nombre y le puse edad, pensé en sus frazadas rociadas de sudor y humores, en los azulejos de su baño, seguramente celestes, en la resaca y en el desayuno. Carolina era sólo un recuerdo y esa voz criminal me llamaba a una batalla a muerte. Recién entonces abrí los ojos, la vi parada frente a mí con aire displicente y, sin ningún apuro, apagué mi cigarrillo, terminé el champagne, me comí la cereza y me levanté de mi sillón de mimbre desenvainando mi espada.

19 Respuestas a “* soy baterista de jazz

  1. “Su voz emergió sola, se presentó entre las demás diáfana e inconfundible, igual a una caricia suave y cálida, apacible y amena como una pieza de Vivaldi”. Para quien nada espera de una fiestecilla de esta naturaleza, lo mejor está por venir.
    Me gustan los conceptos que viertes en esta historia, el echar abajo las máscaras y desnudar sencillamente las intenciones de los seres humanos, anónimos, olvidados, comunes y corrientes y por lo tanto tanto o más reales que los demás.
    Te ha quedado muy redonda la historia. Estaba segura de habertela comentado en su minuto. Mil disculpas.
    Un abrazo y nos leemos

    • No hacen falta las disculpas, faltaba más! Como de costumbre, lo más rico de cada historia se termina de cerrar con los comentarios vertidos. Gracias!

  2. Yo creo que hay muchos “baterias de jazz” por ahí sueltos, pero no seré yo quien les juzgue. Cada cual se disfraza de lo que quiere…O de lo que le gustaría ser. Nunca se sabe. Excelente relato, como ya es habitual en ti.
    Un abrazo

    • El tema es que nadie quiere descubrirlos, Piper, simplemente se prefiere aceptar el engaño porque de esa manera es más cómodo y por un rato todos nos quedamos contentos. Saludos!

  3. Seso, fiestas, alcohol, mujeres. Un texto intenso que rezuma soledad. Una historia que recorre la mente de un joven desencantado de todo y de todos. Buen retrato sicologico. Espero no encontrarme e este chico en ninguna fiesta!!!
    Un saludo

  4. Que excelente me ha venido sacar el tiempo para leerte. La verdad que ha valido mucho la pena detener un poco el reloj imaginario que me recuerda todo el tiempo que debo moverme con rapidez para que no me consuma la noche. ¡Muchas felicitaciones! Me ha encantado, sobre todo por dejar esa brecha abierta al final. Un saludo y un abrazo.🙂

    • Bienvenida Daniela! siempre que te sobre un poquito de tiempo (no dejes lo importante!) te podés pasar por acá a revisar todo lo que quieras. Buena suerte y más que suerte!

  5. Soledad compartida es menos soledad. ¿O con sexo es menos soledad?
    Estupendo relato al que se le agradece dejar los politicamente correctos en otra parte y la desgarrada sinceridad (ni que sea ficción).
    Salut
    He aprendido una palabra nueva garchar😆

    • Micromios, creo que por más sexo que haya, la soledad sigue siendo la misma maldita. Por otro lado, y por suerte, creo, la corrección política la superé hace rato, jejeje…. Buena suerte y más que suerte!

      p.d: me alegra contribuir a tu vocabulario con nuevas palabras, espero que la próxima no sea tan vulgar, je.

  6. Sin hacer valoración alguna sobre los protagonistas de la historia, decirte que me ha gustado muchísimo, nuevamente, tu forma de escribir, Mx. Sigo leyéndote. Saludos.

  7. relato sincero… primero va la historia, la honestidad, yo por mi lado estoy harta de lolitos locos que quieren sexo y luego se asustan de la libertad (no está mal querer sólo sexo), mas me encantan las personas, coincido: porqué salvar a l*s demás de sus infiernos?, un* tiene suficiente con el suyo… después le llevas muy bien la micro-historia. una soledad relajada, parece.

    ¡saludos!

  8. Pingback: Bitacoras.com

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