* cinco caramelos

Con el primer cachetazo escupió sangre, con el segundo la valentía, y con el tercero la confesión. Con el último revés las lágrimas volaron por el aire y quedaron estampadas contra el vidrio de la ventana. Nos había traicionado. Había sido coaccionado por la mano pesada y vehemente del abuelo, infalible e inevitable, pero eso no lo hacía menos traidor. Verlo indefenso y asustado, con la cara mugrienta pegoteada de mocos y latiendo de roja, nos decepcionó bastante. Salimos corriendo escaleras abajo con los ojos bien abiertos y conteniendo la respiración. Nos fuimos al río y nos sentamos en unas piedras. Todavía un poco agitado, Martín me dijo que le parecía un castigo demasiado bravo por cinco caramelos y una revista de mierda, que no era para tanto, y con la mirada llena de miedo agregó que andar una semana con la cara desfigurada a sopapos por semejante pavada no solucionaba nada, que en definitiva así no se aprende. Tenés razón, le dije, pero robar es robar y ahora que nos descubrieron nos la tenemos que aguantar. No nos descubrieron, me dijo, el enano nos buchoneó. Sí, tenés razón. Nos quedamos callados y supongo que los dos pensábamos en lo mismo, en encontrar una manera de aligerar la situación y zafar del escarmiento. Igual, yo sabía que no había forma, estábamos cagados. Pensé que en esos momentos de adrenalina y tensión, de decisiones mal tomadas, en esos momentos en los que se tienen que afrontar las consecuencias de nuestros actos, es cuando se forja el temple y carácter de un hombre. Me di cuenta de que estaba en desacuerdo con Martín. Así sí se aprende, le dije. Me miró y comenzó a negar con la cabeza mientras se tocaba el pito. Siempre se tocaba el pito cuando estaba nervioso. Calmate Tincho, esperemos a que oscurezca y seguro que cuando volvamos no pasa nada, le mentí asquerosamente. Que enano choto, resentido como todo petiso. Al final resultó ser un flojito, seguramente estaría negociando su indulto entre llantos y pucheros a costa de entregarnos, un hijo de puta. Eso no se hace, mañana lo voy a fajar yo, y no voy a parar hasta que entienda que hay que tener códigos, hasta que se le quede grabado. Todo esto lo pensé pero no le dije nada a Martín. Empezó a irse el sol y el reflejo de la luna recién salida ondulaba apenas sobre el río. A Martín se le escaparon un par de lágrimas, los nervios dije yo, o por ahí estaba pensando en lo fuerte que pegaba el abuelo. Le dije que se quede tranquilo y le ofrecí el último caramelo que me quedaba. Para nervioso ya estaba yo, pensando en la traición del petiso. Porque encima de petiso era un mentiroso, y seguramente ya estaría inventando y contándole a todo el mundo cualquier cosa, acomodando la verdad para sacarla más barata y echarnos todo el fardo a nosotros. Que enano sorete. Seguro les estaría diciendo que la idea de todo fue mía, que los caramelos también los manoteé yo y no él, que sólo miraba desde la puerta; que el que se antojó con la revista fue Martín y no él, porque a Martín le gustan las revistas con minas en bolas, por algo siempre se toca el pito; que él se quiso ir pero que lo agarramos y lo obligamos a quedarse. Seguramente estaría contando todo mal y ajustándolo a su conveniencia; diciendo que cuando salimos corriendo el que pateó al perro fui yo, y que también fui yo y no él el que se llevó por delante a la embarazada, que fue él y no Martín el que la quiso levantar pero se asustó cuando vió el hilito rojo y escuchó los gritos de la gente, y que entonces salió corriendo otra vez y nos alcanzó dando vuelta la esquina; y seguro les estaría diciendo a todos que el que lloraba era él y no yo, y que yo los obligué a jurarme que no iban a decir nada. Martín me miró y por un segundo me pareció que podía leerme el pensamiento. Agarró el caramelo y me dijo sí, tenés razón, esperemos a que oscurezca y volvamos, que seguro que no pasa nada.

24 Respuestas a “* cinco caramelos

  1. Viví una situación casi igual durante mi infancia. Una estación de servicio. Dos escapamos y el tercero cayó. Por suerte (para nosotros), él sí tenía códigos. Hace poco nos reencontramos y pudimos reirnos. La precisión de tu relato no sólo me sorprende, sino también me asusta un poco. Excelente!!!

  2. Dicen que los niños son locos bajitos, los locos no mienten y menos a sí mismos. Un monólogo sobre el miedo, la traición y cobardia. Un adulto jamás tendría el valor de contarlo así, es una pena. Un relato muy intenso como siempre que mantiene en vilo y da que pensar.
    Un saludo,

    • Es verdad, los adultos nos mentimos todo el tiempo y lo que creemos que pensamos en realidad está super censurado previamente. Anne, gracias por leer!
      Saludos!

  3. Me gustó la historia.
    Me recordó a “An Encounter”, (Un encuentro, de J Joyce en Dubliners), por lo del sentimiento de culpa y miedo que tienen los jóvenes cuando se dan cuenta de su error.
    saludos
    Cristina

    • Cristina, gracias por la visita. Seguramente muchas de las lecturas se me van colando desde el inconciente y por eso encontramos varios parecidos; la fruta no cae lejos del árbol, dicen. Saludos!

  4. Que crueldad la de los chicos, parece mentira que pronto la olvidamos de adultos. Las envidias los compinches, las travesuras. Todo un mundo al que vuelvo con tu relato.
    Un saludo

    • Gracias Concha, me alegra que el texto te haya transportado hacia esos lugares. A veces son agradables y otras veces no, pero eso no creo que se pueda elegir, no? Gracias por leer!

  5. El mundo de la infancia tiene unas reglas pero parece que la traición es bien aprendida desde pequeños.
    Lo mejor de todo, el ansia de la espera, el temido desenlace, más cruel que el propio castigo.
    Me recordado a un ovillo que se enreda más y más cada vez que alguien habla.
    Buen relato.
    Salut

    • Micromios, es muy acertada tu observación acerca del ovillo, de hecho me enredé con varios párrafos al escribirlo, jejeje.
      Saludos!!

  6. Sabes? Nosotros fuimos bien terribles de niñas, pero no recuerdo un castigo ni un miedo tan decidor como el que graficas tan a tu modo en esta entrada.
    Me gusta esa valentía de niño que enseñas con toda propiedad y respeto. Cómo los chicos se van haciendo hombres de a poco y a causa de este tiempo que pasa soplado y serio, pero que tú congelas entre tus letras. Le das vuelta, en otros ángulos, con otras luces de la misma fotografía.
    Un saludo

    • Como le dije a Fanou en su comentario, trato de buscar (y encontrar) ese punto de vista tan evidente que se nos pasa por alto. Me gustó tu metáfora de la fotografía y las luces. Gracias, como siempre. Saludos!

  7. Cagadas de chicos con consecuencias de grandes…bien contado y bien logrado el clima, sobre todo ese carácter del chico cabecilla tan paralelo al del abuelo…me gustó mucho. Saludos!

  8. Me fascina como logras contar la vida desde un punto de vista que algunos no logramos tener,permitiendo la reflexion y dejando al lector con varios pensamientos.Muy bueno si quieres visitame y lee mi cuento gracias.

  9. Muy buena historia y bien contada. Te va enganchando esperando situaciones limites. Uno reflexiona sobre estas vidas y comprende lo fácil que puede resultar llevarse una vida por delante.
    Un saludo.

  10. Me encanta como retratas la infancia cruda y no idealizada. Me gustan estas historias que giran y giran, como discos en un tocadiscos, para desentrañar un misterio que parece pequeño pero en realidad es el más importante.

    • Fanou, me gusta contar desde una perspectiva diferente. Desde lugares que de tan simples y comunes se nos hacen imperceptibles, pero cargan con el mayor peso. Saludos!

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